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Relatos Ardientes

Confesión: cómo empezó mi exhibicionismo

Volvía a casa al anochecer, cansada y todavía con la cabeza llena de números, voces y pantallas. El tren iba bastante lleno, de ese modo incómodo en que nadie puede moverse del todo pero todavía queda espacio para fingir normalidad. Yo iba de pie, agarrada a la barra, con el bolso contra el pecho y la falda pegada a los muslos por el calor.

Entonces lo sentí detrás de mí.

Al principio pensé que era un roce cualquiera, una de esas presiones inevitables del vagón cuando frena de golpe. Pero no tardé en notar la diferencia. Aquello no era un empujón accidental ni una cartera mal colocada: era una polla dura, firme, encajada justo entre mis nalgas, buscando el centro con una precisión que no dejaba lugar a dudas.

No me giré.

No aparté el culo.

Me limité a respirar más despacio, como si no pasara nada, mientras mi cuerpo reaccionaba por su cuenta. Sentí los pezones endurecerse debajo del sostén y un calor espeso empezar a subir desde el coño hasta el pecho. Me quedé quieta unos segundos, probando el peso de esa presencia anónima contra mí, y cuando el tren se balanceó, yo me eché apenas hacia atrás para sentirlo mejor.

Ahí entendí que no solo me estaba dejando hacer. Lo estaba invitando.

El bulto se acomodó con más descaro. Presionó con firmeza, lenta al principio, como si el hombre detrás de mí quisiera comprobar si iba a recibir rechazo. No lo tuvo. Mi culo respondió solo: arqueé un poco la espalda, levanté apenas las nalgas, y le di el ángulo exacto para que su erección quedara encajada donde yo quería sentirla.

Hazlo otra vez, pensé. Apriétate más.

Su mano apareció en mi cintura. No descendió ni buscó meter los dedos bajo la falda. Solo se apoyó ahí, grande, caliente, posesiva. Ese gesto me encendió todavía más que el roce. No me manoseaba como un bruto; me sujetaba como si ya supiera que yo estaba colaborando.

Yo seguía mirando al frente, rodeada de desconocidos que consultaban el teléfono o evitaban mirarse entre sí. Y mientras tanto, mi coño latía como si estuviera a punto de correrse solo con aquel juego sucio en medio de la gente.

Volví a empujarme hacia atrás. Más claro esta vez. Más puta.

Él respondió pegando el cuerpo entero contra mí. Noté el calor de su pecho en mi espalda y la forma de su polla, dura de verdad, marcándose a través de la ropa. Cuando apretó una nalga con la mano, suave pero inequívoco, tuve que morderme el labio para no gemir allí mismo.

Se me llenó la cabeza de imágenes inmediatas, brutales. Que me subiera la falda delante de todos. Que me apartara las bragas con dos dedos. Que me hundiera la polla de una sola embestida mientras yo me agarraba a la barra para no caerme. Pensé en que alguien nos mirara. Pensé en no detenerlo. Pensé en abrirme allí mismo y dejar que me follara como una puta desesperada en un vagón lleno.

Y eso fue lo peor.

No me asustó imaginarlo.

Me excitó tanto que sentí la humedad correr entre mis labios.

Cuando el tren redujo la marcha, la presión desapareció. La mano se apartó. El calor detrás de mí se esfumó como si nunca hubiera estado ahí. Solo entonces me atreví a girar un poco la cabeza, pero ya era tarde: la puerta estaba abierta y el hombre se perdía entre otros cuerpos que bajaban a la estación.

No vi su cara. No quise verla.

Me quedé en mi sitio, con el corazón acelerado y las piernas temblando. Había algo feroz en no saber quién era, en no poder ponerle nombre ni voz, en conservarlo únicamente como una polla dura y una mano en la cintura. Anónimo. Sucio. Perfecto para mi cabeza.

