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Relatos Ardientes

Confieso lo que hice en la cama de mis padres

Voy a contar algo que no le he dicho a nadie en mi vida, ni a mi terapeuta ni a mi mejor amiga, y desde luego no a mi familia. Lo escribo porque necesito sacarlo de algún sitio antes de que se me pudra dentro. Lo que pasó aquella noche en casa de mis padres me cambió, y no me arrepiento, aunque sé que debería.

De niña escuchaba a mi madre hablar de cosas que una madre no debería contarle a su hija. Ella era de un pueblo del norte, criada entre misa de domingo y rosario, pero tenía una vena que se le escapaba por la boca cuando bebía un par de copas. Contaba siempre la misma historia: una despedida de soltera de una amiga, un bailarín contratado, un hombre enorme que se movía sin nada de vergüenza. A mi madre se le iluminaban los ojos al recordarlo, aunque jurara que jamás le había sido infiel a mi padre.

—Eran otros tiempos —decía, y se reía sola.

Creo que de ahí me viene a mí todo. Esa curiosidad que nunca terminé de domesticar, ese gusto por lo que se sale del molde en el que me criaron. Crecí siendo la niña buena, la que sacaba notas, la que llegaba puntual, la que tenía un novio formal de los que gustan a las suegras. Pero por dentro había otra Carla, y esa otra Carla quería algo que Adrián, mi novio de toda la vida, jamás iba a darme.

***

Aquel fin de semana mis padres se habían ido de viaje. La casa entera para mí, en la calle Almirante, número 18, esa casa donde había aprendido a montar en bici y a rezar antes de dormir. La casa más respetable del barrio, con sus toallas de hilo dobladas en simetría y el salón que solo se usaba en Navidad.

La noche anterior había discutido con Adrián. Una de esas peleas tontas que empiezan por nada y terminan con los dos diciendo cosas que no se pueden retirar. Él me había llamado controladora. Yo le había llamado aburrido. Los dos teníamos razón. Lo que no le dije, lo que llevaba callándome años, es que en la cama era un desastre: se corría a los tres minutos, jamás me había hecho terminar con la lengua, y creo que en el fondo le daba miedo mi coño, como si fuera un aparato complicado que prefería no tocar demasiado.

Así que esa mañana, en lugar de pedir perdón, hice algo muy distinto. Abrí el armario de mi madre y saqué el body blanco que ella había guardado durante décadas envuelto en papel de seda, el de su noche de bodas. Me lo probé delante del espejo. Me quedaba ajustado en los sitios justos, tensaba la tela donde tenía que tensarla, se me marcaban los pezones duros a través del encaje, y la imagen que me devolvió el cristal no era la de la niña buena. Me metí la mano entre las piernas por encima de la tela y ya estaba mojada, empapada de solo pensar en lo que iba a hacer esa noche.

Esta soy yo de verdad, pensé, y sentí un escalofrío de culpa y de excitación a partes iguales.

Había conocido a Souleymane unas semanas antes. Trabajaba en un taller a las afueras, un hombre de Senegal, alto como una puerta, con unas manos que parecían capaces de partir una nuez con dos dedos. Lo había visto un día llevando el coche a arreglar y no había podido apartar la mirada del bulto que se le marcaba en el mono de trabajo cuando se agachaba. Intercambiamos números con la excusa del presupuesto. Lo demás se fue cocinando solo, en mensajes cada vez menos inocentes, en encuentros breves dentro del coche de mi padre, aparcados detrás de un pinar donde nadie nos veía.

Recuerdo la primera vez que me habló sin rodeos. Yo me hacía la digna, le contestaba con monosílabos, pero él tenía una paciencia de cazador que sabe esperar. No me presionaba. Me dejaba venir. Y eso, precisamente eso, era lo que más me desarmaba. Adrián siempre lo decidía todo por los dos, desde el restaurante hasta la película; Souleymane, en cambio, me dejaba elegir cuándo y cómo, y yo no estaba acostumbrada a sentirme tan dueña de mi propio deseo.

