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Relatos Ardientes

La nochevieja en que fuimos tres en la cama

Elena tiene una costumbre que descubrí el primer invierno que vivimos juntos: cuando algo la excita, no puede callárselo. Se sienta en el borde de la cama, se suelta el pelo, y empieza a contar. A veces tarda media hora en llegar al detalle que de verdad le importa, pero llega siempre. Y yo, que le saco trece años y creía haberlo visto todo, aprendí que lo mejor de nuestra relación no pasaba en la cama, sino en lo que me contaba antes de meterse en ella. Me contaba con quién había fantaseado en el metro, cómo se le había mojado el coño escuchando a un cliente en una reunión, qué polla imaginaria se había metido en la boca mientras se duchaba. Y yo me la follaba después con todo eso encima, como si compartiéramos una biblioteca privada de guarradas.

Esa noche volvió tarde de una cena de trabajo. La oí dejar las llaves, los tacones, y supe por el ritmo de sus pasos que traía algo guardado.

—No te vas a creer lo que pasó con Marcelo —dijo, dejándose caer a mi lado todavía con el abrigo puesto.

Marcelo era un socio nuevo de su despacho. Mayor que ella, sereno, de los que hablan poco y miran mucho. Llevaba semanas apareciendo en sus historias como aparece el clima en una conversación: de fondo, hasta que un día ocupa toda la página.

—Cuéntame —dije, y apagué la lámpara de la mesilla para que solo quedara la luz del pasillo.

—Me eligió el sitio él. Una mesa al fondo, casi a oscuras. Yo había dudado mucho con la ropa, ¿sabes? Me probé tres conjuntos antes de salir.

—¿Y cuál ganó?

—El jersey gris de cuello barco. Sin nada debajo. Ni sujetador ni bragas.

Claro que sabía cuál. Era el que dejaba los hombros al aire, el que se le pegaba al pecho cuando respiraba hondo. El que se ponía cuando no quería dejar nada a la imaginación y, al mismo tiempo, fingir que no había pensado en ello. Sin bragas era nuevo. Sin bragas era una declaración.

—No fue inocente —admitió, leyéndome la cara—. Me lo quité de la cabeza diez veces y diez veces lo volví a meter. Salí de casa con el coño ya húmedo, Diego, te lo juro. Cuando llegué, se levantó a recibirme y se quedó mudo. Dos besos, y se quedó mudo. Me miraba las tetas como si pudiera verme los pezones a través de la lana. Y los tenía duros, se me marcaban perfectos.

Mientras hablaba se fue desabrochando el abrigo, despacio, sin darse cuenta de que lo hacía. Yo no la interrumpí. Había aprendido que interrumpirla era cortar la corriente.

***

—Hablamos de tonterías un buen rato —siguió—. Del despacho, de un cliente difícil, de un cuadro horrible que tiene en la pared. Rodeos. Los dos sabíamos que estábamos dando rodeos, y yo con el coño empapando el borde de la falda debajo del mantel. Hasta que me preguntó por nosotros.

—¿Por nosotros?

—Por ti y por mí. Por la diferencia de edad. Le dije la verdad, que me gustan los hombres que ya saben quiénes son. Que un chico de mi edad te folla como quien resuelve un examen, con prisa por correrse y sin mirarte a la cara. Y que vosotros… vosotros sabéis esperar. Sabéis lamer, sabéis mirar, sabéis dejar a una mujer temblando antes de metérsela.

Se desabrochó el último botón. Debajo, en efecto, el jersey gris. La luz del pasillo le dibujaba el contorno de los pechos y la sombra de los pezones endurecidos por el frío de la calle, o por lo que estaba contando.

—Le dije que tú lo sabías —añadió en voz más baja—. Que no te oculto nada. Que me dejas hacer y que después te lo cuento todo. Que me follas mejor cuando llego con la historia de otro pegada al cuerpo.

—¿Y cómo lo encajó?

—Se quedó sin palabras. Le brillaban los ojos. Creo que nunca había tenido delante a una mujer que le dijera, así, sin pedir perdón, que su marido la espera despierta para que le cuente cómo se la han comido. Le gustó. Le dio miedo y le gustó, las dos cosas a la vez. Y se le notaba el bulto en el pantalón, Diego. Se le marcaba tanto que tuvo que moverse en la silla para acomodarse la polla.

Apoyó una mano en mi pecho. La tenía caliente. La otra se le fue sola al muslo, apretándose por encima de la falda.