El resto del trayecto fue una tortura. Cada frenazo me recordaba la presión contra mis nalgas. Cada mirada ajena me hacía imaginar que alguien había notado algo. Cuando llegué a mi edificio tenía el coño tan hinchado que me molestaba caminar. Subí las escaleras deprisa, abrí la puerta y la cerré con llave sin siquiera encender todas las luces.

Fui directa al baño.

Me desnudé con prisa, casi con rabia. La falda cayó al suelo, luego las medias, luego el sostén. Me miré apenas un segundo en el espejo: mejillas coloradas, ojos brillantes, pezones duros. La imagen de una mujer demasiado caliente para fingir decencia. Eso me excitó todavía más.

Llené la tina con agua caliente, pero no tuve paciencia para esperar demasiado. Me senté antes de tiempo, con las piernas abiertas y el vapor pegándose a mi piel, y llevé una mano entre los muslos. Estaba empapada. No húmeda: empapada de verdad, con los dedos resbalando apenas me toqué el clítoris.

Solté el primer gemido en cuanto empecé a frotarme.

Con la otra mano agarré el dildo más grueso que tenía guardado en el cajón del mueble. Lo pasé por mi vulva despacio, mojándolo bien, y la sola idea de que no fuera silicona sino aquella polla del tren me hizo jadear. Me lo metí de golpe, hasta casi el fondo, y el chasquido húmedo del juguete entrando en mi coño me arrancó un insulto ronco.

—Joder...

Empecé a bombear con fuerza, sin delicadeza, abriendo más las piernas dentro de la tina. Me frotaba el clítoris en círculos rápidos mientras hundía el dildo una y otra vez. El agua salpicaba. Mi respiración rebotaba en los azulejos. Vivía sola, y esa libertad hizo que dejara de contenerme casi de inmediato.

—Sí... así... así...

La fantasía se volvió más sucia con cada embestida de mi propia mano. Ya no era un desconocido en el tren; eran varios. Uno me sujetaba de la nuca contra la barra del vagón. Otro me levantaba la falda. Otro me abría las piernas sin pedir permiso. Me imaginaba con las bragas a un lado, el culo ofrecido, la boca abierta, los ojos húmedos de vergüenza y excitación mientras ellos se turnaban para tocarme, para meterme los dedos, para decirme guarradas al oído.

Metí dos dedos de la otra mano junto al dildo, abriéndome más, y empecé a follarme con una mezcla de empuje y desesperación que me dejó el vientre duro. Me froté el clítoris tan fuerte que tuve que doblar el cuello hacia atrás y respirar por la boca. Sentía el orgasmo cerca, espeso, subiendo desde el coño hasta la espalda.

—Fóllame... —susurré para nadie—. Fóllame delante de todos...

Eso bastó. Me corrí con violencia, apretando las piernas alrededor del borde de la tina y arqueando el cuerpo entero. El orgasmo me atravesó en pulsos rápidos, duros, casi dolorosos. El dildo seguía dentro mientras mi coño lo apretaba sin control, y yo gemía a boca abierta, sin pensar en nada salvo en esa imagen de exhibirme y ser usada.

Pero no quedé satisfecha.

Me quedé unos minutos respirando hondo, con el juguete todavía dentro, sintiendo pequeños espasmos. Luego lo saqué despacio y me toqué otra vez. El clítoris estaba sensible, pero el hambre seguía intacta, como si el orgasmo hubiera abierto una compuerta en vez de cerrarla.

Me fui a la cama desnuda y agotada, pero dormí mal. Cada vez que cerraba los ojos reaparecía el tren. El empujón. La mano. La posibilidad de que cualquiera hubiera podido verme colaborar. Soñé con un vagón casi vacío y conmigo arrodillada en el suelo, chupando una polla mientras otra mano me abría las nalgas. Soñé con gente mirando sin intervenir. Soñé con ser observada, juzgada, deseada.

Me desperté de madrugada con la entrepierna mojada otra vez.

La bata ligera que usaba para dormir estaba pegada a la piel. Me levanté a beber agua y salí al balcón sin pensarlo demasiado, todavía aturdida por el sueño. La ciudad estaba casi en silencio, con algunas ventanas encendidas a lo lejos y el aire fresco recorriéndome las piernas desnudas bajo la tela fina.