Aquellos encuentros en el coche me habían dejado con hambre. La primera vez que se sacó la polla en el asiento del copiloto casi se me sale una carcajada nerviosa: era enorme, gruesa, morena, con la punta brillante y las venas marcadas. Me la metí en la boca a duras penas, atragantándome, con los ojos llorosos y la mano subiendo y bajando por lo que no me cabía. Se corrió en mi cara con un gruñido bajo y yo me quedé mirándome en el retrovisor con el semen chorreándome por la barbilla, riéndome sola como una loca. Eran polvos rápidos, incómodos, siempre con un ojo puesto en si pasaba alguien, terminados a medias con los pantalones por los tobillos y la humedad pegada a las bragas todo el camino de vuelta. Salía de allí con la ropa arrugada y el corazón a mil, y conducía a casa repitiéndome que aquello tenía que terminar. Nunca terminaba. Cada vez que él escribía, yo respondía, y cada vez que respondía sabía que estaba cavando un poco más hondo el agujero del que no pensaba salir.

Pero aquellos eran polvos robados, con prisa, mirando por el retrovisor. Esa noche yo quería otra cosa. Quería tiempo. Quería la casa entera. Quería, lo confieso, una especie de ceremonia. Quería que me follara despacio, en una cama de verdad, hasta dejarme sin habla.

***

Encendí unas velas que olían a vainilla y las repartí por el dormitorio de mis padres. Puse a enfriar una botella de cava en la nevera. Me duché despacio, me depilé entera, me pasé la maquinilla incluso entre las nalgas porque quería estar suave por todas partes, me perfumé detrás de las orejas, en las muñecas y en el pubis como si fuera yo la que se casaba. El teléfono no paraba de vibrar sobre la encimera de la cocina. Sesenta y tantas llamadas perdidas de Adrián, mensajes pidiéndome perdón, prometiéndome que iba a cambiar.

Lo apagué. Lo apagué del todo y lo metí en un cajón. No quería su voz esa noche. No quería pensar en él.

A las nueve sonó el timbre de abajo. Me asomé por la ventana del rellano y vi su silueta recortada contra la farola, enorme, esperando con las manos en los bolsillos. Bajé las escaleras con un salto de cama de seda y unos tacones que apenas me dejaban caminar. Cada peldaño crujía bajo mi peso, y yo sentía el corazón en la garganta y el coño palpitándome ya, adelantándose a lo que venía.

Abrí la puerta. Mi metro sesenta frente a sus casi dos metros era un abismo, y a mí siempre me habían gustado los retos.

—Has tardado —dijo él, con esa voz grave que me derretía.

—Quería que valiera la pena la espera —contesté.

Me alzó en brazos como si yo no pesara nada, ahí mismo, en el recibidor de la casa de mis padres, bajo el cuadro de la Virgen que mi abuela había dejado en herencia. Me estampó contra la pared, me subió el salto de cama por encima de las caderas y me arrancó las bragas de un tirón seco. Las tiró al suelo como si fueran un papel usado. Me besó el cuello, la clavícula, y bajó la mano hasta meterme dos dedos de golpe.

—Joder, cómo estás —murmuró contra mi oído—. Empapada. Llevas todo el día pensando en esta polla, ¿verdad?

—Sí —jadeé—. Todo el puto día.

Me follaba con los dedos despacio, hasta el fondo, sacándolos brillantes y volviéndolos a meter, mientras con el pulgar me trabajaba el clítoris en círculos. Me susurraba cosas al oído que no pienso repetir aquí, guarradas que me hacían apretar los muslos contra su mano. Me corrí casi sin darme cuenta, ahí mismo, colgada de su cuello, con las piernas temblando y los tacones repiqueteando contra el parqué, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar bajo la mirada impávida de la Virgen de mi abuela.

Esto está mal, pensé, y por eso me gusta tanto.

