Cuatro días de voyeurismo en la montaña
Clara me escribió un jueves por la noche, cuando yo ya estaba medio dormido y pensando en cancelar todo plan del fin de semana largo para quedarme en casa. Su mensaje fue directo, sin rodeos, como era ella cuando decidía jugar fuerte.
—Sé que llevas tiempo mirándome como si quisieras arrancarme la ropa. Tengo cuatro días libres y una cabaña en la montaña. Si te atreves, ven a buscarme mañana a las ocho.
Leí eso tres veces antes de contestar. No porque dudara, sino porque quería medir cada palabra y no sonar demasiado desesperado. Al final escribí lo único posible.
—Paso por ti. Pero no prometo portarme bien.
Su respuesta llegó al instante.
—No te lo estoy pidiendo.
A la mañana siguiente llevé el coche recién lavado, el depósito lleno y la polla dura desde antes de arrancar. Cuando toqué el claxon frente a su edificio, apareció en la acera con una maleta pequeña y una sonrisa lenta, de esas que ya te desabrochan el pantalón sin tocarte. Venía con una camiseta blanca fina, sin mangas, pegada al cuerpo por el calor de la mañana. Debajo se marcaban los pezones y el contorno del sujetador sin tirantes. La falda corta de cuero negro se le ajustaba a las caderas como si hubiera sido pintada sobre su piel.
Subió al coche, me besó en la comisura de los labios y dejó la maleta detrás.
—Conduce —dijo—. Quiero ver si de verdad valió la pena aceptar tu invitación.
Clara tenía más de treinta años, sabía exactamente el efecto que causaba y disfrutaba provocándolo. No jugaba a hacerse la inocente. Eso, más que su cuerpo, era lo que me volvía loco.
Tomamos la carretera de montaña con el techo bajado y el sol ya golpeando fuerte. Al principio hablamos de cualquier cosa: del tráfico, del lago, de la cabaña aislada que había alquilado, de la comida que habíamos llevado. Pero en realidad ninguno de los dos estaba ahí por las vistas. Yo no podía dejar de mirar sus piernas abiertas apenas lo justo, la curva de sus muslos, el borde rosado de la tela que asomaba cuando el viento movía la falda.
Ella se dio cuenta y no hizo nada para impedirlo. Al contrario. Se removió en el asiento, cruzó una pierna, luego la volvió a descruzar y dejó que la falda subiera un poco más.
—Si sigues mirando así, vas a salirte de la carretera —murmuró.
—Si sigues enseñándome tanto, será culpa tuya.
Sonrió sin mirarme. Luego apoyó una mano en mi muslo y la dejó ahí, pesada, caliente, tranquila. Ese gesto me dio permiso para hacer lo mismo. Deslicé la mano derecha sobre su pierna izquierda y noté la tensión bajo la piel. No me detuvo. Fui subiendo despacio, disfrutando cada centímetro, cada pequeña reacción, cada respiración más honda que se le escapaba sin querer.
Cuando mis dedos llegaron al borde del tanga, ella abrió un poco más las piernas. No tuve que preguntarle nada. Aparté la tela con la yema de los dedos y encontré calor, humedad y vello suave. Nada de depilación perfecta, nada de pose de revista. Un coño adulto, natural, mojado antes de que apenas lo tocara. Eso me excitó todavía más.
—Joder —murmuré—. Ya estás empapada.
—Entonces deja de tantear y mételos —dijo entre dientes.
Lo hice de golpe, dos dedos adentro, firmes, sintiendo cómo se abría para recibirme. Clara soltó un gemido ronco y se agarró al asiento. Yo seguí conduciendo con la otra mano, notando su coño apretarme los dedos mientras la penetraba una y otra vez, cada vez más profundo. La tela del tanga estaba tan mojada que se pegaba a sus labios. Ella levantó la cadera para ayudarme a bajárselo y yo tiré de la tira lateral hasta sacar la prenda por una de sus piernas.