Me apoyé en la baranda y di un sorbo largo al vaso. El frío del agua me bajó por la garganta, pero mi cuerpo seguía ardiendo. Miré el edificio de enfrente, luego la calle semivacía, luego las persianas entreabiertas de varios pisos. Bastaba con que alguien levantara la vista.

Y entonces lo hice.

Deslicé la bata por los hombros, muy despacio, sintiendo la tela resbalar por mis brazos. La dejé caer a mis pies y me quedé completamente desnuda bajo la noche. El gesto, por simple que fuera, me atravesó con una descarga inmediata. No era solo desnudarme. Era desnudarme afuera. Expuesta. Disponible a los ojos de cualquier desconocido insomne.

Mis pezones se endurecieron al instante.

Arrastré la silla hacia la baranda y me senté mirando hacia la calle. Abrí las piernas y apoyé los talones en los barrotes del balcón. No había forma decorosa de estar así. Si alguien miraba hacia arriba, vería de lleno mi coño abierto, mi pecho subiendo y bajando, una mujer adulta desnuda tocándose al aire libre a mitad de la madrugada.

Metí dos dedos entre mis labios y gemí bajo. La humedad seguía ahí, espesa, abundante, esperando. Empecé acariciándome despacio, saboreando la situación más que la fricción. Mi otra mano subió al pecho y apreté un pezón con fuerza, tirando un poco de él. Miraba de una ventana a otra, como si quisiera sorprender a alguien espiándome.

Eso me puso peor.

Me toqué más rápido. Hundí los dedos dentro del coño, saqué, volví a entrar, y con el pulgar busqué el clítoris para frotarlo en círculos cortos. La postura era indecente y lo sabía. Mis piernas se abrían más a cada minuto. Mi espalda se arqueaba. Alguna vez me había masturbado en privado pensando en ser vista; esa noche dejé de pensarlo y lo convertí en un hecho.

—Mírenme... —murmuré, con el aire casi robándome la voz—. Mírenme, joder.

No sabía si alguien podía oírme. No sabía si alguna silueta detrás de un cristal me estaba observando. Pero la mera posibilidad me tenía al borde. Seguí metiéndome los dedos con una urgencia cada vez más torpe, más húmeda, más animal. Mi mano hacía ruido al entrar y salir. Yo intentaba gemir bajo, pero el placer me soltaba la garganta a tirones.

Me corrí en esa silla con las piernas temblando y la cabeza echada hacia atrás. El orgasmo llegó brutal, como una descarga eléctrica que me hizo apretar los muslos y aun así mantenerlos abiertos. Sentí el coño pulsar alrededor de mis dedos y un calor extendiéndose por el vientre mientras jadeaba mirando al cielo negro.

Cuando volví a respirar con normalidad, lo supe con una claridad que casi daba miedo.

Ese no había sido un impulso aislado.

Era el principio de algo.

***

A la mañana siguiente me desperté distinta. No sabía explicarlo mejor. Mi cuerpo estaba cansado, sí, pero por debajo del cansancio había una especie de orgullo sucio. Me levanté desnuda, fui hasta el espejo del pasillo y me contemplé sin prisa. El pelo revuelto. Los pezones todavía tensos. La vulva un poco hinchada. La marca reciente de una mujer que había cruzado una línea por voluntad propia.

No me vi vulnerable. Me vi poderosa.

Ese día salí sin bragas. Fue una decisión consciente, pequeña solo en apariencia. Me puse un vestido ligero, suelto, que no levantara sospechas, y crucé la ciudad sintiendo el aire colarse bajo la tela a cada paso. Mi coño seguía sensible, y el simple roce del vestido contra los labios me hacía apretar los dientes.

Me senté un rato en una plaza concurrida. Crucé las piernas. Luego las descrucé un poco, apenas lo suficiente para sentir el vacío, la exposición, la idea de que alguien podía notar que debajo no llevaba nada. No mostré nada de forma evidente. No hacía falta. El juego estaba en saberlo yo.

