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Relatos Ardientes

Aquella cena entre dos parejas no fue solo una cena

La noche no había hecho más que empezar y el aire ya estaba cargado. Desde que Lucía y yo cruzamos la puerta de aquella casa, el deseo flotaba en cada rincón, a veces insinuado y a veces tan explícito que costaba respirar. Lejos de incomodarme, me ponía cada vez más al límite. Habíamos conocido a Nadia esa misma semana en la playa, y su invitación a cenar con su familia había resultado ser cualquier cosa menos una cena formal.

Me acerqué al sofá donde Lucía estaba recostada sobre Esteban, todavía agitada por las caricias que acababa de recibir. Tenía la blusa abierta hasta el ombligo, las tetas al aire, los pezones enrojecidos de tanto que se los habían chupado, y un hilo brillante bajándole por el interior del muslo. La tomé con suavidad por los hombros, la incorporé y la besé con una ternura que contrastaba con todo lo demás, aunque le noté el sabor a otro en la boca.

—¿Bien? —le pregunté al oído.

—Increíble. No creí que fuera a ser tan fácil soltarme con ellos —murmuró, y noté cómo le temblaba la voz—. Me ha metido dos dedos, Daniel. Casi me corro delante de todos.

Nadia, que lo había oído todo, se incorporó y también besó a Lucía, lento, sin prisa, marcando territorio. Le pasó la lengua por los labios, se la metió hasta el fondo, y con la mano libre le pellizcó un pezón hasta arrancarle un gemido.

—Mírate, preciosa, cómo te hemos puesto —dijo separándose apenas un centímetro—. Estás empapada, se te nota en la falda. ¿A que sí, Hugo?

—Desde luego —respondió él desde el otro extremo del salón, con la respiración entrecortada y la polla todavía dura asomándole por encima del pantalón desabrochado—. A mí me ha dejado al borde. Un poco más y me corro en su boca.

—Mamá —siguió Nadia, girándose hacia Marina con una sonrisa que no tenía nada de inocente—, ¿no decías que le tenías ganas? Mira cómo está el pobre. La tiene marcada en el pantalón, mírale el bulto.

Marina se acercó sin apartarme la mirada. Era una mujer decidida, de las que llevan el control de cada situación sin levantar la voz, y enseguida entendí de dónde había sacado la hija el descaro. Se inclinó sobre mí y deslizó la mano por encima de la tela del pantalón, despacio, midiendo mi reacción. Me apretó la polla por encima del vaquero, me la recorrió de arriba abajo, y luego coló los dedos por dentro del elástico del bóxer para agarrármela a piel.

—Menuda polla tienes escondida —murmuró—. Está goteando ya, tesoro.

No iba a aguantar mucho a este ritmo.

—Ven, que te dé un pequeño repaso antes de cenar —dijo, y sin más preámbulo se arrodilló frente a Hugo y a mí. Nos hizo sentar a los dos en el sofá, nos bajó los pantalones hasta los tobillos y nos sacó las pollas con una soltura que me erizó la piel. La de Hugo era gruesa y curva; la mía se le quedó vibrando en la mano. Marina nos las sopesó, una en cada palma, y sonrió como quien elige postre.

—Lucía, ven a ayudarme —pidió—. Esto da para dos y no tengo más que una boca.

Lucía me buscó con la mirada, como pidiendo permiso, y yo asentí con la cabeza. Se acercó todavía insegura, pero el ambiente la fue arrastrando. Se arrodilló al lado de Marina, y esta le empujó la cabeza con dulzura hacia la polla de Hugo mientras ella se metía la mía en la boca de golpe, hasta la garganta, sin arcadas, con una técnica de años. Sentí la lengua caliente rodeándome el glande, la succión firme, el chasquido húmedo cada vez que subía. Me miraba desde abajo con los ojos entornados, disfrutando de verme temblar.

—Chúpasela así, cariño, mira —le decía a Lucía entre lametón y lametón—. Con toda la lengua por debajo, y luego te la metes hasta que te toque la campanilla. No tengas miedo, no muerde.

