El vecino voyeur que miraba nuestra ventana
Mi marido volvió del bar con una cara que le conozco muy bien. No era simple buen humor ni esa modorra tonta del café con licor. Era morbo. Ese brillo en los ojos que se le pone cuando se le mete una idea sucia en la cabeza y ya está imaginándome obedeciéndola.
Yo seguía medio tumbada en el sofá, descalza, con la televisión encendida sin que ninguno de los dos la estuviera mirando. Cerró la puerta, dejó las llaves en el mueble de la entrada y antes de decirme hola se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un papel doblado.
—Te va a gustar esto —me dijo.
Solo con ese tono ya sentí un cosquilleo entre las piernas. Me incorporé un poco y me subí el tirante de la camiseta, viéndolo acercarse despacio, disfrutando de la intriga. Mi marido es así: cuando sabe que tiene algo que me va a poner cachonda, lo alarga.
—No me tengas esperando —le dije.
Se sentó a mi lado, me enseñó el papel con un número de teléfono y me contó lo que había pasado en el bar de abajo. Un vecino del edificio de enfrente se le había acercado. Un hombre maduro, seguro de sí mismo, con unos cuantos amigos mirándolo todo desde una mesa, como si la conversación con mi marido hubiera sido un espectáculo preparado para ellos.
—Dice que nos ha visto muchas veces —murmuró, observándome la cara—. Bueno, a ti. Dice que le encanta mirarte en la ventana.
Tragué saliva despacio. No porque me ofendiera. Todo lo contrario. Aquello me apretó el coño de golpe. Habíamos jugado muchas veces a que me exhibiera en casa, con las cortinas mal corridas, con la luz encendida a propósito, con la certeza casi deliciosa de que alguien podía estar mirando desde otros pisos. Pero una cosa era fantasearlo y otra muy distinta ponerle cara.
—¿Y qué más te dijo?
Mi marido sonrió. Se aflojó un poco el cinturón y abrió las piernas, acomodándose en el sofá como si fuera a paladear cada detalle.
—Que estás buenísima. Que eres una hembra de las que no se olvidan. Y que por cómo te mueves en la ventana se nota que eres caliente.
Noté el calor subir por mi cuello. No me hice la escandalizada. A esas alturas de nuestro matrimonio, la verdad siempre nos había servido más que la pose. Me excita que me miren. Me excita más todavía saber que él disfruta usándome para eso.
—¿Y tú qué le contestaste?
—Que tenía prisa. Pero me dio su número y dejó claro que quiere repetir la conversación. Él y sus amiguitos.
Se me escapó una sonrisa. Mi marido la vio y la sostuvo con la suya. Había hambre en su mirada. Hambre de verme reaccionar, de empujarme un poco más, de llevar nuestra costumbre exhibicionista a un sitio más concreto y más sucio.
—Mírame —me ordenó.
Lo hice.
—Ahora mismo, mientras te lo cuento, dime la verdad. ¿Estás mojada?
Separé apenas los muslos. Llevaba un pantalón corto fino de estar por casa, y solo el roce de la tela contra el coño ya me resultaba demasiado consciente.
—Sí.
—Enséñamelo.
No dudé. Me subí el pantalón corto y aparté la tela de la entrepierna. No llevaba bragas porque era una tarde de calor y porque a él le gusta encontrarme así, accesible, lista. Mis labios ya brillaban. Metí dos dedos y salieron húmedos.
Mi marido soltó un bufido bajo, casi animal.
—Joder. Solo por saber que un vecino te mira.
—Y por verte contármelo así.
Se inclinó y me chupó los dedos sin apartar los ojos de los míos. Los tomó hasta los nudillos, tragándose mi humedad despacio, como si quisiera saborearla de verdad. Ese gesto, tan simple, siempre me desarma. Me hizo gemir y abrir más las piernas.
—Levántate —dijo.
Me llevó de la mano hasta la ventana del salón. Las cortinas estaban a medio correr. Enfrente, al otro lado de la calle, se alzaba la hilera de pisos que conocíamos de memoria. Ventanas, balcones, persianas a medias. Durante años habían sido solo un decorado. Esa tarde se habían convertido en ojos.
—Quiero que pienses en él —me dijo, poniéndose detrás de mí—. En ese vecino mirándote desde su casa. En cómo habrá hablado de ti con esos otros cabrones del bar.
Me pegó la pelvis al culo y noté su erección dura a través del pantalón. Me agarró del cuello con una mano, firme pero sin apretar demasiado, y con la otra me subió la camiseta hasta dejarme las tetas al aire frente al cristal.
—Así te habrá visto muchas veces, ¿no?
