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Relatos Ardientes

Me pagó por mirarme en su coche

La última entrevista a la que fui no me dio el empleo que buscaba, pero sí me abrió otra puerta. No voy a fingir que me escandalicé demasiado, porque desde el primer correo entendí perfectamente lo que quería aquel hombre. Yo necesitaba dinero con urgencia, él tenía poder, tiempo y unas ganas bastante evidentes de pagar por mirar.

Se llamaba Armando en sus mensajes, aunque ese tampoco era su verdadero nombre, y dirigía una empresa cultural donde yo había intentado entrar. No me faltaba presencia, ni labia, ni ganas de trabajar. Lo que me faltaba era el maldito requisito que usan para descartarte con una sonrisa educada. Me dijo que no podía contratarme, pero que se había quedado pensando en mis piernas durante toda la tarde.

No fue sutil. Tampoco lo necesitaba.

Primero me invitó a cenar. Luego dejó claro que la cena no era una cita, sino una negociación con mantel blanco y copa de vino. Quería verme de cerca, disfrutar de mi ropa, rozarme un poco y, después, aparcar en algún sitio discreto para que yo lo dejara mirarme como él quisiera. Pagaría bien. Si yo colaboraba con ganas, pagaría mejor.

Durante varios días jugué a tensar la cuerda. Le respondía tarde, le daba pie y luego lo frenaba. Le decía que no era ese tipo de mujer mientras elegía con cuidado cada frase para que siguiera insistiendo. Hay hombres que se excitan más con la resistencia que con la entrega, y él era uno de esos. Cuanto más me hacía la distante, más dinero ofrecía.

Al final acepté la cena con condiciones muy claras. Nada de besos. Nada de meter mano bajo la ropa. Nada de sacarse la polla ni de tocarme a la fuerza. Él podía mirar, acariciar por encima, excitarse todo lo que quisiera y correrse si le daba la gana, pero bajo mis reglas. La cifra subió otra vez y yo dejé de fingir que lo estaba dudando.

Vivo con mi padre desde hace un tiempo, por cuestiones prácticas y por esa mala costumbre que tiene la vida de encarecerlo todo. No le debía explicaciones a nadie sobre cómo resolvía mis cuentas, pero reconozco que había una parte de mí excitada por el secreto. No solo por el dinero. También por el poder de entrar en un restaurante como una candidata formal y salir de allí convertida en la fantasía pagada de un desconocido.

El día de la cena me preparé sin prisa. Elegí un vestido oscuro, ajustado en la cintura y lo bastante corto para insinuar las medias al cruzar las piernas. Debajo llevaba un conjunto de lencería azul con negro, sujetador liviano y una tanga mínima que apenas cubría nada. También me puse liguero, porque si iba a hacerlo, iba a hacerlo bien. Salí depilada, perfumada y sabiendo exactamente el efecto que iba a causar.

Nos encontramos frente a un restaurante discreto, de esos donde la luz es baja y el servicio sabe mirar sin ver. Él era mayor que yo por bastante, bien conservado a distancia y ajado de cerca. Traje caro, reloj sobrio, manos grandes, la piel del cuello vencida por los años. Cuando me vio acercarme, sus ojos bajaron a mis piernas antes de saludarme. Ese detalle me hizo sonreír. Ni siquiera intentó disimular.

—Estás impresionante —dijo, apartándome la silla.

—Usted invitó —respondí—. Lo mínimo era venir a la altura.

Le gustó que lo tratara de usted. Lo noté enseguida. Algunos hombres pagan por piel. Otros pagan por un matiz en la voz.

La cena fue mejor de lo que esperaba. Hablamos de música, de espectáculos, de contactos, de las puertas que se abren y de las que siempre se cierran a tiempo para joderte. Él sabía escuchar cuando quería, pero en realidad me estaba devorando con la mirada. Cada vez que yo levantaba la copa, cada vez que me echaba el pelo hacia atrás, cada vez que me recolocaba en la silla, notaba sus ojos encima.

