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Relatos Ardientes

La pareja de la playa que sabía que los miraba

Somos del sur, de esa franja donde el sol aprieta sin pedir permiso y el trabajo escasea casi tanto como la sombra. Cada verano, mi pareja y yo bajábamos a una cala perdida a las afueras de Caleta Honda, una playa que no figuraba en ninguna guía y que precisamente por eso me gustaba. No era nudista del todo, pero tampoco le ponía reglas a nadie. Allí cada cual se desnudaba el cuerpo y, a veces, también las ganas.

En esa arena cabía de todo: familias con sombrillas y neveras, parejas que se tostaban sin tocarse, alguno que paseaba en cueros como si fuera lo más natural del mundo, y siempre, al fondo, los mirones de las dunas. Cuando llevas muchos días seguidos, empiezas a reconocer las caras. Y, sobre todo, empiezas a reconocer las actitudes.

Aquella tarde, hace ya unos años, me levanté de la toalla y dejé a Marina dormitando boca abajo, con la espalda brillando de crema solar. Le di un beso en el hombro y le dije que iba a estirar las piernas.

—No tardes —murmuró, sin abrir los ojos.

Mi paseo de última hora era casi un ritual. La luz se ablandaba, la gente recogía y la orilla se quedaba para los pocos que sabíamos esperar el mejor momento del día. Caminaba despacio, sin más compañía que mi propia desnudez y el sonido del agua lamiendo la arena.

A unos ciento cincuenta metros de nuestra sombrilla había otra clavada en la arena, con una pareja de unos cuarenta y tantos tomando el sol. Ella era de cuerpo generoso, caderas anchas y unos pechos grandes que se le derramaban a los lados al estar tumbada. Tenía las piernas semiflexionadas y abiertas, sin pudor, dejando que el sol le tocara todo. Hasta ahí, nada que no hubiera visto cien veces.

Lo que me frenó el paso fue su mano.

Al pasar a su altura vi que la deslizaba con calma sobre el sexo de su marido, que ya estaba duro y firme contra su vientre. Él era de complexión fuerte, ancho de espaldas, tumbado con las piernas separadas y la cabeza echada hacia atrás. Ninguno de los dos hacía nada por ocultarlo. Lo hacían a plena vista, como quien se aplica protector solar, con esa naturalidad que vuelve la escena mil veces más caliente.

Seguí andando porque no quería incomodarlos, pero giraba la cabeza cada pocos pasos. No puedo quedarme aquí parado mirando como un pasmarote. El cuerpo, en cambio, tenía otras intenciones, y empecé a notar mi propia reacción acompañándome el paseo.

Lo decidí antes de llegar al final de la cala: a la vuelta no iría por la orilla. Volvería por detrás, por las dunas, donde la maleza baja y los pequeños montículos de arena ofrecen un escondite cómodo para quien quiere mirar sin que lo señalen.

***

Di media vuelta cuando el sol ya rozaba el agua y lo teñía todo de cobre. Subí por la parte alta, pisando con cuidado entre los matojos secos, y me acerqué a la zona desde arriba. No fui el único que tuvo la idea.

Había otros dos hombres agazapados a cierta distancia, cada uno en su duna, sin quitarles ojo a la pareja. Nos miramos un instante, sin saludarnos, y entendimos las reglas sin necesidad de palabras: cada uno en su sitio, nadie molesta a nadie, nadie baja a la arena. Un pacto silencioso entre desconocidos que compartían lo mismo.

Y abajo, la función ya había empezado de verdad.

Ella estaba semiincorporada, apoyada en un codo, e inclinaba la cabeza sobre el regazo de él. Le hacía una felación lenta, generosa, deteniéndose de vez en cuando para mirarlo a la cara. Él le acariciaba el pelo y respondía con un gemido grave que el viento me traía a trozos. De tanto en tanto, ella levantaba la vista y echaba un vistazo a los lados, como midiendo cuánta gente estaba pendiente. No parecía asustarla. Al contrario.

Yo apenas respiraba. Sentía la arena tibia bajo las rodillas y el corazón golpeándome con una mezcla de morbo y vergüenza que no había sentido en años. Lo que tenía delante no era una película ni una fantasía: eran dos personas reales, a pocos metros, disfrutando de saberse observadas.

Después de varios minutos, ella se dejó caer de espaldas sobre la toalla. Él se colocó encima, le separó las piernas con una rodilla y la penetró sin prisa, marcando un ritmo lento que la hizo arquear la espalda. Ella empezó a moverse con él, buscándolo, clavándole los talones en la parte baja de la espalda.

Y entonces pasó algo que todavía recuerdo con un escalofrío.

Él levantó la cabeza, giró el cuello hacia las dunas, hacia donde estábamos los tres escondidos, y sonrió. No fue una mirada de sorpresa ni de fastidio. Fue una sonrisa de complicidad, la de quien sabe perfectamente que tiene público y lo agradece. Lo sabe. Sabe que estamos aquí.

Acercó la boca a la oreja de ella y le susurró algo. La mujer hizo un gesto leve, como de asomarse, descubrió las siluetas entre la maleza y, lejos de cortarse, empezó a moverse más rápido. Él le levantó las piernas por encima de los hombros y aceleró, hundiéndose en ella con una intensidad que ya no buscaba disimular nada.

