Confesión de mi juego de sumisión en público
Todo empezó por una conversación que no debí tomar tan en serio. Una tarde, tomando vino con mi tía Ángela, se soltó a contarme viejas travesuras de cuando ya era adulta y se metía a chatear con desconocidos para dejar que le dieran órdenes tontas en lugares públicos. No me dio todos los detalles, pero sí los suficientes para meterme el morbo bajo la piel.
Me habló de cafés, de miradas robadas, de hombres que no se atrevían a tocar pero sí se quedaban clavados mirando. Me habló de esa mezcla rara entre vergüenza, poder y calentura. Y yo me quedé pensando demasiado en eso.
Esa misma noche, ya sola en mi departamento, abrí el teléfono y busqué a varios tipos con los que alguna vez había coqueteado por mensajes. La mayoría no entendió qué les proponía o contestó pura tontería. Hasta que uno sí.
Su primer mensaje fue seco, directo, sin rodeos.
—Lo haré con una condición. Vas a obedecer todo lo que te ordene, como una puta bien entrenada.
Lo leí dos veces. Sentí un golpe caliente entre las piernas. No sabía ni cómo se llamaba realmente; en su perfil usaba el nombre de «Nadir». Yo tampoco le di el mío verdadero. Tal vez por eso fue tan fácil decir que sí.
Quedamos para la mañana siguiente. Me pidió que yo eligiera la ropa, pero que pensara en algo que pudiera pasar por elegante y decente a primera vista, y putísimo al segundo vistazo. Me duché despacio, me depilé con más cuidado que de costumbre y me puse una falda negra corta, una blusa blanca ajustada y unos tacones que me obligaban a mover el culo incluso cuando quería caminar normal.
Bajo la falda, una tanga mínima. El cabello recogido. Labial discreto. Imagen de mujer seria. Debajo, la calentura latiendo.
Antes de salir, me miré al espejo y sonreí. Parecía una ejecutiva. Yo sabía perfectamente que iba disfrazada de perra obediente.
El primer mensaje me llegó cuando ya estaba estacionando frente a un café.
—¿Lista, puta?
Me mordí el labio antes de responder.
—Sí.
—No quiero «sí». Quiero obediencia.
—Sí, amo.
Sentí un escalofrío apenas escribí eso. Nadie me había hablado así antes. Nunca había obedecido a un hombre sin verlo, sin conocer su cara, sin tener más contacto que la vibración del celular en la mano. Y aun así, me estaba mojando de solo leerlo.
Entré al café con las piernas tensas. Había una pareja junto al ventanal, un hombre solo con una computadora y otro más con el café a medio terminar. Elegí un sillón bajo, pedí un americano y saqué el teléfono como si estuviera ocupada en algo importante.
—Descríbeme quién te mira.
Le conté rápido. Él respondió en segundos.
—Cruza las piernas. Desliza una mano por el muslo como si te acomodaras. Sube la falda despacio, pero finge que no te das cuenta.
Lo hice. El roce de mi propia mano sobre la media me puso más caliente de lo que esperaba. La falda subió un poco. Luego un poco más. Mi pulso se aceleró cuando noté que el hombre de la computadora ya no veía la pantalla sino mis piernas.
—El de la laptop ya me está mirando.
—Buena chica. Ahora descruza y vuelve a cruzar, lento. Que vea más. Quiero que piense que eres la secretaria puta de algún jefe y que estás loca por una verga.
Tuve que apretar los dientes. Ese lenguaje tan sucio me excitaba más de la cuenta. Descrucé las piernas despacio. La falda se abrió lo suficiente para mostrar más muslo, y cuando volví a cruzarlas, subió todavía más. El tipo solo ya miraba sin disimulo. El de la computadora bajó la vista y luego la apartó como si le diera vergüenza que lo descubrieran.
—Ya me miran dos.
—Mójate para mí. Quiero saber que estás obedeciendo con el coño ardiendo.
Tuve que acomodarme en el sillón porque la tanga ya se me estaba metiendo y mi coño de verdad empezaba a humedecerse. Fingí seguir leyendo mensajes. En realidad estaba pendiente de cada respiración, de cada mirada clavada en mis piernas.