En ese momento un camión nos adelantó lentamente. El conductor giró la cabeza y vio a Clara con la falda arriba, las piernas abiertas y mi mano hundiéndose entre ellas. No apartó la vista en varios segundos. Ella se puso colorada, pero no cerró las piernas. Al revés: me agarró la muñeca y me obligó a meterle un tercer dedo.
—Que mire —dijo—. Que vea cómo me tienes.
La carretera siguió abriéndose entre curvas y pinos, y nosotros entramos en un juego cada vez más sucio. Cada vez que se acercaba un camión o un coche alto, Clara se subía más la falda o inclinaba las piernas para exhibirse mejor. Yo le sacaba los dedos empapados y se los mostraba a quien alcanzara a mirar. Más de uno tocó el claxon. Más de uno redujo la velocidad. Ella se mordía el labio, excitada por aquellas miradas extrañas, por el riesgo, por saberse observada.
—Mastúrbate —le ordené.
No dijo nada. Bajó la mano, separó los labios de su coño y empezó a frotarse el clítoris con movimientos cortos, rápidos, crueles. Yo miraba la carretera a ráfagas y su cuerpo el resto del tiempo. Sus muslos temblaban. La vi meter dos dedos donde habían estado los míos, sacarlos brillantes, volver a entrar, y abrirse más justo cuando otro camión se ponía a nuestra altura.
—Así —le dije—. Enséñate bien.
El conductor tocó el claxon dos veces. Clara soltó una carcajada nerviosa que se convirtió en gemido cuando apreté la palma de mi mano contra su coño y empecé a frotarla con fuerza. El orgasmo le llegó allí mismo, en movimiento, con el aire golpeándonos la cara y un desconocido mirando desde una cabina enorme. Arqueó la espalda, apretó los dientes y se corrió sobre mis dedos, mojándome la mano por completo.
—Joder... joder... —repetía, respirando a saltos.
Me chupó dos dedos sin apartar la vista de mí y esa imagen casi me hizo perder el control del coche.
***
La cabaña estaba aislada junto a un lago estrecho y oscuro, rodeado de árboles altos. Era justo lo que había prometido: silencio, calor, agua limpia y ninguna casa cerca. Apenas entramos dejamos las bolsas en el suelo. Clara miró por la ventana hacia el lago y luego se volvió hacia mí.
—¿De verdad no hay nadie alrededor?
—A esta distancia, no. Pero si sales al muelle, cualquiera en una barca podría verte.
Eso la hizo sonreír.
—Perfecto.
Se quitó la camiseta sin ceremonia, luego el sujetador, y sus tetas quedaron libres, pesadas, vivas, con los pezones ya duros. Después se bajó la falda y se quedó desnuda del todo frente a mí, sin esconder nada. Su cuerpo no necesitaba adornos. Tenía el coño todavía hinchado y brillante por lo de la carretera, el vello húmedo pegado en algunos mechones, las piernas firmes, la piel enrojecida por el viaje. Me desnudé yo también, y ella bajó la vista hasta mi polla con una mueca satisfecha.
—Ahora sí me creo que me deseabas —dijo.
No contesté. La agarré de la nuca y la besé con hambre, empujándola hasta la puerta trasera de la cabaña, la que daba directo al lago. Salimos desnudos al sol, caminamos por la madera caliente del pequeño muelle y entramos al agua. Estaba fresca, pero no tanto como para cortar la excitación. Clara se metió despacio, suspirando, hasta que el agua le llegó a la cintura. Yo me hundí y nadé hacia ella por debajo.
Mis manos encontraron sus muslos antes que ella me viera. Se aferró a mis hombros cuando le abrí las piernas en el agua y le pasé la lengua por el coño desde abajo, tragando mezcla de lago, sudor y su sabor salado. El contacto la desarmó enseguida. Gemía mirando al bosque, con la cabeza echada hacia atrás, mientras yo la lamía entre las piernas y le clavaba los dedos en las caderas para mantenerla abierta.