—Sí —susurré.
Me pellizcó un pezón. El dolor breve me atravesó como una descarga. Luego me lo frotó con los dedos, endureciéndomelo más, mientras bajaba la otra mano entre mis piernas. Encontró mi coño abierto y húmedo, y soltó una risa seca.
—Estás chorreando, puta.
Ese insulto en su boca nunca ha sido desprecio. Es propiedad. Juego. Un empujón obsceno hacia el sitio donde ambos queremos estar. Me mordí el labio mientras me acariciaba el clítoris con movimientos cortos y exactos.
—Abre más.
Separé las piernas, apoyando las manos en el marco de la ventana. Él me bajó el pantalón corto hasta los muslos. La tela me ató un poco los pasos y me dejó expuesta, con el culo desnudo y el coño de cara al edificio de enfrente. Solo el aire de la calle ya me ponía la piel de gallina.
—Si ahora mismo nos están mirando, que vean bien cómo te pones —murmuró.
Metió un dedo. Luego dos. Entraron fáciles, porque estaba empapada. Los movió despacio al principio, explorándome, sintiendo cómo me tragaba su mano. Yo me arqueé contra él y choqué los muslos, pero me dio una palmada en el culo.
—Quieta. Quiero que lo aguantes.
Lo aguanté. O lo intenté. Porque al cabo de unos segundos ya me estaba follando con los dedos de verdad, empujándolos hasta el fondo y saliéndolos casi del todo antes de volver a meterlos. El sonido húmedo de mi coño llenó el salón más que la televisión. Gemí sin cuidado. Si alguien escuchaba desde fuera, mejor.
—Así le gusta verte, ¿eh? —dijo—. Caliente, abierta y exhibida.
—Sí.
—Más alto.
—Sí, joder.
Me sobó una teta con fuerza mientras seguía dedos adentro de mí. Los giró y encontró ese punto que me hace perder la respiración. Mis piernas empezaron a temblar. Apoyé la frente en el cristal y cerré los ojos un segundo, imaginando de golpe una silueta al otro lado de la calle, unos prismáticos quizá, o simplemente un hombre quieto detrás de una cortina, cascándosela con mi cuerpo en la ventana.
Ese pensamiento me corrió un latigazo por la espalda.
—No cierres los ojos —me ordenó—. Mira fuera.
Los abrí. Las ventanas de enfrente seguían ahí, normales y anodinas, pero ya no podían volver a parecerme inocentes.
Mi marido me sacó los dedos y me los restregó por el culo, bajando luego hasta la entrada de mi coño otra vez, mezclando mi humedad por toda la entrepierna. Después me dio otra palmada, más fuerte, y el ardor me arrancó un quejido ronco.
—Ponte de rodillas.
Obedecí junto al sofá, todavía de cara a la ventana. Lo escuché bajarse la cremallera. Su polla salió dura, gruesa, ya algo brillante en la punta. La tomé con la mano por puro reflejo, pero me apartó la muñeca.
—No. Quiero usar tu boca porque me has puesto así. Porque otro hombre te desea y tú disfrutas sabiéndolo.
Me agarró del pelo y me la acercó a los labios. La abrí y lo recibí sin teatro. Primero la punta, luego más, hasta sentirla pesada sobre la lengua. Tenía ese sabor salado y familiar que me enciende enseguida. Empecé a chupar despacio, cerrando los labios y soltándolos, marcando el ritmo con la mano en la base mientras él me sujetaba el pelo.
—Eso es. Trágatela.
Lo hice. Bajé hasta donde pude, notando cómo me llenaba la boca y me rozaba la garganta. Retrocedí con saliva resbalándome por la barbilla, y volví a meterla una y otra vez. Mi marido empezó a empujar la cadera, primero suave, después con más hambre. Cada embestida me hacía lagrimear un poco, y ese ahogo controlado me ponía todavía más caliente.
—Joder, qué bien chupas —gruñó—. Si ese vecino pudiera verte ahora se correría en los pantalones.
Me sacó la polla para que respirara y me dio dos golpecitos en la mejilla con la punta.
—Mírame.
Levanté la vista.
—Dime qué quieres.
—Que me folles en la ventana.
—¿Para quién?
Tardé un segundo, pero no me escondí.
—Para ti. Y para quien esté mirando.
Su sonrisa fue sucia, satisfecha. Me levantó del brazo y me volvió a colocar frente al cristal. Esta vez me inclinó más, empujándome el torso hacia delante. Me bajó del todo el pantalón corto y lo dejó enredado en un tobillo. Luego me abrió el culo con las manos y soltó un silbido al ver cómo mi coño seguía goteando.
