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Relatos Ardientes

Mi vecina descubrió mi fetiche y me dominó

El metro de vuelta del trabajo siempre se me hacía eterno, hasta que empecé a coincidir con Rebeca. Vivíamos en el mismo edificio, ella en el primero y yo en el bajo, y desde que descubrimos que hacíamos el mismo trayecto, el viaje se volvió más llevadero. Solía vestir con vaqueros y zapatillas de deporte, nada llamativo, y conversábamos de cualquier cosa hasta llegar a casa.

Una tarde de calor las cosas cambiaron sin que yo lo notara al principio. Subió al vagón con unos vaqueros ajustados que dibujaban su figura y, en lugar de las deportivas de siempre, llevaba unas sandalias negras de tiras con los dedos al descubierto. Tenía las uñas pintadas de un rojo intenso. No era la mujer más guapa que hubiera visto, pero había algo en ella que me atraía de una forma difícil de explicar.

Soy fetichista de los pies, y siempre he procurado disimularlo. Pero Rebeca balanceaba la sandalia colgada de la punta del pie, una y otra vez, y no pude apartar la mirada. Me armé de valor para romper el silencio.

—Hoy no llevas deportivas —dije, intentando que sonara casual.

—No, hoy he cambiado de look —respondió, sin dejar de mover el pie.

—Pues te queda muy bien.

Hubo una pausa. Ella ladeó la cabeza y me miró con una media sonrisa.

—¿Te gustan mis pies?

Me quedé sin palabras. Los tenía realmente bonitos, pero no esperaba la pregunta y no supe qué contestar.

—Andrés, ¿no me oyes? Que si te gustan mis pies. ¿Te crees que no me he dado cuenta de cómo miras los pies de las chicas en el metro?

Seguí callado, con el calor subiéndome por el cuello. Ella se inclinó un poco hacia mí y bajó la voz.

—Qué calladito te has puesto. No te preocupes, a mí me encanta que me los masajeen. ¿Te apuntas?

No debería. Tengo novia. El pensamiento cruzó mi cabeza, pero ya estaba asintiendo casi sin darme cuenta.

—Está bien, Rebeca, pero solo los pies. Y que Carla no se entere.

—Tranquilo —rió por lo bajo—. No diré nada. Solo nos divertiremos en secreto. Tendremos cuidado de que no nos pillen.

***

Lo planeamos como si fuéramos espías. Salimos por separado de la estación, cada uno por su lado, y al llegar a casa me di una ducha rápida. Le escribí para avisarla y ella dejó la puerta entornada. Subí el único tramo de escaleras casi de puntillas, sin encender la luz del rellano, y me colé en su piso antes de que algún vecino curioso asomara la cabeza. La jugada era veloz: ella en el primero, yo en el bajo.

Cuando entré se había cambiado. Llevaba un pantalón de pijama y una camiseta blanca de algodón ajustada que marcaba su silueta. No tenía mucho pecho, pero así, con la tela tensa, resultaba muy atractiva. Lo que de verdad me desarmaba era su cara: una expresión seria, casi de pocos amigos, con un aire autoritario que me ponía más que cualquier curva.

Estaba sentada en el sofá comiendo un sándwich y, con un gesto del mentón, me señaló sus pies sobre la mesita baja.

—Puedes empezar cuando quieras con el masajito.

Me arrodillé frente a ella y tomé uno de sus pies entre las manos. No se había duchado, y la piel conservaba el aroma cálido del cuero de las sandalias después de todo el día. Lejos de molestarme, aquello me encendió. Presioné con los pulgares la planta, despacio, recorriendo el arco hasta el talón. Estuve así un buen rato, en silencio, hasta que ella habló.

—¿Y bien? ¿Qué te parecen mis pies?

—Son preciosos —murmuré con la voz ronca.

Ella levantó la pierna y me puso la planta del pie a un palmo de la cara.

—Bésalos.

El corazón se me disparó. Nunca pensé que algo así fuera a pasarme de verdad. Tenía miedo de que Carla apareciera, pero el deseo pudo más. Besé su pie centímetro a centímetro, dedo a dedo, sintiendo cómo ella me observaba sin pestañear.

—Lámelos —ordenó.