—Desabotona dos botones. Como si tuvieras calor.
Aflojé uno. Luego otro. Mi escote se abrió apenas lo suficiente para que se notara el inicio de mis tetas. Sacudí la blusa con una mano, haciéndome aire, y vi al hombre solo sonreír por encima de su taza.
—Ahora chupa el agitador del café.
Lo tomé entre los labios. Lo metí y lo saqué despacio, mirándome en la pantalla negra del teléfono para asegurarme de no volver demasiado obvio el gesto. Era humillante. Ridículo. Y aun así sentí una descarga brutal de placer al imaginar cómo se vería desde fuera: una mujer bien vestida, con cara de tonta, chupando una varita de plástico como si practicara.
—Qué puta te ves así, ¿verdad?
—Sí —escribí con una mano temblorosa—. Me siento muy puta.
—Deja caer tus llaves frente al que esté más caliente. Agáchate sin doblar bien las rodillas. Recógelas despacio. Luego sonríe y vete.
Me quedé inmóvil un momento. Eso ya era otro nivel. Levanté la vista. El hombre solo era el más obvio. Me puse de pie sin acomodarme la falda. Las piernas me temblaban. Di dos pasos y dejé caer las llaves.
El sonido metálico me pareció escandaloso. Me incliné hacia adelante con las piernas casi rectas, sintiendo de inmediato cómo la falda se iba hasta arriba del culo. Me tardé a propósito. Noté el silencio espeso detrás de mí, esa pausa en la que uno sabe que lo están mirando. Recogí las llaves muy despacio, subí con calma y, todavía ardiendo de vergüenza, les sonreí a los tres.
—Buenos días —dije antes de salir.
En cuanto llegué al auto, cerré la puerta y me quedé respirando como si hubiera corrido. Tenía el pecho subiendo y bajando, el coño mojado y los muslos apretándose solos.
—Ya salí —le escribí—. Me vieron todo.
—Eso quería. Eres una puta obediente. ¿Lista para seguir?
Debería haberme detenido ahí. En vez de eso, arranqué y le pedí más.
***
Me mandó a un supermercado de una zona elegante. Mientras manejaba, la excitación no bajó ni un poco. Al contrario. Iba cada vez más caliente, más suelta, más entregada al juego. Me sorprendía a mí misma obedeciendo sin discutir, esperando el siguiente mensaje como si de verdad le perteneciera.
Entré al súper con un carrito vacío. El aire acondicionado me erizó los brazos, pero entre las piernas seguía ardiendo.
—Inclínate sobre el carrito y camina despacio.
Lo hice. El metal frío bajo las manos, el culo empujado hacia atrás, el peso de mis tetas moviéndose bajo la blusa. Ya no estaba fingiendo para él solamente; cada vez que alguien pasaba cerca, me gustaba pensar que veía algo en mí, una promesa, una indecencia apenas disimulada.
—Busca una zona concurrida. Quédate parada revisando el celular. Suelta el cabello y estírate arqueando la espalda.
Solté la liga del pelo y lo acomodé con ambas manos. Luego me estiré como si me doliera la espalda. Sentí la blusa tensarse sobre el pecho. Un hombre empujando un carrito con su esposa volteó demasiado. La mujer lo jaló del brazo. Yo tuve que bajar la cara para que no se me notara la sonrisa.
—Ya provocaste a uno.
—Quiero más —respondí, y no me reconocí al leerme.
Me mandó a la sección de herramientas. Esperé ahí, fingiendo mirar precios, hasta que dos hombres se quedaron rondando el pasillo con esa torpeza disimulada de quien quiere mirar sin admitirlo. Entonces llegó la orden.
—Sube un pie al borde del carrito. Acomódate el zapato. Deja que se vea bien tu pierna.
Apoyé el pie, me incliné y al hacerlo la falda volvió a subirse. Sentí el aire rozándome la parte alta de los muslos. Los dos hombres se quedaron inmóviles, mirando tornillos que no les interesaban una mierda. Mi respiración se volvió más corta.
—Ahora vete de ahí moviendo el culo. Sin prisa.
