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Relatos Ardientes

La espié desde la ventana y terminé mojándome

Desperté abrazada a Mara, todavía con el olor de su shampoo en la almohada y esa calma rara que queda después de una noche intensa. Bajamos a desayunar como si nada, compartiendo café y miradas cómplices mientras mi madre iba y venía por la cocina sin notar la tensión que todavía flotaba entre nosotras. Al mediodía, Mara se fue con una sonrisa lenta, satisfecha, de esas que se quedan clavadas en la cabeza durante horas.

Yo me quedé pensando demasiado en ella. En su boca, en sus manos, en la forma en que me había mirado antes de irse, como si entre nosotras ya hubiera algo más que juego. Mi madre me arrancó de golpe de esos pensamientos cuando empezó a soltarme una lista de encargos, mandados y tareas que parecían no terminar nunca.

Me pasé el día subiendo y bajando, limpiando, acomodando cosas, respondiendo sin ganas. Para cuando cayó la noche, tenía el cuerpo cansado pero la cabeza encendida. Me bañé largo, dejé que el agua caliente me relajara las piernas, y me puse una camiseta fina para dormir con un short corto de algodón.

Pero apenas me metí a la cama supe que no iba a dormir.

Había algo en esa quietud, en la oscuridad, en el roce de la sábana sobre mis muslos, que me disparaba el deseo sin remedio. Me giré boca arriba, metí una mano bajo la camiseta y apreté un pezón entre los dedos, sintiendo cómo se me endurecía de inmediato. La otra mano bajó sola por mi vientre hasta meterse dentro del short, y cuando toqué mi coño ya estaba húmeda.

Cerré los ojos y empecé a masturbarme despacio, abriendo las piernas, respirando por la boca. Primero me froté el clítoris en círculos lentos, apenas rozándolo, y eso me hizo arquear la espalda sobre el colchón. Después metí dos dedos entre mis labios y los saqué brillantes, pegajosos, tibios, y me los llevé a la boca antes de volver a meterlos.

—Joder... —susurré para mí misma.

Pensé en todo lo que había visto y en todo lo que me faltaba por probar. Pensé en una polla de verdad llenándome, en una boca tragándome los gemidos, en unas manos sujetándome fuerte de las caderas. Pero esa noche no tenía a nadie, solo mis dedos, mi cama y mi calentura, así que seguí hasta que el cuerpo se me aflojó y me quedé dormida con la mano entre las piernas.

Al día siguiente mi madre volvió a empezar con sus órdenes desde temprano. Apenas la escuchaba. Yo asentía por costumbre, pero por dentro seguía en otra parte, como si el deseo me hubiera dejado una capa pegada a la piel. Ya me daba igual quedar mal con los deberes de la casa; estaba cansada de obedecer y más cansada todavía de fingir normalidad.

Por la tarde, por fin, mis padres salieron juntos a hacer unas diligencias. Antes de irse, mi padre se inclinó hacia mí y me dijo al oído algo que me dejó el pulso acelerado, pero aparté ese pensamiento de inmediato. Lo importante fue otra cosa: me avisó que quizá llegaría alguien a dejar un coche para revisión y que, si aparecía, lo hiciera pasar al taller del fondo y le avisara por teléfono.

Me quedé sola en casa, todavía en ropa cómoda. La camiseta blanca de tirantes se pegaba a mis tetas sin sujetador, y el short marcaba bien el culo cada vez que caminaba. No habían pasado ni quince minutos cuando tocaron la puerta.

Al abrir, me encontré con un hombre alto, delgado, claramente adulto, de unos treinta y tantos, con cara de cansancio y manos de trabajar con herramientas. Llevaba una camiseta gris ajustada en los brazos y unos vaqueros manchados de grasa. En cuanto me vio, sus ojos bajaron un segundo hacia mi cuerpo antes de volver a mi cara.

—Vengo por lo del coche —dijo, tratando de sonar serio.

—Claro —respondí con una media sonrisa—. Pasa, sígueme al taller.

Le di la espalda a propósito y empecé a caminar despacio por el pasillo que llevaba al patio trasero. Sentía su mirada clavada en mis piernas, en mis nalgas, en el movimiento del short a cada paso, y eso me puso todavía más caliente. No dije nada. Solo seguí avanzando con esa conciencia exacta de estar siendo mirada.