Yo tampoco fui inocente. Dejaba que el vestido subiera un poco al cruzar las piernas. Sostenía su mirada un segundo más de la cuenta. Sonreía cuando me sorprendía observándome el escote. La tensión era sencilla, casi vulgar, y precisamente por eso funcionaba. No estábamos interpretando romance. Estábamos negociando deseo.

Con el postre ya servido, su mano rozó mi rodilla bajo la mesa. No la aparté. Subió despacio por mi muslo, notando primero la piel, luego la textura de la media y, al final, la tira del liguero. Su respiración cambió al instante. Se quedó ahí un momento, palpando apenas con las yemas, como si tocar aquella liga fuera más íntimo que tocarme el coño.

—Le dije que podía mirar —murmuré.

—Solo estaba comprobando que cumplías tu palabra.

—Yo cumplo cuando me conviene.

Su mano siguió sobre mi muslo unos segundos más. No se atrevió a ir más arriba. No por caballerosidad, sino porque sabía que si rompía el acuerdo se terminaba la noche. Esa contención lo ponía más caliente que cualquier atrevimiento.

Cuando salimos del restaurante, el aire tibio de la calle me despejó un poco del vino. Él abrió la puerta del coche con una educación anticuada que no borraba la tensión animal en su cara. Subí, acomodé el vestido sobre mis muslos y me puse el cinturón. Apenas arrancó, ya pude sentir la electricidad incómoda de su silencio.

Condujo varios minutos hasta una zona apartada, donde las farolas llegaban cansadas y apenas pasaba nadie. No habló. Yo tampoco. Solo notaba sus miradas rápidas cada vez que frenaba o giraba. Cuando por fin aparcó junto a un muro oscuro, apagó el motor pero dejó encendida una luz tenue del tablero, suficiente para vernos las caras y poco más.

—¿Ahora qué? —pregunté.

Se giró hacia mí con una mezcla de ansiedad y prudencia.

—Ahora me dejas mirarte.

—Eso ya lo lleva haciendo toda la noche.

—No así.

Su mano fue a mi rodilla otra vez, esta vez por encima del vestido. Subió lento, apretando con la palma, acariciando el contorno del muslo. Luego la otra se posó sobre mi cintura, después sobre una teta, siempre por encima de la tela. No era un toque elegante. Era un tanteo ansioso, la forma en que toca un hombre que lleva horas imaginando lo mismo.

Lo dejé hacer. Incliné la cabeza hacia atrás y separé un poco las piernas para darle espacio. Él respiró por la boca. Sus dedos me apretaron el pecho por encima del vestido y sentí los pezones endurecerse de inmediato, no tanto por él como por la situación. El coche cerrado. La noche afuera. La idea cruda de estar siendo pagada por excitar a un tipo mientras me observaba con la cara casi desencajada.

—Más despacio —le dije.

—No sabes lo que me estás costando.

—Sí lo sé. Por eso estoy aquí.

Volvió a tocarme las piernas. Luego el vientre. Luego otra vez las tetas, amasándolas con una torpeza que no me desagradó del todo. El roce de la tela sobre mis pezones me calentaba, y además me excitaba verlo tan contenido, tan pendiente de no pasarse. Le acerqué la mano a mi boca y besé uno de sus dedos. Lo lamí apenas, lo justo para humedecerlo y devolverlo tibio a su mano temblorosa.

Eso lo sacudió.

—Joder…

—No se embale —le advertí—. Todavía no.

Me desabroché apenas un botón del escote y dejé que el vestido cediera lo suficiente para mostrar el borde del sujetador. Él bajó la vista como un hambriento. Yo sonreí y me incliné contra la puerta, abriendo más las piernas. Luego agarré el bajo del vestido y me lo fui subiendo despacio, sin dejar de mirarlo.

Aparecieron primero las medias, luego las ligas, luego el triángulo mínimo de la tanga azul. La luz tenue le daba a todo un aire indecente y a la vez elegante. Él tragó saliva tan fuerte que pude oírlo.