Era obsceno lo mucho que me excitaba seguir instrucciones tan simples. Caminar sabiendo que me miraban. Doblar una esquina y notar que uno de ellos todavía seguía a distancia. Yo apretaba el teléfono como si apretara una correa invisible.
En la zona de vinos, Nadir me ordenó alcanzar botellas en estantes altos, luego agacharme ante los bajos. Mientras me acuclillaba, con la falda recogida sobre los muslos y las tetas marcándose bajo la blusa, vi por el reflejo de una botella que un hombre joven se había detenido al otro lado del pasillo. Miraba fijo. Demasiado fijo.
Sentí una punzada incómoda. Le escribí enseguida.
—Hay un tipo siguiéndome desde hace rato.
—¿Adulto?
Levanté la vista otra vez. Sí, de sobra. Barba de varios días, camisa de oficina, unos treinta largos.
—Sí.
—Bien. Deja que mire y luego lárgate.
Seguí obedeciendo unos minutos más, ya con la cabeza caliente y la concha empapada. Cuando por fin salí, tenía la sensación de haber pasado horas exponiéndome. En realidad no había sido tanto. El tiempo se deforma cuando una está excitada y asustada a la vez.
En el auto, antes de arrancar, me metí la mano bajo la falda. Toqué la tanga. Estaba mojada de verdad. Pasé un dedo por encima del tejido húmedo y me temblaron las piernas.
—Mójate bien los dedos y huélelos —me escribió, como si me hubiera visto.
Lo hice. Mi olor me golpeó caliente, agrio, brutalmente íntimo. Casi gimoteé sola en el coche.
—Ahora sí estás lista para el final —dijo.
***
El final fue en un bar de comida barata, de esos donde casi todos los hombres voltean cuando entra una mujer demasiado arreglada para el lugar. Elegí una mesa apartada, pero visible. Una donde mis piernas quedaban expuestas si sacaba un poco la silla.
Pedí una cerveza y algo de comer, aunque ya sabía que apenas podría probarlo. Me temblaban las manos al responder sus mensajes.
—Cruza las piernas. Sube la falda poco a poco. Acaricia tus muslos como si te acomodaras.
Obedecí. En el reflejo de la ventana vi varias cabezas girar hacia mí. El mesero me dejó la cerveza sobre la mesa y se demoró medio segundo de más mirando el escote. Eso me terminó de encender.
—Ve al baño y quítate las medias.
Entré al baño casi mareada. Me encerré en un cubículo y levanté la falda. Mis muslos estaban manchados de un leve brillo de sudor. Bajé las medias despacio, una y luego la otra, sintiendo cómo el aire me pegaba diferente en la piel. Cuando salí, las voces del local se mezclaron con un par de silbidos discretos y supe que la diferencia se notaba.
Regresé a la mesa con la respiración agitada.
—Ya volví.
—Abre un poco las piernas y toma la cerveza con la lengua. Despacio.
Lamí la espuma del borde. Luego di un trago demasiado rápido y me quedó espuma en el labio superior. La recogí con la lengua. Escuché una risa ahogada en una mesa cercana. Uno de los hombres de allí no apartaba la mirada.
—Qué rica puta. Ahora deja caer un poco de cerveza en la blusa.
Volqué apenas unas gotas sobre el pecho. La tela blanca se pegó a mi piel y marcó los pezones más de la cuenta. Desabotoné un botón más para secarme mejor, fingiendo torpeza. El mesero pasó de nuevo y esta vez no fingió no mirar.
Yo estaba ya completamente empapada. Lo sabía porque la tanga me rozaba el clítoris de una forma insoportable, húmeda, pegajosa. Cada vez que movía las piernas sentía el tejido resbalar por la rajita.
—¿Traes tanga?
—Sí.
—¿Mojada?
—Mucho.
—Quiero que metas la mano por debajo de la mesa y la toques.
Me quedé quieta. Miré a mi alrededor. Había hombres bebiendo, una pareja al fondo y un señor mayor comiendo solo cerca de la televisión. Nadie estaba pendiente de mi teléfono, pero sí de mi cuerpo. Deslicé la mano por debajo de la mesa, levanté un poco la falda y hundí dos dedos entre mis piernas, por encima de la tanga.