Antes de llegar al taller, me detuve de golpe como si hubiera recordado algo. Él chocó contra mí y su cuerpo se pegó a mi espalda por un instante. No fue un roce inocente. Sentí la dureza de su paquete presionándome arriba del culo y se me escapó una respiración más honda.

Me giré despacio.

—Acabo de acordarme de que mi padre no está —le dije—. Si quieres, lo llamo y lo esperas aquí.

Él ya no fingía tanto.

—O quizá me trajiste aquí porque querías estar a solas conmigo —soltó, mirándome la boca.

Me reí, cruzándome de brazos para apretar más las tetas bajo la tela.

—¿Tú? No exageres. A mí me gustan los hombres que sepan lo que hacen.

—Pruébame.

Lo dijo con una seguridad que me encendió más de la cuenta. No respondió con charla ni con poses. Simplemente se desabrochó el pantalón, bajó la cremallera y se sacó la polla. Era larga, venosa, más gruesa en la cabeza, dura de verdad. Se me secó la boca apenas la vi.

—¿Esto te alcanza? —preguntó con una sonrisa torcida.

No le contesté. Me arrodillé frente a él y la tomé con la mano. Pesaba más de lo que parecía. La acaricié de abajo arriba, sintiendo el latido bajo la piel caliente, y le pasé la lengua por la punta antes de metérmela en la boca.

Gemió apenas lo hice.

Empecé despacio, saboreándolo, dejándole la cabeza bien mojada de saliva mientras mi mano trabajaba la base. Después fui bajando más y más, tragando hasta donde pude, sacándola luego con un sonido húmedo que nos excitó a los dos. El hombre me agarró el pelo sin brusquedad, solo para sostenerme mientras yo le mamaba la polla con hambre.

—Así... joder, así... —murmuró, mirándome—. Qué puta boca tienes.

Eso me gustó. Apreté los muslos y seguí mamándosela mejor. Le di pequeños golpes de lengua en el frenillo, chupé fuerte la punta, alterné profundidad con caricias de mano, y cada vez que lo notaba tensarse aflojaba apenas para alargarle la agonía. Pero aun así no duró demasiado.

Se corrió con un gemido ronco, empujándome la polla en la boca mientras yo seguía chupando hasta sacarle la última gota. Sentí la corrida caliente sobre la lengua y la tragué mirándolo a los ojos, sin apartarme.

Cuando me levanté, me limpié la comisura con el pulgar y sonreí.

—Muy bonito, sí. Pero te viniste demasiado rápido.

Él soltó una risa avergonzada y excitada al mismo tiempo.

—Dame otra oportunidad. Así, vestida así, mirándome como me miras... cualquiera se corre rápido.

Estuve a punto de seguir el juego. Lo estaba pensando de verdad. Mi coño latía, pidiéndome algo más que una mamada dada a escondidas en el patio. Pero en ese momento escuché el ruido del portón eléctrico abriéndose desde la calle.

Los dos nos tensamos.

—Vístete ya —le dije en voz baja.

Se acomodó deprisa mientras yo iba hacia la entrada del taller fingiendo normalidad. Mi padre volvió mucho antes de lo esperado y se puso a revisar el coche con él. Hablaron de piezas, tiempos y precios durante más de una hora. Yo, al principio, seguí excitada por lo que acababa de pasar, pero la espera me fue enfriando.

Antes de irse, el hombre me buscó con la mirada y se acercó un segundo cuando nadie lo veía.

—No me dejes así. Dame tu número.

Se lo di solo porque quería dejar abierta la posibilidad.

—Tal vez te dé una segunda oportunidad —murmuré—. Pero esta vez vas a tener que aguantarme de verdad.

Él sonrió y se fue. Yo pensé que la noche terminaría ahí, con esa promesa a medias y el cuerpo otra vez inquieto. Me equivocaba.

***

Ya era tarde cuando vi entrar un coche al patio lateral desde mi ventana. Reconocí la silueta de mi hermano adulto acercándose al vehículo y me quedé quieta detrás de la cortina. Del lado del conductor bajó una mujer morena, de curvas marcadas, vestido negro y tacones bajos. Hablaron apenas unos segundos antes de empezar a besarse contra la puerta del coche.

