El juego de sumisión que Renata impuso esa tarde
Lo que voy a contar todavía me cuesta ordenarlo en la cabeza, porque fue a la vez lo más perturbador y lo más excitante que he presenciado en mi vida. Y eso que solo miraba.
Era una tarde de julio sofocante. Renata nos había invitado a su chalé en las afueras, una casa enorme con jardín y una piscina que nadie veía desde la calle. Yo estaba tirada en una tumbona, con una limonada que ya se había entibiado, mientras Renata y Ximena se bañaban desnudas. No era la primera vez que las veía sin ropa, pero esa tarde había algo distinto en el aire, una tensión que no supe nombrar hasta que fue demasiado tarde.
Renata siempre había tenido ese aire de mandar. Hablaba poco y, cuando lo hacía, todos obedecían sin darse cuenta. Ximena era su opuesto exacto: nerviosa, complaciente, siempre buscando la aprobación de los demás. Esa tarde, viéndolas a las dos dentro del agua, entendí que entre ellas existía algo que yo apenas empezaba a sospechar.
—Sal del agua —dijo Renata de repente.
No lo pidió. Lo ordenó. Ximena obedeció al instante, sin preguntar, y se quedó de pie en el borde de la piscina, mojada y temblando ligeramente a pesar del calor.
¿Qué está pasando aquí?
—Lucía, tú quédate donde estás —me dijo Renata sin mirarme, como si me leyera el pensamiento—. Solo mira. No digas nada.
Quise levantarme. Quise decir que mejor me iba. Pero no lo hice. Me quedé clavada en la tumbona, con el corazón golpeándome el pecho y una curiosidad que me daba vergüenza reconocer.
***
Renata se acercó a Ximena con una calma que ponía la piel de gallina. Le rozó la mandíbula con dos dedos, le levantó la cara, la obligó a sostenerle la mirada.
—¿Te acuerdas de lo que hablamos? —le preguntó en voz baja.
—Sí —contestó Ximena, casi en un susurro.
—Dilo bien.
—Sí, señora.
Algo se me apretó por dentro al escuchar esas dos palabras. No era una broma entre amigas. Era un acuerdo, un pacto que las dos conocían de memoria y que yo estaba viendo por primera vez. Renata era el ama. Ximena se entregaba a ella por completo, y lo hacía con una mezcla de miedo y deseo que se le notaba en cada gesto.
—Hoy hay alguien mirando —dijo Renata, paseándose despacio a su alrededor—. Eso lo hace mejor, ¿verdad? Que Lucía te vea obedecer.
Ximena cerró los ojos. Asintió. Su respiración se había vuelto corta, entrecortada, y vi cómo se le erizaba la piel de los muslos a pesar del sol que caía a plomo sobre el jardín.
Yo no me movía. Apenas respiraba. Sentía las mejillas ardiendo y una humedad incómoda entre las piernas que me negaba a admitir incluso para mí misma.
Lo más extraño era el silencio. No había música, ni risas, ni la cháchara habitual de una tarde entre amigas. Solo las órdenes de Renata, secas y precisas, y el chapoteo del agua cada vez que Ximena cambiaba de postura. Cada palabra caía en el jardín con un peso que parecía doblar el aire, y yo las recibía todas como si también fueran para mí.
Me di cuenta entonces de que llevaba un buen rato apretando el borde de la tumbona con las dos manos. Aflojé los dedos despacio, avergonzada, y descubrí que ni siquiera recordaba en qué momento había dejado la limonada. Todo lo que existía estaba pasando a tres metros de mí, y yo era incapaz de mirar hacia otra parte.
—De rodillas —dijo Renata.
Ximena se arrodilló en las baldosas calientes del borde, con la cabeza gacha y las manos sobre los muslos. Renata se quedó de pie frente a ella, dominándola con la sola postura de su cuerpo, una mano en la cadera y la otra acariciándole el pelo mojado con una ternura que contrastaba con la dureza de su voz.
—Buena chica —murmuró—. Ahora vas a hacer exactamente lo que te diga. Si lo haces bien, te premio. Si no, lo repetimos hasta que aprendas. ¿Está claro?
—Sí, señora.
***
Lo que siguió me obligó a tragar saliva varias veces. Renata convirtió cada minuto en una lección de poder. Le ordenaba pequeñas cosas —que se inclinara, que se abriera, que mantuviera una posición incómoda mientras el sol le quemaba la espalda— y Ximena las cumplía todas, temblando, con los ojos brillantes de una sumisión que parecía sostenerla en pie más que humillarla.
—Estás disfrutando esto —le dijo Renata, agachándose para hablarle al oído, aunque lo bastante alto como para que yo lo oyera—. Te gusta que te miren mientras obedeces. Te gusta sentirte pequeña.
