Mi novia quiso que un desconocido nos mirara en el pinar
Después de aquella primera vez en Telegram, pasamos un par de semanas más entrando a la aplicación cada vez que el calentón nos podía. No volvimos a tener la suerte del principio. Habíamos hablado con más de veinte personas y la mayoría eran un desfile de rarezas: hombres de cincuenta y tantos que soltaban barbaridades, gente que se notaba que no hablaba con nadie de verdad. No nos sorprendía, pero sí nos desinflaba un poco.
No todo fue malo. Dimos con una pareja de nuestra edad, de otra ciudad, y estuvimos morbeándonos casi una hora antes de intercambiar los contactos. El problema era que nos habíamos acostumbrado demasiado rápido a lo bueno, y lo que ofrecía la pantalla ya no nos llegaba. Ver a desesperados masturbándose no calienta a nadie.
Lo intentamos unos días más. El sábado siguiente salimos con amigos y volvimos tarde, los dos bastante perjudicados por el alcohol, aunque eso no nos había quitado las ganas. Nos fuimos directos a la cama y, mientras nos acariciábamos, Lucía empezó a escribir en el grupo. Yo bajé la mano hacia su vientre, dispuesto a seguir, pero ella me frenó con suavidad.
—Esperemos a que nos responda alguien, ¿no? —dijo.
—¿Y mientras esperamos…? —le supliqué.
—No sé. Es que hoy me apetece muchísimo que me vean.
—Lucía, ni siquiera sabes si va a contestar alguien. Y las últimas veces tampoco fue para tanto.
—Ya, pero a mí me pone que otro se conforme con tocarse pensando en mí, sabiendo que no puede alcanzarme.
Le di besos por todo el cuerpo, le acaricié el pelo, le dije al oído lo preciosa que era. A los pocos minutos me confesó que así no le apetecía, y paré. Yo seguía cachondo, pero a ella se le había ido, y preferí respetarla. ¿Habré dicho algo? ¿O es que sin público ya no le valgo? La duda me tenía en ascuas.
—Es que me pone mucho más cuando nos miran —murmuró por fin, con la voz pequeña—. Que digan guarradas o lo que sea me da igual. Es saber que otro nos desea de esa forma tan sucia.
Nos quedamos abrazados en silencio. Y entonces se me ocurrió algo. Quizá no era la mejor idea del mundo, pero iba a sorprenderla, y puede que saliéramos ganando los dos.
—¿Y si nos vieran de verdad? —solté.
—¿Cómo que de verdad?
—Buscamos un sitio por donde pase poca gente y lo hacemos ahí. El morbo de que nos pillen, y si alguien se queda mirando y nos gusta, le dejamos que mire.
—¿Y no será peligroso? —dudó.
—¿Por qué iba a serlo? Somos dos, y tú pegas más fuerte que yo —bromeé.
—Porque hay mucho loco suelto, Mateo.
—Elegimos un sitio normal, con gente normal. Lo único raro será la hora. Y si te quedas más tranquila, metemos algo en el coche por si acaso.
—No me veo a mí empuñando una palanca… pero tienes razón. Mañana, sobrios, lo hablamos.
***
Nos dormimos abrazados. Lucía cayó enseguida sobre mi pecho; a mí me costó horas. Cuando desperté, era domingo temprano y estaba solo en la cama. La encontré en el salón, desayunando frente al ordenador.
—Buenos días, madrugadora.
—Buenos días. ¿Sabes lo que he estado haciendo? —Sonreía.
—Sorpréndeme.
—He pensado en lo de anoche. Y he buscado sitios. Incluso he mirado lugares de dogging cerca.
—¿El dogging no es compartir? —pregunté con cautela.
—También va mucho mirón. Llevamos un palo en el coche por si acaso, no nos alejamos de él y dejamos el GPS encendido. Tranquilo.
—Veo que te has informado.
—Hay un pinar a veinte minutos. He leído que es típico para… cositas. ¿Qué te parece esta noche, ya que es domingo?
—¿Y a qué viene tanta prisa? —pregunté con sorna.
—A que me muero por que nos vean disfrutar —respondió, jugando con la lengua entre los labios.
Dio un paso y me agarró el paquete. Lo apretó con una mano mientras con la otra me atraía para besarme. Coló los dedos bajo la goma del calzoncillo, me rozó con las yemas y me la sacó, todavía a medio despertar. Escupió en la palma para no ir en seco y empezó a subir y bajar despacio. Sentí cómo se me llenaba, cómo las venas empezaban a marcarse con cada latido. Y justo cuando la tenía dura del todo, Lucía paró.
