Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La calentura que me provocaba mi cuñada embarazada

La noticia cayó en plena cena de fin de año, entre brindis y platos a medio terminar. Marisol, la hermana mayor de Mateo, esperaba gemelos: un niño y una niña. Llevaba veintiuna semanas de embarazo y su barriga apenas empezaba a redondearse bajo el vestido. La familia estalló en aplausos, alguien recordó que ya había otros mellizos por parte de los abuelos, y en el extremo más alejado del sofá Carolina sintió que se le secaba la boca.

—Amor —susurró, acercándose al oído de Mateo—, entonces existe la posibilidad real de que, si me embarazas, me dejes preñada de gemelos.

Mateo levantó una ceja, divertido.

—Genéticamente, sí. Hay antecedentes. ¿Por qué se te ilumina la cara de esa manera?

—Porque desde que entré a hacer prácticas en el área de partos no aguanto la calentura —confesó ella, mordiéndose el labio—. Ayer me tocó recibir a una mujer con embarazo gemelar. Falsa alarma, todavía no estaba de parto, pero su panza era enorme, dura como una piedra. Y los gemidos por las contracciones me dejaron empapada. No paro de imaginarme a tu hermana así.

—Estás loca, Carolina. —Mateo se rió por lo bajo, pero la mano se le tensó sobre el muslo de ella—. Y aun así me encanta lo cachonda que sos.

—Más te vale que sigas pensando lo mismo. Según mis propias estadísticas, si me preñas voy a ponerme mucho peor.

Él no respondió. Tragó saliva y miró hacia el otro lado de la sala, donde Marisol acariciaba su vientre mientras Gonzalo, su marido, le acomodaba un cojín en la espalda. Que hablaran de su hermana debería haberle incomodado. En cambio, la calentura desbordada de su novia lo arrastraba a un terreno nuevo, resbaladizo, del que ninguno de los dos quería salir.

***

Una semana después, Marisol le pidió un favor a Carolina. Gonzalo salía de viaje y no quería que manejara sola hasta el control médico.

—¿Podrías llevarme tú, que vas para el hospital igual?

—Claro, cuñada. ¿A qué hora es la cita y con quién?

—A las tres, con la doctora Belén. Me derivaron a ella por el riesgo del embarazo doble y, te confieso, estoy bastante nerviosa.

—La conozco, estuve un mes en su consulta. Es excelente. —Carolina dudó solo un instante—. Es más, si querés te acompaño a la revisión. Yo entro a las dos, pero puedo escaparme un rato.

—¿Harías eso por mí?

—Por vos y por mis sobrinos, lo que sea.

El día de la consulta, de pie junto a la camilla, Carolina contempló a su cuñada desnuda de cintura para arriba mientras la doctora pasaba el gel y el transductor. La barriga tensa, los pechos hinchados, los pezones oscurecidos por el embarazo. Pensó, casi sin querer, que sus prácticas en maternidad duraban seis meses y que era perfectamente probable que le tocara estar presente cuando Marisol diera a luz. La idea le encendió un calor sordo entre las piernas que tuvo que disimular cruzando los brazos.

Esa noche se lo contó todo a Mateo, sin omitir un solo detalle. Él la escuchó con la respiración cada vez más pesada, y terminaron enredados en las sábanas hasta la madrugada.

***

Pasaron dos meses. Carolina presenció una cantidad asombrosa de partos, y cada uno le subía la temperatura a niveles que jamás habría imaginado. Mateo, por su parte, no hacía más que beneficiarse de una novia que vivía húmeda las veinticuatro horas. En cuatro años de relación nunca habían tenido tantos orgasmos como en aquellas semanas. Y, al mismo tiempo, veían a Marisol hincharse más y más con cada visita familiar.

Un sábado por la tarde, Mateo acababa de salir de la ducha. En un rato pasaría Carolina para ir al cine y, con suerte, después a un hotel. Cuando sonó el timbre, creyó que ella se había adelantado y abrió la puerta a medio vestir.

No era Carolina. En primer plano, ocupando todo el umbral, estaba la enorme panza de casi treinta semanas de su hermana. Detrás venía Gonzalo, cargado de maletas, una almohada de maternidad y una mochila.

—Hola, hermanita. ¿Y esto? —preguntó, desconcertado.

—¿No te avisó mamá? Gonzalo se va un mes por trabajo y no quiere que me quede sola. Me instalo acá hasta que vuelva.

—No me dijeron nada, pero me da gusto. Voy a poder verte crecer en directo. —Soltó una carcajada.

—Callate, tonto. Ya estoy enorme y todavía me faltan diez semanas. La doula dice que, aunque sean gemelos, puedo lograr que lleguen a término.

—Ojalá. Cuanto más tiempo dentro, mejor para ellos.

Mientras Mateo ayudaba a Gonzalo con las maletas, Marisol avanzaba despacio por el pasillo, balanceándose de un lado a otro como un pato por el peso que cargaba adelante. Mateo no pudo evitar quedarse mirándola un segundo de más.

***

Cuando Carolina llegó esa tarde, no esperaba la escena que encontró al entrar. Marisol estaba sentada en el sofá con la enorme panza al descubierto, y las manos de Mateo recorrían la piel tirante con el pretexto de buscar las pataditas. La imagen la golpeó de lleno. Sintió el calor instalarse de inmediato entre sus muslos, la ropa interior húmeda casi al instante.