Lucía obedecía con una mezcla de timidez y hambre nueva. Abrió la boca y se la fue tragando poco a poco, ayudándose con la mano en la base. Hugo echó la cabeza hacia atrás y le soltó un gemido ronco. Marina cambió entonces: me soltó a mí, se pasó a la polla de Hugo, y empujó la cabeza de Lucía hacia la mía. Mi mujer me miró desde abajo, con los labios brillantes de saliva ajena, y me devoró. Me chupó como no me había chupado nunca, sacándose la polla de la boca solo para lamerme los huevos, para pasarme la lengua por el frenillo, para escupirme encima y volvérmela a tragar. Marina la guiaba con la mano en la nuca, marcándole el ritmo.

—Ahora las dos a la vez, guapa —dijo Marina, cambiando otra vez conmigo. Se puso a chupármela por un lado mientras Lucía la lamía por el otro, las dos lenguas encontrándose en mi glande, sus bocas rozándose. Se besaron sobre la punta de mi polla, con ella entre las dos, y estuve a punto de correrme ahí mismo.

Yo estaba en otra parte, viendo las dos escenas a la vez, sin saber dónde mirar. Hugo tenía las manos hundidas en el pelo de las dos, la polla brillando de saliva, y jadeaba cada vez que Marina le devolvía la atención. Ninguno habíamos llegado todavía a ningún lado cuando Marina se levantó de golpe, dejándonos a todos a medio camino, con las pollas duras apuntando al techo y las bocas vacías.

—Bueno, a cenar —anunció, recolocándose el pelo como si nada y limpiándose la comisura con el dorso de la mano—. Dejad esas ganas para luego, que mantengan la tensión. La noche va a ser larga.

—Nadia, ven a poner a estos chicos algo más presentables —añadió—. Que puedan recomponerse antes de salir al jardín.

—Voy —dijo Nadia—, pero dejadme un segundo, que papá… digo, que estos dos me miran con cara de pena.

Se agachó, nos agarró una polla en cada mano y nos las meneó a la vez, con los pulgares resbalando sobre los glandes húmedos. Bajó la cabeza y me dio un lametón largo desde los huevos hasta la punta, luego hizo lo mismo con Hugo, y nos remató con un beso en la boca a cada uno, dejándonos el sabor de nuestra propia excitación en los labios.

—Ven, Lucía —siguió—, que mi madre te presta algo. No vas a cenar así.

—No pensé que íbamos a cambiarnos de ropa —se rió Lucía—. No he traído nada.

—Para eso estamos nosotras —respondió Marina.

***

Las tres desaparecieron en el cuarto. Desde el salón oía las risas y el murmullo de prendas, algún gemido apagado, alguna palmada. Cuando volvieron, parecían tres diosas recién bajadas de algún sitio mejor que este. Lucía llevaba una falda ajustada y una camiseta ancha que se le escurría por un hombro; me confesó después que había rechazado un vestido todavía más corto. Marina se lo había puesto ella, ceñido hasta lo imposible, sin bragas, marcándole el coño depilado a través de la tela. Nadia, unos vaqueros recortados y la parte de arriba de un biquini diminuto que apenas le sujetaba las tetas.

—Casi prefería quedarme desnuda —admitió Lucía mientras se acercaba—, pero me daba vergüenza. Y os juro que nunca me habían gustado las mujeres, hasta esta noche. Marina me ha lamido el coño en el vestidor, Daniel. Dos veces. Casi me corro en su cara.

Marina le giró la cara con dos dedos y la besó hondo, sin testigos que valieran la pena. Le metió la lengua, le mordió el labio inferior, y le pasó la mano por debajo de la falda para meterle un dedo en el coño mojado, delante de todos.

—Te he vuelto a arruinar el pintalabios —dijo, sacando el dedo brillante y chupándoselo entero—, pero es lo más tierno que me han dicho en mucho tiempo. Y sabes a gloria, guapa.

Esteban y yo habíamos preparado la mesa en el jardín mientras ellas se arreglaban. Luces tenues, un par de velas y el olor del jazmín y del galán de noche llegando desde los rincones, alrededor de una piscina pequeña con un rincón de hidromasaje. Nada ostentoso, pero todo elegido con un gusto que reconocí de inmediato como obra de Marina.

—Qué jardín tan precioso —dijo Lucía, corriendo a abrazarme.

—Tienen buen gusto nuestros anfitriones —le contesté bajando la voz—. ¿Qué tal ahí dentro?

—Las dos son un amor —susurró—. Me están haciendo sentir cosas que no sabía que llevaba dentro. Nadia me ha metido la lengua por el culo, Daniel. Y me ha gustado. Me ha gustado un montón.

