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Relatos Ardientes

Confesión de sexo en la playa al atardecer

Lo cuento ahora porque, cada vez que cierro los ojos y vuelvo a aquella tarde, todavía siento el golpe de calor en la piel, la sal secándose en los hombros y esa mezcla de nervios y morbo que me dejó temblando. Habíamos elegido una cala apartada para pasar el día, una de esas playas pequeñas donde al principio sobra gente y, cuando cae el sol, solo quedan los que no tienen prisa por volver. Éramos adultos, llevábamos tiempo juntos y nos conocíamos bien, pero lo que pasó allí tuvo algo distinto, más sucio, más arriesgado, más vivo.

Yo había salido del agua antes que ella. Caminé entre las toallas con el bañador pegado al cuerpo y la arena ardiéndome en las plantas de los pies. Cuando llegué a nuestra zona, me quedé de pie mirándola unos segundos. Estaba tumbada boca arriba sobre la toalla, con el bikini oscuro ajustado a las curvas, la piel ya dorada y brillante por el protector solar, los ojos cerrados detrás de las gafas.

No sé qué me excitaba más de ella a esas alturas de nuestra relación: si su cuerpo o la manera en que siempre parecía saber lo que me estaba pasando por dentro. Me agaché despacio, le aparté un mechón de la cara y rocé sus labios con los míos.

—Despierta, preciosa —le murmuré al oído.

Ella soltó un suspiro, sonrió apenas y me buscó la boca todavía con los ojos cerrados.

—Te fuiste sin mí —dijo en voz baja, notando el agua fría que me caía del pecho y le mojaba el cuello.

—Solo un baño rápido. No quise despertarte.

Le di otro beso, esta vez más largo. Ella alzó una mano, me acarició la nuca y terminó de abrir los ojos. La forma en que me miró fue suficiente para notarme duro otra vez dentro del bañador, como si llevara todo el día conteniéndome y bastara una sonrisa suya para encenderme.

Nos quedamos un rato así, besándonos sin apuro, compartiendo el calor de la tarde y riéndonos por cualquier tontería. La playa fue vaciándose poco a poco. Las voces lejanas se apagaron, los niños desaparecieron, las sombrillas se fueron cerrando una a una. Al final solo quedaban unas pocas personas caminando por la orilla y una pareja muy lejos, cerca de unas rocas.

—Último baño y nos vamos al hotel —dijo ella, incorporándose sobre los codos.

Asentí, aunque en realidad ya estaba pensando en otra cosa. La ayudé a levantarse y echamos a andar hacia el mar. Ella fue delante, moviendo las caderas con esa naturalidad que me volvía loco, y yo la seguí tragando saliva, mirando cómo la parte de abajo del bikini se le ajustaba al culo mientras la luz anaranjada del atardecer le recortaba la silueta.

Entramos despacio al agua tibia. Primero los tobillos, luego las rodillas, después los muslos. El mar estaba tan tranquilo que parecía una piscina enorme. Nos salpicamos, fingimos jugar, avanzamos un poco más hasta que el agua nos llegó al pecho. Desde allí la orilla se veía lejana y casi vacía.

Me acerqué por detrás y la abracé por la cintura. Ella apoyó la espalda en mi pecho sin resistirse. Giró la cara hacia mí y nos quedamos un segundo mirándonos, en silencio, respirando el mismo aire. Después la besé. Al principio suave. Luego con más hambre.

Su boca se abrió enseguida. Nuestras lenguas se encontraron mientras mis manos empezaban a moverse bajo el agua, recorriéndole el abdomen, subiendo a sus costillas, bajando otra vez a las caderas. Ella me pasó las manos por la espalda y me clavó las uñas de una forma leve, pero suficiente para acelerarme la respiración.

—Te estás poniendo bruto —me susurró, mordiendo mi labio inferior.

—Y tú lo sabes.

Le di un azote bajo el agua. No fue fuerte, solo seco, con ese sonido apagado que hace la mano mojada contra la carne. Ella soltó una risa ahogada y me miró con una cara que ya no tenía nada de inocente. Me agarró del cuello y volvió a besarme con más intensidad, apretando el cuerpo contra el mío hasta que pudo notar la erección dura empujando el bañador.