—¡Cuñada! ¡Qué milagro! —dijo, fingiendo sorpresa—. ¿Cómo van esos bebés?

—¡Hola, Caro! De maravilla, creciendo. Siento que voy a reventar en cualquier momento.

—Pero todavía te faltan unas diez semanas, ¿no?

—Mañana cumplo las treinta justas.

En ese momento Marisol soltó un gemido ahogado y se llevó una mano debajo de las costillas. La panza se tensó de golpe bajo los dedos de Mateo, y Carolina sintió que sus propios labios se hinchaban más, si eso era posible.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo, ocultando la excitación que aquel gemido le había provocado detrás de una preocupación genuina.

—Sí, es que tus sobrinos cada día están más fuertes y ya no caben. Cuando se estiran, duele. —Respiró hondo y sonrió—. ¿Querés sentir cómo patean, Caro?

—¡Sí! —respondió sin disimular nada.

Se sentó a su lado y apoyó ambas manos sobre la barriga tensa. La recorrió entera, con la excusa de perseguir los movimientos de los gemelos, palpando la firmeza de la piel estirada, el ombligo saltado, el latido caliente de la vida apretada ahí dentro. Era la primera vez que tocaba una panza así sin el guante de látex y la bata clínica de por medio. Sin tener que comportarse como una profesional. El corazón le golpeaba en los oídos.

Mateo, al otro lado, tenía la mandíbula apretada. Cruzaron una mirada por encima del vientre de Marisol, y bastó esa mirada para entenderse: ninguno de los dos aguantaba más.

***

Carolina se puso de pie de un salto y tiró de la mano de su novio hacia la puerta, con el pretexto de no perder la función.

—¿Compraste las entradas? ¿Qué vamos a ver? Ni siquiera nos pusimos de acuerdo —protestó Mateo apenas pisaron la calle.

—Al diablo el cine —lo cortó ella, empujándolo contra el auto—. Necesito que me cojas ya. Es la primera vez que toco una panza sin tener que medir cada gesto. ¿Y qué panza, Mateo? Tu hermana se está poniendo descomunal y yo no puedo con esta calentura. Vamos a un hotel. Por favor.

Hicieron todo el camino con la mano de Carolina apretando el bulto duro sobre el pantalón de Mateo. Para cuando llegaron al hotel, ella escurría entre las piernas y a él le dolían las pelotas de tan tensas.

Cerraron la puerta y casi arrancaron la ropa del otro. Carolina lo empujó sobre la cama y se montó encima, guiándolo dentro de ella de una sola embestida que le arrancó un quejido a los dos. Empezó a moverse despacio, las uñas clavadas en el pecho de él, los ojos entrecerrados.

—No paro de imaginármela —jadeó—. Esa panza enorme, dura, tirante. Imaginate que fuera yo. Imaginate que me dejás así.

—Decilo otra vez —gruñó Mateo, sujetándola por las caderas y clavándola contra él.

—Preñame —gimió ella, acelerando—. Preñame, dame gemelos, ponme una panza como la suya. Quiero reventar como ella.

Los dos sabían que no iba a pasar. Carolina seguía cuidándose, no había dejado las pastillas; por más calentura que tuviera, era responsable. Pero la fantasía funcionaba demasiado bien. Cada palabra que ella soltaba entre gemidos hacía crecer la excitación de Mateo, que la embestía pensando justamente en eso, en hinchar el vientre plano de su novia, en verla bambolearse igual que su hermana.

—Eso es —dijo él entre dientes, dándola vuelta para quedar encima—. Decime que querés.

—Quiero —repitió ella, abriéndose más, hundiéndolo hasta el fondo—. Quiero que me llenes. Quiero la panza, los gemelos, todo.

Carolina se vino primero, con un grito ronco que sacudió toda la cama, y la contracción arrastró a Mateo apenas un segundo después. Él se derrumbó sobre ella entre soplidos y gruñidos, con la frente empapada, todavía moviéndose despacio mientras el último estremecimiento los recorría.

***

Quedaron tendidos sobre las sábanas húmedas, los cuerpos pegados por el sudor, recuperando el aliento. Carolina dibujaba círculos perezosos sobre el pecho de Mateo.

—Esta fue de las mejores —dijo ella, todavía agitada—. De lejos.

—Desde que descubrimos este... fetiche —respondió él, buscando la palabra—, no volvimos a ser los mismos.

Ella se rió contra su cuello, con esa risa baja y caliente que él conocía de memoria.

—Faltan diez semanas para que Marisol dé a luz. —Carolina levantó la cabeza, los ojos brillándole de un modo que a Mateo le erizó la piel—. Diez semanas en que su panza no va a hacer más que crecer. Y si tengo suerte, voy a estar en la sala cuando los tenga.

Mateo cerró los ojos y dejó escapar un gruñido a medio camino entre la advertencia y la rendición.

—Vas a matarme, niña.

—Todavía no —murmuró ella, deslizando la mano hacia abajo otra vez—. Tenemos el cuarto pagado hasta la medianoche.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

LoboSur_74

increible!! me engancho desde la primera linea y no pude soltar el celular. muy bien escrito

Rulo_BA

Me dejo con ganas de mas, por favor continua la historia. Quiero saber que paso despues con todo eso

Florencia_ok

Qué bien narrado, se siente muy real. Capturaste esa tension de manera perfecta, sin volverlo burdo. Bravo!

SantiMDF

muy original la tematica, no habia leido nada asi por aca. sigue escribiendo!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.