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Relatos Ardientes

Terminamos los cuatro en la misma cama de hotel

Salimos de la fiesta pasada la medianoche, con el cuerpo todavía caliente del baile y media botella de ron sobrante en la mochila de Tomás. Ninguno de los cuatro tenía ganas de que la noche terminara. Mateo proponía seguir en algún lado tranquilo, Lucía insistía en que su departamento quedaba lejos y mi cabeza, mareada y liviana, solo pensaba en alargar esa sensación de que todo estaba permitido.

—¿Y si buscamos un hotel? —dijo Tomás, encendiendo un cigarrillo en la vereda—. Pedimos dos cuartos, nos juntamos en uno y seguimos tomando sin que nadie nos moleste.

La idea nos pareció perfecta, así de simple. Caminamos un par de cuadras hasta uno que se veía discreto, con la fachada apenas iluminada y un cartel viejo. Lo elegimos justamente por eso: nadie iba a mirar dos veces a un grupo entrando con una mochila que tintineaba.

En la recepción, una mujer de mediana edad nos observó por encima de los lentes. Nos dijo que solo le quedaba una habitación libre, con una cama de plaza y media y una cucheta arriba. Nos miramos entre nosotros, encogimos los hombros y aceptamos. Total, era para seguir la fiesta.

El cuarto no estaba tan mal. Nada del otro mundo, pero amplio, con un televisor inteligente en la pared y espacio suficiente para movernos. Servimos los primeros tragos, pusimos música y cada pareja se acomodó en su rincón: Mateo y yo en la cama, Lucía y Tomás sentados contra la cucheta.

El alcohol y la música hicieron lo suyo más rápido de lo que esperábamos. Nos levantamos a bailar, primero los cuatro, riéndonos de lo torpes que estábamos, y de a poco cada uno se fue pegando a su pareja. Mateo me agarró de la cintura por detrás y me besó el cuello, y ese beso me prendió como si fuera el primero.

De reojo vi que Lucía ya estaba sobre Tomás, sentada a horcajadas, moviendo las caderas despacio contra él. Lucía siempre tuvo un cuerpo que llamaba la atención: caderas anchas, muslos firmes, los pechos pequeños y parados. Verla moverse así, sin ningún pudor, me dio un empujón que no supe de dónde venía.

No quise quedarme atrás. Le pasé la mano a Mateo por encima del pantalón y lo sentí duro, tan duro que me dio risa y ganas a la vez. Me arrodillé frente a él y lo mordí por encima de la tela mientras él me sujetaba la cabeza.

—Te la querés meter en la boca, ¿no? —me dijo, con la voz ronca.

Y yo quería mucho más que eso.

Cuando levanté la vista de nuevo, Lucía se estaba sacando la blusa y Tomás le desabrochaba el corpiño con una sola mano. No hubo ningún acuerdo, ninguna palabra entre las dos parejas. Simplemente dejamos de disimular. Le desabroché el pantalón a Mateo, lo dejé en bóxer, y mientras me subía el vestido él me hundió la cara entre los pechos.

Me chupaba los pezones con una calma que me desesperaba. Me bajó un tirante, después el otro, y con la mano libre empezó a tantear por encima de la tanga. Yo ya estaba mojada y él lo notó enseguida.

Metió un dedo, despacio, solo para abrirme paso. Lo sacaba y lo volvía a meter, sin apuro, marcando un ritmo que me cortaba la respiración. Me gustaba esa manera que tenía de tomar el control, de hacerme sentir que en ese momento yo era suya y nada más. Con la otra mano me agarró una nalga y, sin avisar, me dio una palmada.

El golpe me sobresaltó. Por un segundo me acordé de que no estábamos solos y me apreté contra su pecho, muerta de vergüenza. Cuando giré la cabeza, vi a Lucía metida entre las sábanas de la otra cama, con la cabeza hundida en la entrepierna de Tomás. Él hacía como que no nos había visto, hasta que levantó la sábana, ella asomó la cara y, con una sonrisa pícara, me apuntó con el dedo.

—No sean cochinos, chicos —dijo, muerta de risa—. Esas cosas no se hacen acá.

La frase me hizo soltar una carcajada que rompió toda la tensión. Lucía me guiñó un ojo y volvió a agacharse sobre Tomás como si nada. Esa era ella: capaz de decir una grosería y un chiste en la misma respiración.