Volví a casa chorreando deseo.

Me masturbé de pie frente al espejo, sin quitarme el vestido, solo apartándolo a un lado. Ver mi propia mano hundiéndose entre mis piernas, ver mi cara transformarse mientras me tocaba, me dio un golpe de excitación tan fuerte que me corrí rápido, mirándome a los ojos como si estuviera contemplando a otra mujer. Una más descarada. Más hambrienta. Más sincera.

Desde entonces empecé a provocarlo de formas pequeñas pero constantes. Abría las cortinas al anochecer y cruzaba el salón desnuda. Salía al balcón con una toalla apenas sujeta y la dejaba aflojarse más de la cuenta. Me sentaba a leer junto a la ventana sin ropa, fingiendo distraída normalidad mientras en realidad estaba atenta a cualquier sombra en el edificio de enfrente.

El detalle más mínimo me encendía. Un vecino que tardaba demasiado en tender la ropa. Un hombre en la calle que levantaba la cabeza al oír cerrar una persiana. Una pareja en otra ventana que parecía discutir y de pronto callaba cuando yo aparecía. Quizá eran coincidencias. Quizá no. Yo prefería no comprobarlo. Mi placer estaba en la sospecha.

Las noches se volvieron una costumbre. Una copa de vino, el balcón, las piernas abiertas, los dedos trabajando entre mis muslos mientras la ciudad servía de testigo mudo. A veces usaba un vibrador pequeño y contenía los gemidos solo para alargar la tortura. Otras veces quería más ruido, más obscenidad, y me metía los dedos hasta oír el chasquido húmedo que confirmaba lo mojada que estaba.

Una tarde de calor decidí ir más lejos.

Necesitaba algo que no fuera solo desnudarme en casa. Quería salir y convertirme en espectáculo sin decir una palabra, provocar miradas desde la ropa misma, desde la forma de moverme, desde el descaro. Me duché despacio, me perfumé la nuca, el pecho, la parte interna de los muslos, y me vestí para recorrer tiendas con una intención que no tenía nada de inocente.

Elegí un vestido ajustado y claro, sin sostén y sin bragas. Se marcaban mis pezones. Si caminaba de cierto modo, también el relieve de mi vulva. Me vi en el espejo y sonreí. No parecía una mujer perdida; parecía una que sabía exactamente lo que quería provocar.

Pasé un rato caminando entre gente, comiendo miradas como si fueran caramelos. Hombres, mujeres, empleados, turistas. No todos me miraban igual, pero muchos miraban. Yo bajaba las gafas de sol un segundo, los observaba de vuelta y seguía caminando con el coño latiendo bajo la tela.

Entré a una boutique buscando algo más atrevido para la noche. Encontré una blusa negra tan fina que no ocultaba casi nada y una falda ceñida que se pegaba a las caderas. Me metí al probador y me desnudé allí dentro con manos tranquilas, pero con el pulso disparado. Cuando me puse la blusa, mis pezones quedaron visibles sin disimulo. Era exactamente la clase de prenda que no cubría: exhibía.

La cortina no cerraba del todo. Quedaba una rendija estrecha, evidente. Lo noté enseguida y no la corregí.

Mientras me acomodaba la falda, una empleada se acercó con otra talla. Tocó apenas el borde de la cortina y su voz sonó cerca.

—Te traje la otra medida, por si...

Se interrumpió al verme.

Levanté la vista y nuestras miradas se encontraron a través de la abertura. Ella me vio de frente: la blusa transparente pegada a mis pechos, la falda a medio subir, el cuerpo ofrecido en ese límite exacto entre accidente y permiso. Sus ojos bajaron un segundo, luego regresaron a los míos. Se sonrojó.

Yo no me cubrí enseguida. Tardé a propósito.

—Gracias —dije con voz baja, sosteniéndole la mirada.

