Los gemidos de los vecinos nos encendieron
Me desperté mucho después de medianoche con un sonido que al principio confundí con un sueño. No era el televisor, ni una tubería, ni el viento. Eran gemidos. Claros, rítmicos, cada vez más intensos, atravesando la pared que daba al dormitorio de los vecinos.
Me quedé inmóvil boca arriba, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando cómo esa mujer jadeaba sin ninguna vergüenza y cómo un hombre la hacía callar a medias con frases rotas y respiración pesada. La cama de ellos golpeaba la pared a intervalos cortos, como si estuvieran follando justo al otro lado de mi cabecero. Cuanto más los oía, más consciente me volvía de mi propio cuerpo bajo la sábana.
Dormía desnuda, como casi siempre, y enseguida noté los pezones duros rozando la tela. Tenía calor entre las piernas. Ese calor húmedo, inmediato, que no pide permiso y te llena la cabeza de imágenes aunque no quieras. Intenté darme la vuelta y volver a dormir, pero cada gemido de ella me apretaba más el coño.
Solté el aire despacio y abrí el segundo cajón de mi mesita. El tacto del juguete me tranquilizó por un segundo, como si ya supiera cómo iba a terminar aquello. Lo encendí en el nivel más bajo, solo un zumbido suave, y me lo pasé por el vientre mientras seguía escuchando el concierto obsceno de los vecinos.
Primero me toqué los pechos. Me gustó sentir la piel sensible, los pezones tiesos, casi doloridos de excitación. Bajé despacio por el torso, rozándome apenas con las yemas, dejando que la vibración del juguete me recorriera el ombligo, la cadera, el monte de Venus. Cuando lo apoyé por encima del clítoris, todavía por fuera, tuve que morderme el labio para no gemir yo también.
La mujer de al lado gritó algo ahogado, un «sí» roto, y mi coño respondió con un latigazo de humedad. Separé más las piernas, busqué el mejor ángulo y empecé a mover el juguete con círculos lentos. Mi espalda se arqueó sola. Tenía la respiración ya desordenada y una necesidad muy concreta de no seguir sola.
Giré la cabeza hacia el otro lado de la cama. Darío dormía profundamente, desnudo también, boca arriba, con un brazo sobre la almohada. La sábana le cubría apenas los muslos. Me dio una mezcla de ternura y hambre verlo así, ajeno a todo, mientras yo me derretía escuchando a dos desconocidos follar como animales detrás de la pared.
Apagué el juguete por un momento. No quiero correrme sola esta noche, pensé. Me metí bajo la sábana, deslicé la mano por su vientre y sonreí al comprobar que estaba completamente desnudo. Le besé el abdomen, el ombligo, la línea de vello que bajaba hacia el pubis, y empecé a lamerlo sin despertarlo del todo, despacio, con esa paciencia cruel que sé que lo vuelve loco.
Primero fueron besos suaves. Después, la punta de la lengua. Cuando lo tomé en la boca todavía estaba medio dormido, pero bastaron unos segundos para que creciera contra mi lengua y se endureciera por completo. Escuché su primera exhalación consciente, grave, sorprendida, mientras yo seguía tragándomelo poco a poco.
—¿Qué haces...? —murmuró con la voz ronca del sueño.
No respondí. Le agarré la base con una mano y seguí mamándosela, lenta, húmeda, disfrutando cómo se tensaba su abdomen. Metía y sacaba solo la cabeza, girando la lengua alrededor, chupando con más fuerza cada vez que sus dedos se crispaban sobre la sábana. El ruido de la saliva llenó el silencio de nuestro cuarto y empezó a mezclarse con los gemidos de los vecinos.
Darío levantó la cabeza lo justo para mirarme. En la penumbra nos encontramos los ojos y vi en su cara ese instante exacto en que entendió dos cosas a la vez: que yo estaba muy caliente y que no pensaba dejarlo dormir. Eso me encendió más.
—Joder... —susurró—. Sigue.
Seguí. Le metí más longitud en la boca, relajando la garganta, dejando que marcara un poco el ritmo con la cadera. Una película de saliva me caía por la barbilla y yo la extendía con la mano mientras lo masturbaba al mismo tiempo, apretándolo con firmeza. Cada vez que sacaba la boca, lo oía jadear. Cada vez que volvía a hundirlo, sentía cómo se le escapaba un gemido que intentaba contener para no hacer ruido.