—¿Le gusta lo que ve? —pregunté.

Asintió sin despegar los ojos de mi entrepierna.

—Conteste.

—Sí. Muchísimo.

Levanté más el vestido, dejando el coño cubierto apenas por aquella tira de tela. Moví la pelvis despacio, frotando la tanga contra mí misma, y noté el calor crecer. Yo también estaba húmeda ya. No por ternura ni por conexión. Por morbo puro. Por sentirme observada con esa intensidad sucia.

—Puede mirar mejor si se calla —le dije.

Él obedeció.

Metí una mano entre mis muslos y empecé a acariciarme por encima de la tanga. Muy suave al principio. El talón de la palma sobre el clítoris, los dedos extendidos, apenas presionando. Mi respiración se hizo más profunda. Con la otra mano bajé el vestido hasta la cintura y dejé los pechos más marcados bajo el sujetador. No los saqué todavía. Quería dosificarlo. Quería ver hasta dónde aguantaba.

—Joder, qué vista… —murmuró.

—¿Le pone nervioso?

—Me vuelve loco.

—Entonces compórtese.

Sus manos, que hasta entonces habían estado sobre sus rodillas, se cerraron con fuerza. El bulto bajo su pantalón ya era evidente. No se estaba tocando. No hacía falta. Le bastaba con mirar cómo yo me abría las piernas y me frotaba para él.

Subí un poco la pelvis y deslicé la tela de la tanga a un lado. El aire fresco me dio de lleno en el coño húmedo. Él soltó un gemido bajo, casi ridículo, pero muy sincero. Me metí dos dedos entre los labios, despacio, jugando primero en la entrada, extendiendo mi propia humedad, antes de rozar el clítoris con movimientos cortos y precisos.

—No puede verlo todo —susurré—. Todavía no.

—Por favor…

—¿Por favor qué?

—Déjame mirar.

—Ya está mirando.

Separé más los labios con dos dedos y le mostré el brillo de mi excitación. Luego empecé a masturbarme en serio. Circular sobre el clítoris. Más presión. Un ritmo constante. Mi espalda arqueada contra la puerta. Los muslos abiertos. La tanga apartada. El sonido húmedo de mis propios dedos empezó a llenar el silencio del coche.

Él tenía la boca entreabierta. Las manos le temblaban sobre las piernas.

—Dígame lo que ve —ordené.

—Te estás tocando para mí.

—Eso ya lo sé.

—Tienes el coño empapado.

—Siga.

—No puedo dejar de mirar. Quiero ver cómo te corres.

Su voz se iba rompiendo mientras hablaba. Aquello me excitó más de lo que esperaba. Bajé la copa del sujetador y saqué una teta. Luego la otra. Los pezones estaban duros de verdad. Me pellizqué uno mientras con la otra mano seguía frotándome el clítoris, cada vez más rápido.

—¿Así? —pregunté, respirando ya entrecortado.

—Así… joder, así.

Me metí un dedo dentro. Luego dos. Entraron fáciles, resbalando en mi propia humedad. Los saqué despacio y volví a meterlos, curvándolos un poco, mientras el pulgar me buscaba el clítoris. El placer me pegó un latigazo limpio en el vientre. Gemí sin vergüenza. No tenía sentido contenerme cuando él había pagado justamente por eso.

—Míreme —le dije.

Levantó la vista de mi coño a mi cara. Tenía los ojos desorbitados.

—Ahora dígame qué soy.

Dudó un segundo. Entendí enseguida qué clase de juego quería, porque ya lo venía oliendo desde los mensajes. Le gustaba degradar y al mismo tiempo sentirse pequeño frente a la mujer que lo excitaba.

—Eres una puta —soltó al fin, con la voz temblorosa.

Sonreí sin dejar de meterme los dedos.

—Más claro.

—Una puta preciosa.

—Eso es suave. Insúlteme de verdad.

