Lo que hizo aquella mujer frente a todo el vagón
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Bajé del coche convencida de que la casa estaba vacía. Entonces escuché los gemidos venir del piso de arriba y encendí la cámara del cuarto.
Rodrigo la sostenía de las caderas durante el ejercicio y ella fingía no notar su erección. Cuando encontró sus bragas en su cuarto, ya no pudo ignorar lo que ocurría.
Pedí agua con gas y él entendió todo. Quería cada caricia, cada mirada ajena, estar completamente lúcida para no perderme ni un instante.
Mis padres salieron el viernes por la mañana. A la una, mi hermana entró descalza en mi cuarto y echó el pestillo sin pedir permiso a nadie.
Cuando crucé la puerta y la vi con esa falda corta y la sonrisa pícara que ya conocía, supe que el fin de semana iba a terminar como no debía terminar entre un tío y su sobrina.
Cuando mi hermano se cruzó con sus compañeros en la puerta, yo seguí sola hasta la barra. No imaginé que terminaría en un claro del bosque con dos hombres.
Le había pedido a mi padre una sola cosa: que se quedara sentado y mirara. No imaginé que él tampoco podría dejar de mirarme cuando el cliente entrara.
Cuando se abrió la pantalla, mi cuñada recibía a sus dos parientes en el salón con una sonrisa que jamás le había visto en los almuerzos del domingo.
Apareció en la puerta sin avisar, con cara de pelea y una botella bajo el brazo. A las tres de la madrugada nada de lo que sabía sobre él era cierto.
Crucé la puerta del chalet esperando una charla familiar y, al fondo del salón, mi cuñado me esperaba sin camiseta con una sonrisa que nunca le había visto.
Cuando Sandra salió de la tienda con esa sonrisa que conocía tan bien, supe que esa noche no había marcha atrás. Le había dado permiso. Ahora solo tenía que ver.
Bastó un clic accidental en el monitor de seguridad para descubrir que mi suegro y mis cuñadas guardaban un secreto que nadie en la familia debía conocer.
La encontré tirada en la cama con la remera de él, los ojos hinchados y un duelo del que no sabía cómo sacarla. Esa mañana no bajó a desayunar, pero yo sí subí a buscarla.
La primera vez que la sorprendí observándome, dejé la cortina entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar la chica del balcón de enfrente.
A las tres de la madrugada bajé al baño con su olor todavía en la piel, y al volver a la cama vi una rendija de luz en la puerta de enfrente. Nos miraban.
Rodrigo volvió de la cocina con un vaso de tubo. Si la polla de Bruno no cabía en él, nos dejaban la casa. Yo sabía perfectamente lo que acababa de apostar.