Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Aquella cena entre dos parejas no fue solo una cena

La noche no había hecho más que empezar y el aire ya estaba cargado. Desde que Lucía y yo cruzamos la puerta de aquella casa, el deseo flotaba en cada rincón, a veces insinuado y a veces tan explícito que costaba respirar. Lejos de incomodarme, me ponía cada vez más al límite. Habíamos conocido a Nadia esa misma semana en la playa, y su invitación a cenar con su familia había resultado ser cualquier cosa menos una cena formal.

Me acerqué al sofá donde Lucía estaba recostada sobre Esteban, todavía agitada por las caricias que acababa de recibir. La tomé con suavidad por los hombros, la incorporé y la besé con una ternura que contrastaba con todo lo demás.

—¿Bien? —le pregunté al oído.

—Increíble. No creí que fuera a ser tan fácil soltarme con ellos —murmuró, y noté cómo le temblaba la voz.

Nadia, que lo había oído todo, se incorporó y también besó a Lucía, lento, sin prisa, marcando territorio.

—Mírate, preciosa, cómo te hemos puesto —dijo separándose apenas un centímetro—. ¿A que sí, Hugo?

—Desde luego —respondió él desde el otro extremo del salón, con la respiración entrecortada—. A mí me ha dejado al borde.

—Mamá —siguió Nadia, girándose hacia Marina con una sonrisa que no tenía nada de inocente—, ¿no decías que le tenías ganas? Mira cómo está el pobre.

Marina se acercó sin apartarme la mirada. Era una mujer decidida, de las que llevan el control de cada situación sin levantar la voz, y enseguida entendí de dónde había sacado la hija el descaro. Se inclinó sobre mí y deslizó la mano por encima de la tela del pantalón, despacio, midiendo mi reacción.

No iba a aguantar mucho a este ritmo.

—Ven, que te dé un pequeño repaso antes de cenar —dijo, y sin más preámbulo se arrodilló frente a Hugo y a mí. Nos hizo sentar a los dos en el sofá y nos liberó de la ropa con una soltura que me erizó la piel.

—Lucía, ven a ayudarme —pidió—. Esto da para dos.

Lucía me buscó con la mirada, como pidiendo permiso, y yo asentí con la cabeza. Se acercó todavía insegura, pero el ambiente la fue arrastrando. Marina nos atendía alternando entre Hugo y yo, con lengüetazos lentos y pausas calculadas, mientras Lucía aprendía de ella, imitando cada gesto con una mezcla de timidez y hambre nueva.

Yo estaba en otra parte, viendo las dos escenas a la vez, sin saber dónde mirar. Ninguno habíamos llegado todavía a ningún lado cuando Marina se levantó de golpe, dejándonos a todos a medio camino.

—Bueno, a cenar —anunció, recolocándose el pelo como si nada—. Dejad esas ganas para luego, que mantengan la tensión. La noche va a ser larga.

—Nadia, ven a poner a estos chicos algo más presentables —añadió—. Que puedan recomponerse antes de salir al jardín.

—Voy —dijo Nadia—, pero dejadme un segundo, que papá… digo, que estos dos me miran con cara de pena.

Se agachó, nos dio una última caricia que supo a promesa y un beso rápido en la boca a cada uno.

—Ven, Lucía —siguió—, que mi madre te presta algo. No vas a cenar así.

—No pensé que íbamos a cambiarnos de ropa —se rió Lucía—. No he traído nada.

—Para eso estamos nosotras —respondió Marina.

***

Las tres desaparecieron en el cuarto. Desde el salón oía las risas y el murmullo de prendas. Cuando volvieron, parecían tres diosas recién bajadas de algún sitio mejor que este. Lucía llevaba una falda ajustada y una camiseta ancha que se le escurría por un hombro; me confesó después que había rechazado un vestido todavía más corto. Marina se lo había puesto ella, ceñido hasta lo imposible. Nadia, unos vaqueros recortados y la parte de arriba de un biquini diminuto.

—Casi prefería quedarme desnuda —admitió Lucía mientras se acercaba—, pero me daba vergüenza. Y os juro que nunca me habían gustado las mujeres, hasta esta noche.

Marina le giró la cara con dos dedos y la besó hondo, sin testigos que valieran la pena.

—Te he vuelto a arruinar el pintalabios —dijo—, pero es lo más tierno que me han dicho en mucho tiempo.

Esteban y yo habíamos preparado la mesa en el jardín mientras ellas se arreglaban. Luces tenues, un par de velas y el olor del jazmín y del galán de noche llegando desde los rincones, alrededor de una piscina pequeña con un rincón de hidromasaje. Nada ostentoso, pero todo elegido con un gusto que reconocí de inmediato como obra de Marina.

—Qué jardín tan precioso —dijo Lucía, corriendo a abrazarme.

—Tienen buen gusto nuestros anfitriones —le contesté bajando la voz—. ¿Qué tal ahí dentro?

—Las dos son un amor —susurró—. Me están haciendo sentir cosas que no sabía que llevaba dentro.

—Pues disfrútalo. Esto parece que ahora empieza de verdad.

—¿Abrimos una botella de champán? —propuso Esteban en voz alta—. Y brindamos por los nuevos amigos.

—¡Sí! Y yo propongo un juego —saltó Nadia, colgándose del cuello de Hugo—. Los chicos lo están pasando demasiado bien con Lucía, y eso es injusto. Nosotras queremos la misma atención.

—A mí me parece perfecto —dijo Marina mirándome de reojo, mordiéndose el labio—, pero primero tengo hambre. Y no solo de vosotros. Vamos a servir, que es todo de picar.