—Oye, no irás a dejarme así.
—Claro que voy a dejarte así. Hasta la noche, que es cuando empieza a moverse la gente por el pinar —contestó, burlona.
No me lo podía creer. Eran las nueve de la mañana y me tocaba esperar medio día con el calentón a cuestas. Y no se quedó ahí: el resto del día anduvo desnuda por casa. Vivíamos en un segundo del centro, con el edificio de enfrente lleno de ventanas, y a ella le dio exactamente igual. Es más, se puso a limpiar los cristales para torturarme, pegada al ventanal, enseñando su cuerpo pequeño a todo el que quisiera mirar. Yo veía cómo se contoneaba al agacharse, y cada pocos minutos su presencia me recordaba lo empalmado que seguía.
***
Cuando empezó a anochecer yo ya estaba vestido hacía rato: vaqueros, camiseta negra y una cazadora. Lo que no esperaba era cómo iba a arreglarse ella. Se puso un sujetador de encaje casi transparente sin nada encima, una falda negra corta y ceñida, unos calcetines blancos hasta la rodilla y unas zapatillas oscuras. Se maquilló los ojos, se pintó los labios. Estaba para perder la cabeza. Cuando se me desencajó la mandíbula, me tendió el bolso y echamos hacia el coche.
De camino al pinar no podía dejar de mirarla por el retrovisor. Cuando podía, le ponía la mano en el trozo de muslo que asomaba entre la falda y los calcetines. Ella se apartaba el abrigo para enseñarme el escote pecoso, y con la otra mano se iba subiendo la falda. En un semáforo vi de reojo que ya se rozaba, y que no llevaba nada debajo.
Aquello me encendió todavía más. Intenté subir la mano por su muslo, pero ella me frenaba y me la dejaba sobre la palanca de cambios. Entonces fue ella quien me desabrochó el pantalón y bajó la cremallera. El bulto era evidente.
—¿No la tienes muy apretada ahí dentro? —preguntó con una sonrisa pícara.
—La verdad es que me molesta un poco.
—Se nota que está demasiado ajustada. ¿Y si te bajo la ropa interior? ¿Estarías más cómodo?
—Mucho más. Y de paso ves cómo se ha puesto.
Me bajó el calzoncillo y la sangre fluyó de golpe; se puso rígida sin necesidad de apoyo. Se sorprendió al verla así, se arrodilló en el asiento y se inclinó sobre mí. Cuando llegaba al tronco, subía y dejaba caer un buen hilo de saliva. Empezó a bajar la cabeza una y otra vez, sin manos, rozándome con los labios y la lengua. Estuvo varios minutos, gimiendo y tragando, hasta que le avisé de que estaba cerca. Entonces, otra vez, paró.
—Todavía es pronto. Luego te recompenso —dijo.
Por suerte ya llegábamos. Me entretuve buscando un buen sitio para aparcar; tardamos diez minutos sopesando. Algunos rincones quedaban demasiado oscuros, otros muy pegados a la carretera. Al final dimos con uno perfecto: lejos del asfalto, junto a un camino de tierra, con la luz de una farola filtrándose entre los pinos en una penumbra ideal. Había hueco para algún coche más.
Aparcamos y nos preparamos. Lucía dejó la chaqueta y el bolso en el maletero, puso el palo en los asientos de atrás y yo encendí la luz interior para que se nos viera de lejos. Después se lió un cigarro, y con las primeras caladas se la veía entrar en su salsa.
—Me encanta verte así, cachondo, esperando por mí.
—A mí me pone lo perra que te pone todo esto.
—¿Y qué esperas que pase hoy? —preguntó, lasciva.
—Que te corras mil veces mientras alguien te mira y no puede tocarte.
Me arrodillé en el hueco de su asiento. Le saqué una pierna por la ventanilla abierta y le apoyé la otra en el salpicadero. Empecé a pasar la lengua despacio, humedeciéndolo todo, alargando la espera a propósito. Cuando llegué a donde ella quería, las piernas le temblaron. Seguí lento, levantando la cabeza de vez en cuando para verla disfrutar. Se mordía los labios entre calada y calada, se apretaba los pezones, que ya se marcaban en el encaje. Estuve así un buen rato, hasta que un coche aparcó al lado.