Mire alrededor por instinto. La orilla estaba lo bastante lejos y la poca gente que quedaba no estaba mirando hacia nosotros. Aun así, el riesgo seguía allí, y ese riesgo fue precisamente lo que terminó de calentarnos.

Ella bajó una mano por mi pecho, me rozó el abdomen y siguió hasta encontrar el bulto bajo la tela. Cerró los dedos sobre mi polla por encima del bañador y me apretó despacio.

—Joder —se me escapó en un jadeo.

—Así me gusta sentirte —dijo, sin dejar de acariciarme—. Duro por mí.

Le lamí el cuello y le mordí el lóbulo de la oreja mientras ella me sobaba cada vez con más decisión. El movimiento de su mano, aunque frenado por la tela y por el agua, me estaba volviendo loco. Yo bajé la mía por su espalda hasta meter los dedos entre su culo y la parte de abajo del bikini. Le apreté una nalga, la separé apenas y sentí cómo se tensaba de placer.

—No me mires así o no respondo —le dije.

—Entonces no respondas.

La frase me dio permiso para todo. Solté el nudo de la parte de arriba del bikini y deslicé la tela hacia abajo bajo el agua. Sus tetas quedaron libres entre nosotros, pesadas, mojadas, con los pezones endurecidos por la mezcla de sal, viento y excitación. Ella respiró hondo, miró otra vez hacia la orilla y, en lugar de taparse, me agarró de la cabeza y me empujó hacia su pecho.

Metí un pezón en la boca y empecé a chuparlo con ganas. El agua nos balanceaba despacio mientras yo alternaba entre una teta y la otra, lamiendo, succionando, mordiendo suave. Ella gemía entre dientes y me hundía los dedos en el pelo.

—No pares... así... joder, así.

Su mano se coló por la cintura de mi bañador. Tiró de la tela hacia abajo lo justo para liberar mi polla, que salió tensa, dura y sensible al contacto del agua. En cuanto la agarró, tuve que apretar los dientes. Me la empezó a pajear despacio, desde la base hasta la punta, aprovechando el agua para deslizar mejor la mano.

—Mírate —susurró cerca de mi boca—. Estás desesperado.

—Por tu culpa.

—Pues aguanta.

No quería aguantar una mierda. Metí la mano entre sus muslos y aparté la braguita del bikini hacia un lado. En cuanto mis dedos tocaron su coño, noté que estaba empapada de verdad, no solo por el mar. Tenía los labios hinchados y calientes. Le acaricié el clítoris con la yema del dedo en círculos cortos y ella echó la cabeza hacia atrás, temblando.

—Joder... sí... —gimió.

Seguí frotándola mientras su mano no dejaba de bombear mi polla. Después le metí un dedo. Entró fácil. Muy fácil. Ella abrió más las piernas bajo el agua y me dio acceso completo. Le metí un segundo dedo, curvándolos dentro de su coño, buscando ese punto que sabía reconocer en cuanto el cuerpo se le tensaba.

Lo encontré enseguida. Su respiración se cortó y apretó la mandíbula.

—Ahí. No cambies. No cambies, cabrón.

Me reí contra su cuello, excitado por su tono, y mantuve el ritmo. Dos dedos dentro, entrando y saliendo, rozándole el punto justo mientras la palma de mi mano le golpeaba suavemente el clítoris con cada movimiento. Ella me pajeaba más rápido ya, mirando por encima de mi hombro, consciente de que cualquiera podía aparecer a lo lejos y alcanzarnos con la vista.

—Me pone muchísimo que sea aquí —admitió con la voz rota—. Saber que nos pueden ver.

—A mí también. Verte así me está volviendo loco.

La besé con hambre. El beso fue sucio, abierto, jadeado. Cuando separamos la boca, ella ya estaba más roja, más agitada, más perdida en el deseo. Soltó mi polla un segundo, se bajó del todo la braguita del bikini y dejó que la tela flotara contra su muslo. Después me rodeó el cuello con los brazos y pegó la boca a mi oído.

—Fóllame —me dijo muy claro—. Aquí mismo.

Noté un latigazo directo en la espalda. Le agarré la cintura y la giré de espaldas a mí. Ella obedeció sin dudar, separó las piernas dentro del agua y arqueó un poco la espalda. Le acomodé una mano en el abdomen para sostenerla y con la otra guié la polla entre sus muslos hasta rozarle la entrada del coño.