Su clítoris estaba sensible por el orgasmo del coche, y cada vez que lo rozaba daba un pequeño salto y me hundía más contra ella. Empecé lento, lamiéndole los labios, metiendo la lengua en la entrada, sacándola y volviendo, hasta que la noté empezar a temblar otra vez. Entonces apreté. Lengua firme, chupadas más intensas, una mano subiendo para meterle dos dedos mientras la otra la sostenía desde el culo.
—No pares —jadeó—. No pares, cabrón.
No paré. Le follé el coño con los dedos dentro del agua mientras se lo comía con la boca. Clara se corrió apretándome la cabeza contra su pelvis. El orgasmo le salió en un gemido sucio, largo, sin vergüenza. Parte se perdió en el lago y parte me llenó la boca. Cuando saqué la cabeza, tenía la respiración rota y una sonrisa de pura lujuria.
Nos besamos de inmediato. Ella probó su propio sabor en mi lengua y se excitó aún más al notarlo. Luego bajó despacio por mi torso con la boca, me empujó hasta que el agua me dio justo bajo el pecho y se arrodilló en la parte menos profunda. Mi polla ya estaba dura desde mucho antes, pesada y tensa, y Clara la tomó con una mano como si llevara toda la mañana pensando en ese momento.
Primero me lamió la punta. Después la recorrió entera con la lengua, lenta, mirándome desde abajo. Yo le aparté el pelo mojado de la cara y vi en sus ojos ese brillo de quien está a punto de hacer una barbaridad porque quiere, no porque se lo pidan. Abrió la boca y me la tragó de golpe hasta donde pudo.
—Así... sí... —se me escapó.
Ella fue marcando el ritmo con la cabeza, hundiéndose y subiendo mientras una mano me masajeaba los huevos debajo del agua. La sensación era brutal: la humedad tibia de su boca, el contraste del lago frío alrededor, el vacío cada vez que salía y el golpe de placer cuando volvía a bajar. Empezó a chuparme con más fuerza, cerrando los labios justo detrás de la punta y dejando que la saliva resbalara por el tronco. Cada embestida de su boca me acercaba más al borde.
Le avisé, pero ella no se apartó.
—Me voy a correr.
Clara respondió metiéndosela más. Noté el tirón en el bajo vientre y me corrí dentro de su boca en varias sacudidas, sujetándole el pelo mientras soltaba el semen y ella tragaba lo que podía. Cuando salió a tomar aire, tosió un poco, se limpió la comisura con el dorso de la mano y se rió.
—Eso sí fue demasiado —dijo—. Y aun así quiero más.
***
Descansamos un rato en la orilla, tumbados sobre las toallas, dejando que el sol nos secara la piel. Yo le acariciaba el vientre y el monte de Venus sin apurar nada. Ella tenía los ojos cerrados, pero cada cierto tiempo abría las piernas un poco más, como si incluso dormida siguiera ofreciéndose.
Cuando empezaba a caer la tarde, volvimos a la cabaña. Le pedí que no se vistiera y no protestó. Fuimos preparando algo simple para cenar, desnudos los dos, descalzos sobre el suelo de madera. El ambiente tenía algo obsceno y doméstico a la vez. Ella cortaba pan y tomate mientras yo abría vino y, de vez en cuando, pasaba por detrás para apretarle una teta, morderle el hombro o darle una palmada seca en el culo.
La tercera nalgada la hizo gemir de verdad.
—Más fuerte —dijo sin girarse.
Le di otra, más sonora. La piel se le puso roja al instante. Clara apoyó ambas manos en la encimera y separó los pies. Su coño, entre las piernas, ya volvía a estar brillante.
—Mira cómo me pones solo con eso —murmuró.
Me acerqué por detrás, le abrí las nalgas y vi la humedad resbalándole por la cara interna del muslo. Pasé dos dedos por su raja, desde el culo hasta el clítoris, y luego se los metí en la boca. Los chupó sin apartar la vista de la ventana, como si le excitara la idea de que alguien pudiera verla desde fuera.
