La amiga que siempre deseé quería que la humillara
En la vida los buenos momentos escasean. Se van quedando atrás junto con la juventud y dejan paso a la monotonía del trabajo y al ruido de fondo de los días iguales. Aun así, siempre queda alguno que vale la pena recordar, y uno de los míos lleva el nombre de una mujer a la que tardé doce años en tocar.
Se llamaba Hailey. Era norteamericana, pero vivía en España por el trabajo de su padre. La conocí por casualidad: un buen amigo mío empezó a salir con ella y, aunque no la había visto nunca, me gustó desde el primer minuto. Era de esas personas que parecen salidas de una pantalla. Ojos azules, melena rubia, un cutis imposible y una sonrisa que me aceleraba el pulso sin que ella hiciera nada. En el pueblo no había chico que no la mirara dos veces.
Aquello fue a finales de los noventa. Después de un par de años, ella lo dejó con mi amigo y volvió a Estados Unidos. Yo pensé que no la vería nunca más. Por las mismas fechas yo también terminé con la chica con la que estaba entonces —una buena chica, todo hay que decirlo—, pero la marcha de Hailey enterró cualquier fantasía que me hubiera hecho con ella.
La vida siguió. Salí con otras, hasta que me metí en una relación más seria de lo que me convenía. Una de esas cosas que uno nunca debería hacer.
Cuando quise darme cuenta habían pasado doce años. Y un día, sin previo aviso, me llegó una solicitud de amistad en una red social, como tantas otras. La miré por encima: una chica guapa, probablemente un perfil falso. El nombre me llamó la atención porque siempre me había gustado, y daba la casualidad de que era el suyo. No tardé en comprender que era ella de verdad. Nunca la había olvidado del todo.
Empezamos a hablar. Y los hechos se desarrollaron más o menos como cualquiera imaginaría: al final quedé con ella. Sí, yo vivía con otra persona en aquel momento, y no me siento orgulloso de eso. Cada vez que quedábamos le decía a mi pareja que salía con un amigo. En el fondo era casi cierto: Hailey y yo éramos amigos. La única diferencia era la tensión que había entre nosotros, una corriente que se podía cortar con un cuchillo y que no fallaba nunca.
***
Mi relación de entonces se fue convirtiendo en un infierno. Nada que ver con Hailey, a la que veía poquísimo porque ella vivía en Levante y yo en el sur. Era simplemente que hay gente con la que no se puede razonar. Al final lo dejamos.
Lo curioso es que justo dos semanas después quedé con Hailey, que había venido a ver a sus hermanos. Yo estaba tan descolocado con mis propios problemas que no pasó nada entre nosotros, y eso, según me confesó luego, no le gustó nada. La tenía a tiro y no me atreví. Creo que no estaba preparado para fracasar precisamente con ella. La dejé en su casa y me marché con la sensación de haber perdido algo.
Seguimos hablando por teléfono. Un mes más tarde me propuso ir a verla. Vivía con su madre y uno de sus hermanos, pero tenían una habitación libre para mí. La idea me gustó más de lo que quise admitir, así que pedí dos días en el trabajo y me fui a pasar el fin de semana con ella.
Salí temprano y llegué a mediodía. Fue mejor de lo que esperaba. Comimos juntos, paseamos, y al caer la noche acabamos cerca del mar. Le dije que quería acercarme a la orilla, que no veo el mar a menudo. Una vez allí, bajo la única luz de una luna llena, la miré en silencio.
—¿Puedo darte un beso? —le pregunté.
—¡Claro! —respondió, casi enfadada por que hubiera tardado tanto en preguntarlo.
Y ahí, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía, abrimos una puerta que ya no íbamos a poder cerrar. Nos besamos como dos adolescentes, sin prisa, durante horas. Me encanta besar y le di una buena clase de paciencia. No podía creer que la estuviera teniendo entre mis brazos después de tantos años de desearla en silencio. Aquel fin de semana no pasó nada más, y estuvo bien que así fuera.
***
Volví a casa con la promesa de que ella vendría pronto a ver a otro de sus hermanos, que vivía en un pueblo cercano al mío.