Llenamos las copas. Esteban dejó sonando algo suave de fondo y brindamos.

—Por esta pareja que nos ha traído Nadia —dijo—. Que disfruten la noche y que no sea la última.

Bebimos largos tragos, el champán frío bajando por una garganta que el calor de antes había dejado seca.

***

La temperatura era perfecta después del día de playa. Con la copa en la mano, Nadia nos explicó las reglas.

—El juego, como imagináis, es un poco atrevido —dijo, mirándonos a Lucía y a mí, que seguíamos abrazados—. ¿Os animáis?

—Yo sí —contesté—. No quiero perderme nada. ¿Tú qué dices, Lucía? —y al hablar deslicé la mano por la abertura de su camiseta y le acaricié un pezón que ya tenía duro.

—Sí —jadeó ella—. No seré yo quien estropee una noche así.

—Pues escuchad. Hay dos grupos de cinco pajitas: las naranjas para las chicas, las azules para los chicos. Cada grupo tiene una corta. Con los ojos cerrados, cada uno saca una. A quien le toque la corta tendrá que dar de comer uno de estos canapés a quien elija, de la manera que quiera. Y el que recibe el bocado lo hace con los ojos vendados.

Empezamos. Nadia se ofreció a sacar la primera para ir abriendo camino, luego su madre, y por último Lucía, para que la timidez se le fuera diluyendo poco a poco. Hugo sostenía las pajitas.

—Cierra los ojos y saca una —le dijo a Nadia.

Sacó una azul larga. Hugo otra azul, larga también. Y entonces Marina sacó la naranja corta. Aplaudimos todos. Le tocaba a ella elegir comensal, y paseó la mirada por la mesa con una calma que ponía nervioso a cualquiera.

—No sé, no sé a quién… —dijo, mientras yo seguía acariciando a Lucía, que me confesaba al oído que le daba un poco de vergüenza—. Elijo a Lucía. Pero seré buena.

Le anudó un pañuelo sobre los ojos. Tomó un canapé con una crema clara, se descubrió un pecho y se untó apenas el pezón. Primero le acercó el bocado a los labios, acariciándoselos con el pulgar antes de dárselo a morder. Lucía se estremeció.

—Hay un segundo bocado —dijo Marina—. ¿Lo quieres, o es mucho para empezar?

—Lo quiero —respondió Lucía, y noté en su voz algo parecido a la decepción por que no fuera más atrevido.

Marina volvió a rozarle los labios con el pulgar, lo introdujo despacio para que lo saboreara y luego lo retiró. Lucía hizo una mueca de protesta: lo estaba disfrutando. Entonces Marina le acercó el pezón untado de crema.

Nos quedamos todos en silencio. La reacción no se hizo esperar. Lucía empezó tímida, y los aplausos la animaron; Marina cerró los ojos para concentrarse en lo que sentía. Espoleada por su propio deseo y por el ánimo de los demás, Lucía lamió, succionó y acarició aquel pecho con un descaro nuevo. Marina la sujetó por la nuca, atrayéndola, mientras le buscaba con la otra mano el pecho que aún quedaba libre. Las dos gimieron, primero bajo, después más fuerte, a medida que la crema iba desapareciendo.

Mientras tanto, Hugo tenía a Nadia subida a las caderas y le besaba el cuello, sin que ella perdiera detalle de la escena. En un momento se volvió hacia él.

—Acércame a esas dos —le pidió.

Levantó por detrás el vestido de su madre y le acarició entre las piernas, mojándose los dedos. Con un gesto pícaro se los acercó a Hugo, que los relamió sin pudor. Después repitió la operación con Lucía, que bajo la falda prestada no llevaba nada, y volvió a darle a probar a su chico antes de limpiarse ella misma los dedos con la lengua.

Esteban y yo solo bebíamos. La escena estaba tan cargada que se nos había vuelto a secar la garganta, y yo, sin darme cuenta, le pellizcaba cada vez más fuerte el pezón a Lucía. Ella gemía atrapada entre todo a la vez: la boca de Marina, las dos manos en su pecho y el roce inesperado de Nadia en su intimidad, que la recorrió con un escalofrío.

Cuando la crema desapareció del todo, Marina le tomó la cara con las dos manos, soltó su pecho y la besó con una pasión que Lucía recibió entregada. Para entonces ya no quedaba en ella ni rastro de la timidez del principio.

—Nuevo turno —anunció Nadia, dándole una palmada en la cadera a su madre—. Te toca a ti, Daniel.

***

Cuando logramos recomponernos, llenamos otra vez las copas. Saqué mi pajita con los ojos cerrados. Salió azul, pero Marina me la cambió por una naranja, la corta, claro. Más tarde sabría que había una apuesta de por medio entre ella y Nadia: cuál de las dos me haría decidir hacia dónde se inclinaba mi deseo esa noche.

Cuando abrí los ojos, me quedé pensativo. Lucía, todavía pegada a mí, me habló al oído con una sonrisa que ya no conocía.

—No seas tonto y disfrútalo —me dijo—. Creo que esta noche lo vamos a probar todo, mi amor.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

Gaby_lectora

tremendo, lo lei de un tiron y no pude parar

DiegoM23

segunda parte porfa!! quede con ganas de mas, no puede terminar asi

LauraCba_87

Que relato tan bien contado. Me parecio muy real esa tension del principio, cuando todos saben lo que va a pasar pero nadie lo dice todavia. Felicitaciones y a seguir escribiendo!

Facu_BA

buenísimo!!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.