—¿Quieres jugar otra vez a que nos miren? —pregunté.
—Quiero que me folles donde se vea bien —respondió.
La llevé hasta el ventanal del salón, el más grande de la cabaña. Afuera empezaba a anochecer, pero con las luces interiores encendidas cualquiera desde el lago o desde el sendero podía vernos si pasaba cerca. Ese riesgo era suficiente para que ella estuviera temblando.
La puse de espaldas al cristal, le levanté una pierna y le chupé una teta mientras la mano le trabajaba el coño. Luego la giré de golpe, dejándola con las palmas apoyadas en el vidrio, el culo apuntando hacia mí y hacia la oscuridad exterior. Le acaricié la entrada con la punta de la polla varias veces solo para hacerla suplicar.
—Métela ya.
Entré de una sola embestida. Clara gritó y su voz rebotó en el cristal. Su coño me tragó apretado, caliente, todavía sensible, y yo empecé a follarla con ganas desde el primer segundo. Sin ternura. Sin pausa. Cada golpe hacía vibrar el ventanal. Le agarré una teta con una mano y con la otra el cuello, no para ahogarla sino para mantenerla quieta mientras se la metía hasta el fondo.
—Así querías, ¿no? —le dije al oído—. Abierta, desnuda y visible para cualquiera.
—Sí... sí... no pares.
Le di una nalgada entre embestida y embestida. Luego otra. Después le metí dos dedos en la boca para que los chupara mientras seguía follándola desde atrás. Clara babeaba, gemía, dejaba marcas de vaho en el vidrio. Tenía la mirada perdida, encendida, completamente entregada al morbo de estar expuesta.
Cambié el ángulo y empecé a darle más fuerte, más rápido. Su coño sonaba húmedo y obsceno en toda la sala. La vi llevar una mano abajo para frotarse el clítoris mientras yo la penetraba y eso me aceleró todavía más. Se estaba masturbando mientras se dejaba follar contra la ventana, ofreciéndole el espectáculo a la noche.
—¿Te imaginas a alguien ahí fuera mirándonos? —le susurré.
Eso bastó. Se corrió de nuevo con una sacudida violenta, apretando la frente contra el cristal. Su coño me estrujó la polla y casi me hizo acabar en ese mismo instante, pero me contuve. La aparté del ventanal y la llevé al sofá.
La tumbé boca arriba, le abrí bien las piernas y me arrodillé entre ellas para verle el coño hinchado, abierto, resbalando de pura excitación. Le escupí encima y luego bajé la cara a lamerla otra vez. Ahora tenía otro sabor: más espeso, más fuerte, mezclado con nuestro sudor y con el olor cálido de la casa. Clara me agarró del pelo y me guio justo donde lo necesitaba. Yo le chupé el clítoris mientras le metía primero dos dedos y luego tres, abriéndola, oyendo cómo perdía la respiración.
Cuando vi que estaba a punto de venirse otra vez, me incorporé y la coloqué al borde del sofá. Levantó las piernas por sí sola y se sujetó detrás de las rodillas. Esa postura la dejaba completamente abierta. Le entré mirando cómo mi polla desaparecía dentro de ella, lento primero, hasta el fondo, y después empecé a embestir con un ritmo constante que fue subiendo poco a poco.
Sus tetas rebotaban con cada golpe. Ella se las agarraba, se pellizcaba los pezones, me miraba como si quisiera que la rompiera.
—Más fuerte.
Se lo di. La habitación se llenó del ruido húmedo de la penetración y de sus gemidos cada vez menos contenidos. Me pidió que la insultara y lo hice. Le dije lo obscena que se veía, lo mucho que le gustaba ser mirada, lo mojada que estaba por enseñarse. Cada palabra la calentaba más. Entonces me pidió algo más.
—Dame la vuelta y tócame el culo.
