Mi novia perdió la apuesta y yo solo pude mirar
La autovía hacia la costa estaba tan vacía que el asfalto parecía no terminar nunca. Lorena conducía descalza, con los pies sobre el salpicadero y el vestido de verano subido hasta medio muslo. Llevábamos casi dos horas sin cruzarnos con nadie, solo nosotros y el zumbido monótono del motor.
Todo había empezado la noche anterior, con una apuesta tonta sobre un partido. Ella perdió. Y cuando Lorena perdía una apuesta, cumplía sin rechistar. Esa era la regla entre nosotros desde hacía años, y los dos sabíamos lo que significaba: que se pondría zorra para mí durante todo el viaje, que haría cualquier guarrada que yo le pidiera.
—Ahí viene uno —dije, mirando por el retrovisor.
Un camión enorme nos alcanzaba por el carril de la izquierda, lento pero constante. El conductor iba alto, en su cabina, con una visión perfecta del interior de nuestro coche. Lorena lo vio también. Sonrió de esa forma que yo conocía bien, la que aparecía cuando estaba a punto de hacer algo que no debería.
—¿Recuerdas la apuesta? —pregunté.
—Claro que la recuerdo —respondió, y se mordió el labio.
Se subió el vestido despacio, centímetro a centímetro, hasta dejar a la vista unas braguitas blancas de algodón. Parecía recatada, casi inocente, pero la mano que deslizó entre sus piernas no tenía nada de inocente. Se pasó dos dedos por encima de la tela y noté cómo la mancha de humedad se le extendía en un segundo, hasta transparentarle los labios del coño por debajo del algodón. El camión se igualó a nuestra altura. El conductor giró la cabeza, la vio, y su rostro pasó de la sorpresa al entusiasmo en un segundo.
—Te está mirando —murmuré, sin apartar la vista de la carretera—. ¿Vas a dejar que disfrute un poco más?
—Todo lo que tú me pidas —contestó en voz baja, con la respiración ya acelerada.
—Enséñale las tetas. Despacio. Tenemos kilómetros de recta por delante.
Lorena se bajó un tirante del vestido y liberó un pecho. Lo acarició para él, se apretó el pezón entre dos dedos hasta ponerlo duro y bien tieso, y miró hacia arriba, hacia la cabina, con cara de niña buena que no engaña a nadie. Luego se sacó el otro, se lamió el índice y se pintó los dos pezones con saliva mientras el camionero tocaba el claxon, dos bocinazos largos, y levantaba el pulgar por la ventanilla. Estaba encantado.
—Ábrete las piernas —le dije—. Bájate las bragas hasta las rodillas y déjaselo ver todo. Que se lleve una postal.
Ella obedeció. Se levantó el culo del asiento el momento justo para deslizarse las braguitas por los muslos y dejarlas colgando en las corvas. Abrió las piernas de par en par contra la puerta y me enseñó todo lo que tenía: el coño depilado, brillante, hinchado y abierto, con los labios ya separados y la humedad chorreándole hacia el asiento. El camionero se pegó al cristal, boquiabierto, sin acordarse ya ni de conducir.
Yo bajé mi mano hasta encontrar la suya entre sus muslos. Estaba empapada. Le metí dos dedos de golpe y noté cómo el coño le apretaba de puro caliente. Temblaba de excitación con cada metro que recorríamos, fascinada por la idea de ser observada por un extraño al que nunca volveríamos a ver. Empecé a moverle los dedos dentro, sacándolos y metiéndolos, y ella se retorció en el asiento arqueando la espalda, gimiendo bajito para mí.
—Frótate el clítoris para él —le susurré—. Que se corra en la cabina pensando en ti.
Lorena se llevó la mano al coño y empezó a masturbarse ahí mismo, con el camionero mirándola desde arriba, embobado. Se dio placer sin ninguna vergüenza, dos dedos dando vueltas rápidas mientras yo la penetraba con los míos. Se corrió a los pocos minutos, mordiéndose los nudillos para no gritar, con las caderas dando sacudidas y todo el asiento del copiloto empapado.
Después de un rato pisé el acelerador y dejamos el camión atrás. Durante los siguientes kilómetros no hablamos de otra cosa. Reconstruíamos cada detalle en voz alta, la cara del hombre, los bocinazos, la manera en que se le habían saltado los ojos cuando vio el coño abierto, y nos íbamos poniendo cada vez más nerviosos, más calientes, más imprudentes.