—Pues disfrútalo. Esto parece que ahora empieza de verdad.

—¿Abrimos una botella de champán? —propuso Esteban en voz alta—. Y brindamos por los nuevos amigos.

—¡Sí! Y yo propongo un juego —saltó Nadia, colgándose del cuello de Hugo y frotándole el culo contra la polla que todavía tenía dura—. Los chicos lo están pasando demasiado bien con Lucía, y eso es injusto. Nosotras queremos la misma atención.

—A mí me parece perfecto —dijo Marina mirándome de reojo, mordiéndose el labio—, pero primero tengo hambre. Y no solo de vosotros. Vamos a servir, que es todo de picar.

Llenamos las copas. Esteban dejó sonando algo suave de fondo y brindamos.

—Por esta pareja que nos ha traído Nadia —dijo—. Que disfruten la noche y que no sea la última.

Bebimos largos tragos, el champán frío bajando por una garganta que el calor de antes había dejado seca.

***

La temperatura era perfecta después del día de playa. Con la copa en la mano, Nadia nos explicó las reglas.

—El juego, como imagináis, es un poco atrevido —dijo, mirándonos a Lucía y a mí, que seguíamos abrazados—. ¿Os animáis?

—Yo sí —contesté—. No quiero perderme nada. ¿Tú qué dices, Lucía? —y al hablar deslicé la mano por la abertura de su camiseta y le pellizqué un pezón que ya tenía duro. Con la otra mano le levanté la falda por detrás y le manoseé el culo desnudo.

—Sí —jadeó ella, restregándose contra mis dedos—. No seré yo quien estropee una noche así.

—Pues escuchad. Hay dos grupos de cinco pajitas: las naranjas para las chicas, las azules para los chicos. Cada grupo tiene una corta. Con los ojos cerrados, cada uno saca una. A quien le toque la corta tendrá que dar de comer uno de estos canapés a quien elija, de la manera que quiera. Y el que recibe el bocado lo hace con los ojos vendados.

Empezamos. Nadia se ofreció a sacar la primera para ir abriendo camino, luego su madre, y por último Lucía, para que la timidez se le fuera diluyendo poco a poco. Hugo sostenía las pajitas.

—Cierra los ojos y saca una —le dijo a Nadia.

Sacó una azul larga. Hugo otra azul, larga también. Y entonces Marina sacó la naranja corta. Aplaudimos todos. Le tocaba a ella elegir comensal, y paseó la mirada por la mesa con una calma que ponía nervioso a cualquiera.

—No sé, no sé a quién… —dijo, mientras yo seguía acariciando a Lucía, que me confesaba al oído que le daba un poco de vergüenza—. Elijo a Lucía. Pero seré buena.

Le anudó un pañuelo sobre los ojos. Tomó un canapé con una crema clara, se descubrió un pecho y se untó apenas el pezón, dejando gotear un poco de la crema hacia el escote. Primero le acercó el bocado a los labios, acariciándoselos con el pulgar antes de dárselo a morder. Lucía se estremeció.

—Hay un segundo bocado —dijo Marina—. ¿Lo quieres, o es mucho para empezar?

—Lo quiero —respondió Lucía, y noté en su voz algo parecido a la decepción por que no fuera más atrevido.

Marina volvió a rozarle los labios con el pulgar, lo introdujo despacio para que lo saboreara y luego lo retiró. Lucía hizo una mueca de protesta: lo estaba disfrutando. Entonces Marina le acercó el pezón untado de crema y se lo pasó por los labios.

Nos quedamos todos en silencio. La reacción no se hizo esperar. Lucía empezó tímida, sacando la lengua para probar, y los aplausos la animaron; Marina cerró los ojos para concentrarse en lo que sentía. Espoleada por su propio deseo y por el ánimo de los demás, Lucía lamió, succionó y acarició aquel pecho con un descaro nuevo. Se lo metió entero en la boca, mordisqueando el pezón, tirando de él con los dientes hasta hacerla gemir. Marina la sujetó por la nuca, atrayéndola con fuerza, mientras se sacaba la otra teta del vestido y le guiaba la boca de un pecho al otro. Le pasó los dedos por la falda, encontró el coño empapado y le metió dos dedos hasta el fondo, moviéndolos dentro con una lentitud que Lucía pagó con un gemido largo. Las dos gimieron, primero bajo, después más fuerte, a medida que la crema iba desapareciendo y los dedos de Marina se hundían más adentro.