La puse a cuatro patas sobre el sofá, le separé las nalgas y pasé el pulgar en círculos por el ano, sin entrar. Su cuerpo respondió con un escalofrío visible. Con la otra mano le seguí follando el coño con dos dedos mientras la polla descansaba un segundo, dura y brillante, contra mi vientre.
—Solo si me dices que sí —le advertí.
—Sí. Pero despacio.
Cogí lubricante de la maleta y le unté el dedo. Empecé con uno, muy poco a poco, dejándola acostumbrarse. Clara respiraba hondo y empujaba hacia atrás, pidiéndome más sin palabras. Cuando ya estaba relajada, saqué el dedo, lo sustituí por la polla en el coño y seguí penetrándola mientras el pulgar volvía a rodearle el ano, estimulándolo justo lo suficiente para volverla loca.
Esa mezcla la destrozó. Se corría y se quejaba al mismo tiempo, diciendo mi nombre, pidiéndome que no la sacara nunca. Yo la agarré de la cintura y le di duro desde atrás, profundo, sintiendo sus espasmos en cada centímetro de mi polla. La intensidad nos arrastró a los dos.
Me corrí dentro con una descarga larga, sujetándola contra mí, enterrado hasta el fondo. Clara seguía temblando cuando salí, y parte del semen le resbaló por la cara interna del muslo. Metí dos dedos para empujarlo de nuevo adentro y ella soltó un gemido agotado, satisfecho, casi animal.
***
La primera noche terminó con los dos desnudos en la cama, pegados por el sudor, mirando el techo de madera. Pensé que ya no nos quedaban fuerzas, pero con Clara eso nunca era seguro.
Al amanecer del segundo día me despertó montándome despacio, con la ventana abierta y la luz gris entrando por las cortinas. Tenía el pelo revuelto, las tetas balanceándose sobre mí y una expresión de puro vicio.
—No quería desperdiciar la mañana —dijo.
La agarré por las caderas y la dejé cabalgar a su ritmo. Subía y bajaba sobre mi polla con la espalda recta al principio, disfrutando cada roce, y luego se fue inclinando hacia delante, más rápida, más necesitada. Yo le apretaba el culo, le abría las nalgas, miraba cómo me engullía una y otra vez. Se inclinó hasta chuparme una teta imaginaria en el pecho entre risas y gemidos, y ese gesto tan sucio como juguetón me hizo volver a endurecerme todavía más.
El tercer día nos bañamos desnudos en el muelle aun sabiendo que había otra pareja en una barca al fondo del lago. No se acercaron, pero tampoco apartaron la vista. Clara dejó que la besara, que le metiera mano entre las piernas, que la pusiera de rodillas sobre la madera húmeda para follarla mirando al agua mientras los otros fingían mirar el paisaje. Yo sabía que podían vernos. Ella también. Ese morbo se había vuelto parte del viaje, quizá la parte más adictiva.
La última noche, antes de volver, cenamos poco y follamos mucho. En la cocina, apoyada sobre la mesa. En la ducha, con el agua caliente cayéndonos por la espalda. En la cama, despacio esta vez, como si quisiéramos estirar el tiempo. Cada encuentro era distinto, pero todos tenían el mismo centro: su placer de ser observada, mi deseo de exhibirla, esa confianza brutal que se había instalado entre nosotros sin pedir permiso.
Cuando regresamos a la ciudad el cuarto día, Clara volvió a ponerse una falda corta. No llevaba ropa interior. Lo supe porque, antes de bajarse del coche frente a su edificio, me tomó la mano y la hundió entre sus piernas una última vez.
Estaba húmeda otra vez.
—Esto no se queda en la montaña —me dijo.
Me dejó los dedos empapados, me los hizo oler y me besó con calma, como si no acabáramos de pasar cuatro días enteros reventándonos de deseo.
La vi alejarse sin mirar atrás, sabiendo perfectamente que volvería a llamarme. Y que, cuando lo hiciera, no sería para hablar del paisaje.
Para quienes leen desde zona oeste: escorts en Moreno, con fotos reales.