Tampoco lo pensé. Recorrí con la lengua la planta, desde el talón hasta la punta, deteniéndome en cada dedo.

—Pasa la lengua entre los deditos, Andrés. Lo estás haciendo genial. Me estás poniendo cachonda.

Mientras yo seguía, ella deslizó la mano dentro del pijama y empezó a tocarse. De pronto se incorporó, hundió los dedos húmedos en mi boca y volvió a recostarse. Yo estaba a punto de explotar. Con el otro pie buscó mi entrepierna y presionó por encima de la ropa, frotando con la planta.

—Mira qué cachondo estás —susurró.

—Mucho, Rebeca.

Y siguió frotando, lenta y firme, hasta que no pude aguantar más y me corrí allí mismo, con su pie contra mí y su mirada clavada en la mía.

***

Carla no volvía hasta las nueve y todavía eran las siete, así que nos quedamos charlando un rato. Rebeca me contó que le encantaba que le lamieran los pies, y que le gustaban «otras cositas», pero que entendía mi situación y no iría más allá. Solo los pies, un juego entre nosotros. Yo me marché aliviado y, a la vez, deseando que se repitiera.

Y se repitió. Durante varios días la rutina fue la misma: el metro, la ducha, la puerta entornada, sus pies. Hasta que una tarde, una que parecía igual a todas las anteriores, ella me recibió distinta.

—Quítate los pantalones —dijo nada más entrar—. Así me excita más.

Llevaba un camisón corto que, cuando me arrodillé a sus pies, dejaba ver el tanga y la curva de su trasero. La noté más encendida de lo habitual.

—Hoy estás preciosa, Rebeca.

Ella sonrió, casi ruborizada, y volvió a la pantalla del móvil mientras yo le rendía culto a sus pies. Al cabo de un rato se señaló el muslo con el dedo.

—Bésalo. Y sube por la pierna, despacio, lamiendo.

No lo pensé. Recorrí su muslo con los labios, sintiéndola estremecerse a cada centímetro. Cuanto más subía, más agitada respiraba. Cuando llegué arriba, me agarró de la nuca y empujó mi cara contra su sexo.

Esto se nos está yendo de las manos. Lo pensé con claridad, pero estaba demasiado excitado para detenerme. Pasé la lengua por encima del tanga y, al notarlo, ella misma se lo apartó. Empecé a lamerla mientras gemía y me apretaba contra ella.

Con el pie buscó de nuevo mi entrepierna, como siempre, y bastó esa presión para que me corriera de lo encendido que estaba. Ella no tardó en seguirme. Nos vestimos en silencio y, antes de que yo saliera, se plantó en la puerta cerrándome el paso.

—¿Qué te ha parecido lo de hoy? Te has quedado muy callado.

Y me besó. Un beso largo, hambriento, que correspondí agarrándola con fuerza del trasero.

—Jeje, hablas poco, pero veo que te gusta, pillín —dijo separándose.

Salí de allí con el pulso acelerado y la sensación de haber cruzado una línea de la que no sabría volver.

***

Al día siguiente, en el metro, reuní el valor para hablar.

—Esto no puede seguir, Rebeca. Tengo novia, lo de ayer fue demasiado lejos. Tenemos que parar.

Ella me escuchó con calma y asintió.

—Lo entiendo. Solo te pido una cosa: que ese día sea el último. Y que volvamos a lo de antes, únicamente los pies. Para despedirnos.

Me pareció justo. Un día más, solo los pies, y se acababa. Esa misma tarde subí a su piso convencido de que era una despedida. Esta vez fui yo quien tomó la iniciativa: la besé nada más entrar y la sujeté del trasero.

—Joder, Andrés, para no querer, estás que ardes —se rió.

—Es para despedirnos. Me excito solo con verte, pero esto no puede continuar.

Ella sonrió de un modo que no supe interpretar.

—Siéntate conmigo.

Sacó el móvil y me lo acercó.

—Mira este vídeo, qué gracioso.

Era yo. Grabado el día anterior, de rodillas, lamiéndole los pies, las piernas y el sexo, con nuestros gemidos perfectamente audibles. Me recorrió un escalofrío que me dejó la boca seca.

—No puedes enseñar eso a nadie —balbuceé—. Y menos a Carla.