La punta se paseó un par de veces entre sus labios, arriba y abajo, embarrándose con su flujo. Ella soltó un gemido ronco, moviendo las caderas hacia atrás, pidiéndomelo de una forma casi animal.

—Métela ya —jadeó.

Empujé despacio al principio. La cabeza entró y el cuerpo entero se me puso tenso. Su coño estaba caliente, apretado y tan mojado que la polla se abrió paso con una facilidad obscena. Seguí avanzando hasta clavarme entero dentro de ella. Cuando llegué al fondo, ambos soltamos un gemido al mismo tiempo.

—Joder... —dije, con la frente apoyada en su hombro—. Qué bien me aprietas.

—Muévete. No me dejes así.

Empecé con embestidas cortas. El agua ralentizaba el movimiento, pero también lo hacía más pesado, más profundo. Cada vez que tiraba de ella hacia atrás y empujaba de nuevo, sentía cómo sus nalgas me golpeaban la pelvis bajo la superficie. El sonido era sordo, mezclado con el chapoteo mínimo del mar alrededor.

Le agarré una teta con la mano izquierda y el cuello con la derecha, manteniéndola pegada a mí mientras le follaba el coño sin prisa, alargando la penetración, sacando casi toda la polla y volviéndola a meter hasta el fondo. Ella gemía sin disimulo, con la boca entreabierta y los pezones duros apuntando al cielo naranja del atardecer.

—Así... así... no pares —repetía.

Le mordí el hombro y aumenté el ritmo. El agua salpicaba un poco más ahora, delatando cada embestida. Ella se aferró a mis antebrazos y abrió todavía más las piernas para darme mejor ángulo. Yo sentía su coño tragándose la polla una y otra vez, cada vez más húmedo, más abierto, más caliente.

Metí una mano entre sus piernas y le busqué el clítoris mientras seguía follándola. En cuanto empecé a frotárselo, perdió el control de la respiración.

—No... no, así no aguanto —dijo, aunque empujaba el culo hacia atrás para que no parara.

—Eso quieres. Correrte así.

—Sí... sí, joder. Sí.

Le apreté el pecho, tiré suavemente de uno de sus pezones y aceleré. Mis caderas chocaban ya con más fuerza contra su culo. La polla me latía dentro de su coño, dura, sensible, al borde del descontrol, pero todavía quería más. Quería sentirla correrse primero. Quería provocarle ese temblor que siempre le subía por las piernas antes del orgasmo.

La giré un poco, lo justo para besarle la mejilla y hablarle al oído entre jadeos.

—Dime cómo te gusta.

—Más fuerte.

Le obedecí. Tiré de su cintura y la embestí con más rabia, sin sacarla del todo para que cada golpe cayera justo en el punto que la hacía gemir más alto. Ella echó la cabeza hacia atrás y me regaló el cuello. Se lo besé, se lo lamí, se lo mordí mientras la seguía follando.

—Me encanta sentir tu polla dentro —murmuró, rota de placer—. Me encanta que me folles aquí.

—Y a mí me encanta ver cómo te pones.

Bajó la mano y se tocó el clítoris por su cuenta, frotándose con desesperación mientras yo mantenía las embestidas. Ver eso me terminó de volver animal. La agarré de la muñeca, aparté su mano y la sustituí con la mía, marcándole un ritmo más firme, más preciso. Su cuerpo respondió al instante.

Se contrajo alrededor de mi polla. Una vez. Luego otra. Apreté los dientes para no correrme en ese mismo momento.

—Ya estás cerca —le dije.

—Sí... sí... me voy a correr.

—Pues córrete. Hazlo en mi polla.

Ella soltó un gemido largo, casi un grito ahogado, y empezó a temblar. Seguí penetrándola sin aflojar, una y otra vez, mientras le frotaba el clítoris con fuerza. El orgasmo le llegó de golpe. Se le tensaron los muslos, apretó mi antebrazo con una fuerza brutal y el coño me atrapó en contracciones húmedas, intensas, desesperadas.

—¡Me corro! ¡Joder, me corro! —gritó, perdiendo por completo la compostura.