***
Volví a mi asiento. En el otro vehículo había un chico, más joven que Lucía, pelo negro con un pequeño tupé y la barba muy cuidada.
—Parece mono, ¿no crees? —comentó ella.
—Prefería una pareja. Pero si a ti te gusta, a mí también.
Sin darme tiempo a responder, se arrodilló y volvió a metérsela en la boca, esta vez con manos y haciendo ruido a propósito, para que el chico la oyera. Pero pasaban los minutos y no parecía darse por enterado.
—¿Nos mira? —preguntó, parando un segundo.
—Qué va. Todavía no.
Algo molesta, se la volvió a meter, pero esta vez subió el culo hasta la altura de la ventanilla abierta y empezó a hacer mucho más ruido entre gemidos y arcadas. Levanté la vista y ahí estaba: el chico nos miraba, sorprendido por el espectáculo.
—Ya nos mira —le susurré.
—¿Y qué cara pone?
—Diría que se está poniendo cachondo.
—Súbeme la falda hasta que vea asomar mis nalgas por la ventana.
La sensación fue brutal: mi novia me pedía que enseñara su culo a un desconocido. Mientras su cabeza subía y bajaba, le fui levantando la falda hasta que el chaval no pudo apartar la mirada. Entonces le di dos buenos azotes en una nalga. Lucía gimió con cada uno, así que repetí en la otra. Después le agité el culo con una mano en cada cachete, para que aquel tipo apreciara lo redondo y firme que estaba.
El chaval no aguantó más: abrió su puerta y preguntó en voz alta si podía acercarse. Nos miramos, asentimos, y le dijimos que sí, pero con una condición.
—De acuerdo, pero nada de tocarnos —avisó Lucía.
—Claro, no quiero malos rollos —contestó él, acercándose despacio. Era bastante más alto que yo y desde luego no llegaba a los veintitantos.
—¿Te gusta mi culo? —preguntó ella, girándose un poco.
—Mucho.
—¿Y vienes a menudo a mirar, pervertido?
—He discutido con mis padres y vine a estar solo. No sabía que aquí se hiciera esto. Pero se me ha puesto dura escuchándoos.
Lucía abrió su puerta para que viera mejor, se arrodilló de espaldas a él y se abrió las nalgas con las manos, ofreciéndole la vista de todo. No reconocía a la mujer que tenía delante; se comportaba como si llevara toda la vida en esto. Cuando se cansó de exhibirse, se giró y le pidió, con un tono muy sucio, que se sacara la suya.
El chico obedeció. La tenía parecida a la mía, algo más delgada, todavía a medias, pero con los ojos encendidos. Ella le pidió que se la tocara despacio. Mientras él empezaba, Lucía se giró del todo, se abrió y me pidió que la penetrara con calma.
Entré poco a poco en ella, jugando con sus caderas, apretándole los pezones de cuando en cuando. Despacio, como a ella le gustaba, hasta que llegaron los temblores, los suspiros, los gemidos. Conforme se encendía, bajaba la cabeza, así que le agarré el pelo y tiré hacia mí para obligarla a mirar cómo aquel chaval se la machacaba gracias a nosotros.
Eso la volvió loca. Empezó a darle órdenes al chico: que acelerara, que se masajeara con la otra mano, que parara y no se tocara. Yo, mientras tanto, le pasé una mano al cuello y apreté lo justo para notar cómo se le entrecortaba la respiración, y la atraje hacia mí para que él viera bien el encaje del sujetador.
***
Decidí que saliéramos del coche. El desconocido se había apartado un par de pasos, atento y razonable en todo momento. Apoyé a Lucía sobre el capó, inclinada, y seguí desde atrás, ahora a la vista de todo. Él daba vueltas a nuestro alrededor, masturbándose, sin perder detalle. Mi chica, con la falda subida y el sujetador apartado, gemía sin contención mientras la trabajaba y otro la miraba.
Cuando me cansé del esfuerzo, hice que se arrodillara delante de mí. Me restregué la polla, empapada de ella, por toda su cara hasta correrle el maquillaje. Le metí los testículos en la boca y, mientras jugaba con ellos, le daba golpecitos con la verga en la mejilla. De vez en cuando se la metía de nuevo para volver a cubrirla de saliva. Lucía hiperventilaba de gusto. La notaba acalorada, así que le quité el sujetador y la falda, y la dejé desnuda salvo por esos calcetines altísimos.