—Sí —admitió Ximena con la voz quebrada—. Me gusta.
—Díselo a Lucía. Mírala y díselo.
Ximena giró la cabeza despacio y me clavó los ojos. Nunca olvidaré esa mirada: vulnerable, entregada, encendida de un deseo que no necesitaba esconder.
—Me gusta que me veas así —me dijo.
Sentí que el suelo se me movía debajo. Quería apartar la vista y no podía. Quería que aquello terminara y, al mismo tiempo, rezaba para que siguiera. Renata se dio cuenta, claro. Renata se daba cuenta de todo.
—Tú tampoco puedes dejar de mirar, ¿verdad, Lucía? —dijo, sin volverse hacia mí—. Tranquila. No tienes que hacer nada. Solo eres testigo. Pero los dos sabemos lo que te está pasando.
No contesté. No hacía falta. Mi cuerpo respondía por mí: la respiración agitada, las piernas que apretaba sin querer, el calor que ya no venía del sol.
***
Renata volvió a centrarse en Ximena. La hizo levantarse, la guio hasta las escaleras de la piscina y la colocó de espaldas a mí, con las manos apoyadas en el pasamanos y el cuerpo inclinado hacia delante. Era una postura de absoluta exposición, una entrega total bajo la luz cruda de la tarde.
—Esta parte es la que más te cuesta —le dijo Renata, deslizándole una mano por la espalda hasta la curva de la cintura—. La que más te avergüenza. Por eso la vamos a hacer delante de ella.
Ximena gimió, un sonido a medio camino entre la protesta y la rendición.
—Por favor —susurró.
—«Por favor» no es «no» —respondió Renata, citándole sus propias reglas—. Si quieres parar, ya sabes la palabra. ¿Quieres parar?
Hubo un silencio largo, espeso, en el que solo se oía el zumbido de las cigarras. Ximena negó con la cabeza.
—No, señora.
—Entonces sigue.
Lo que Renata le pidió a continuación era el corazón mismo de su juego: una intimidad cruda, sin filtros, de esas que solo se entregan cuando alguien confía ciegamente en quien manda. Ximena obedeció, con el cuerpo en tensión y la cara escondida entre los brazos, expuesta por completo en aquella escalera, sabiendo que yo lo veía todo. Era degradación, sí, pero una degradación que ella había elegido, que la encendía hasta el límite, y que Renata administraba con una precisión casi devota.
—Eso es —dijo Renata, acariciándole la nuca mientras Ximena cumplía—. Mira lo valiente que eres. Mira cuánto te entregas.
El agua de la piscina dejó de estar limpia. A nadie pareció importarle. Renata observaba a su sumisa con una satisfacción fría, los labios entreabiertos, mientras Ximena temblaba de pies a cabeza, atravesada por una mezcla de vergüenza y placer que yo reconocía demasiado bien porque la sentía latir también en mi propio cuerpo.
***
Cuando terminó, Renata la rodeó con los brazos. Ahí estaba la otra cara del juego: después del control, el cuidado. La abrazó, le besó la sien, le susurró cosas que no alcancé a oír pero que hicieron que Ximena se relajara entera contra su pecho, como si por fin pudiera soltar todo el peso que había estado cargando.
—Lo has hecho perfecto —le dijo Renata—. Estoy orgullosa de ti.
Ximena lloraba un poco, pero sonreía. Esa contradicción me desarmó por completo. No había crueldad en lo que acababa de ver, aunque por fuera lo pareciera. Había una confianza tan absoluta entre las dos que me dejó sin palabras, una de esas conexiones que la gente común jamás llega a entender.
Renata por fin se volvió hacia mí. Me miró largo rato, evaluándome, leyéndome como había leído a Ximena toda la tarde.
—No tienes que decir nada —dijo—. Sé exactamente lo que estás pensando. Y sé que vas a volver.
Quise negarlo. Quise decir que aquello me había parecido demasiado, que no era para mí, que solo había estado de paso. Pero me quedé callada, porque habría sido mentira y ella lo habría sabido al instante.
—La próxima vez —añadió, con una media sonrisa que me erizó la piel—, a lo mejor no te dejo solo mirar.
***
Me fui del chalé con las piernas flojas y la cabeza dando vueltas. En el coche, con las ventanillas bajadas y el aire caliente golpeándome la cara, intenté convencerme de que jamás volvería a poner un pie en esa casa.
No lo conseguí. Lo supe en cuanto el motor arrancó: una parte de mí, una que no conocía hasta esa tarde, ya estaba contando los días para la siguiente invitación de Renata. Y esa parte, la que descubrí mirando, era la que más miedo me daba. Porque sabía perfectamente lo que quería.