—Sí... así... apriétame así —gemí.

La sentí correrse de verdad, sin dudas, sin contención. Su cuerpo entero se abandonó contra el mío mientras las contracciones me apretaban la polla una y otra vez. Aquello fue demasiado. El placer me subió por el abdomen como un golpe seco y supe que no iba a durar ni cinco embestidas más.

—Voy a correrme —le avisé, ya sin aire.

Ella volvió apenas la cara, todavía temblando por el orgasmo.

—Córrete dentro.

Esa orden me remató. La sujeté con más fuerza de la cintura y la follé un poco más, duro, profundo, completamente perdido. Noté cómo los huevos se me tensaban y la polla palpitaba dentro de su coño antes de soltar la corrida. Me vacié con espasmos gruesos, descargando dentro de ella mientras gemía contra su cuello y la mantenía clavada a mi cuerpo.

El orgasmo me sacudió entero. Seguí enterrado en su coño unos segundos, respirando como un animal, sintiendo cómo mi semen se mezclaba dentro de ella con el calor que todavía guardaba pese al agua.

Poco a poco aflojé el abrazo. Ella se quedó quieta, dejándome recuperar el aliento, todavía con las piernas abiertas y el culo apoyado en mi pelvis. Después se movió despacio. Mi polla salió de su coño con una sensación húmeda y resbaladiza que me arrancó otro gemido corto. Parte de la corrida se escapó de entre sus labios y desapareció enseguida en el mar.

Se giró para quedar frente a mí. Tenía la cara encendida, el pelo pegado a las mejillas y una sonrisa cansada, satisfecha, preciosa. Yo debía de tener una expresión parecida, porque al verme se echó a reír muy bajito.

—Ese último baño salió mejor de lo planeado —dijo.

—Muchísimo mejor.

Le coloqué la parte de arriba del bikini otra vez sobre el pecho, más por reflejo que por pudor, y la ayudé a acomodarse la braguita bajo el agua. Luego nos besamos. No con la urgencia de antes, sino con esa lentitud densa que queda después de correrse bien, cuando el cuerpo sigue sensible y la cabeza parece vacía.

Nos quedamos abrazados un momento más, con el agua moviéndose apenas alrededor y el sol hundiéndose detrás de los barcos del horizonte. La playa seguía casi vacía. Desde fuera debíamos de parecer solo una pareja disfrutando del atardecer, tranquilos, pegados, en silencio. Nadie habría imaginado lo que acababa de pasar unos metros mar adentro.

Volvimos a la orilla despacio, todavía con las piernas flojas. Recogimos las toallas, la bolsa y las sandalias sin hablar demasiado. No hacía falta. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sonreíamos como dos cómplices que acababan de salirse con la suya.

Ya en el camino al hotel, ella me rozó la mano y me dijo al oído:

—Esta noche, cuando cerremos la puerta, quiero que me lo hagas otra vez. Pero sin agua, sin prisa y sin ropa de por medio.

Tragué saliva y la miré de lado. Seguía caminando como si nada, con la calma de siempre, pero yo sabía que por dentro llevaba el mismo fuego que yo.

Y si cuento esta confesión es por eso: porque he follado muchas veces, en muchos sitios, pero pocas escenas se me quedaron metidas tan hondo como aquella. El mar quieto, el cielo naranja, la playa casi vacía, su cuerpo mojado pegado al mío y esa sensación brutal de estar haciendo algo indecente en el lugar exacto, en el momento exacto. Todavía hoy, cuando huelo sal en la piel de alguien o escucho el golpe manso de las olas al caer la tarde, se me pone dura recordando cómo me pidió, sin bajar la voz, que la follara allí mismo.

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Comentarios(5)

ElSurfer_R

excelente!!! uno de los mejores que lei este mes

SolFuentes

Ay que calor me dio leerlo jajaja. El atardecer en la playa como escenario es perfecto, quede con ganas de mas

pablomdq33

me recordo a unas vacaciones en la costa... ese momento en particular no exactamente jaja pero la playa si. Muy bueno

Carlota_B

Por favor que haya segunda parte!! que paso despues???? me dejo con mucha intriga

TitoRdP

Se siente tan real, como si le pudiera pasar a cualquiera. Las confesiones asi son las que mas me gustan

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