—Resérvate —me dijo al despedirse.
En ese momento no la entendí del todo.
Pasó una semana de llamadas diarias, y a la siguiente vino. Yo no perdí el tiempo. Pasamos la tarde juntos y, a medida que avanzaba la noche, su actitud se volvía cada vez más caliente. En el bar donde estábamos, la camarera del fondo de la barra se dio cuenta de cómo nos comíamos a besos. Hailey ya me acariciaba la polla por encima del pantalón sin disimular, apretándomela con la palma abierta, midiéndomela con los dedos, y cada vez que se inclinaba a susurrarme algo al oído me clavaba una teta en el brazo. Tuve que cortar por lo sano.
—Vámonos a mi casa, ya —le dije.
—Vámonos. Tengo el coño empapado desde hace una hora.
El trayecto en coche lo hice despacio, porque no me circulaba una gota de sangre por la cabeza: la tenía toda en la verga, que no bajaba desde el bar. Ella no ayudaba. Me metió la mano por dentro del pantalón, me sacó la polla al aire y estuvo casi todo el camino jugando con ella, tirándome del prepucio arriba y abajo, restregándose el pulgar por el glande hasta dejármelo mojado con lo que ya empezaba a salir. Cada vez que veía un semáforo en rojo se agachaba y me daba un lametón lento, de raíz a punta, y luego se incorporaba con una sonrisa de zorra tranquila como si no hubiera hecho nada.
La metí en casa sin ofrecerle ni un café. Fuimos directos al cuarto, como dos animales en celo. Ella se sorprendió al ver que había quitado el colchón del somier y lo había puesto en el suelo. No le di explicaciones; ya las entendería.
Empezamos a tocarnos de pie, todavía vestidos, besándonos con rabia. Le subí la camiseta y le solté el sujetador a la primera. Ahí estaban, por fin, sus tetas: grandes, blancas, pesadas, con los pezones rosados y duros como piedras. Le pasé la lengua por uno y luego por el otro, chupándolos hasta que se le puso la piel de gallina, mordiéndoselos con cuidado mientras ella me tiraba del pelo y me apretaba la cabeza contra el pecho. La llevé al colchón y me dediqué a ellos un buen rato, pasándole la lengua por el escote, mordiéndole el nacimiento de la teta, aplastándomelas contra la cara.
Le desabroché el pantalón y se lo bajé de un tirón junto con las bragas. El coño estaba como me lo había prometido: rasurado, hinchado, brillando de lo mojado que estaba. Le pasé dos dedos por encima y se le escapó un jadeo largo.
—Métemelos, hijo de puta —murmuró.
Se los metí. Los dos, hasta el fondo, y empecé a moverlos despacio mientras le buscaba el clítoris con el pulgar. Ella tiró de mí.
—Quitémonos toda la ropa —jadeó.
Me puse de pie y me arranqué la ropa a tirones. Fui a por un preservativo que tenía preparado en la mesita. Cuando me di la vuelta me la encontré de rodillas en el colchón, desnuda, mirándome fija, llamándome con un gesto de las manos. Me acerqué. Hailey me quería mamar la polla, y lo hizo despacio, mirándome con esos ojos azules, recién maquillada, oliendo de una forma que me volvía loco. Me la metió entera en la boca de una sola vez y noté cómo el glande le llegaba al fondo de la garganta. Retrocedió, tomó aire y volvió a hacerlo. Y otra vez. Y otra. Se apartaba para lamerme los huevos, se los metía en la boca de uno en uno, me chupaba la raíz de la verga desde abajo mirándome como una guarra, con la baba escurriéndosele por la barbilla.
—Estás preciosa —le dije, con la voz rota, agarrándole el pelo con las dos manos.
Cogí ritmo y empecé a follarle la boca yo, empujándole la cabeza contra mi pubis, notando cómo se atragantaba y aguantaba sin apartarse. Cada vez que la soltaba se separaba un segundo para tomar aire y volvía a por más, con los ojos llorosos y una sonrisa asquerosa de satisfacción. Pero no quería terminar así. Necesitaba hacerla mía de verdad.