Se quedó inmóvil un segundo de más. Noté el temblor mínimo en su mano al acercarme la prenda. Aquello no llegó a nada, pero me incendió por dentro. Que otra mujer me hubiera visto casi desnuda, que yo lo hubiera permitido y hasta guiado, abrió otra capa de mi morbo. No era solo exhibirme para hombres. Era ser vista. Punto.

Cuando se fue, me senté en la banqueta del probador con las piernas abiertas y la falda subida a medio muslo. Estaba tan mojada que la humedad empezaba a correrse hacia el interior de los muslos. No me toqué allí mismo, aunque me moría de ganas. Me limité a respirar y a saborear la punzada constante del clítoris.

Compré la ropa y salí con una decisión clara. Esa noche no me quedaría en casa.

***

Me preparé con una calma que era puro teatro, porque por dentro estaba desatada. Volví a ducharme, me perfumé otra vez y elegí la blusa transparente con la falda ceñida. Debajo no llevaba nada salvo mi propia piel. Me pinté los labios, me solté el pelo y me observé en el espejo con esa mezcla de descaro y hambre que ya empezaba a reconocer como mi verdadera cara.

Tomé un taxi hasta un club donde sabía que la música estaría alta y la oscuridad ayudaría a borrar límites. Durante el trayecto mantuve las piernas cruzadas por costumbre, pero cada bache me hacía sentir el roce de la falda directamente sobre el coño desnudo. Llegué ya excitada.

Dentro todo olía a alcohol, perfume y cuerpos calientes. Las luces rompían las siluetas. Nadie estaba pendiente de nadie y, precisamente por eso, todos podían mirar. Pedí una copa y fui a la pista. Quería que me vieran antes de que me tocaran.

Empecé a bailar sola.

Movía las caderas despacio, luego más bajo, más suelto, dejando que la blusa marcara mis pechos con cada respiración. Algunas miradas eran descaradas. Otras breves. Todas me alimentaban. Me sentía en el centro de una corriente eléctrica invisible, una corriente hecha de deseo ajeno y del mío reflejado en ese deseo.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que sentí un cuerpo masculino colocarse detrás de mí.

No dijo nada. Yo tampoco.

Primero siguió el ritmo de mis caderas a unos centímetros. Luego se pegó lo suficiente para que yo notara la erección firme bajo el pantalón. El recuerdo del tren me golpeó de lleno. La misma presión. La misma descarga. La diferencia era que esta vez yo había ido allí a buscarla.

Me empujé hacia atrás hasta encajar el culo contra su polla.

Su mano se posó en mi cintura igual que aquella otra en el vagón, y se me escapó un jadeo. El hombre olía a sudor limpio y colonia seca. Tenía las manos grandes y una seguridad silenciosa que me calentó enseguida. Bailamos así unos minutos, pegados, sin una sola palabra, como si ambos entendiéramos perfectamente la clase de acuerdo que estaba naciendo.

Cuando me giré para mirarlo, apenas distinguí una mandíbula dura, barba corta y ojos oscuros. Adulto, seguro, serio. Me sostuvo la mirada y acercó la boca a mi oído.

—¿Quieres seguir?

No era una pregunta tímida. Era una puerta abierta.

—Sí —respondí sin dudar.

Me tomó de la mano y me llevó por un pasillo lateral, más oscuro, donde el ruido de la pista quedaba amortiguado. No estábamos completamente solos; al contrario, se intuían otros cuerpos en sombras, besándose, tocándose, escondiéndose a medias. Ese ambiente me excitó todavía más. Seguía habiendo testigos posibles. Seguía habiendo riesgo.

Me apoyó contra la pared y me besó con hambre desde el primer segundo. Nada dulce, nada torpe. Su lengua entró decidida en mi boca mientras una mano me apretaba un pecho a través de la blusa. Gemí contra sus labios y le agarré la cintura, sintiendo debajo de la tela la dureza de su polla pidiendo salir.

Su mano bajó por mi vientre, se metió bajo la falda y encontró de inmediato que no llevaba bragas.