***

Le pedí que subiéramos. Olía a taller, a grasa, a sudor de un día entero de trabajo, y aunque hubo una época en que ese olor me ponía, esa noche quería algo distinto. Lo metí en la ducha de mis padres, esa ducha de mampara cara que tanto le había costado pagar a mi padre, y le enjaboné la espalda con las dos manos. Le pasé la esponja por el pecho, por el vientre plano, y bajé sin prisa hasta cogerle la polla con las dos manos enjabonadas. Se le puso dura al instante, gruesa y pesada, alzándose contra su vientre.

Me arrodillé en las baldosas y me la metí en la boca bajo el chorro de agua caliente. Empecé despacio, lamiéndole la punta, saboreando el glande hinchado, jugando con la lengua en el frenillo hasta que lo oí gemir por encima de mí. Después abrí bien la garganta y me la tragué hasta el fondo, hasta sentir los pelos rizados en la nariz y las arcadas subiéndome por el pecho. Se la chupé así, entera, con los ojos clavados en los suyos, escupiendo saliva sobre el tronco para que resbalara mejor, masajeándole los huevos con una mano mientras con la otra me apretaba un pezón por debajo del agua.

—Así, joder, así —gruñía él, con una mano enredada en mi pelo, marcándome el ritmo—. Trágatela toda, princesa.

Y me la tragaba. Cada vez más hondo, hasta que se me saltaron las lágrimas y el rímel me chorreó por las mejillas mezclándose con el agua. Le noté cómo se le tensaban los muslos, cómo empezó a empujarme la cabeza más fuerte, y supe que se venía. Se dejó ir con un gemido ronco que rebotó en los azulejos, descargándome en la boca a chorros gruesos y calientes. Me lo bebí todo, educada como me habían enseñado a ser, aunque desde luego no para esto. Le saqué la polla despacio de la boca, abrí la lengua para enseñarle el semen antes de tragármelo, y se me escapó una sonrisa al ver la cara con la que me miraba.

Lo sequé después con las toallas de hilo blanco de mi madre, blancas como la leche contra su piel oscura. Él jugaba con mi pelo, con mi cara, mirándome con una mezcla de hambre y de algo parecido a la ternura.

—Esto no se acaba aquí —dijo, y me metió dos dedos entre los muslos otra vez, comprobando que seguía chorreando por él—. Esta noche te voy a partir en dos.

—Espero que sí —respondí—. La noche es larga.

Descorchamos el cava en el dormitorio, brindamos sentados sobre la colcha buena, esa que solo se sacaba para las visitas. Brindamos por nosotros, por la locura que estábamos cometiendo, por la Carla que nadie conocía.

***

No me dejó ni terminar la copa. Me la quitó de la mano, la puso en la mesilla y me tumbó de espaldas sobre la colcha bordada. Me abrió las piernas de un empujón, sin pedir permiso, y se hundió entre mis muslos con la boca. La primera lamida me arrancó un gemido tan largo que él se rió contra mi coño, y esa vibración estuvo a punto de hacerme correr otra vez. Me comía despacio, chupándome los labios, metiéndome la lengua entera dentro, sacándola para lamerme el clítoris de arriba abajo con la punta y luego con toda la anchura. Metía dos dedos, luego tres, curvándolos hacia arriba mientras me chupaba el capullo, y yo me retorcía sobre la colcha buena de mi madre agarrando las sábanas con los puños.

—No pares —le supliqué—, no pares, no pares, me corro, me corro…

Y me corrí gritando, con los muslos apretados contra su cabeza, con la espalda arqueada, empapándole la cara y la barba. Él no se apartó. Siguió lamiéndome mientras me sacudía el orgasmo, alargándolo, exprimiéndome cada espasmo hasta que yo le empujé la frente porque no podía más.

Se subió sobre mí, con la boca brillante de mí, y me la restregó por la cara antes de besarme. Me besó con lengua, obligándome a saborearme a mí misma, mientras me colocaba la punta de la polla contra la entrada. Entró de un solo golpe, hasta el fondo, y yo grité contra su boca porque no me había dado tiempo a acostumbrarme al grosor. Se quedó quieto un momento, dentro de mí, dejándome sentirlo entero, palpitándome dentro como un puño cerrado.