Me puse el preservativo y ella se tumbó en el colchón, abierta de piernas, con el coño ofrecido y una mano sobándose una teta. Me coloqué de rodillas entre sus piernas y le pasé el glande por encima de los labios del coño, arriba y abajo, empapándomela en su humedad, hasta que ella misma se cabreó y me metió la mano entre las piernas para meterse la polla dentro. Fui entrando despacio, centímetro a centímetro. No hay nada como la sensación de un coño nuevo apretándote la verga, notando cómo se adapta a ti poco a poco mientras la dueña gime debajo de tu peso.
Empecé a follármela suave, abrazándola, comiéndole el cuello, con la cara pegada a la suya. Yo también gemía. Le fui subiendo el ritmo, sacándosela casi entera y volviéndosela a meter hasta el fondo, escuchando el ruido húmedo que hacía nuestra piel al chocar. Ella me clavaba las uñas en la espalda y me pedía más al oído.
—Más fuerte —susurraba—. Rómpeme.
La agarré por debajo de las rodillas, se las eché contra el pecho y la abrí en canal. Desde esa postura la penetraba a fondo, viendo cómo la polla entera le desaparecía dentro y volvía a salir brillando. Me estaba acostando con la mujer que había deseado media vida, y los dos liberábamos años de tensión de golpe.
No tardamos. Cuando empezó a gemir distinto, agudo, entrecortado, supe que se corría, y noté cómo el coño se le cerraba a espasmos alrededor de la verga. Aquello me empujó al límite. Me arrimé a su oído y empecé a decirle cosas. No recuerdo casi ninguna, porque para entonces ya no estaba en mis cabales, pero sí una:
—Me voy a correr en tu cara.
Lo dije sin pensar. Ella, en cambio, lo guardó. Tomaba nota en silencio de todo lo que me encendía. Me corrí dentro del preservativo con tres embestidas secas y un gruñido, y me quedé encima, con la polla aún dura dentro de ella, tratando de recuperar el aliento y notando cómo el coño seguía apretándome en pequeñas contracciones. A partir de aquella noche ya no paramos.
***
Lo nuestro era intermitente. Ella venía o iba yo, y esos huecos cortos —a veces de una sola semana— nos hacían desearnos como locos. Las conversaciones por teléfono eran cada vez más explícitas: nos masturbábamos juntos a distancia, me contaba con pelos y señales cómo se metía los dedos pensando en mi polla, yo le describía todo lo que le iba a hacer cuando la tuviera delante. Cuando nos juntábamos, yo solo quería tenerla, devorarla, llevármela dentro.
Una de esas semanas no pudimos vernos, y después de cinco días estábamos al borde. Hailey me anunció que iba a prepararse algo especial para mí, y que no quería que me tocara hasta entonces.
—Guárdame toda la leche —me pidió por teléfono—. No te corras ni una vez esta semana. Quiero que revientes cuando me veas. Ponte guapo tú también.
—De acuerdo —fue lo único que acerté a decir.
No sé cómo aguanté hasta el viernes. Los huevos me pesaban como si llevara piedras dentro. Fui a buscarla para salir con unos amigos y, cuando apareció, me quedé sin palabras. Estaba espléndida. Tenía la elegancia de una mujer de treinta y tantos, sin maquillarse de más: apenas los labios rojos, las pestañas marcadas, la melena rubia suelta. No fui capaz de prestar atención a nadie esa noche. Solo la miraba a ella, y ella me miraba a mí sabiendo perfectamente lo que me esperaba. Al rato lo decidimos sin discutirlo: a casa.
Llegamos al cuarto, con el colchón otra vez en el suelo. Ella se sacó la ropa de cintura para arriba mientras yo me peleaba con la camisa. Me ayudó a quitarme el resto casi con violencia, tirándome del cinturón, arrancándome el bóxer de una tirón hacia abajo hasta que la polla me saltó al aire, tiesa y palpitando. Me empujó a la cama y se agachó entre mis piernas.
—Menuda tenías —murmuró, sopesándomela con la mano.