***
Cuatro horas de viaje pasan factura, y un café empezaba a ser una necesidad. Paramos en el primer bar que encontramos al borde de la carretera. Era uno de esos sitios que parecen llevar décadas sin que nadie los toque, con el cartel descolorido y las cortinas amarillentas. El típico local de carretera donde todos giran la cabeza cuando entras y nadie sonríe.
Nos sentamos en la barra. No pensábamos quedarnos mucho, solo un café rápido y seguir. Lorena preguntó por el baño y el camarero, sin levantar apenas la vista, le señaló la parte de atrás y le tendió una llave atada a un trozo de madera. Ella se levantó y salió por la puerta lateral.
No habían pasado ni dos minutos cuando la puerta principal volvió a abrirse. Pensé que era ella, que se había olvidado de algo. No lo era. Era nuestro amigo el camionero.
Todo parecía sacado de una película: el bar polvoriento, los parroquianos taciturnos, y ahora el conductor corpulento con pinta de pocos amigos entrando como si el lugar fuera suyo. Se sentó a mi lado, saludó con un gesto de cabeza y pidió una cerveza. Le dio un trago largo, me miró de reojo y se inclinó hacia mí.
—Espero que sepas compartir —susurró.
Dejó el botellín en el mostrador, casi lleno, y salió por la misma puerta de atrás por la que se había ido Lorena. Me quedé congelado. No sabía qué pretendía exactamente, pero algo en su tono me dejó el pulso disparado. Saqué el móvil y le escribí a ella.
—¿Cuánto te queda? Este sitio me da mala espina —tecleé.
—Cinco minutos y nos vamos, cariño —respondió enseguida.
Esos cinco minutos se me iban a hacer eternos. Para distraerme, observé a la clientela. El hombre importante del pueblo con sus dos aduladores en un rincón. Un viejo solitario jugando con una moneda sobre la mesa. Una pareja de unos cincuenta años que no había abierto la boca desde que llegamos. Una fauna tan extraña que preferí levantarme e ir a buscar a Lorena yo mismo.
—Voy saliendo, te espero en el coche —le escribí mientras cruzaba el local.
—Mejor ven aquí, a los baños —contestó.
***
Me dirigí intrigado hacia la parte de atrás. Pensé que el calentón del juego en la carretera la había dejado con ganas de continuar allí mismo, ella y yo. La puerta del baño de mujeres estaba entreabierta. Me asomé.
Quería continuar el juego, sí. Pero no me había esperado a mí.
Apoyada contra el lavabo, con el vestido remangado hasta la cintura y las bragas colgando de un tobillo, Lorena estaba doblada por el camionero. Él la tenía agarrada de la cadera con una mano y del pelo con la otra, con los pantalones bajados hasta las rodillas y una polla gorda y venosa entrándole y saliéndole del coño hasta el fondo. Cada embestida le hacía chocar el culo contra la pelvis del tipo con un golpe seco de carne, y el espejo temblaba con el ritmo. Me quedé clavado en el marco de la puerta, sin saber qué hacer ni qué sentir.
El hombre me vio. Me sostuvo la mirada un instante y me guiñó un ojo, sin frenar el ritmo. Le sacó la polla entera, brillante del jugo de ella, y se la volvió a clavar de un empujón brutal que le arrancó un grito ahogado. Ella no se resistía. Gemía con cada empuje, los ojos entrecerrados, entregada por completo, las tetas fuera del vestido bailándole al ritmo de los golpes. Él la sujetaba del pelo para que se mirara en el espejo manchado que tenía delante.
—Mírate —le ordenó con voz ronca—. Mira la cara de puta que tienes ahora. Dime qué eres.
—Lo que tú quieras —jadeó ella—. Soy lo que tú quieras… tu puta, tu zorra… no pares, por favor, no pares.
—Tu chico está ahí, mirándonos. Dile algo.
—Cariño… —murmuró Lorena, buscándome en el reflejo—. Cariño, me está follando… me está follando el coño y me encanta…
La escena me dejó paralizado. No por celos, ni por enfado, sino por una mezcla de sorpresa y excitación que no esperaba sentir. Se me había puesto la polla dura como una piedra dentro del pantalón, y no pude evitar sacármela y empezar a acariciármela ahí mismo, apoyado en el marco. A ella le gustaba que la trataran así, sin contemplaciones, y quizá yo nunca había sido capaz de llegar a ese extremo. Su placer siempre había sido el detonante del mío, y aquella vez no fue distinto. Me apoyé en la pared y decidí quedarme a verlo todo.