—Mira qué desastre estás hecha.
Se escupió en la mano, no porque hiciera falta, sino por gusto, por lo crudo del gesto. Me frotó la saliva entre las nalgas y la dejó bajar hasta el coño. Después me colocó la punta en la entrada y me apretó la nuca.
—No te muevas.
Entró despacio al principio, abriéndome con esa presión deliciosa que siempre me hace jadear. Cuando estuvo a medio camino se detuvo un segundo, solo para alargarme el hambre. Yo empujé hacia atrás, necesitando más, y me respondió metiéndomela de una estocada hasta el fondo.
Grité.
No pude evitarlo. Se me doblaron un poco las rodillas y tuve que agarrarme al marco con fuerza. Su polla me llenaba entera, dura y caliente, y al retirarse apenas lo justo para volver a clavarla sentí cómo mi coño lo recibía casi con ansia.
—Así —dijo entre dientes—. Así te quería.
Empezó a follarme con un ritmo firme, seco, sin ternura, chocando contra mi culo con un sonido cada vez más sucio. El cristal vibraba apenas bajo mis manos. Cada embestida me hacía rebotar las tetas y me abría más. Yo gemía sin esconderme, sabiendo que era imposible que no se me oyera al menos dentro de casa, imaginando que fuera también.
—Más fuerte —le pedí.
—¿Quieres que te use bien?
—Sí.
—¿Quieres que te vea ese cabrón?
—Sí, joder, sí.
Entonces sí me dio más. Me agarró de la cadera y del pelo a la vez y empezó a follarme con embestidas más largas, saliéndose casi del todo antes de volver a hundirse. La sensación de vacío y golpe me volvía loca. Cada vez que entraba hasta el fondo me arrancaba una especie de espasmo en el vientre.
Bajé una mano entre mis piernas y empecé a frotarme el clítoris. Él lo vio en el reflejo del cristal y me la agarró.
—Todavía no. Quiero oírte suplicar.
Me corrió la mano de golpe y siguió follándome sin piedad. Yo ya estaba demasiado excitada para discutir. Solo podía aguantar el ritmo, ofrecerle el culo, abrir las piernas un poco más. Empecé a decir su nombre entre jadeos. Luego ya no eran palabras enteras. Solo sonidos rotos.
Me soltó el pelo y bajó una mano a mi garganta por delante, sujetándome el cuello sin cortar el aire, solo para sentirme ahí, atrapada y empalada. Con la otra me pellizcó un pezón a través de la postura incómoda, retorciéndomelo lo justo para mezclar dolor y placer.
—Te estás corriendo, ¿verdad?
—Casi.
—No te he dado permiso.
Jadeé una risa desesperada. Ese juego de control me calienta demasiado porque sé que al final siempre me hace llegar cuando quiere, no cuando yo puedo. Me dejó un segundo al borde, sosteniéndome ahí con la polla bombeando en un ritmo perfecto, exacto, y entonces aflojó de golpe.
Gemí de frustración.
—Date la vuelta.
Me giré torpemente. Se sentó en el borde del sofá, con la polla dura y empapada, y tiró de mí hasta sentarme a horcajadas sobre él. Quedé frente a la ventana, esta vez con la espalda hacia la calle. Él me sostuvo por el culo y me bajó despacio sobre su polla. Entró otra vez y sentí un alivio tan intenso que solté un suspiro largo, obsceno.
—Ahora sírveles la vista —dijo, mirándome las tetas botar frente a él.
Empecé a moverme arriba y abajo, al principio lenta, acostumbrándome otra vez al grosor. Después fui cogiendo ritmo, clavándomelo sola, rebotando sobre sus muslos. Él me ayudaba guiándome por las caderas, subiéndome y bajándome con fuerza cuando me quedaba corta.
—Eso, folla —me dijo—. Muévete para que te vean.
Le agarré los hombros y me dejé llevar. Ya no había pudor, si es que alguna vez lo hubo. Solo calor, sudor, el sonido de su piel contra la mía y la certeza alucinante de que en algún lugar, detrás de un vidrio ajeno, podía haber ojos fijos en nosotros. Ojos concretos. Deseo concreto. Eso convertía la escena en algo mucho más denso que una simple fantasía.
Mi marido se inclinó y me chupó un pezón con ganas, mordisqueándolo después. Luego bajó la mano entre nuestros cuerpos y empezó a frotarme el clítoris por fin. Casi me desplomé sobre él.
—No pares —me advirtió.