Empezó a mamármela con una delicadeza que contrastaba con las ganas que traíamos los dos. Primero solo el glande, dentro y fuera de su boca, la lengua dando vueltas por el capullo. Luego bajaba con los labios apretados hasta la mitad, subía, bajaba más, hasta metérsela entera. Me cogió la mano y se la puso en la nuca para que le marcara el ritmo yo.
Yo quería probar todo lo que se me había pasado por la cabeza durante esa semana de abstinencia. Le pedí algo que había visto y que me obsesionaba. Ella, que solía mirar las mismas páginas que yo, supo enseguida a qué me refería y asintió con la cabeza, dócil, dispuesta a complacerme en lo que le pidiera. Se puso a cuatro patas al pie del colchón, con el culo apuntándome, y siguió lamiéndome los huevos desde abajo mientras yo le sobaba las tetas colgando.
En mitad de aquello la noté pararse. Rebuscó en su bolso, sacó no sé qué —un pintalabios que reforzó, un espejo con el que se comprobó rápido las pestañas— y volvió a lo suyo con la boca. Se había retocado para lo que sabía que se venía. Yo apenas podía con la anticipación. Quería más, así que la frené.
—Terminemos de desnudarnos —le dije—. Quiero comerte el coño.
Obedeció sin rechistar. Se sacó la falda, se bajó las bragas empapadas y se las llevó a la nariz un segundo antes de tirarlas a un lado, mirándome con descaro. La tumbé de espaldas, le abrí las piernas de par en par y me tiré de cabeza. El coño se lo tenía otra vez rasurado al ras y estaba tan mojado que le bajaba el flujo por el ojete. Le pasé la lengua entera desde abajo hasta el clítoris, plana, despacio, y se arqueó en el colchón como si la hubiera electrocutado.
—Ay, hijo de puta —jadeó—. Cómemelo bien.
Le hice caso. Le trabajé el clítoris con la punta de la lengua, en círculos, luego arriba y abajo, luego chupándoselo entero como si fuera una polla pequeña. Le metí dos dedos y se los curveé para buscarle el punto, moviéndoselos mientras seguía lamiéndole el capullo. Ella se retorcía, me apretaba la cara contra el coño con las dos manos, me montaba encima de la boca sin ningún pudor.
—No me hagas correr todavía —jadeó de pronto, apartándome la cabeza a duras penas—. Quiero que me corra contigo dentro.
—Perfecto.
Estuve un rato más con la lengua, ahora suave, tanteando, sin apretar, hasta que no aguantó más.
—Fóllame ya. Métemela hasta el fondo. Ya.
No lo dudé. Llevaba el preservativo puesto y la dureza de quien lleva días sin correrse. Entré con todo, de una embestida seca, y ella soltó un grito ronco que le salió del estómago. Bastó un minuto de bombeo a fondo para que empezara a gemir descontrolada, agarrándose a las sábanas, con las tetas botando arriba y abajo al ritmo de mis embestidas. Le levanté una pierna, me la puse al hombro y la penetré de lado, notando cómo la polla se me hundía más adentro desde ese ángulo.
—¡Córrete en mi cara! —gritó de golpe—. ¡Córrete en mi puta cara, por favor!
No me lo podía creer. Lo tenía todo planeado desde el principio. Por eso el maquillaje, por eso el retoque, por eso la insistencia con lo de guardárselo. Me puse a tope, embistiéndola sin piedad, esperé unos segundos —ella todavía se corría a espasmos, temblando debajo de mí, con el coño mordiéndome la verga— y no quise estropeárselo. Disfruté del momento sin prisa, viéndole la cara desencajada de placer, la boca abierta, las venas del cuello marcadas.
Al final salí y me quité el preservativo con dos dedos. No sabía bien cómo colocarme, así que me puse a un lado de su cara, con una rodilla clavada a la altura de su hombro, para que todo le cayera de través. Ella sonreía debajo de mí, con la lengua fuera y los ojos entrecerrados, ofreciéndome la cara como si fuera un altar.
—¿Estoy guapa hoy? —preguntó, provocándome, mientras se sobaba una teta con una mano y se metía dos dedos en el coño con la otra.