—Cuando me levanté a buscar el baño, me siguió con la mirada hasta que crucé toda la sala. Y al volver, en lugar de sentarme enfrente, me senté a su lado. Pegada. No hizo falta más.

—No me dejes ahí.

—Me puso la mano en la rodilla por encima de la mesa. Como quien no quiere la cosa. Y la fue subiendo. Despacio, Diego, muy despacio, mirándome a los ojos todo el rato para ver hasta dónde lo dejaba llegar. Yo abrí un poco las piernas. Solo un poco. Lo suficiente para que sus dedos siguieran subiendo por la cara interna del muslo, milímetro a milímetro, y yo empezara a apretar los dientes para no gemir en medio del restaurante.

Sentí su respiración cambiar mientras lo decía. No era teatro. Lo revivía. Ella misma se había abierto un poco las piernas ahí en la cama, sin darse cuenta.

—Llegó hasta el borde del muslo y se paró. Rozándome. Con dos dedos me acarició el coño desnudo por debajo de la falda, un segundo, dos, y notó lo mojada que estaba. Notó cómo le mojaba las yemas. Lo vi tragar saliva. Y se quedó quieto. Esperando que yo dijera basta o que yo dijera sigue. No dije ninguna de las dos. Solo le aguanté la mirada. Y entonces sonrió, se llevó los dedos a la boca —los dedos con mis flujos, Diego, los que acababa de meter en mi coño— los chupó despacio, retiró la mano y pidió la cuenta.

—¿Se fue?

—Me llevó a casa. En el coche no me tocó, aunque yo tenía el coño chorreando en el asiento. Aparcó ahí abajo, en la puerta, y me dijo que él no era de los que se aprovechan de una copa de más. Que cuando pasara, si pasaba, quería que yo estuviera segura. Y que entonces lo arreglaríamos los tres.

Me incorporé sobre el codo.

—¿Los tres?

—Eso dijo. «Los tres.» —Elena sonrió en la penumbra—. Te lo dije, no es como los demás.

Cuando terminó de contármelo le metí la mano entre las piernas y la encontré igual de mojada que él la había encontrado, o más. Se subió encima de mí, se sacó la polla de mi pantalón, se la metió sin ceremonias y me follaba despacio mientras me susurraba al oído los dedos de Marcelo, la lengua de Marcelo chupándose lo mío en el restaurante. Me corrí dentro de ella pensando en la mano de otro hombre en su coño.

***

Esa palabra se quedó dando vueltas en la casa durante semanas. Los tres. No volvimos a mencionarla, pero estaba en todas partes: en la manera en que ella me miraba al servir el café, en lo que yo me callaba cuando ella salía y en lo que me confesaba al volver. Habíamos jugado mucho con la fantasía. Yo escuchaba, yo imaginaba, yo me hacía la paja escuchándola contar cómo se corría con la boca de otro entre las piernas, y luego me la follaba como si quisiera reclamar un terreno que en el fondo me gustaba prestar. Pero siempre desde fuera. Yo era el que escuchaba. El que miraba.

Llegó la nochevieja. Teníamos plan de salir a un hotel con cotillón y orquesta, esa clase de noche en la que uno paga mucho para aburrirse con educación. A media tarde, mientras se maquillaba, Elena me buscó los ojos en el espejo.

—¿Y si nos quedamos en casa?

—¿Los dos?

—He invitado a Marcelo —dijo, sin dejar de pintarse los labios—. Para variar.

Lo soltó con la misma naturalidad con la que habría dicho que había cambiado el vino. Dejó el pintalabios, se giró y me miró de frente.

—Solo si te apetece. De verdad. Si me dices que no, lo llamo y le digo que se nos cruzaron los planes. Pero llevo semanas pensándolo, cascándomela sola por las mañanas pensando en las dos pollas a la vez, y no quiero contártelo después esta vez. Quiero que estés. —Se acercó y me ajustó el cuello de la camisa—. Esta vez no te quedas afuera. Esta vez me follas conmigo delante de él y él me folla conmigo delante de ti.

No supe qué cara puse. Ella se rió bajito.

—Esa misma cara puso él cuando se lo propuse.

***

Marcelo llegó a las once, con una botella de cava y la mano firme cuando me la tendió. Hubo unos minutos torpes, como tienen que serlo, en los que tres adultos fingen que aquello es una cena más. Brindamos. Hablamos de cualquier cosa. Y poco a poco el silencio fue ocupando el sitio de las palabras, que es lo que pasa cuando todos saben para qué están ahí.