El chaval seguía a unos metros, viviendo seguramente una de las mejores noches de su vida. No dejaba de mirar mientras se tocaba; a veces paraba, supongo que para no correrse antes de tiempo. Y a mí, ver cómo aquel desconocido se relamía mirándome follar a mi chica, me ponía cada vez más.
Tumbé a Lucía de espaldas sobre el capó y me eché sus piernas a los hombros. Le agarré los tobillos y empujé hasta dejarle casi los pies a ambos lados de la cabeza. En esa postura escupí y entré con fuerza, no rápido ni descontrolado, sino con embestidas precisas, buscando llegar al fondo. Con la segunda ya ponía los ojos en blanco; a las pocas, chorreaba como aquella noche del principio.
De repente oí al chico jadear. Llevaba un rato callado. Cuando me fijé, no se estaba tocando: parecía aguantarse con todas sus fuerzas para no terminar. Al bajar yo el ritmo, Lucía recuperó algo de lucidez, lo miró y le soltó entre jadeos:
—¿Qué pasa, guapo? ¿Ya te vas a correr?
—No aguanto más —contestó él, resignado.
—Entonces quiero que, mientras me folla, tú te corras sin contenerte. Como más te guste.
Lucía se puso de pie, frente al chico y delante de mí. Se inclinó, apoyó el culo contra mi cintura hasta que entré, y se llevó los brazos a la espalda para que se los sujetara. Le sostuve ambas muñecas con una mano; con la otra, la agarré del cuello y, de vez en cuando, le metía un dedo en la boca. El chico, enfrente, se la machacaba deprisa con una mano mientras con la otra se subía la camiseta. En segundos ella volvía a gemir, le temblaban las piernas, y él podía verle los ojos darse la vuelta.
No duró ni medio minuto más. Se convulsionó y soltó un primer chorro que saltó casi un metro hacia delante. Detrás vinieron tres más, espesos y blancos, visibles desde donde estábamos. Después siguió frotándose la punta, ya con calma, escurriendo lo último. Jamás pensé que lo hubiéramos puesto tanto.
Lucía, que se corría casi sin parar mientras yo seguía dentro, consiguió pedirme entre gemidos que se lo echara todo en la cara. Yo ya no podía más.
—Lléname la cara, mi amor. A ver si echas tanto como él —me retó, arrodillándose.
Empecé a masturbarme mientras ella sacaba la lengua y me rogaba. Se apretaba los pezones y me pedía que tampoco los olvidara. Pero lo que me remató fue verla abrirse la boca todo lo que pudo con las dos manos. Me corrí. No salió a presión como la del chico, pero eché de sobra. Cayó primero en su frente y su nariz, escurriendo hacia la boca; el resto resbaló por sus pómulos y su mentón hasta el pecho. Ella recogía lo que podía con los dedos y se lo llevaba a la lengua, y con lo que caía entre sus piernas se humedecía el clítoris para seguir tocándose, mirándome con esa cara pícara y empapada.
No la tenía tan dura, pero seguía gorda y yo seguía caliente. Hice que apoyara las manos en el suelo y volví a metérsela; las últimas gotas hacían de lubricante. El desconocido se movió para verle la cara de frente. No sé por qué, no podía dejar de mirar su miembro mientras la embestía, y sin darme cuenta volví a correrme, esta vez dentro, temblando, mientras Lucía me decía lo mucho que notaba salir.
Se incorporó, se apoyó en el coche y nos pidió que miráramos. Botaba el culo para nosotros y se abría las nalgas con las manos. Vimos cómo mi corrida goteaba despacio por sus piernas; hizo algo de fuerza y un buen grumo cayó al suelo dejando un hilo blanco. Estuvo empujando un rato, hasta que se le escapó un chorrito de pis. Se echó a reír y dijo que hasta ahí llegaba el espectáculo.
Los tres nos recompusimos un poco.
—Chicos, esto ha sido increíble. Jamás pensé que me fuera a pasar algo así —dijo el chico, emocionado.
—Ya vimos que te gustaba —contesté, riendo.
—¿Y podría veros otra vez? ¿Tenéis alguna red?
—No tenemos nada de eso. Pero déjanos tu número y algún día hablamos. Yo soy Mateo, ella es Lucía.
—Bruno. Encantado.
Intercambiamos los teléfonos y cada uno se metió en su coche. De vuelta a casa no parábamos de hablar de lo que había pasado, de cuánto nos había gustado y de las ganas que ya teníamos de repetir. Nos duchamos y, antes de dormir, empezamos a imaginar el próximo encuentro.