La de la pared de al lado no se contenía en absoluto. Gritó tan fuerte que nos quedamos los dos escuchando un segundo. Sonreí con su polla todavía entre los labios y eso hizo que Darío se riera por la nariz, excitado, antes de agarrarme del pelo con suavidad.
—¿Te han puesto así ellos? —preguntó.
Lo miré mientras le daba un lametón largo desde la base hasta la punta.
—Sí —admití—. Y ahora quiero usarte.
Se le endureció todavía más. Me sujetó la cabeza y empezó a mover la pelvis con cuidado, llevándome la boca a su ritmo. Yo lo dejé hacer un poco, solo un poco, porque me gusta provocarlo. Aflojaba cuando él empujaba, volvía a tragármelo cuando parecía que iba a perder la paciencia, y le acariciaba los huevos con la otra mano, notando cómo se le tensaban.
—Me vas a volver loco —dijo, ya despierto del todo.
—Ese es el plan.
Se oyó otro golpe contra la pared. Después, un jadeo masculino más fuerte, más cerca, como si el vecino hubiera cambiado de postura y la estuviera follando contra nuestro lado. Mi coño palpitó al instante. Aparté la boca de Darío y me senté sobre mis talones para volver a encender el juguete.
—Escucha eso —le dije—. No pienso quedarme solo mirando.
Me pasé el vibrador entre las piernas mientras él me observaba. No tardé nada en apartar los labios de la vulva y apoyarlo directamente sobre el clítoris. El gemido que se me escapó fue indecente, casi de alivio. Darío se incorporó sobre los codos para ver mejor cómo me tocaba, cómo brillaba ya de humedad, cómo me abría para él sin el menor pudor.
—Ven aquí —me ordenó.
Negué con la cabeza y seguí un poco más, solo para torturarlo. Metí dos dedos en mi coño mientras el juguete me vibraba arriba, entrando y saliendo despacio, mojándome la mano entera. Lo vi tragarse la saliva al mirarme. Le encantaba verme masturbarme, pero esa noche había algo más: sabíamos que el deseo no había nacido entre nosotros, sino al otro lado de la pared, y eso le daba un punto sucio que nos excitaba a los dos.
—Mírate —murmuró—. Estás chorreando.
—Entonces deja de hablar y haz algo.
Me agarró de la cintura y me arrastró hacia arriba con una fuerza brusca que me hizo reír. Caí sobre él a horcajadas, con su polla dura pegándose a mi vientre y el juguete todavía zumbando en mi mano. Me lo quitó y lo lanzó a la almohada sin apartar los ojos de mí.
—Ahora no lo necesitas —dijo.
Me besó con hambre, metiéndome la lengua hasta dejarme sin aire. Le sabía la boca a sueño, a saliva y a sexo. Le froté la polla entre los muslos mientras nos besábamos y noté cómo intentaba colocarse, impaciente. Yo estaba tan mojada que bastaba un roce para que resbalara.
—Fóllame —le dije al oído—. Quiero que nos oigan también.
Eso le cambió la cara. Me agarró el culo con ambas manos, me levantó un poco y me colocó la punta en la entrada. Rozó apenas, de arriba abajo, embarrándose en mi humedad, y tuve que apretarle los hombros para no suplicarle. Cuando por fin me bajó de golpe sobre su polla, entró hasta el fondo de una sola embestida.
El grito me salió entero.
Me quedé un segundo clavada sobre él, sintiéndolo lleno dentro, grueso, caliente, latiendo. Él también se quedó quieto, respirando con la mandíbula tensa. Esa primera penetración siempre me sacude, pero esa noche fue peor: llevaba demasiado tiempo excitada, demasiado tiempo imaginando, y tenerlo así dentro me dejó temblando.
—Joder, qué apretada estás —gruñó.
Empecé a moverme encima de él con círculos cortos de cadera. Primero despacio, saboreándolo, dejando que me abriera bien. Después más rápido. Lo sentía deslizarse por dentro con un ruido húmedo que me avergonzaría en cualquier otro contexto, pero no esa noche. Esa noche quería más ruido. Más gemidos. Más suciedad.
