El trío en la piscina que me dejó expuesto
Hace unos meses viví una situación que todavía me pone caliente cuando la recuerdo, y no solo por lo que vi, sino por lo que me hicieron mostrar. Me había ido un fin de semana a la casa de descanso de una pareja amiga a la que conozco desde hace años. Con ellos siempre hubo confianza para hablar de todo, incluso de sexo, y más de una vez terminé en mi cama pajeándome después de escuchar las guarradas que contaban con una naturalidad insultante.
Yo, en cambio, siempre fui más reservado. Nunca me gustó explicar demasiado mis encuentros, entre otras cosas porque mi vida sexual era bastante más pobre que la de ellos. Aun así, esa diferencia nunca pesó en la amistad; al menos, eso pensaba hasta aquella tarde junto a la piscina.
La casa quedaba apartada, rodeada de árboles y silencio. Hacía calor, uno de esos días en que la piel pide agua fría y sombra. Pasamos la mañana tirados en tumbonas, bebiendo algo suave y dejando que las horas cayeran despacio.
Ella, a quien voy a llamar Lucía, llevaba un bikini negro sencillo que le quedaba de puta madre. Su marido, Mauro, se paseaba con una tranquilidad de hombre seguro de sí mismo. Yo intentaba parecer relajado, pero desde que llegamos me costaba dejar de mirar a Lucía.
—Te aviso desde ya —dijo ella mientras se acomodaba las gafas de sol—. En esta casa siempre tomo el sol sin la parte de arriba. No soporto las marcas.
—Haz lo que quieras —respondí, fingiendo indiferencia.
La verdad era otra. Llevaba años imaginando cómo serían sus tetas. Había fantaseado con ellas más veces de las que me gustaría admitir, y cuando se desató el bikini y dejó el pecho al aire delante de mí, se me puso dura al instante.
Tenía unas tetas grandes, redondas, naturales, con los pezones ya duros por el contraste entre el calor y la brisa. Se acomodó en la tumbona como si nada, orgullosa de su cuerpo, completamente consciente del efecto que me estaba causando. Yo me quedé clavado, con el libro abierto sobre el regazo para tapar la erección.
—¿Nos metemos al agua? —preguntó Mauro.
Lucía se levantó y se zambulló primero. Mauro fue detrás. Yo dije que iba enseguida, que quería revisar el teléfono, pero en realidad necesitaba unos minutos para controlar la carpa que llevaba en el bañador.
Cuando Mauro salió de la piscina se sentó a mi lado. El traje de baño mojado se le pegaba al cuerpo y marcaba un bulto difícil de ignorar. No era imaginación mía: el tipo estaba muy bien armado, y por un momento entendí por qué Lucía hablaba de su vida sexual con esa mezcla de orgullo y descaro.
Comimos tarde, entre risas, vino y miradas que empezaban a durar demasiado. Lucía se puso una camiseta fina sin sostén, y cada vez que se inclinaba se le marcaban los pezones bajo la tela. Varias veces me sorprendió mirándole el pecho, y lejos de molestarse, sonrió con una insolencia que me hizo tragar saliva.
Después del postre, ya bastante alegres por el alcohol, ella apoyó los codos en la mesa y dijo:
—Tengo una idea. Juguemos a «yo nunca» con chupitos. Pero de verdad, sin hacernos los tímidos.
Mauro aceptó enseguida. Yo dudé un poco, aunque sabía que a esa altura ya estaba atrapado. La mezcla de vino, calor y excitación me había aflojado el pudor.
Empezamos con tonterías, cosas de viajes, borracheras, accidentes ridículos. Nos reíamos fácil. Pero no tardaron en llegar las frases cargadas.
—Yo nunca he visto en persona una polla más grande que la de Mauro —soltó Lucía, levantando el chupito.
Ella no bebió. Mauro sonrió como un cabrón satisfecho. Yo sí tuve que beber, y los dos se echaron a reír.
—Vaya, vaya —dijo Lucía—. Entonces has visto unas cuantas.
—Más de las que esperaba —contesté, intentando seguirles el juego.
Mauro tomó su turno y fue más directo.
—Yo nunca me he pajeado pensando en las tetas de Lucía.
Él no bebió. Lucía sí, riéndose. Yo me quedé quieto un segundo, notando cómo me subía el calor a la cara. Al final levanté el vaso y me lo tragué de un golpe.
Lucía soltó una carcajada.
—Sabía que sí. Te he pillado muchas veces mirándome.
No supe qué decir. Me limité a sonreír, avergonzado y excitado al mismo tiempo. Había algo en ser descubierto que me revolvía el cuerpo.
