Alguien nos miraba desde la biblioteca esa tarde
Aún me cuesta creer cómo terminó aquella tarde de estudio, y cada vez que lo recuerdo se me acelera el pulso de nuevo. Pasó hace poco, sin que ninguno de los dos lo planeara, y por eso me cuesta tanto sacármelo de la cabeza.
Teníamos un examen importante al día siguiente, así que quedé con Marina para repasar en la universidad. La biblioteca de mi facultad tiene unos cubículos privados, pensados para aislarte del ruido mientras estudias. No están del todo insonorizados, pero ofrecen algo de intimidad. Cada uno tiene una pared de acrílico que da hacia la sala de lectura, donde otros estudiantes matan el tiempo, y una ventana estrecha que mira al patio exterior del edificio.
Marina es mi amiga desde hace años. Es guapa, divertida, y no voy a negar que con el tiempo se me había metido entre ceja y ceja una atracción que prefería no nombrar. Es bajita, apenas pasa el metro y medio, mientras que yo rozo el metro noventa, así que siempre quedamos como una pareja despareja cuando caminamos juntos. Es de piel clara, de curvas generosas, con un cuerpo que llena la ropa de una forma que cuesta ignorar. Tiene el pelo liso, castaño claro, y los ojos del mismo tono, color miel.
Ese día había llegado especialmente arreglada. Llevaba los labios pintados de un rojo que resaltaba contra su piel pálida, una blusa fina y algo escotada, y una falda oscura que le quedaba unos dedos por encima de la rodilla. Yo, en cambio, venía hecho un desastre: pantalón de chándal y una camiseta vieja, porque acababa de salir de las duchas del gimnasio.
Reservamos uno de los cubículos del fondo, el más apartado de todos, casi pegado a la zona de las estanterías altas donde nadie suele pasar. La idea era no tener distracciones. A esa hora la biblioteca estaba medio vacía, con esa luz dorada que entra por los ventanales a media tarde y que invita más a echarse una siesta que a estudiar derecho procesal. Dejé el portátil sobre la mesa, ella sacó sus apuntes subrayados con tres colores distintos, y por un rato fuimos dos estudiantes responsables como cualquier otro.
Empezamos a repasar como cualquier otro día, revisando los apuntes en mi portátil. Llevábamos una media hora cuando busqué un documento con las guías de ejercicios. Estaba en la carpeta de descargas, y al abrirla, entre los archivos, apareció una foto que me había hecho días atrás frente al espejo para mandársela a otra persona. Salía con poca cosa encima, una toalla muy abajo, el torso desnudo y una pose claramente intencionada.
Ella la vio. No dijo nada, ni un comentario, pero algo cambió en el aire. Empecé a notar que, mientras le explicaba un tema, me miraba distinta. Yo le devolvía la mirada con un punto de coquetería y ella sonreía. La conozco lo suficiente para saber cuándo se sonroja, y esa tarde se sonrojó más de una vez.
Poco a poco nos fuimos acercando. Llegué a oler su perfume. En un momento apoyó la mano en mi pierna, como sin darle importancia. Acercaba la mejilla a propósito para que mi boca le quedara cerca cuando le hablaba. Mientras le explicaba un procedimiento, se quedó mirándome fijamente. Me detuve. Nos miramos durante lo que pareció una eternidad. Yo le miraba los labios, ella los míos, y de pronto, como por un acuerdo que nadie firmó, nos lanzamos a un beso largo y profundo.
Esto no debería estar pasando aquí.
Pero estaba pasando. Sentí el roce suave de sus labios, un leve sabor a menta, sus pequeñas mordidas. Los dos suspirábamos mientras las manos empezaban a recorrer el cuerpo del otro. Con la izquierda le sostenía la nuca; con la derecha le bajaba por la espalda y el costado, mientras ella me enredaba los dedos en el pelo.
Sin pensarlo, le rocé un pecho y lo apreté. Los dos nos frenamos de golpe y nos miramos a los ojos. Sin decir una palabra, solo por la complicidad de lo que sentíamos, me hizo un gesto para que siguiera. No lo dudé. Volví a apretar, esta vez con intención, y ella ahogó un jadeo de satisfacción. Mientras tanto, mi pantalón estaba a punto de reventar. Su mano bajó por mi abdomen hasta rozar el bulto y descubrir lo mucho que estaba disfrutando aquello. Nos miramos otra vez, y fui yo quien le dio permiso para continuar.
Me separé de su boca para besarle el cuello. Su aroma me envolvió, y con cada beso notaba cómo se le erizaba la piel. Reprimía los gemidos por miedo a que nos oyeran. Deslicé una mano por su espalda y le solté el sostén, lo que la pilló por sorpresa; al instante, la otra mano se coló por dentro de la blusa para acariciarle el pecho desnudo. Tenía los pezones duros bajo mis dedos. Empecé a tirar de ellos con suavidad, y su placer se notaba en la forma en que me agarraba. Estábamos tan encendidos que cualquiera diría que íbamos a perder la cabeza ahí mismo.