Me agarré del cabecero y empecé a cabalgarlo de verdad, subiendo y bajando con fuerza, notando cada choque contra mi interior. Darío me sostenía por las caderas, clavándome los dedos, ayudándome a bajar más duro sobre él. La cama empezó a golpear la pared con un ritmo torpe que pronto se mezcló con el de los vecinos.
—Así —dije entre jadeos—. Así, no pares.
Él levantó una mano y me pellizcó un pezón con la presión justa para hacerme gemir más fuerte. Después me lo chupó, hambriento, mientras seguía entrando en mí desde abajo con pequeños empujes. Yo me arqueé, le ofrecí los pechos, y el placer me corrió por la espalda como electricidad.
El cuarto se llenó de respiraciones rotas. Del otro lado de la pared, la mujer volvía a gemir como si la estuvieran desarmando. De este lado, yo ya no me contenía. Cada vez que bajaba sobre su polla se me escapaba un «joder» o un «sí» más alto. La idea de competir con esos desconocidos me resultaba absurda, pero también brutalmente excitante.
Darío me dio una palmada seca en el culo.
—Date la vuelta.
Obedecí de inmediato. Me giré y me incliné hacia delante, dándole la espalda, apoyando las manos en su pecho para mantener el equilibrio mientras seguía montándolo. Desde esa postura entraba todavía más hondo. Él me abrió las nalgas con una mano y me miró cómo se hundía una y otra vez dentro de mí.
—Mírate —dijo, ronco—. Qué coño más bonito tienes cuando me lo tragas entero.
La obscenidad de oírlo hablarme así me hizo apretar las paredes alrededor de su polla. Él soltó un gemido y me dio otra palmada, más fuerte. No para castigarme, sino para marcar el ritmo, para ponerme más caliente. Yo me llevé la mano entre las piernas y empecé a frotarme el clítoris con movimientos rápidos.
—No voy a durar si sigues apretando así —dijo.
—Pues no dures. Córrete cuando quieras.
—Quiero hacerte correr primero.
Me agarró por la cintura y me levantó de encima antes de girarme y ponerme boca arriba. Quedé atravesada en la cama, con las piernas abiertas y el pelo pegado a la cara por el sudor. Se arrodilló entre mis muslos y bajó la cabeza sin perder tiempo. El primer lametón me arrancó un espasmo entero.
Tenía la boca húmeda de mi propia excitación y de la suya, y usó ambas cosas a su favor. Me lamía de abajo arriba, abriéndome con la lengua, deteniéndose donde más me hacía falta, chupándome el clítoris con esa insistencia que sabe medir perfectamente. Yo me retorcía, le agarraba el pelo, intentaba apartarlo solo para que volviera más fuerte.
—No me tortures —jadeé.
Respondió metiéndome dos dedos de golpe, curvándolos hacia dentro mientras me seguía chupando. Vi estrellas. Mi cuerpo se arqueó tanto que casi salí de la cama. Cada vez que bombeaba con los dedos, su palma rozaba mi culo; cada vez que me chupaba más fuerte, mis piernas querían cerrarse sobre su cabeza.
—Estás empapada —murmuró sin levantar la cara—. Y todavía quieres más.
—Sí... sí, carajo, sí.
Al otro lado de la pared, los vecinos estaban llegando también a un punto alto; se oían golpes más rápidos, voces más descontroladas. Ese ruido nos envolvía como si no estuviéramos solos del todo. No podía verlos, pero casi sentía su presencia, su respiración sincronizada con la nuestra, y eso me empujó al borde.
Darío encontró el ritmo exacto entre la lengua y los dedos, ese ritmo que no deja espacio para pensar. Empecé a gemir sin forma, a decir palabras sueltas que ni yo entendía. Le apreté el pelo, le clavé los talones en la espalda, y el orgasmo me atravesó con una violencia que me hizo perder el aire.
Me corrí temblando, con el coño contrayéndose alrededor de sus dedos y la boca abierta en un grito largo, indecente, tan fuerte que por un segundo me pregunté si no nos habrían oído hasta en el pasillo. Él no se apartó. Siguió lamiendo mientras me corría, alargando el espasmo hasta volverlo casi doloroso.
—Basta... basta... —supliqué, aunque en realidad no quería que parara del todo.
Subió por mi cuerpo besándome el vientre, los pechos, la garganta, hasta llegar a mi boca. Me dejó saborearme en su lengua. Yo seguía temblando cuando me abrió más las piernas y volvió a colocarse entre ellas.