El camionero siguió un buen rato, marcando un ritmo brutal, hasta que le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió entre ellas para verse mejor entrar y salir. Le dio un par de azotes que le dejaron la marca roja de la mano, y ella respondió empujando el culo hacia atrás, pidiéndole más. Le metió el pulgar en el ojete a la vez que le seguía dando por el coño, y Lorena se convulsionó, corriéndose con un aullido largo que retumbó en los azulejos del baño.
—Todavía no he terminado contigo —le gruñó él.
Se retiró y la hizo girarse. La sujetó por los hombros y la guió hacia abajo, hasta ponerla de rodillas frente a él sobre el suelo mugriento. La polla se le balanceaba delante de la cara, empapada del jugo del coño de ella, hinchada y roja. Lorena obedeció sin protestar, mirándome de reojo. Yo solo sonreí, mientras seguía dándome despacio con la mano.
—Hasta el final —dijo él—. Te lo has ganado. Chúpamela entera, hasta el fondo, que se te salten las lágrimas.
Ella abrió la boca y sacó la lengua, y él le apoyó la punta encima antes de deslizársela dentro. Empezó despacio, con cierta dificultad al principio, arcadeándose cuando el capullo le tocaba el fondo de la garganta. Pero a los pocos segundos encontró el ritmo y se entregó por completo, chupando con las mejillas hundidas, tragando saliva alrededor de la verga, mientras él le sujetaba la nuca con las dos manos y le marcaba el compás que quería. La usaba como quería, follándole la boca hasta el fondo, y ella se dejaba, con hilos de baba cayéndole por la barbilla hasta las tetas. Yo no podía moverme. Solo miraba, con la polla en la mano y una mezcla extraña de incredulidad y deseo recorriéndome entero.
Apenas unos minutos después, el hombre apretó la cabeza de Lorena contra él y soltó un gruñido grave de placer. Le vació la corrida dentro de la boca a chorros largos, y ella se esforzó por tragarlo todo, aunque un poco de semen se le escapó por la comisura y le resbaló hasta el pecho. Cuando él se retiró, Lorena se lamió los labios y le dio un último beso en la punta de la polla, limpiándosela con la lengua. Yo me corrí también en ese momento, sin poder aguantarme, salpicando la pared del baño con la mirada fija en su cara empapada.
Cuando terminó, el camionero se subió los pantalones, recogió la gorra que había dejado sobre el secamanos y se dirigió hacia la salida sin prisa. Al pasar por mi lado me dio un par de palmadas en el hombro.
—Buen viaje —dijo, y se marchó guiñándome un ojo otra vez.
Me acerqué a Lorena, que seguía de rodillas, recuperando el aliento, con el semen brillándole todavía en la barbilla y las tetas. La ayudé a levantarse y a recomponerse el vestido. Tenía las mejillas encendidas y una sonrisa de satisfacción que no intentaba disimular.
—¿Lo has disfrutado? —le pregunté, acariciándole la cara.
—Muchísimo —respondió—. Me ha follado como hacía años que nadie me follaba. Pero lo que más me ha gustado ha sido tenerte ahí, mirándome, cascándotela mientras otro me llenaba la boca.
—Anda, arréglate —le dije con una media sonrisa—. Todavía nos queda mucho camino. Te espero en el coche. Y esta vez, no te entretengas.
***
Lorena se puso al volante esta vez. Salimos del bar sin mirar atrás y retomamos la autovía con las ventanillas bajadas, dejando que el aire caliente se llevara la tensión que nos quedaba en el cuerpo. Apenas hablábamos, pero cada vez que nos cruzábamos la mirada, los dos sonreíamos como cómplices de un secreto que solo nos pertenecía a nosotros.
Media hora más tarde, a lo lejos, distinguimos la silueta de un camión recortada contra el horizonte. No sé si era el mismo, ni importaba. Lorena lo vio en la distancia y me miró de reojo, con esa chispa que yo ya conocía demasiado bien.
Todavía nos quedaba mucho camino por delante.