—Joder —murmuró—. Venías lista.

—No me hagas esperar —le dije, y me sorprendió oírme tan directa.

Me abrió los labios con los dedos y soltó una risa corta, incrédula, al notar lo mojada que estaba. Empezó acariciándome el clítoris con movimientos lentos, apenas rozándolo, justo para torturarme. Yo me mordí el labio y abrí más las piernas. Al notar que le ofrecía el cuerpo entero, me metió dos dedos de golpe.

Solté un gemido ronco.

Me folló con los dedos sin delicadeza, entrando y saliendo con fuerza mientras el pulgar seguía castigándome el clítoris. El sonido húmedo de mi propio coño en ese rincón me avergonzó un segundo, y ese mismo segundo me puso a arder. La idea de que alguien pasara cerca y lo oyera, de que alguien supiera exactamente lo que me estaban haciendo por el ruido obsceno de mis fluidos, me tuvo al borde enseguida.

—Así, puta —me dijo al oído—. Mira cómo te abres.

Le agarré la camisa para no perder pie. Mis rodillas temblaban. El hombre metió un tercer dedo y curvó la mano dentro de mí, presionando justo donde me desarmaba. Sentí el orgasmo subir rápido, demasiado rápido. Intenté avisar, pero apenas me salió aire.

Me corrí contra sus dedos con la cara hundida en su cuello, apretándole el hombro mientras mi coño se cerraba a pulsos alrededor de su mano. Él no aflojó. Siguió bombeando hasta alargarme el orgasmo, hasta que terminé gimiendo con una vergüenza deliciosa, húmeda, indecente.

Cuando saqué un poco la cabeza, lo vi abrirse el pantalón.

Se sacó la polla y tuve que mirarla dos veces. Gruesa, dura, bien tiesa, con la punta brillante. Rebuscó en el bolsillo y sacó un preservativo. El chasquido del envoltorio al abrirse me excitó de una forma ridícula. Había algo obscenamente concreto en ese sonido: ya no era una fantasía, ya no era un sueño de balcón ni un recuerdo de tren. Iba a follar allí, caliente y recién corrida, en un rincón oscuro donde cualquiera podía asomar.

Se puso el condón sin dejar de mirarme.

—Date la vuelta.

Obedecí al instante. Apoyé las manos en la pared y arqueé la espalda. Sentí cómo me subía la falda hasta la cintura, dejando el culo al aire. Su palma bajó entre mis nalgas, me separó un poco, recorrió mi coño empapado y luego alineó la polla en la entrada. Me empujó apenas con la punta, solo para hacerme rogar.

—Métemela —dije, jadeando—. De una vez.

Me la metió de una sola embestida.

El aire se me salió del cuerpo en un gemido ahogado. Entró profundo, lleno, estirándome de golpe, y tuve que abrir más las piernas para aguantarlo. Él se quedó quieto un segundo, enterrado hasta el fondo, respirando fuerte contra mi nuca mientras yo sentía cada centímetro de su polla dentro de mí.

Luego empezó a moverse.

Las primeras embestidas fueron lentas y fuertes, dejándome sentir el recorrido entero, cómo salía casi por completo y volvía a entrar hasta chocarme dentro. Mi coño seguía sensible por el orgasmo previo, así que cada golpe me arrancaba un gemido nuevo. Pronto perdió toda paciencia y comenzó a follarme con un ritmo duro, sostenido, de esos que hacen rebotar los pechos y obligan a agarrarse a la pared para no resbalar.

—Así te gusta, ¿verdad? —murmuró, tirándome del pelo para echarme la cabeza hacia atrás.

—Sí... sí, joder... no pares...

Una de sus manos me sujetó por la cadera y la otra subió a mi garganta, no apretando del todo, solo marcando posesión. Ese gesto me disparó un temblor por la espalda. Yo empujaba el culo hacia atrás para recibirlo mejor, desesperada por más profundidad, más fuerza, más ruido.