—Estás preciosa —le dije, mientras me pajeaba muy cerca, con la polla brillando de su saliva y mi propio flujo—. Me encantan tus ojos.
No me apresuraba. Quería mirarla así, entregada, con la cara vuelta a un lado, la lengua asomada, mientras me meneaba la polla a un palmo de su piel. Le pasé el glande por los labios y ella intentó atraparlo con la boca, pero se lo aparté. Se lo restregué por la mejilla, por la nariz, por la frente, marcando el terreno. Pero ella estaba impaciente.
—¡Llevo una hora arreglándome, cabrón! ¿Ahora no vas a correrte? —protestó, sacándose los dedos del coño y llevándoselos a la boca sin dejar de mirarme.
Esa fue su perdición. Justo entonces me solté. La primera descarga salió con tanta presión que le cruzó la cara entera en diagonal y se le enredó entre las pestañas, colgándole de un ojo como un hilo espeso. Volví a correrme sobre sus cejas, sin poder creer lo que estaba viendo. Otro chorro le cayó en la mejilla y le resbaló hasta la comisura de la boca; ella sacó la lengua y se llevó lo que pudo, tragándoselo con una sonrisa. Ella sonreía y trataba de decir algo, pero callaba cada vez que yo seguía. Otro le atravesó los labios y le manchó los dientes. Apuntando con cuidado, conseguí alcanzarla también donde quería, entre las pestañas del otro ojo, y en la frente, y por último dejé caer los últimos hilos, más espesos, sobre el labio superior y el mentón. La tormenta terminó con su cara cubierta de mí. Le quedaba semen escurriendo por las cejas, por los pómulos, por el cuello, hasta el nacimiento de las tetas.
Me senté en el suelo, casi mareado, contemplando lo que había hecho. Tenía la polla aún dura en la mano, goteando los últimos restos. Ella permanecía quieta, en silencio, con los ojos cerrados por la fuerza, mientras todo le resbalaba despacio por las mejillas. Los pezones se le habían puesto duros del gusto que le daba estar así.
—Vaya forma de correrte —dijo al fin, sin abrir los ojos, con la voz pastosa—. Así me gustan los hombres. Que me humillen. Que me traten como a una guarra.
Me acerqué y la miré. Estábamos ya tan metidos en aquello que mojé el dedo en lo que tenía junto a la nariz y se lo extendí por la piel, despacio, casi con ternura, embadurnándole la mejilla con mi propio semen, restregándoselo por los labios hasta que ella abrió la boca y me chupó el dedo. Intentó abrir los ojos, pero los tenía sellados de tanto que había caído encima. Cuando lo consiguió, sus ojos azules me devolvieron la mirada por entre las pestañas apelmazadas, con el rímel corrido por la mejilla y la piel brillando bajo la luz de la lámpara. Nos mirábamos, créeme, con algo que se parecía mucho al cariño.
Se limpió lo justo para poder ver, con el dorso de la muñeca, sin mucho aspaviento. Nos abrazamos, con ella todavía pringada, y nos quedamos dormidos. A la mañana siguiente no quedaba rastro de la noche; su piel parecía haberlo absorbido todo. Ya recuperado, volví a tenerla nada más despertar, esta vez de una forma más tranquila, más normal: la abracé por detrás en la cama, le fui separando las nalgas con la mano hasta encontrarle el coño todavía caliente de la noche anterior, y me la follé de cucharita, despacio, con la boca pegada a su nuca, hasta correrme dentro del preservativo mientras ella se corría en silencio, apretándome la mano que tenía sobre su teta.
***
En los meses que estuvimos juntos no sabíamos quedar sin acabar enredados. Y a ella le gustaba tanto como a mí. Hacíamos buena pareja en eso: los dos éramos creativos, atrevidos, sin vergüenza el uno con el otro. Por desgracia, terminó quedando claro que no buscábamos lo mismo en la vida, y poco a poco nos distanciamos.
Pero te lo aseguro: por mucho tiempo que pase, a Hailey no voy a olvidarla nunca.