Su respiración se aceleró aún más. Yo seguía follándome con los dedos, húmeda hasta la muñeca, abriendo más las piernas para que no se perdiera nada. Mis pechos se movían al ritmo de mi mano. El coche olía a perfume, vino y sexo contenido.

—Zorra —dijo al fin.

—Otra vez.

—Zorra.

—Más fuerte.

—¡Zorra!

Sentí el golpe de la palabra entre las piernas. No porque me ofendiera, sino porque sabía que a él le costaba decirla y, justo por eso, lo estaba sacando de control. Me humedecí más. Seguí frotándome el clítoris con dos dedos rápidos, cada vez más fuerte, y empecé a mover la cadera como si estuviera montando una polla invisible.

—¿Le gusta verme así? —jadeé.

—Sí.

—¿Abierta? ¿Mojada? ¿Tocándome delante de usted?

—Sí, joder.

—Entonces míreme bien.

Me corrí la tanga del todo hacia un lado y me abrí con la mano libre. Le mostré el coño sin nada cubriéndolo. Mis dedos entraban y salían con un ruido húmedo obsceno. Volví a buscar el clítoris y lo ataqué con movimientos cortos, rabiosos, directos, sin delicadeza. El orgasmo empezó a subir por mis muslos como un temblor.

Él seguía sin tocarse, pero se retorcía dentro del pantalón. El bulto palpitaba bajo la tela. Tenía manchas de sudor en la frente. Parecía a punto de deshacerse.

—No se corra todavía —le ordené.

—No sé si puedo.

—Pues aguante. Yo no he terminado.

Me metí tres dedos esta vez, despacio al principio y luego más hondo, mientras el pulgar presionaba el clítoris. El placer me dobló un poco. Eché la cabeza hacia atrás y gemí más fuerte. Las medias me apretaban los muslos, el liguero tiraba de la cintura, el cuero del asiento se pegaba a mi espalda. Todo sumaba. Todo me empujaba al borde.

—Mierda… —murmuré—. Voy a correrme.

Él soltó un sonido ahogado, mezcla de súplica y devoción.

—Hágalo. Por favor. Hágalo así.

No sé por qué ese «por favor» me remató. Tal vez porque sonó roto. Tal vez porque me di cuenta de que lo tenía completamente en la mano y eso me calentó todavía más. Apreté los muslos, me froté más fuerte y el orgasmo me explotó de golpe, seco y brutal. El coño me latió alrededor de mis dedos. Gemí sin cuidado, con la boca abierta, mientras seguía un par de movimientos más para exprimirlo todo.

Me quedé temblando, respirando fuerte, las piernas abiertas, los dedos mojados entre mis labios. Él me miraba como si hubiera presenciado un milagro sucio.

—Joder… —susurró.

Saqué los dedos despacio y, sin pensar demasiado, se los acerqué a la cara. No para que los chupase; eso no estaba en el trato. Solo para que viera de cerca el brillo. Él cerró los ojos un segundo y aspiró. Casi se le fue el alma en ese gesto.

—Ahora sí —dije—. Si va a correrse, hágalo.

No necesitó sacársela. Apenas apoyó una mano sobre el bulto por encima del pantalón, dio dos apretones torpes y se vino. Se le escapó un gruñido ronco. La corrida le manchó el calzoncillo y seguramente también la tela del pantalón. Se quedó quieto, con la mandíbula tensa, respirando por la nariz, avergonzado y aliviado a la vez.

Yo seguía con el corazón acelerado. Volví a colocarme la tanga, limpié con discreción mis dedos en un pañuelo que llevaba en el bolso y me subí el sujetador. No había romanticismo en aquello, y menos mal. Solo una transacción exacta y una descarga muy real.

—Ha sido rápido al final —dije, todavía recuperando el aire.

Él soltó una risa nerviosa.

—Tú has tenido la culpa.

—Para eso me pagó.