Mateo tiró de la sábana y me acomodó encima de él. Si Lucía estaba en lo suyo, yo no iba a ser menos. Bajé por su pecho a besos hasta que lo tuve entero en la boca. Sin darnos cuenta, las dos convertimos eso en una especie de competencia silenciosa: quién hacía el oral más rico, quién arrancaba el gemido más fuerte.

Él me soltaba la mano por momentos para apretarme un pecho, y cada vez que lo hacía yo me excitaba más. Con la mano libre empecé a tocarme. Estaba empapada. Subía y bajaba sobre su miembro, lo sentía latir contra mi lengua, hasta que me agarró de la nuca y me lo hundió hasta el fondo. Me lo saqué de golpe para respirar, con los ojos llorosos, y seguí masturbándolo despacio.

Cuando me corrí el pelo de la cara, vi que Lucía se había montado sobre Tomás. Lo cabalgaba con una energía que hacía rebotar la cama entera. Sentí una curiosidad nueva y descarada. Ella siempre me contaba lo bien que cogía, cómo volvía locos a los tipos con los que salía, y ahora lo estaba viendo en vivo. Eran como mis clases particulares, intensivas y sin filtro.

Busqué a Mateo y me acomodé de costado, de cucharita, sin dejar de mirar a la otra pareja. Guié su miembro hasta mi entrada. Estaba tan mojada que la punta entró sola, pero enseguida sentí cuánto me costaba el resto.

—Despacio —le pedí—. Sos muy grueso.

Mateo entendió y me la fue metiendo de a poco, centímetro a centímetro, hasta que lo sentí entero. Me dolió apenas, pero la humedad hacía todo más fácil. Me agarró los pechos por detrás, me besó el cuello y empezó a moverse. Entraba y salía con un ritmo parejo mientras los dos mirábamos el espectáculo de al lado.

Lucía cambió de posición sin bajarse de Tomás. Quedó sentada sobre él, de frente a nosotros, dándonos una vista perfecta. Se mordía los labios mientras se acomodaba, y cuando me cruzó la mirada me sonrió.

—¿Está rico? —me preguntó, con esa cara de quien ya sabe la respuesta.

—Sí… sí —contesté entrecortada.

Mateo me levantó la pierna derecha para que ella viera mejor cómo me lo hacía. Le dio más fuerte, marcando cada embestida, y Lucía, cómplice, se llevó los dedos a la boca, se los mojó y bajó la mano hasta su clítoris sin dejar de moverse sobre Tomás. Verla tocarse mientras me miraba fue uno de los momentos más calientes de la noche.

En un momento Tomás se levantó y Lucía se puso en cuatro, ofreciéndose. Él, al pararse, se dio cuenta de que lo estábamos mirando y por un segundo dudó. Después me clavó la vista, vio mis pechos rebotando con cada movimiento de Mateo, y se le notó en la cara que se los quería comer. La sola idea de gustarle a otro mientras me cogía mi pareja me prendió todavía más.

Mateo lo tomó como un desafío. Empezó a embestirme más fuerte, y nuestros gemidos se mezclaron con los de ellos hasta que en la habitación no se escuchaba otra cosa. «Seguí, seguí», repetía yo sin pensar. Tomás entró en Lucía de una sola vez, con una nalgada que sonó seca, y los cuatro quedamos atrapados en el mismo ritmo.

***

De pronto Mateo me la sacó, se levantó y me alzó en brazos. Me llevó hasta la otra cama, donde estaban ellos, y nos dejó a los cuatro desnudos en el mismo colchón. Todavía hoy me pregunto cómo terminamos así, sin que nadie lo propusiera en voz alta.

Me recostó y me subió las piernas a sus hombros. Lucía, al lado, no dejaba de sonreír; se la veía feliz de que esto estuviera pasando. Mateo jugaba con la punta en mi entrada, me la metía de a poco y me la sacaba, y cada vez que lo hacía se me cortaba la respiración y lo deseaba más.

Tomás salió de Lucía y la acomodó de costado, frente a mí, con las caras casi pegadas. Nos quedamos mirándonos, ella y yo, a centímetros una de la otra.

—¿Cómo la estás pasando? —me preguntó en voz baja.