—Ahora quiero jugar yo —dijo ella—. Voy a intentar adivinar cuánto te mide. Cada vez que falle, bebo.
—Y a la tercera te quitas la camiseta —añadió Mauro.
—Hecho.
Empezó a lanzar números con una seguridad divertida, mirando sin disimulo hacia mi entrepierna. Falló una vez, falló dos, y a la tercera volvió a equivocarse. Sin pensarlo, se agarró el borde de la camiseta, se la sacó por la cabeza y la lanzó al otro lado de la sala.
Se quedó desnuda de cintura para arriba frente a nosotros, con las tetas rebotando un poco al moverse. No llevaba nada más. El vino me golpeó de nuevo cuando vi aquellos pezones morenos, tensos, perfectos. Me puse de pie casi por reflejo.
—Voy al baño un momento.
—Claro —dijo Lucía, mirando justo donde el bañador ya no podía ocultar nada—. Respira hondo.
Me eché agua en la cara, intentando bajar la excitación, pero fue inútil. Volví a la sala y me encontré una escena que me dejó inmóvil en la puerta.
Lucía estaba sentada en el sofá, acariciándose los pechos con las dos manos. Mauro tenía la polla fuera y se la estaba meneando sin ninguna prisa. La tenía gruesa, larga, muy tiesa, una barbaridad que contrastaba todavía más con la humillación que se me venía encima sin que yo lo supiera del todo.
—Perdón —murmuré, dando medio paso atrás.
—No jodas, entra —dijo Mauro—. Esto recién empieza.
Lucía me clavó los ojos.
—Quiero ver cómo te pajeas mirándome las tetas. Ya que tanto te gustan, no te escondas.
—Me da corte.
—Eso es justo lo divertido —respondió ella, sonriendo—. Ven, siéntate.
Me acerqué con las piernas pesadas. Mauro me palmeó el muslo y empezó a tirar del borde de mi bañador. Yo lo aparté para bajármelo yo mismo, todavía con la falsa ilusión de controlar algo de la situación. Entonces mi polla salió al aire, completamente erecta, y el silencio duró apenas un segundo.
La expresión de Lucía cambió. Pasó de la curiosidad a la sorpresa, y de la sorpresa a una sonrisa que intentó contener sin éxito.
—¿En serio? —dijo al fin.
Mauro me miró y abrió mucho los ojos, como si no supiera dónde meterse.
Yo sentí la punzada de la vergüenza atravesándome el pecho, pero debajo de esa vergüenza había otra cosa: un morbo brutal. No podía apartar la vista de Lucía, de cómo me examinaba el pene pequeño, tieso, expuesto, como si fuera un juguete raro que acabaran de ponerle delante.
—No me lo esperaba —soltó ella, y esta vez sí se rió—. Joder, qué contraste contigo, Mauro.
—Lucía... —murmuró él, aunque se notaba que también estaba excitado.
Ella se puso de rodillas frente a nosotros. Tenía la boca entreabierta y los pezones endurecidos. Olía a crema solar, vino y calentura.
—A ver —dijo—. Tócate.
Empecé a pajearme despacio, sujetándome con dos dedos porque no necesitaba más. Lucía se mordió el labio, conteniendo otra risa, y después miró a Mauro.
—Ahora tú. Quiero ver la diferencia.
Mauro agarró su verga con toda la mano. Aun así le sobraba polla por arriba. Ella soltó una risita ronca y luego volvió a mirarme a mí.
—Qué barbaridad —susurró—. Con tu mano desaparece entera.
Lo dijo sin maldad aparente, pero me atravesó igual. Y me puso más duro todavía. La punta ya brillaba de preseminal cuando Lucía se levantó un poco, se puso entre los dos y empezó a acariciarse otra vez las tetas.
—Vamos, pajéense bien. Quiero verlos correrse por mí.
Obedecimos. Mauro subía y bajaba la mano con un ritmo seguro. Yo me movía más torpe, con el pulgar y el índice resbalando sobre mi propia humedad. Lucía se inclinó hacia mí y me tomó la mano para llevarla a su pecho izquierdo.
—Tócalas —ordenó con dulzura.
Cuando sentí el peso de su teta en la palma casi se me aflojaron las piernas. Era suave, caliente, más pesada de lo que imaginé durante años. Apreté un poco y ella dejó escapar un gemido. Con la otra mano agarró la polla de Mauro por la base y la bombeó varias veces.
La escena me volvió loco. Yo con una mano en su pecho y la otra en mi polla; ella sujetando el pollón de su marido mientras me observaba como si estuviera estudiando cada reacción de mi cuerpo.
