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Relatos Ardientes

Lo que dejamos ver en el camino a Sevilla

Te paso a buscar a las cuatro de la madrugada. Te lo escribí dos semanas antes, casi como una broma, sin esperar respuesta: «Si te animas, nos vamos a Sevilla unos días». Trabajamos en la misma empresa, en departamentos distintos, y nunca habíamos cruzado más que miradas largas en la máquina de café. Por eso, cuando recibí tu correo a medianoche con un «acepto, llevaba meses esperando que lo dijeras», tuve que leerlo tres veces.

Vivimos en un pueblo del interior de Murcia, lejos de todo, y a esa hora el termómetro del coche marca dieciséis grados en la pantalla. Un lujo, para lo que vendrá. Sales de tu portal con un vestido vaporoso, claro, de esos que el aire mueve como si tuviera vida propia. Subes, dejas el bolso atrás y me miras de reojo. Yo arranco sin decir nada.

Conducimos casi una hora por carreteras vacías antes de incorporarnos a la autovía principal. Ahí cambia todo: aparecen los camiones, las luces, la gente que madruga para llegar a tiempo. No habíamos puesto el aire para ahorrar combustible, así que un par de mosquitos se han colado por la ventanilla. Subes el cristal, enciendo el aire por fin, y los bichos, acorralados, la emprenden contigo. Yo conduzco, así que me río por dentro.

—Para ya —dices, manoteando—. Esto es tu culpa.

—Tú elegiste el asiento del copiloto —contesto sin apartar la vista de la carretera.

Y entonces, de reojo, veo cómo el tirante de tu vestido cae. Primero un hombro, después el otro. La tela resbala hasta la cintura y descubre tus pechos, redondos, ni enormes ni pequeños, la areola oscura y el pezón tenso de frío. Los había imaginado tantas veces que verlos de verdad me corta la respiración un segundo.

—¿Quieres tocarlos? —preguntas, mirándome fijo—. No me voy a escapar.

Alargo la mano sin girar la cara. Tengo que estar pendiente del asfalto. Los acaricio despacio, amaso con cuidado, paso el pulgar por el pezón hasta ponerlo aún más duro. Tú cierras los ojos y dejas escapar el aire por la nariz.

***

Lo que no esperabas es lo que pasa fuera. Un camión nos adelanta y el conductor toca el claxon. Después otro, que se queda a nuestra altura más tiempo del necesario, sin disimular. Veo a un tercero hablando por el manos libres, gesticulando, y me imagino la conversación entre ellos, la emisora encendida, el aviso de uno a otro.

—Nos están mirando —murmuras, y no te tapas. Al contrario.

Algo en saber que te observan te enciende de un modo que no había visto. Te animo a quitarte el vestido del todo y lo haces sin pensarlo. Descubro entonces que no llevabas nada debajo. Abres las piernas hacia tu ventanilla, ofreciendo a quien pase la vista que para ti es un juego y para mí es un privilegio: solo yo puedo tocarte.

Y eso hago. Recorro tus labios, que se hinchan a cada caricia, cada vez más a la vista del que mire desde una cabina alta. Hundo dos dedos en tu sexo húmedo y te retuerces en el asiento, sujetándote del agarre del techo. Cuando los saco, te los llevo a la boca y los chupas mirándome.

—Tu turno —dices con la voz ronca.

Bajas la velocidad de mis nervios bajándome tú la cremallera. No me das opción: tienes mi sexo en la mano antes de que pueda decir nada, y empiezas a moverla, suave primero, más rápido después, hasta dejarme tan duro que me cuesta concentrarme en la línea blanca de la carretera. Acaricias mis testículos, te inclinas, y el resto del trayecto se vuelve borroso.

Cuando termino, tienes que recomponerte y yo respirar hondo varias veces. Quedan diez minutos hasta la estación. Paro en un callejón oscuro, nos acomodamos la ropa entre risas y seguimos. La idea era llegar con tiempo de sobra. Con semejante espectáculo, vamos justos.

***

El AVE sale de Alicante a las ocho de la mañana del primero de agosto. Hemos pedido el servicio de asistencia para viajeros con movilidad reducida, porque desde el accidente me muevo en silla de ruedas, y eso significa estar dos horas antes. Nos esperan junto al andén, hacen el embarque por la plataforma, y subo cómodo hasta mi plaza reservada. Dentro nos recibe un aire acondicionado bendito: fuera ya aprietan los veintiocho grados, y en Sevilla nos prometen cuarenta y tantos.

Tenemos los cuatro asientos del grupo para nosotros. De momento. Arrancamos y, durante la primera hora, todo es tranquilidad y paisaje seco corriendo tras la ventana. Después, como era previsible, el calor empieza a notarse incluso aquí dentro, el aire rinde menos, y tu vestido vuelve a hacer lo de antes. Los tirantes caen. Tus pechos asoman, agitados, los pezones apuntando al techo del vagón.

Empiezas a acariciarte tú misma, lento, mirándome de lado, hasta que no aguanto y te toco yo. Me desabrochas el botón del pantalón con dedos impacientes. La goma del bóxer apenas cede de lo duro que estoy. Lo haces todo con calma deliberada.