Fue Elena la que cortó el rodeo, como siempre. Dejó la copa, se levantó y se sentó en el reposabrazos de mi sillón. Me besó. Despacio, con lengua, metiéndomela hasta el fondo de la boca, como si quisiera que él lo viera bien. Con una mano me buscó la polla por encima del pantalón y me la apretó, y no le importó que él lo viera. Cuando se separó, no me miró a mí: lo miró a él.

—Ven —dijo.

Lo que recuerdo de esa noche no es lo que imaginaba. Imaginaba que me costaría. Que vería las manos de otro sobre ella y sentiría que perdía algo. No fue así. Marcelo se arrodilló frente a ella y le subió el vestido despacio, con esa paciencia que ella tanto le celebraba, y le apartó la ropa interior con dos dedos. Vi el coño de mi mujer abriéndose para la boca de otro hombre a medio metro de mí. Vi cómo él sacaba la lengua y le lamía primero el clítoris con la punta, muy despacio, y cómo Elena echaba la cabeza atrás y soltaba un gemido que yo conocía perfectamente, ese gemido corto que se le escapa cuando algo le gusta más de lo que esperaba. Vi cómo Marcelo le separaba los labios del coño con los pulgares y le hundía la lengua entera, hasta la base, y cómo le brillaban los labios a él de ella.

Y mientras la comía, Elena no le miraba a él. Me miraba a mí. Me tenía la mano agarrada y me clavaba las uñas y me sostenía la mirada, y entendí que yo no era el que sobraba. Era el centro. Todo aquello existía porque yo estaba mirando.

—Me está comiendo el coño, Diego —me dijo, con la voz quebrada—. Me lo está comiendo entero. No te quedes ahí. Te quiero aquí.

Me arrodillé yo también. Le besé la boca mientras él seguía abajo, chupándole el clítoris con paciencia de relojero, metiéndole la lengua en el coño y volviendo a subir. Ella jadeaba dentro de mi beso, y yo notaba su placer en mis propios labios. Le solté los tirantes del vestido de un tirón y le liberé las tetas. Se las mamé una detrás de otra, con los pezones duros como piedras entre mis dientes, mientras ella me tiraba del pelo. Nos repartimos su cuerpo sin acordarlo, como si fuera lo más natural del mundo: yo en su boca, en su cuello, en sus tetas; él entre sus piernas, mamándole el coño como un condenado. Elena se reía y gemía a la vez, una mano en mi nuca y otra en el pelo de Marcelo, gobernándonos a los dos.

—Voy a correrme —avisó de repente—. Diego, no pares. Marcelo, sigue así, sigue, sigue, no pares…

Se corrió en la boca de él con los dientes clavados en mi hombro. La sentí temblar entera, los muslos apretándole la cabeza a Marcelo, la respiración rota contra mi piel. Cuando terminó, se le escapó una risa floja, incrédula. Marcelo se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió, todavía arrodillado, con la barbilla brillante.

—Al dormitorio —dijo ella—. Los dos. Ahora.

La llevamos al dormitorio. Le quitamos entre los dos lo que le quedaba de vestido y la tumbamos en la cama. Nos desnudamos delante de ella. Marcelo la tenía dura, larga, curvada un poco hacia arriba, y Elena se relamió al verla. Yo me desnudé más despacio, sabiendo que la mía era la polla que ella conocía de memoria, y que verla al lado de otra la ponía a mil.

—Quiero las dos —dijo—. Las dos en la boca.

Nos acercamos a la cama. Elena se puso de rodillas en el borde del colchón y agarró una polla en cada mano. Empezó por la mía. Me la metió hasta la garganta, con esa manera suya de mamar mirando a los ojos, y yo le sostuve el pelo apartándoselo de la cara para que él también la viera. Después soltó la mía y se pasó a la de él. La chupó igual, despacio, con la lengua, desde la punta hasta la base, y luego alternó: la mía y la suya, la suya y la mía, un rato con las dos juntas contra los labios, lamiéndonos a los dos a la vez con la lengua plana. Se le caía la saliva por la barbilla y no se limpiaba.

—Fóllame —le dijo a él, con mi polla todavía en la mano—. Fóllame mientras se la chupo.