Se corrieron casi a la vez, ella mordiéndose el labio para ahogar un grito que igualmente se escapó, él dejándose caer sobre su pecho con un temblor que vi desde lejos. Se quedaron así un rato largo, abrazados, mientras el cielo terminaba de apagarse.

Uno de los mirones no aguantó y rompió el protocolo: bajó hacia la playa. El otro y yo nos mantuvimos firmes un poco más y, cuando emprendimos la retirada, nos cruzamos caminando en direcciones opuestas. Intercambiamos una mirada temerosa y cómplice a la vez, la de dos cómplices de un secreto que no necesitaba explicación.

La pareja, en cambio, siguió como si nada. Se incorporaron, se acercaron al agua, se refrescaron un poco y volvieron a su toalla a charlar tranquilos, como dos veraneantes cualquiera. Esa normalidad, después de lo que acababa de presenciar, fue lo último que me terminó de descolocar.

***

A partir de aquella tarde, mis paseos dejaron de ser un capricho y se convirtieron casi en una obsesión. Bajaba a la orilla con la excusa de estirar las piernas, pero en realidad buscaba aquella sombrilla. Pasaban los días y no volvía a encontrarlos.

Lo que no esperaba era reconocerlos en otro sitio.

Frecuentaba por entonces un foro de la zona, uno de esos rincones de internet donde la gente comparte sus historias y sus fotos sin dar la cara. Una noche, navegando entre hilos, me detuve en una imagen que me resultó extrañamente familiar. Era una mujer de espaldas, desnuda, mirando el mar. Reconocí esas caderas, esa melena, y sobre todo reconocí la sombrilla rayada clavada en la arena.

No podía ser casualidad. Eran ellos.

También eran de por aquí, también pasaban las tardes en mi misma cala y, para colmo, tenían un hilo propio en el foro que yo llevaba meses leyendo sin saberlo. Me reí solo, en la penumbra del salón, ante lo pequeño que se vuelve el mundo cuando menos te lo esperas.

Les dejé un comentario en la foto y, casi sin pensarlo, les escribí un mensaje privado. No tenía muchas esperanzas de respuesta. Para mi sorpresa, contestaron esa misma noche. Me pasaron un correo y me invitaron a charlar un rato; tenían curiosidad por saber quién era yo y qué había visto exactamente.

Los añadí enseguida. Cuando abrí la conversación, él ya estaba conectado.

—¿Quién eres? —fue directo al grano.

—Un paseante de playa —respondí.

—Ja, ja, ja.

—También nos gusta vuestra cala.

—Sí, eso ya lo vimos el otro día —escribió—. ¿Qué viste exactamente?

—Vi a una pareja disfrutando de una buena tarde de verano. Y haciendo disfrutar, de paso, a algún que otro observador de las dunas.

—Vaya. ¿Y tú? ¿Disfrutaste también de lo que viste?

—Por supuesto. La primera vez al pasar por delante, cuando os vi de cerca. Y luego, cuando no podía quitarme la imagen de la cabeza y volví por arriba, donde me encontré con dos compañeros de tarea que, te aseguro, lo pasaron igual de bien.

—Ja, ja, me alegro. La verdad es que surgió así, sin planearlo. No pensamos en lo que hacíamos y, una vez metidos, ¿para qué parar? Fue un calentón. No creo que se repita.

—Qué lástima —escribí, y lo dije en serio—. Francamente, es de lo más excitante que he visto nunca por allí.

—Gracias… creo —respondió él, y casi pude oírlo reír al otro lado.

Seguimos charlando un buen rato, sobre la playa, sobre los paseos, sobre ese hilo del foro que yo seguía sin saber que eran vecinos de arena. Ella, según me contó, era una mujer madura, con algún kilo de más y un cuerpo que quitaba el sentido, pero sobre todo con una cabeza tremendamente morbosa, capaz de convertir cualquier tarde en algo memorable.

Aquella conversación fue el principio de algo que ni ellos ni yo habíamos buscado. Una amistad hecha de correos, de miradas cómplices cuando volvíamos a coincidir en la cala, de confidencias que con los años fueron creciendo hasta lugares que nunca soñamos.

Han pasado casi veinte años desde aquel paseo. La cala sigue ahí, igual de discreta, igual de generosa con quien sabe esperar la última luz de la tarde. Y yo sigo sin poder pasear por la orilla sin mirar hacia las dunas, por si la suerte, una vez más, decide ponerme algo delante que merezca la pena recordar.

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Comentarios(5)

PatricioRV

Excelente!!! uno de los mejores relatos de esta categoria que lei en mucho tiempo

MedanocheLectora

Esa descripcion inicial me atrapo completamente. Te quedas esperando que algo pase y cuando pasa... magnifico

Mirón_Distraído

jajajaja con mi apodo yo TENÍA que leer este relato. Y valió la pena, muy recomendable

Cami_Neu

Por favor que haya una segunda parte!! me quedé con ganas de mas

SebasCordo_x

Tiene una tension muy bien manejada. Se nota que hay oficio detras, no es fácil escribir así sin que se vuelva burdo

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