Sentí de inmediato el calor espeso de mi coño. La tela estaba empapada. Presioné apenas y tuve que morderme el labio para no gemir.
—Cuéntame.
—Estoy chorreando.
—Métete los dedos por dentro de la tanga. Solo un poco.
Lo hice. Separé la tela y toqué directamente mis labios mojados. El roce me atravesó entera. Casi se me escapó un jadeo. Moví los dedos lento, apenas abriéndome, sintiendo la humedad abundante. Estaba tan caliente que me costaba seguir sentada sin retorcerme.
—Tócate el clítoris. Quiero que te pongas al borde ahí mismo.
Empecé a frotarme con círculos pequeños y rápidos, escondida apenas por la mesa. Cada roce me subía por el vientre como corriente. Seguía con la vista en el celular, como si solo estuviera escribiendo. En realidad estaba masturbándome en un bar lleno de desconocidos.
Uno de los hombres de la mesa de enfrente se inclinó lo suficiente para intentar ver entre mis piernas. Eso me dio un latigazo de morbo tan fuerte que tuve que abrir más las rodillas.
—Hay uno intentando verme.
—Déjalo. Abre más. Que vea la mano moviéndose.
Separé un poco más las piernas. La falda se tensó sobre mis muslos. Mi mano siguió frotando el clítoris, cada vez más rápido, mientras con dos dedos de la otra apartaba discretamente la tanga para no ahogarme en mi propia humedad. Sentía la lubricación chorrearse, de verdad, tibia. La yema de los dedos resbalaba fácil, sucia, deliciosa.
—Métete un dedo.
Entró sin resistencia. Estaba empapadísima. Lo saqué y volví a meterlo, lento, sintiendo cómo mi coño lo chupaba. Después añadí un segundo. Me abrí un poco más, y esta vez el jadeo se me escapó claro. Tuve que disimularlo con un sorbo de cerveza.
—Eso. Fóllate los dedos. Despacio primero.
Empecé a meterlos y sacarlos con un ritmo corto, la palma chocando apenas contra mi clítoris cada vez. Mi respiración ya era un desastre. Entreabrí los labios para tomar aire. El hombre de enfrente seguía mirándome como hipnotizado. Yo no sabía si alcanzaba a ver algo o solo intuía, pero esa duda era gasolina pura.
—Ahora rápido. Quiero que acabes pensando en mí mandándote.
Apreté los muslos, luego los volví a abrir. Mis dedos entraban y salían húmedos, obscenos, y con la otra mano me frotaba el clítoris cada vez con menos cuidado. La cerveza, el ruido del local, las miradas, el miedo a que alguien se diera cuenta del todo… todo se mezcló hasta volverse una sola ola de calor.
—Amo…
—Sí, perra. Córrete para mí.
Fue escuchar eso y perder la poca compostura que me quedaba. Empujé los dedos hasta el fondo y empecé a frotarme el clítoris con una presión brutal, sin delicadeza. Sentí el orgasmo subirme por el vientre y romperme de golpe. Me arqueé en la silla, apreté la mandíbula y me corrí temblando, con las piernas abiertas debajo de la mesa, mojándome más los dedos, más la tanga, más todo.
No fue un orgasmo silencioso. Se me escapó un gemido ronco que ahogué inclinándome sobre el vaso. Mi coño siguió contrayéndose alrededor de mis dedos mientras yo trataba de no deshacerme ahí mismo. Tardé varios segundos en poder sacarlos.
Los llevé a la boca por pura inercia. Los chupé con desesperación, probándome. Salado, húmedo, caliente. Sentí otra punzada de placer solo por eso.
—Dime cómo acabaste —me escribió al instante.
—Con los dedos dentro. Mirándome todos. Me corrí durísimo.
—Buena puta.
Yo seguía temblando. Pero no había terminado.
—Ve al baño. Quítate la tanga. No te limpies del todo.