Me bajé el vestido con calma, alisando la tela sobre los muslos. Me miré en el espejo del parasol, acomodé el pelo y me pinté otra vez los labios. Él seguía callado, todavía procesando lo que había pasado a medio metro de su cara. La diferencia de edad, que al principio me había hecho observarlo con frialdad, se había vuelto parte del morbo. Un hombre mayor, pudriéndose de ganas, sin permiso para poseer nada, obligado a conformarse con mirar mientras yo me daba placer delante de él.

Eso era exactamente lo que había comprado.

Volvió a arrancar sin decir mucho y condujo hasta mi edificio. Durante el trayecto no intentó tocarme otra vez. La tensión había cambiado de forma: ya no era hambre, sino resaca de excitación. Yo iba con las piernas cruzadas, aún sensible entre ellas, notando la humedad pegada a la tanga y la satisfacción densa de haber hecho algo que, unas horas antes, solo existía en unos correos descarados.

Cuando frenó frente al portal, metió la mano en la chaqueta y sacó el dinero doblado. Me entregó tres billetes. Más de lo acordado. Los cogí sin falsa modestia y los guardé en el bolso.

—Se ha portado bien —le dije.

—¿Puedo escribirte mañana?

Lo miré con una sonrisa pequeña, despacio, dejando que la pregunta flotara entre nosotros.

—Por supuesto. Pero la próxima vez, si la hay, pagará por adelantado.

—Habrá próxima vez.

—Eso ya lo veremos.

Me incliné hacia él solo lo justo para que creyera por un segundo que iba a besarlo. No lo hice. Le hablé cerca de la boca y vi cómo se le tensaba otra vez el cuello.

—Y no olvide una cosa —susurré—: si quiere volver a mirarme, tendrá que merecérselo.

Salí del coche con las piernas todavía blandas. Crucé la acera hacia el portal sintiendo su mirada clavada en mi culo hasta el último paso. No me giré. No hacía falta. Sabía exactamente lo que estaba viendo: una mujer que acababa de correrse delante de él, que le había sacado el dinero y que encima lo dejaba con ganas de más.

Ya en el ascensor, abrí el bolso para mirar los billetes otra vez. Sonreí sola. Seguía húmeda, todavía sensible, y la simple imagen de él perdiendo el control mientras me veía abrirme las piernas me encendió de nuevo. No era amor, ni degradación, ni aventura. Era otra cosa. Una forma cruda y práctica de convertir el deseo ajeno en una ventaja propia.

Al entrar en casa todo estaba en silencio. Mi padre dormía en su habitación y yo pasé de largo hacia la mía, descalzándome con cuidado. Cerré la puerta, me senté en la cama y volví a meter la mano entre mis piernas por puro reflejo. La tanga seguía húmeda. Sonreí al notarlo.

Ya tengo una manera de ganar dinero, pensé. Y lo peor, o lo mejor, es que me ha gustado de verdad.

Me tumbé sin cambiarme, con el olor del coche todavía pegado a la piel, repasando cada detalle: su cara al verme apartar la tanga, el temblor de sus manos, la manera en que me llamó zorra cuando ya no podía sostenerse. Cerré los ojos y me corrí una segunda vez, más lenta, más íntima, sin testigos. Después me quedé boca arriba, respirando en la oscuridad, con una certeza limpia y peligrosa latiéndome dentro.

No había encontrado el trabajo que esperaba. Había encontrado otro. Y acababa de descubrir que se me daba demasiado bien.

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Comentarios(5)

ChecoBA

Tremendo relato, me enganchó desde el primer parrafo hasta el final. Excelente!

CristinaLectora

Por favor una segunda parte! Quede con muchisimas ganas de saber como continua esto jajaja

MatiasCBA

Me recordó a una situacion similar que viví hace unos años, esa tension de no saber bien qué quiere la otra persona... lo capturaste perfecto

MaiteZ_lect

La tension del momento en el auto es increible jaja, que situacion... me imagine todo perfectamente

FernandoMB

Que bien escrito, se nota que tenes talento. Seguí asi que tenes un lector fijo!

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