—Tenemos casi cinco horas —dices—. No hay prisa.

Te respondo igual, acariciándote despacio, hasta que con una sola mirada nos entendemos. En la siguiente parada nos escapamos al baño. Te sientas en el borde del lavabo, abres las piernas, y entro de una sola vez. Lo que no calculamos es que en esa estación el tren se detiene veinticinco minutos, y que no todos los que esperaban en el andén han subido.

Algunos siguen ahí, fuera, justo a la altura de la ventanilla del baño. Nos miran.

—Nos ven —susurro contra tu oído.

—Lo sé —respondes, y en vez de detenerte, te giras hacia el cristal.

Apoyas los pechos contra la ventana mientras te penetro por detrás, con tus piernas buscando enredarse en las mías. Más de uno en el andén desaparece de pronto, sin esperar a que se cierren las puertas. Te lo digo y te ríes.

—¿Sabes a dónde van? —pregunto.

—A terminar lo que nosotros empezamos —contestas, sin aliento.

Nos lavamos como podemos y volvemos a los asientos. Esta vez nos sentamos enfrente, yo con la bragueta abierta, tú sin nada debajo del vestido. Volvemos a la carga sin tocarnos con las manos, solo con los pies, sexo contra sexo, jugando a no hacer ruido mientras el vagón duerme a nuestro alrededor. Cuando estás a punto, me das a probar tus dedos húmedos. Después, por fin, nos rendimos al sueño hasta Sevilla.

***

En la estación pedimos un taxi adaptado. Te sientas a mi lado y el conductor, con una picardía que no oculta, coloca el retrovisor de manera que pueda verte entera. Tú te das cuenta enseguida. Y en vez de cerrarte, abres las piernas lo justo para que vea lo que ningún taxista debería ver, mientras metes la mano en mi pantalón y agarras mi sexo sin sacarlo, solo para sentirlo.

El hombre se distrae tanto que casi besamos el parachoques del coche de delante.

—¡Mire la carretera y deje de espiarnos! —le grito.

Obedece sin rechistar. Endereza el retrovisor y conduce el resto del trayecto con las orejas rojas.

***

Llegamos al hotel. Me baja por la rampa trasera, bajas tú, sacas las maletas, le pagas. Cuando ya nos alejamos, el taxista te da una palmada sonora en el trasero y arranca antes de que puedas reaccionar.

Mientras haces el check-in, porque yo desde la silla no llego al maldito mostrador, aprovecho para acariciarte una nalga por debajo del vestido. Tus pequeños cambios de postura te delatan: lo estás disfrutando. En el reflejo de los cristales veo que el recepcionista también se ha dado cuenta. Es, casualmente, el mismo que nos sube las maletas.

—Sé lo que estaban haciendo ahí abajo —dice en el ascensor, con una sonrisa de suficiencia.

—Y nosotros sabemos que no nos quitabas el ojo de encima —respondes, rozándole el pantalón al pasar—. Aunque, para fanfarronear tanto, no es para tanto.

El hombre se queda sin palabras hasta la última planta.

***

La habitación tiene terraza. Salimos pensando que arriba correrá algo de fresco, pero el aire que sopla es caliente, espeso. Da igual. Empezamos a besarnos y, al mismo ritmo, la ropa empieza a sobrar. Mis dedos terminan dentro de ti, los tuyos rodeando mi sexo, y los dos sabemos cómo va a acabar esto antes de decidirlo.

Me subo al borde ancho del muro de la terraza y me tumbo. Te inclinas, me llevas a tu boca con una lentitud que es casi crueldad, y cuando giro la cabeza descubro que en la terraza de enfrente hay una pareja mirándonos en silencio, copa en mano, sin moverse.

No te lo digo. O quizá ya lo sabes. Te incorporas, te colocas sobre mí y me recibes dentro con un vaivén tranquilo, ajustándote a la postura, al calor, al peso de las miradas. Después subes el ritmo, como si nos hubieran retado a algo, como si lo que está en juego fuera ver quién dura más bajo la luz naranja del atardecer andaluz.

La pareja de enfrente sigue ahí. El recepcionista, quién sabe. Los camioneros de esta mañana, los del andén, el taxista de las orejas rojas: todos forman parte ya de este viaje sin saberlo, todos vieron un trozo de lo que ahora nos pertenece entero.

—¿Seguimos mañana? —preguntas, agotada, apoyando la frente en mi hombro.

—Solo si dejas que nos sigan mirando —respondo.

Y sé, por cómo sonríes, que la respuesta es sí.

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Comentarios(5)

DiegoRuta77

Que manera tan buena de arrancar una historia!! desde la primera linea te engancha. Muy buen relato

CaminoDeNoche

Me recordo a un viaje largo que hize hace unos años... ese morbo de saber que te pueden ver en cualquier momento. Lo capturaste perfecto

Marta_RC

Por favor una segunda parte!!! me quede con muchisimas ganas de mas

CuriosaLect77

Tengo una duda, los que miraban eran conscientes de lo que estaba pasando o fue todo mucho mas sutil? me quede con esa intriga

Noche_Lector

La ambientacion de madrugada le da un toque especial que no muchos relatos logran. Esa atmosfera tan particular queda muy bien descrita

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