Marcelo rodeó la cama. Le puso una mano en la cadera, se colocó detrás y se la metió despacio, viéndole el culo abrirse alrededor de su polla. Elena soltó un gemido largo con la mía en la boca. Notaba cada embestida de él en la forma en que ella se movía, empujada contra mi ingle. Marcelo se la follaba a un ritmo tranquilo, sin apuro, mirándome a los ojos por encima del cuerpo de mi mujer, como si me estuviera preguntando permiso y agradeciéndomelo al mismo tiempo.

Hubo un momento en que ella estaba sobre él, de espaldas, cabalgándolo, y yo la sostenía por la cintura desde detrás. Marcelo la agarraba por el culo y la subía y bajaba sobre su polla, y yo veía cómo se la metía y se la sacaba desde muy cerca, brillante de ella. Le pasé la mano al clítoris y se lo froté al ritmo de las embestidas de él. Elena empezó a gemir sin control.

—Otra vez —dijo—. Me estoy corriendo otra vez, joder, no paréis…

Se le contrajo el cuerpo entero. La noté apretarle la polla a él por dentro, y él soltó un juramento entre dientes.

Cambiamos otra vez. La pusimos de lado en la cama, con una pierna arriba. Yo me tumbé detrás y le metí la polla despacio, entrando en lo mismo que él acababa de dejar caliente. Ella se estremeció al notarme. Marcelo se puso delante, ofreciéndosela a la boca, y ella lo recibió como si llevara toda la noche esperando. La follaba yo por detrás mientras él le follaba la boca por delante. La oí decir mi nombre entre embestidas, y decir el suyo, y dejar de decir nombres. Sentí a Marcelo tensarse. Le avisó con una palabra corta y ella asintió sin sacársela de la boca. Se corrió en su lengua, y ella tragó todo lo que pudo mientras un hilo de semen le caía por la comisura.

Verla tragarse la corrida de otro con mi polla dentro me deshizo. Le agarré la cadera con las dos manos y la embestí más fuerte, y ella se corrió una tercera vez, aullando, agarrada a los dos, y supe por la manera en que se quedó quieta que había llegado más lejos que ninguna otra noche. Me corrí dentro de ella con la mano de Marcelo apoyada en su cadera junto a la mía.

***

Marcelo se vistió cuando todavía era de noche. Fue discreto hasta el final, esa fue siempre su virtud. En la puerta me dio la mano otra vez, con la misma firmeza, y me dijo dos palabras que no esperaba: «Gracias, Diego.» Como si el invitado hubiera sido yo. Como si entendiera que el que dejaba entrar era yo.

Volví a la cama. Elena estaba despierta, de lado, con esa luz suya de después. Todavía con los muslos brillantes de los tres, la sábana pegada al culo, sonriendo. Apoyé la cabeza en su hombro.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien. Mejor que bien.

—¿No te sientes raro?

—Me siento como tú cuando vuelves de una cena —dije—. Con ganas de contártelo.

Se rió, y se acurrucó contra mí. Me buscó la polla con la mano bajo las sábanas, todavía blanda, y la acarició sin prisa.

—Pues cuéntamelo —murmuró—. Cuéntame qué sentiste cuando me viste con su polla en la boca. Cuéntame qué sentiste cuando me la metió por detrás mientras yo te la mamaba a ti.

Y se lo conté. Despacio, como ella me había enseñado, sin saltarme ningún detalle, mientras me la ponía dura otra vez con la mano y se subía encima. Se la metió ella misma, la mía, en el mismo coño donde acababa de correrse otro hombre, y me la volvió a follar oyéndome contárselo. Porque la mejor parte de todo aquello, descubrí esa madrugada, no era haber estado en la cama. Era estar contándolo después, los dos abrazados, sabiendo que ya nunca volvería a quedarme solo del otro lado de la puerta.

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Comentarios(8)

CarlosET

increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!

Roxana_45

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio despues de esa noche

Fer_mendoza

menuda nochevieja jaja tremendo relato

Lupe_Mdq

Me recordó a cierta fiesta de fin de año... jaja mejor no cuento. Muy bien escrito, engancha desde el principio

TomSur87

Excelente!!! sigue publicando por favor

NachoPzMar

Lo que mas me gusto fue como esta narrado, se nota que tiene algo real detras. Muy recomendado

PatricioRB

¿Hay mas relatos por aca? Porque con este me quede con ganas de leer todo lo que hayas escrito. Felicitaciones

DelfinaON

Que bueno!! me encantoooo, de los mejores de esta seccion

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