La música lejana se mezclaba con el golpe húmedo de nuestras caderas. En algún momento pasaron voces cerca. Alguien rió al otro lado del pasillo. Yo seguí dejándome follar con la falda subida y la cara contra la pared, sabiendo que cualquiera podía doblar la esquina y verme abierta, arqueada, tragándome la polla de un desconocido.

Eso me volvió loca.

Metí una mano entre mis piernas y empecé a frotarme el clítoris mientras él seguía embistiendo. El hombre soltó una especie de gruñido al darse cuenta y aceleró todavía más. Sus golpes se volvieron secos, precisos, castigadores. Cada vez que entraba hasta el fondo me hacía perder el ritmo de la mano y tener que empezar de nuevo, lo que me puso aún más sensible, más cerca del borde.

—Te gusta que te vean —dijo cerca de mi oído, sin dejar de follarme—. Se te nota.

—Sí —admití, casi sin voz—. Sí... me encanta...

—Putita exhibicionista.

La palabra me atravesó como una descarga. Me agarré a esa frase y a mi propio clítoris, frotándolo rápido, mientras su polla me abría una y otra vez. Sentí la presión subir feroz, irresistible. Mis piernas empezaron a fallar.

—Me voy a correr...

—Hazlo.

Me corrí con su polla dentro. Fuerte. Muy fuerte. El orgasmo me dobló contra la pared y me hizo apretar tanto el coño que él soltó una maldición entre dientes. Seguí temblando mientras él no se detenía, aprovechando cada contracción para empujar más profundo. Yo ya no gemía bajo; gemía abierto, sucio, sin poder fingir control.

Él me dio unas cuantas embestidas más, durísimas, hasta que su respiración cambió. Me sujetó con fuerza de las caderas y se enterró al máximo una última vez mientras gruñía contra mi nuca. Sentí el pulso de su corrida dentro del preservativo y me quedé quieta, disfrutando la sensación de plenitud, de haber sido follada de verdad y sin adornos.

Tardó unos segundos en salir. El vacío que dejó me arrancó un pequeño quejido. Se retiró el condón con cuidado y yo me acomodé la falda despacio, todavía temblando, todavía con el coño latiendo. Nos miramos un instante. No hacía falta prometer nada.

—Buenas noches —dijo él, como si aquello no hubiera sido una locura completa.

—Muy buenas —respondí.

Fui al baño del club con las piernas flojas. Me miré en el espejo: labios hinchados, pelo revuelto, la blusa transparente pegada al pecho por el sudor, los pezones marcados con insolencia. Parecía exactamente la mujer en la que me había convertido: una que ya no quería esconderse.

No pedí taxi para volver. Preferí caminar.

Recorrí varias calles con la sensación de seguir abierta, recién follada, como si la ciudad pudiera olerlo en mí. El aire nocturno me enfriaba la piel, pero entre las piernas todo seguía caliente. Cada paso me recordaba lo que acababa de hacer, y en vez de sentir culpa, sentí una felicidad brutal, casi salvaje.

Mientras subía las escaleras de mi edificio, sonreí sola.

Aquel roce en el tren había sido la chispa. El balcón, la confirmación. El club, la primera entrega completa. Ya no podía engañarme: me excitaba mostrarme, imaginar miradas, provocar deseo, ofrecer mi cuerpo a ese límite entre lo privado y lo visible.

Entré en casa, dejé la puerta abierta solo unos segundos más de lo necesario y me quité la ropa en el salón, frente a la ventana sin cerrar del todo.

Porque sí, aquello era una confesión.

Y apenas estaba empezando.

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Comentarios(5)

Mariela_Gba

tremendo relato, me dejo sin palabras

LectoraOscura

Por favor segui escribiendo, se nota que es algo que viviste de verdad. Se siente autentico.

SombradeTarde

me recordó algo que me paso en el subte hace años... igualmente morboso jaja. Buenisimo

MarcelaV_lec

esperando la segunda parte!!!

Willy_MZA

Lo que mas me gusto fue la honestidad con la que narrás. No es facil confesar estas cosas.

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