—Increíble —le dije, y le agarré la mano.

Nos apretamos las manos con fuerza y, justo en ese momento, Mateo me la metió toda de golpe. Se me escapó un «ay, qué rico» tan sincero que los cuatro nos reímos sin dejar de movernos. Lucía me soltó la mano solo para alcanzarme un pecho; me lo apretaba mientras Tomás la embestía de costado, y Mateo, al ver eso, se inclinó a devorar el otro.

Tomás le daba a Lucía cada vez más rápido, más fuerte, hasta que se corrió y le dejó todo sobre el vientre. Vi cómo su cuerpo quedaba enrojecido, agitado, con la marca de los dedos de él en las caderas. Lejos de cortar el clima, esa imagen me empujó al borde.

Mateo me levantó y me puso en cuatro. Al lado, Tomás giró a Lucía boca arriba y ella empezó a chuparlo de nuevo, todavía con él recién venido. Mateo me penetró duro, más duro, me tomó de las muñecas y cada embestida sonaba en el cuarto. Yo gemía sin reservas, ya sin ninguna vergüenza, mientras Lucía limpiaba con la boca lo que quedaba de Tomás.

Él no se perdía un detalle. Tenía los ojos clavados en mis pechos rebotando, y de a poco se le volvió a parar. Se acomodó sobre la boca de Lucía y la cogió ahí mientras ella, con una mano, se buscaba el clítoris y levantaba la cola pidiendo más. Mateo me cogía como nunca, sexo duro, del que deja marcas.

Cuando estuvo por terminar, aceleró, me la sacó en el último segundo y me descargó todo sobre las nalgas. Sentí mi sexo abierto, palpitando, y el calor de su semen resbalando por mi piel. Lucía y Tomás pararon lo que estaban haciendo solo para mirar cómo me acababa, embarrada y rendida.

***

Los cuatro quedamos sudados, deshechos y muertos de risa. Nos tomamos un descanso, fuimos al baño por turnos y nos servimos los últimos tragos. Hablábamos del momento sin una pizca de vergüenza, como si lo que acababa de pasar fuera lo más normal del mundo. Entre broma y broma nos prometimos repetir.

A la mañana siguiente dejamos el hotel y cada uno volvió a su casa. En el camino, Mateo y yo paramos a desayunar. Entre café y tostadas, repasamos la noche tratando de entender qué nos había pasado. No estábamos tan borrachos como para no acordarnos; lo habíamos hecho conscientes, y eso era lo que más nos sorprendía.

Lo charlamos en voz baja, casi con culpa al principio. Tomás siempre había sido celoso; Lucía, ninfómana pero nada exhibicionista; Mateo, para nada celoso pero muy posesivo en la cama; y yo, que solo el alcohol había logrado soltarme del todo. Que los cuatro hubiéramos terminado así, mirándonos y dejándonos ver, era algo que ninguno se explicaba.

Lo único claro era que la idea de ser vistos —y de ver— nos había prendido como nada. ¿Estaré mal por desear esto?, llegué a pensar. Pero la situación se repitió. Cada vez que nos juntábamos los cuatro, una botella alcanzaba para borrar la vergüenza y terminábamos otra vez en un hotel, persiguiendo esa misma corriente.

Con el tiempo, Mateo y yo nos pusimos a investigar qué eran esas ganas, por qué nos gustaba tanto. Buscamos un nombre para eso que nos quemaba por dentro. Lo encontramos casi de casualidad, leyendo en la cama una madrugada: el mundo misterioso y delicioso al que sin querer nos habíamos asomado se llamaba swinger. Y, con el nombre, llegaron todas las fantasías que todavía nos faltaban por cumplir.

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Comentarios (5)

DiegoPlaya

tremendo!!! no pude parar de leer, me tuvo enganchado desde el primer parrafo

Mariela_curiosa

Cuando sube la segunda parte?? quede con muchisimas ganas de saber que paso despues 😍

PatriRo22

Me encanto como narra la mezcla de nervios y excitacion al principio. Se siente muy real, sin ser burdo. Excelente!

VoyeurCL

Nunca entendi bien el morbo del voyeurismo hasta que lei esto. Ahora lo entiendo perfectamente jeje

Facundo_Lite

jajaja me imagine la cara de todos al dia siguiente en el desayuno del hotel, impagable

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