***
Hasta ese momento nadie nos había visto desde la sala de lectura. Pero entonces un chico se sentó en una de las mesas que tenían ángulo directo hacia el interior de nuestro pequeño cubículo. Al principio no se enteró de nada. Luego lo vi mirar de reojo y, con disimulo, seguir observándonos sin levantarse.
Cuando me di cuenta, se lo dije a Marina al oído. Ella giró apenas la cabeza, lo vio, y me susurró:
—Déjalo mirar. También merece disfrutarnos un poco. Y, la verdad, me pone muchísimo saber que nos están viendo.
Aquella frase me puso a mil. Desinhibido, le subí un poco la blusa y el sostén para verle por primera vez los pechos. Eran preciosos, de pezones rosados y aureola pequeña, completamente erizados. Sin decir nada, empecé a recorrerlos con la lengua mientras ella soltaba un gemido que ahogó con la mano. Yo le puse la otra mano sobre la boca para taparla mientras seguía. Entonces su mano bajó hasta mi entrepierna, se metió por debajo del pantalón y, por encima de la ropa interior, empezó a apretar como si quisiera arrancarme la ropa. Luego acariciaba, insistía, hasta que coló la mano por dentro y me agarró directamente, caliente y palpitante.
Me aparté un instante para mirarla y ella me devolvió una sonrisa cargada de deseo. Hizo el gesto de bajarme el pantalón. Asentí, y lo hizo. Se recogió el pelo, que después le sostuve yo, y bajó la cabeza hacia mi regazo. Empezó con besos suaves, recorriéndome con la lengua, lamiendo despacio. Luego me lo metió entero en la boca y lo succionó con una habilidad que me dejó sin aire. Tuve que taparme la boca para no gemir demasiado fuerte, consciente todo el tiempo de que aquel chico no nos quitaba el ojo de encima.
Se bajó de la silla y se arrodilló bajo la mesa del cubículo. Yo le guiaba el movimiento de la cabeza con la mano, a punto de explotar. Era tan excitante saber que nos miraban que apenas podía contenerme; lo único que deseaba era estar a solas con ella en mi cuarto y dar rienda suelta a todo. Cuando sentí que ya no aguantaba, se lo avisé. Apartó la boca un segundo y me pidió que terminara así. El orgasmo me recorrió entero. Ella siguió hasta el final, mirándome a los ojos, y después me sonrió y subió a besarme de nuevo.
***
Mientras la besaba, bajé la mano por debajo de su falda. Estaba empapada. La acaricié primero por encima de la ropa interior y luego la aparté para tocarla bien. Mis dedos resbalaban sobre ella sin esfuerzo. Introduje uno, después dos, y noté cómo se le ponían los ojos en blanco mientras se tapaba la boca con ambas manos para no gritar. Estoy casi seguro de que en los cubículos de al lado nos oyeron, pero ya me daba igual. Volví a lamerle los pechos y su placer creció todavía más.
Entonces fue mi turno de devolverle el favor. Saqué la mano y bajé. Ella abrió las piernas y yo metí la cabeza bajo su falda. Su olor me embriagó; es una mujer preciosa y huele de maravilla. La recorrí con la lengua centímetro a centímetro, jugando, insistiendo donde sabía que más lo sentía. Me empalmé otra vez solo de hacerlo. Seguimos así varios minutos, yo apretándole los muslos con las manos y ella sujetándome la cabeza contra su cuerpo, hasta que un orgasmo la sacudió de pies a cabeza. Apretó las piernas alrededor de mi cabeza y yo disfruté tanto como ella de habérselo provocado.
Cuando por fin salí de debajo de su falda, volví a sentarme en mi silla. Nos dimos un beso pequeño y ella apoyó la cabeza en mi hombro. Nos quedamos un rato en silencio, sin necesidad de decir nada, recuperando el aliento. Por la ventana de acrílico se veía la sala de lectura tranquila, ajena a todo, como si nada hubiera ocurrido en ese rincón.
Marina se acomodó la blusa, se pasó los dedos por el pelo y volvió a tener el aspecto de la estudiante aplicada que había entrado un rato antes. Solo el rubor que le quedaba en las mejillas y el rojo corrido de sus labios delataban lo que acababa de pasar. Yo todavía sentía el corazón golpeándome el pecho, una mezcla rara de adrenalina por el riesgo y de incredulidad por lo lejos que habíamos llegado en un sitio así.
El chico de la sala de lectura ya no estaba. Ni siquiera lo había visto marcharse. Marina sonrió cuando se lo señalé con la mirada, y se encogió de hombros, como diciendo que tampoco importaba.
—Mañana tenemos examen —murmuró, todavía con la respiración entrecortada—. Y no hemos estudiado nada.
—Algo hemos aprendido —contesté, y los dos nos reímos en voz baja para que no nos oyeran.
Lo que no sabía en ese momento es que aquella tarde, en un cubículo cualquiera de la biblioteca, había empezado lo que terminó siendo la mejor relación de mi vida. Pero esa ya es otra historia, y la guardaré para otra ocasión.