—Ahora me toca —dijo.
Me agarré de sus antebrazos cuando empezó a penetrarme otra vez. Entró lento al principio, como si quisiera disfrutar del paso de cada centímetro por mi cuerpo todavía sensible. Luego se hundió entero y se quedó dentro un segundo. Soltó un gemido sordo, casi rabioso, y empezó a embestir de verdad.
No eran ya movimientos cortos ni medidos. Eran embestidas profundas, secas, de las que hacen temblar el colchón y desordenan la respiración. Yo lo recibía abriéndome más, levantando las piernas sobre sus hombros para dejarlo entrar hasta el fondo. Cada golpe me hacía ver su cara tensarse más.
—Qué bien me follas —le dije, sabiendo que eso lo volvía loco.
—Y tú qué bien me dejas follarte.
Metió una mano entre nuestros cuerpos y empezó a frotarme el clítoris con presión firme, sin perder el ritmo de las embestidas. La combinación me deshizo. Mi cuerpo todavía no se había recuperado del primer orgasmo, y sin embargo ya estaba otra vez al borde, más sensible, más vulnerable, más puta.
La pared volvió a sonar con otro golpe del lado vecino. Esta vez fue un coro confuso: la mujer gimiendo, el hombre gruñendo, la cama chocando. Darío me miró y sonrió de una forma descarada, sudada, animal.
—Parece que no somos los únicos despiertos.
—Entonces no me trates con delicadeza.
Como respuesta, me agarró por detrás de las rodillas y me abrió más, clavándose todavía con más fuerza. El sonido de su pelvis contra mis muslos se volvió húmedo, escandaloso. Yo ya no podía formar frases. Solo gemía y me dejaba sacudir por cada empuje, sintiendo el orgasmo volver a acumularse como una presión insoportable.
—Córrete otra vez —ordenó entre dientes—. Quiero sentirlo.
Seguí su mano con la mía, apretando juntos sobre mi clítoris. Tres embestidas más. Cuatro. A la quinta me corrí de nuevo, esta vez con un espasmo más brutal, más corto y más intenso. Lo apreté por dentro con tanta fuerza que soltó una maldición y perdió el ritmo un segundo.
Eso fue lo que lo rompió.
Se inclinó sobre mí, me mordió el hombro y empezó a follarme con empujes desesperados, ya sin control, buscando su propio final. Yo lo abrazaba y le decía cosas sucias al oído, sintiendo cómo le temblaban los brazos.
—Córrete dentro —le susurré—. Hazlo, joder.
Gruñó mi nombre y se vació con una serie de embestidas cortas, hundido hasta el fondo, temblando entero encima de mí. Sentí las contracciones de su orgasmo en su polla, el calor extendiéndose dentro, su respiración destrozada contra mi cuello. Al otro lado de la pared, casi al mismo tiempo, la mujer lanzó un gemido final tan largo que tuve que reírme entre jadeos.
Nos quedamos así un rato, empapados, pegados, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. La cama ya no golpeaba nada. Del dormitorio vecino tampoco llegaba ruido, salvo algún murmullo apagado. Era como si las dos habitaciones hubieran explotado al mismo tiempo y después se hubieran quedado vacías.
Darío salió despacio de mí y se dejó caer a mi lado. Yo tenía las piernas flojas y el cuerpo todavía vibrando. Alargué la mano, recuperé el juguete de la almohada y lo levanté entre dos dedos.
Él soltó una carcajada cansada.
—No me digas que aún quieres más.
Lo dejé caer otra vez sobre el colchón y me acurruqué contra su pecho.
—No. Pero me gusta que sepas cómo empezó todo.
Me besó la frente y bajó la mano a mi culo, acariciándolo con pereza.
—Entonces mañana deberíamos agradecerles a los vecinos.
—Mejor no. Capaz les damos ideas.
Se rió otra vez. Yo cerré los ojos con una sonrisa idiota, agotada y satisfecha. La pared volvió a ser solo una pared, el cuarto volvió a quedarse en silencio, y mi insomnio terminó convertido en una de esas noches que al día siguiente parecen exageradas de tan intensas, pero que una recuerda en cada detalle porque el cuerpo no olvida cómo se corre cuando lo empuja el deseo correcto.
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