—Coño, qué apretada estás —murmuró—. Como una virgen.

—Fóllame —le pedí—. Fuerte.

Y empezó a follarme. Primero despacio, sacándomela casi entera y volviéndola a meter de golpe, haciendo que la cabecera de la cama de mis padres golpeara la pared con cada embestida. Después más rápido, marcándome el ritmo con las manos en las caderas, clavándome los dedos en las nalgas. La cama crujía como si fuera a romperse, la colcha se arrugaba bajo mi espalda, y yo le arañaba la espalda con las uñas, dejándole marcas rojas que iba a tener durante días.

Me puso a cuatro patas en el borde de la cama. Me abrió las nalgas con los pulgares y me miró el culo y el coño abiertos para él antes de embestirme por detrás. Desde ese ángulo llegaba aún más hondo, y a cada empujón yo notaba cómo se me sacudían las tetas contra el colchón. Me escupió sobre el ojete y me pasó el pulgar mojado en círculos, sin meterlo del todo, solo apretando, y esa presión doble hizo que me corriera por segunda vez, mordiendo la almohada de mi madre para no despertar al barrio entero.

Abajo, en algún momento, alguien aporreó la puerta. No abrí. No bajé. Quizá era Adrián, que se había cansado de llamar al teléfono apagado y había venido en persona. Quizá era un vecino. No me importó. Yo estaba demasiado ocupada, boca abajo sobre las sábanas buenas de mi madre, agarrada a un hombre que me follaba como si quisiera dejarme una huella permanente por dentro.

Las horas se borraron. No sabría decir cuántas veces lo hicimos ni en cuántas posturas. Me montó él, me monté yo, me puso de lado con una pierna sobre su hombro, me follaba mientras me apretaba el cuello con la mano, me susurraba guarradas al oído que me hacían correrme una y otra vez. Recuerdo la cama crujiendo, recuerdo el sonido rítmico y húmedo de nuestros cuerpos, el chapoteo de mi coño empapado cada vez que me la metía, recuerdo mi propia voz diciendo cosas que jamás me habría atrevido a decir en voz alta: puta, guarra, tuya, para ti, más, más, más. Y él, generoso, cumplía cada vez.

En un momento me puso de pie frente al espejo del armario, ese espejo de luna en el que mi madre se había arreglado para mil bodas y mil entierros. Me dobló por la cintura, me hizo apoyar las manos en la cómoda y me embistió por detrás mientras me miraba a los ojos a través del cristal. La imagen que me devolvía el espejo era la de una mujer que no reconocía y que, a la vez, era más yo que ninguna otra: el pelo revuelto pegado a la frente sudada, los pechos bailándome con cada embestida, la boca abierta de la que no salía ni una palabra coherente. Me agarré al borde de la cómoda y dejé de pensar.

—Mírate —me dijo al oído, cogiéndome del pelo para obligarme a alzar la barbilla—. Mira lo guapa que estás cuando te sueltas. Mira cómo te encanta esta polla.

Y me miré. Por primera vez en mucho tiempo me miré sin juzgarme, sin la voz de mi madre ni la de las monjas ni la de Adrián en la cabeza. Solo estábamos ese reflejo y yo, y la certeza tibia de que nunca iba a poder contarle esto a nadie y de que tampoco lo necesitaba. Le noté cómo aceleraba, cómo se le entrecortaba la respiración, y estiré una mano hacia atrás para que se corriera dentro.

—Dentro —le supliqué—. Córrete dentro, quiero notarlo.

Y se corrió dentro, con un gruñido largo, sujetándome las caderas contra las suyas hasta la última sacudida. Yo lo sentí llenarme, caliente, y me corrí otra vez con él todavía dentro, apretándolo con el coño mientras las piernas me temblaban. Cuando se salió, me quedé mirando en el espejo cómo su semen empezaba a resbalarme por el muslo, blanco, espeso, y aquella imagen me pareció la más obscena y la más hermosa de mi vida.