Mientras tanto, Hugo tenía a Nadia subida a las caderas, con los vaqueros recortados a un lado, y la penetraba de pie, despacio, apoyándola contra el respaldo de la silla mientras le besaba el cuello. Ella se dejaba coger con la boca abierta, sin que perdiera detalle de la escena de al lado. En un momento se volvió hacia él.

—Sácamela un segundo, cariño. Acércame a esas dos —le pidió.

Se bajó de él con la polla todavía brillante entre los muslos, se acercó a su madre y le levantó por detrás el vestido, dejándole el culo al aire. Le acarició entre las piernas, le abrió los labios del coño con dos dedos y se los metió hasta los nudillos, mojándose bien. Con un gesto pícaro se los acercó a Hugo, que los relamió sin pudor. Después repitió la operación con Lucía, que bajo la falda prestada no llevaba nada, la abrió, le metió los dedos hasta el fondo removiéndoselos, y volvió a darle a probar a su chico antes de limpiarse ella misma los dedos con la lengua, mirándonos a los ojos.

Esteban y yo solo bebíamos, con las pollas otra vez tiesas debajo de la mesa. La escena estaba tan cargada que se nos había vuelto a secar la garganta, y yo, sin darme cuenta, le pellizcaba cada vez más fuerte el pezón a Lucía. Ella gemía atrapada entre todo a la vez: la boca de Marina en las tetas, los dedos de Marina en el coño, y ahora la lengua de Nadia que se había arrodillado detrás y le lamía el culo de abajo arriba, metiéndosela en el ojete con una paciencia obscena. Un escalofrío la recorrió entera; le fallaron las piernas.

—Me voy a correr —jadeó Lucía con la venda todavía puesta—. Joder, me voy a correr.

—Pues córrete, guapa —le susurró Marina, sin sacarle los dedos—. Córrete en mi mano, que quiero notarlo.

Y se corrió. Le tembló todo el cuerpo, se le arqueó la espalda, y soltó un grito ronco que rebotó en las paredes del jardín. Nadia le siguió lamiendo mientras las últimas oleadas la sacudían, y Marina le sacó los dedos despacio, empapados, para chupárselos uno a uno delante de nosotros.

Cuando por fin volvió en sí, Marina le tomó la cara con las dos manos, soltó su pecho y la besó con una pasión que Lucía recibió entregada, saboreándose a sí misma en la boca de la otra. Para entonces ya no quedaba en ella ni rastro de la timidez del principio.

—Nuevo turno —anunció Nadia, dándole una palmada sonora en la cadera a su madre—. Te toca a ti, Daniel.

***

Cuando logramos recomponernos, llenamos otra vez las copas. Saqué mi pajita con los ojos cerrados. Salió azul, pero Marina me la cambió por una naranja, la corta, claro. Más tarde sabría que había una apuesta de por medio entre ella y Nadia: cuál de las dos me haría decidir hacia dónde se inclinaba mi deseo esa noche.

Cuando abrí los ojos, me quedé pensativo. Lucía, todavía pegada a mí con el coño chorreando, me habló al oído con una sonrisa que ya no conocía.

—No seas tonto y disfrútalo —me dijo, apretándome la polla por encima del pantalón—. Fóllatelas a las dos, mi amor. Yo quiero verte. Creo que esta noche lo vamos a probar todo.

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Comentarios(8)

Gaby_lectora

tremendo, lo lei de un tiron y no pude parar

DiegoM23

segunda parte porfa!! quede con ganas de mas, no puede terminar asi

LauraCba_87

Que relato tan bien contado. Me parecio muy real esa tension del principio, cuando todos saben lo que va a pasar pero nadie lo dice todavia. Felicitaciones y a seguir escribiendo!

Facu_BA

buenísimo!!!!

NocheLibre23

lo que mas me gusto es como se describe la anticipacion, esa incomodidad cargada de morbo antes de que todo empiece. muy bien logrado

Sofi_Baires

jajaja el titulo lo dice todo, buen relato! me tuvo enganchada hasta el final

Ruben_CF

esperando ansioso la continuacion, no nos dejes con la duda

PatoCordoba

bien escrito, aunque al final se hizo un poco corto. igualmente me gusto mucho, tiene potencial para seguir

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