Me puse de pie con las piernas blandas y crucé el local sintiendo un hilo de humedad entre los muslos. En el baño me levanté la falda y bajé la tanga lentamente por las piernas. La tela estaba pesada, mojada, pegajosa. La apreté en el puño y me la llevé a la cara. Olía a mí, a excitación, a descaro. Estuve a punto de corrérme otra vez solo con eso.
Regresé a la mesa sin ropa interior. Cada paso hacía que los labios de mi coño rozaran entre sí, todavía hinchados y sensibles. El aire se colaba bajo la falda y me volvía loca.
—Ya está fuera.
—Ahora escucha bien. Vas a pagar. Antes de irte, deja caer la tanga donde uno de esos cabrones pueda verla. Y cuando salgas, te metes al coche y te vuelves a tocar para mí.
Pagué intentando parecer normal. Me costaba caminar. Mi coño seguía palpitando y la humedad se me extendía por la cara interna de los muslos. Cuando uno de los hombres de la mesa cercana pasó junto a mí rumbo a la barra, abrí la mano y dejé caer la tanga junto a la pata de su silla.
No me detuve a comprobar si la vio. Salí directamente.
En cuanto cerré la puerta del coche, me subí la falda y abrí las piernas. No había ya tanga que estorbara. Metí la mano y toqué mis labios hinchados, resbalosos, todavía latiendo del orgasmo anterior. Solté un gemido largo.
—Descríbeme tu coño —ordenó.
—Mojado. Abierto. Sensible. Me late.
—Métete dos dedos y fóllate otra vez. Quiero tu segunda corrida en el auto.
No necesité convencerme. Los dedos entraron fácil. Mi cuerpo estaba listo, demasiado sensible, demasiado obediente. Empecé a mover la mano rápido, penetrándome con dos dedos y frotando el clítoris con la base de la palma. El asiento crujía bajo mis caderas. Mi respiración empañó el parabrisas.
—Más fuerte —escribió.
Obedecí. Me abrí con la otra mano, separándome los labios para tocar mejor el clítoris. Estaba tan duro y tan sensible que cada roce me hacía sacudir las piernas. Bombeé los dedos más hondo, escuchando el ruido húmedo de mi propia mano entrando y saliendo. Eso me prendió aún más.
—Así, amo… así…
—Dime qué eres.
—Tu puta.
—¿Qué necesitabas hoy?
—Que me mandaras… que me vieran… corrérme…
—Entonces hazlo.
Me corrí de nuevo con una violencia que me dejó sin aire. Esta vez sí gemí en voz alta, sola en el coche, con las caderas empujando contra mi propia mano, el coño contrayéndose una y otra vez alrededor de los dedos. Seguí frotando durante las últimas sacudidas hasta que ya fue demasiado y tuve que apartar la mano, jadeando.
Me quedé así un rato, con la falda subida, los muslos abiertos y la mano brillante de flujo. Solo cuando volví a respirar normal tomé el teléfono.
—Ya. Me corrí otra vez.
La respuesta tardó unos segundos.
—Yo también. Me vine imaginándote desde que dejaste caer esa tanga.
Leí eso y me tembló otra vez el cuerpo. Sentí una mezcla extraña de poder, suciedad y satisfacción. Había obedecido todo. Había hecho cosas que no me creía capaz de hacer. Y lo peor, o lo mejor, era que no me arrepentía.
Volví a casa despacio, todavía con el pulso alterado. Me duché, pero mientras el agua corría entre mis piernas seguía sintiendo en la piel cada mirada, cada orden, cada momento en que abrí las piernas porque alguien me lo pidió y yo quise hacerlo.
No volví a contarle a Ángela lo que hice con su historia. Tampoco le dije a nadie más. Esto quedó como una confesión privada, una de esas que pesan rico cuando una las recuerda a solas.
Esa noche, antes de dormir, miré el último mensaje de Nadir.
—Descansa. La próxima vez no te vas a tocar sola. La próxima vez voy a hacer que acabes con mi verga dentro.
Apagué la pantalla con un escalofrío. Y me dormí con el coño latiendo otra vez.
Si este relato te dejó con ganas, conocé acompañantes en Rosario: perfiles verificados y contacto directo.