No paré. Seguí cabalgándolo mientras me frotaba. Mi coño estaba tan hinchado y sensible que cada roce me disparaba más. Él mantenía un círculo rápido y duro con los dedos, justo como sabe que me gusta cuando estoy muy cerca. Yo ya no gemía: gritaba su nombre, le soltaba obscenidades al oído, le decía que me iba a correr, que me dejara, que por favor.
—Dilo bien —me exigió.
—Déjame correrme mirando la ventana.
—¿Pensando en el vecino?
Lo miré directo, sin mentir.
—Pensando en que nos están viendo.
Sonrió y aceleró un poco más la mano.
El orgasmo me golpeó sin delicadeza. Me arqueé, se me cerró el vientre y empecé a sacudirme encima de él, apretándole la polla con contracciones que me arrancaban gemidos cada vez más agudos. Me corrí larga, mojándolo más, temblando sobre sus muslos, y aun así él no me dejó parar. Siguió clavándome desde abajo mientras yo apenas podía mantener el ritmo.
—Así quería verte —gruñó—. Corriéndote para esos mirones de mierda.
Estaba tan sensible que casi dolía, pero ese exceso también me gustaba. Me tenía al límite entre placer y saturación, y me mantuvo ahí varios segundos, bombeando fuerte. Yo me aferré a él, con la cara hundida en su cuello, oliendo su sudor.
Entonces me apartó la cadera y me levantó de golpe la barbilla.
—Al suelo otra vez.
Bajé como pude, todavía con las piernas flojas. Me arrodillé frente a él. Su polla seguía dura, brillante, palpitando con esa tensión previa a correrse. Le pasé la lengua por la punta y sentí mi propio sabor mezclado con el suyo. Él me acarició el pelo, menos brusco ahora, pero con la misma autoridad.
—Ábreme esa boca.
La abrí. Me la metió y empezó a follarme la boca con embestidas cortas y cada vez más urgentes. Yo lo recibí todo lo que pude, sujetándole la base con una mano para marcar el ritmo cuando se aceleraba demasiado. La saliva me caía por la comisura, y el ruido húmedo de sus metidas llenó el salón otra vez.
—Me voy a correr —avisó.
Eso me excitó todavía más. Me la saqué un segundo para mirarlo.
—Hazlo en mi cara o en mi boca. Tú decides.
Soltó una carcajada ronca.
—Qué puta eres.
Volví a tragármela sin responder. Dos embestidas más, tres, y noté su cuerpo tensarse. Me sujetó del pelo, me la hundió hasta donde pudo y se corrió con un gemido grave. La primera descarga me cayó en la lengua. Tragué. Luego me sacó la polla y siguió corriéndose sobre mis labios y mi barbilla, jadeando mientras yo levantaba la cara para recibirlo. Parte resbaló hasta una teta.
Lo miré así, manchada, y vi en sus ojos esa mezcla de orgullo y deseo satisfecho que tanto me gusta provocarle.
Permanecimos unos segundos respirando fuerte. La televisión seguía encendida. La calle seguía ahí. Todo parecía igual y, sin embargo, ya no lo era.
Me pasó el pulgar por la barbilla, recogiendo un poco de su corrida, y me lo metió en la boca. Lo chupé despacio.
—Quiero llamar a ese vecino —dijo al fin.
La frase me dejó otro escalofrío, distinto, más profundo. Me limpié un poco con el dorso de la mano, aunque no demasiado. Todavía seguía desnuda de cintura para abajo, con el coño latiendo y las piernas temblorosas.
—¿Para qué?
—Para que la próxima vez no tenga que imaginarse nada desde lejos.
Sentí un nudo caliente en el estómago. No de miedo. De anticipación. Mi marido leyó mi reacción enseguida.
—No hoy —aclaró—. Hoy quería verte así. Saber qué te hacía sentir ponerle rostro al voyeur. Y ya lo sé.
Se levantó, fue hasta la ventana y esta vez abrió un poco más la cortina. Miró hacia el edificio de enfrente con una calma que me puso otra vez cachonda.
—Si nos ha visto, ahora mismo debe de estar temblando.
Me acerqué a él aún medio desnuda y le abracé por la espalda. Apoyé la mejilla entre sus omóplatos.
—La próxima vez —le susurré— no quiero solo que mire.
Se volvió despacio. Me agarró de la mandíbula, sonriendo con una obscenidad tranquila.
—Ya lo suponía.
Nos besamos. Mi sabor, el suyo, el resto de la corrida todavía entre nosotros. Afuera empezaba a caer la tarde. Adentro, en nuestro piso, acababa de abrirse una puerta que ninguno de los dos quería volver a cerrar.
Y por primera vez, cuando miré las ventanas de enfrente, no pensé en vecinos. Pensé en público.
Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí escorts VIP en Rosario.