—Eres una caja de sorpresas —me dijo en algún momento, riéndose, mientras me limpiaba con dos dedos y me los metía en la boca para que los chupara—. Tan formal de día y así de noche.

—Esa es la gracia —contesté, sin aliento, mamándole los dedos—. Nadie lo sabe. Solo tú.

Hubo un momento, ya de madrugada, en que paramos a recuperar el aliento. Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho, escuchando los latidos lentos de su corazón, con el coño todavía palpitándome y goteándome sobre las sábanas de mi madre, y sentí una calma rara, una paz que no había sentido nunca con Adrián. No era amor. Sabía perfectamente que no era amor. Era libertad. Era la sensación de estar haciendo exactamente lo que quería, sin permiso de nadie.

—¿En qué piensas? —me preguntó, jugando distraídamente con uno de mis pezones.

—En que mañana volveré a ser la de siempre —dije—. Y en que voy a echar de menos esto.

Él me besó la frente, me metió la mano entre los muslos otra vez y me acarició despacio, sin prisa, hasta que empecé a mojarme de nuevo. No dijo nada. Algunos silencios valen más que cualquier promesa. Y me folló una última vez, muy despacio, de lado, abrazándome por detrás, susurrándome al oído hasta que los dos nos corrimos casi a la vez, en silencio, como si aquello fuera un secreto que compartíamos incluso con nosotros mismos.

***

Cuando empezó a clarear, lo acompañé a la puerta. Se vistió despacio, recogió sus cosas, me dio un último beso largo en el umbral, con la mano por dentro del salto de cama, apretándome una nalga como firma de propiedad, mientras el cielo se teñía de un gris azulado. Lo vi alejarse calle abajo hasta que dobló la esquina y desapareció.

Subí a recoger el escenario del crimen. Cambié las sábanas manchadas, lavé las toallas, apagué los restos de las velas, escondí la botella vacía en el fondo del contenedor de la esquina. Devolví el body de mi madre a su papel de seda, doblado exactamente igual que estaba. Borré cada huella, como una ladrona profesional que limpia tras el robo. Me metí en la ducha y me lavé despacio, sintiendo cómo se me escapaba todavía un hilillo tibio entre las piernas, y me sorprendí sonriendo bajo el agua.

Encendí el teléfono. Setenta llamadas perdidas, mensajes de Adrián que pasaban del enfado a la súplica y de la súplica al miedo. Le contesté con una frase fría: que necesitaba tiempo, que ya hablaríamos. Y me senté en la cocina recién ordenada, con un café entre las manos, el coño todavía dolorido y latiéndome, sintiéndome la mujer más viva y más mentirosa del mundo.

Lo dejé con Adrián unas semanas después. No por Souleymane; con él tampoco siguió la cosa mucho más. Lo dejé porque aquella noche me enseñó algo que ya no podía desaprender: que había una versión de mí que llevaba demasiado tiempo encerrada, y que merecía respirar.

Mi madre nunca supo nada, claro. Sigue durmiendo en esa cama, bajo esa misma colcha, sin imaginar lo que ocurrió allí mientras ella tomaba el sol en la playa. A veces, cuando la oigo contar su vieja historia de la despedida de soltera, me muerdo el labio para no sonreír.

De tal palo, madre, pienso. Aunque tú nunca te atreviste, y yo sí.

Y esa es mi confesión. La única que tengo. La única que cuenta.

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Comentarios(6)

Nico_T22

excelente!!!

ElenaRivero

ufff tremendo, no me lo esperaba para nada. Muy bueno

RetornoNocturno

por favor que haya una segunda parte, no puede quedar asi jaja

Pilar_confesion

que buena narracion, se siente tan real sin ser burdo. De las mejores confesiones que lei por aca

CarmenRio

Dios mio... lei de corrido sin poder parar. Hace mucho que un relato no me enganchaba asi desde el principio

Fede_BA23

me dejo sin palabras de verdad. muy bueno

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