Sentí un tirón feo en el estómago. No era solo curiosidad. Era celos.

La forma en que ella lo agarró del cuello y él le metió una mano bajo el vestido me dejó clavada al vidrio. La besaba con hambre, como si llevara horas pensando en hacerlo. Ella abrió un poco las piernas y apoyó la espalda en el coche, dejándolo meter la mano más arriba. Incluso desde mi distancia pude notar cómo se estremecía.

Necesitaba ver mejor.

Salí por la puerta trasera sin hacer ruido y rodeé la casa hasta quedar en una zona de sombra, protegida por la pared del patio y unas plantas altas. Desde ahí podía ver el lateral del coche sin que ellos me vieran. El corazón me latía fuerte, no por miedo, sino por esa excitación sucia y adictiva de estar espiando algo que no era para mis ojos.

Mi hermano se separó apenas para bajarse la cremallera. Sacó la polla y me quedé helada un segundo, mirándola en la oscuridad rota por la luz del patio. Era gruesa, larga, completamente dura. La mujer se arrodilló frente a él sin dudar, se recogió el pelo con una mano y abrió la boca.

Yo me mordí el labio tan fuerte que casi me dolió.

Ella empezó a chupársela despacio, lamiendo primero la punta, como si quisiera provocarlo antes de tragarla. Después se la metió más, bajando hasta donde pudo y subiendo con la boca brillante de saliva. Mi hermano le sujetó el pelo y la dejó hacer, soltando un gemido bajo que me atravesó entera.

Metí una mano dentro de mi short.

Mi coño ya estaba empapado otra vez. Me froté el clítoris con cuidado al principio, sin apartar la vista de la escena. Cada chupada que ella le daba parecía golpeándome a mí también por dentro. Me daban celos, sí, pero unos celos que alimentaban el morbo de una manera brutal. Quería ser la que lo tenía en la boca. Quería sentir ese peso en la lengua y escucharlo gemir así por mi culpa.

La mujer lo mamaba bien. Muy bien. Lo tragaba con ganas, sacándolo luego con un hilo de saliva que brillaba con la luz lateral. Mi respiración se volvió irregular. Me metí dos dedos y empecé a follarme la mano despacio mientras con el pulgar seguía presionando el clítoris.

—Mierda... —susurré entre dientes.

Ella se levantó entonces, sin dejar de besarlo, y se subió el vestido hasta la cintura. Vi sus muslos, el brillo entre las piernas y un piercing pequeño que destelló un instante cuando él le apartó la ropa interior hacia un lado. Esa visión me terminó de encender. Era descarada, adulta, segura de sí misma, y se estaba entregando delante de mí sin saberlo.

Mi hermano la agarró de la cadera y de la nuca para girarla. La apoyó contra el coche, inclinada hacia adelante, y le pasó la polla por la entrada del coño antes de empujar de una sola vez. Ella soltó un gemido abierto, nada tímido, y yo me tuve que tapar la boca con la otra mano para no hacer lo mismo.

La embestida fue profunda. Se notó en cómo ella se aferró a la puerta y en cómo él se quedó un segundo quieto dentro, disfrutando el fondo. Luego empezó a follársela con un ritmo firme, seco, haciendo chocar la piel de las caderas contra el vestido arremangado.

Yo me metí un tercer dedo.

Mis dedos entraban y salían rápido, mojados, con un ruido pegajoso que apenas escuchaba por encima de los jadeos de ellos. Mirarlo meter y sacar la polla de ese coño ajeno me estaba desarmando. Él le abría las nalgas con una mano para ver mejor cómo la penetraba, y cada vez que se hundía hasta el fondo la mujer gemía más fuerte, pidiendo más.

—Así, no pares... —lo oí decirle ella, con la voz quebrada.

Él obedeció. Le dio más fuerte. Más rápido. Le sujetó el pecho por encima del vestido, la pegó al coche y siguió follándola sin ninguna prisa por ser delicado. Yo estaba tan caliente que apenas podía mantenerme agachada en silencio. Me froté el clítoris con desesperación mientras mis dedos la bombeaban dentro de mí, tratando de acompasarme a cada embestida que veía.

La mujer echó una mano entre sus piernas para tocarse mientras él la penetraba, y esa imagen me partió la cabeza. Verla correrse casi delante de mí, masturbándose mientras la polla la castigaba contra el coche, fue demasiado. Sentí la presión crecer de golpe en el bajo vientre.