Su expresión seria se quebró en una sonrisa que no le había visto antes. Una sonrisa fría, calculada.

—No tengo pensado hacerlo, Andrés. ¿Tan mal pensada me crees? Lo único que significa este vídeo es que vamos a seguir viéndonos.

—Me has engañado —exclamé.

—De eso nada. El que está engañando a su novia eres tú, cerdo.

Su voz había cambiado por completo. Cada palabra sonaba más dura, más dueña de la situación.

—A partir de ahora me perteneces y harás lo que yo diga, si no quieres que este vídeo salga de aquí. Lo de los pies se me ha quedado corto. Ayer me gustó, pero a mí lo que de verdad me pone es dominar a hombres como tú. Hoy seré buena. A partir de mañana, cuando me apetezca, harás lo que yo quiera.

Me señaló una silla de respaldo recto en mitad del salón.

—Siéntate ahí.

Obedecí, todavía aturdido. Sacó unas esposas y me sujetó las manos a la espalda, y con unas cuerdas me ató las piernas a las patas de la silla. Comprobó los nudos con una tranquilidad que me puso la piel de gallina.

—Ahora vas a recibir un castigo, porque a mí nadie me dice que no.

Empezó a abofetearme, primero suave, después más fuerte y más seguido. El escozor me ardía en las mejillas.

—Estas son tus primeras cuarenta, por si no las contabas. Te quejas demasiado, así que tendrás que mejorar, o los castigos irán a peor.

—¿Cómo me haces esto, Rebeca?

Otra bofetada me giró la cara.

—A partir de ahora soy tu Diosa. Y tú eres mi perro, o mi juguete, según me apetezca llamarte.

Me soltó las ataduras y me hizo levantarme.

—Ven, que te enseñe mi habitación. Ya verás qué bonita.

***

Entramos y me quedé sin aliento. De las paredes colgaban toda clase de juguetes: látigos, fustas, cuerdas, máscaras. Sobre una mesa había una hilera de penes de goma de distintos tamaños, plugs y arneses ordenados con cuidado. Yo conocía aquello solo por los vídeos de dominación que veía a escondidas, los mismos que tanto me excitaban. Nunca imaginé que terminaría siendo el sumiso del que se ríen en pantalla. Había caído de lleno en la trampa de mi vecina.

—Hoy solo quiero que lo veas —dijo, recorriendo la colección con los dedos—. Ya iremos probando, despacito.

Me llevó a un cuarto más pequeño, casi vacío. En el centro había una jaula.

—Aquí dormirás algún día. Tienes que avisarme cuando tu novia se vaya de viaje y te quedes solo, porque esa noche la pasarás conmigo. Esta será tu habitación.

Solté una risa nerviosa, pero ella no bromeaba.

—¿Qué creías, Andrés? ¿Que ibas a pasártelo bien solo tú? Lo pasarás, pero la que tiene que disfrutar de verdad soy yo. Habrá ratos en que sufras.

Me condujo de vuelta a la puerta. Apoyó la mano en mi pecho antes de dejarme salir.

—Hoy te vas con el miedo y el calentón puestos, perro. Mañana empezamos de verdad.

Bajé el único tramo de escaleras con las piernas temblando y la cabeza dándome vueltas. Sabía que debía borrarla de mi vida, cambiar de horario, dejar de coincidir con ella en el metro. Pero esa misma noche, tumbado junto a Carla, no podía pensar en otra cosa que en la jaula, en el vídeo y en su voz ordenándome. Así fue como caí en la trampa de mi vecina, y ahora estaba a sus pies, completamente suyo.

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Comentarios (5)

CuriosoNocturno

Increible relato, me tuvo pegado hasta el final. Jamas pense que algo asi podia pasar con una vecina jaja

Toni_BA

Por favor seguilo! Quede con muchas ganas de saber como continua la historia entre ellos dos

PilarSinNombre

Me encanto como lo contaste, se siente muy real. Ese momento en que ella muestra el video... tremendo giro

DominioSutil

Excelente!!

Leo_nocturno

Buen relato, bien escrito y con mucho morbo. Lo que mas me gusto es que no se apura, va construyendo la tension de a poco. Seguí así!

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