Me abrí más las piernas y me follé la mano con toda la fuerza que pude sin perder el equilibrio. Tenía los muslos temblando, el coño chorreando y la respiración convertida en pequeños jadeos ahogados. Mis pezones se habían puesto duros bajo la camiseta, y me pellizqué uno con la mano libre para empujarme un poco más hacia el borde.

Ellos seguían.

Ella cambió de posición y se giró para quedar frente a él. Mi hermano la levantó apenas de los muslos y volvió a metérsela, esta vez mirándola a la cara. La mujer lo rodeó con las piernas y empezó a rebotar ayudándolo, subiendo y bajando sobre esa polla con una desesperación que me reflejaba. Los dos jadeaban. Los dos estaban ya al límite.

Yo también.

Metí la palma contra mi clítoris y froté en círculos rápidos mientras mis dedos seguían entrando hasta el fondo. Me mordí el antebrazo para no gemir. Sentía el orgasmo subiendo como una ola gruesa, apretándome desde adentro, y no pude frenarlo cuando vi a la mujer echar la cabeza atrás, clavando las uñas en los hombros de él mientras se corría.

Me vine con un sacudón violento.

Todo mi cuerpo se tensó. El coño me palpitó alrededor de mis dedos y tuve que apoyar la espalda en la pared para no caerme. Seguí frotándome mientras me corría, mojándome la mano, el short y parte del muslo. Era un orgasmo largo, desordenado, alimentado por el morbo, los celos y el placer bruto de mirar sin ser descubierta.

Cuando abrí los ojos de nuevo, vi que él también estaba cerca. La agarró con fuerza de la cintura, la hundió un par de veces más y después se quedó tieso, enterrado dentro de ella, corriéndose. La mujer lo besó en la boca apenas él aflojó el cuerpo, todavía respirando con dificultad.

Yo seguía caliente incluso después de haberme venido.

Me saqué los dedos despacio y me los llevé a la boca. Sabían a mi propia excitación, espesa y salada. Mientras los chupaba, los vi acomodarse la ropa con calma, como si aquello fuera algo habitual entre ellos. Eso me produjo una mezcla incómoda y excitante de envidia y deseo. Ellos podían tocarse así, sin esconderse, sin conformarse con mirar desde la sombra.

Yo no.

Al menos no esa noche.

Esperé a que se fueran para volver a entrar a casa. Tenía las piernas flojas y el coño sensible, todavía latiendo por el orgasmo. En mi cuarto, me quité el short húmedo y me tumbé desnuda en la cama. Cerré los ojos y repasé todo: la mamada en el taller, la polla dura del desconocido, la pareja en el coche, los gemidos, la penetración, mis dedos empapados.

Volví a tocarme casi por inercia, más despacio esta vez. No buscaba correrme de nuevo tan rápido, sino estirar ese estado de fiebre que me había dejado la noche. Me acaricié los labios hinchados, metí un dedo con suavidad y jugué con el clítoris hasta hacerme suspirar. Mi cuerpo seguía respondiendo, dócil, abierto, necesitado.

Mirar me había calentado más de lo que quería admitir.

Y también me había enseñado algo simple: a veces el deseo no necesita tocar para incendiarlo todo. Basta una ventana, una sombra, un coche aparcado en el patio y dos adultos follando sin saber que alguien los devora con los ojos. Esa noche yo no fui la protagonista de la escena, pero igual terminé empapada, con la mano oliendo a sexo y la cabeza llena de imágenes que sabía que volvería a usar.

Porque una vez que descubres el placer de espiar, cuesta mucho dejar de mirar.

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Comentarios(6)

NocheLoca_mx

me enganchó desde el primer renglón, no pude parar!!!

Rodrigo_uy

Tremendo, se hizo cortísimo. Esperando la continuacion :)

CeciliaRP

Me encanto como lo contaste, se siente real sin ser burdo. Sigue asi!

Vikingo_BA

la tension que describis se siente en cada linea, uno queda pegado leyendo jajaja

PuraMorbo77

excelente relato!!! muy bien escrito

Roxana_88

Me recordó a algo que viví hace tiempo... estas cosas pasan mas de lo que la gente cree. Muy buen relato

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