—Míralo, Mauro —dijo—. Está temblando.
—Se va a correr enseguida —contestó él, divertido.
Lucía soltó el pene de Mauro y llevó dos dedos a mi verga pequeña. Me la rodeó con una pinza suave, casi delicada, y empezó a subir y bajar apenas unos centímetros. Sentí el chispazo directo al vientre.
—Así sí puedo agarrártela bien —dijo, riéndose bajito.
Yo jadeé. La humillación me ardía en la cara, pero al mismo tiempo me estaba poniendo al límite. Ella lo notó.
—Míralo —continuó—. Con nada ya está a punto. Qué sensible eres.
No pude aguantar mucho más. Tenía una mano hundida en su teta, apretándole el pezón entre los dedos, mientras ella me trabajaba con esa pinza burlona. Me corrí de golpe, con espasmos cortos, manchándole los dedos y parte de la muñeca. Fue una corrida rápida, casi ridícula en cantidad, pero me sacudió entero.
Lucía soltó una carcajada franca.
—No puede ser. Ya te corriste. Apenas te toqué.
Me quedé sin aire, avergonzado y temblando. Mauro soltó un resoplido entre divertido y excitado, sin dejar de pajearse.
—Ven aquí —le dijo Lucía a él.
Se giró, agarró aquella polla enorme con hambre y se la metió en la boca. Verla chupársela tan de cerca me dejó hipnotizado. Tenía que abrir bien los labios para abarcar la cabeza y aun así solo podía tragarse una parte. Subía y bajaba la boca mientras una mano seguía bombeando lo que no le cabía, mojándolo todo con saliva.
El sonido húmedo me volvió a poner duro sorprendentemente rápido. Lucía se dio cuenta cuando apartó la boca para respirar y me señaló con una sonrisa torcida.
—Mira eso. Ya está levantándose otra vez. Me encanta.
Mauro tenía la mandíbula tensa y los abdominales duros. Lucía volvió a chupársela, más rápido, pasando la lengua por el glande y escupiéndole encima antes de seguir masturbándolo. Yo no podía apartar los ojos. Mi polla, pequeña y terca, regresó a la erección mientras yo respiraba como un animal agitado.
Ella dejó de chuparlo un instante y me hizo una seña con los dedos.
—Acércate. Quiero que me toques mientras se la chupo.
Me arrodillé a su lado. Lucía seguía con la boca en la verga de Mauro cuando tomó mi mano y la llevó entre sus piernas. Llevaba solo la parte de abajo del bikini, muy mojada en el centro. Apartó la tela a un lado y me dejó tocarla directamente.
Tenía el coño caliente, húmedo de verdad, con los labios hinchados. Pasé dos dedos por su entrada y sentí cómo tembló.
—Así, sí —murmuró sin soltar del todo la polla de Mauro.
Mi respiración se desordenó. Jamás había imaginado que terminaría así: tocándole el coño a Lucía mientras ella chupaba a su marido y me dejaba empaparme los dedos con su excitación. La metí un poco más, y ella gimió con la boca ocupada.
Mauro me miró desde arriba, con una mezcla extraña de complicidad y superioridad. Me gustó y me incomodó al mismo tiempo.
—Métele bien los dedos —me dijo—. Le gusta profundo.
Obedecí. Lucía soltó la polla de Mauro y se echó hacia atrás sobre el sofá, abriendo más las piernas. Le aparté del todo la braguita del bikini y vi su coño brillante, abierto para mí. Metí dos dedos hasta el fondo y empecé a moverlos, primero despacio, luego con más ritmo.
—Joder... sí... así —jadeó ella—. No dejes de mirarme.
La miré. Tenía las mejillas encendidas, el pelo pegado al cuello y las tetas balanceándose cada vez que mi mano la hacía moverse. Mauro seguía pajeándose a un lado, observándonos. Su polla estaba roja, durísima, goteando.
Lucía se incorporó de pronto y me agarró de la nuca para besarme. Me metió la lengua con descaro, saboreándome la boca mientras yo seguía metiéndole los dedos. Después bajó una mano y rodeó mi pene otra vez.
—No te corras aún —susurró contra mis labios—. Quiero usarte un poco más.
Sentí el golpe de esas palabras directo en la ingle. Ella empezó a masturbarme con dos dedos, justo como antes, pero más lento, más cruel. Al mismo tiempo yo le frotaba el clítoris con el pulgar y la hundía por dentro con los otros dedos. Lucía empezó a gemir sin pudor, abriendo más las piernas.
—Mauro, fóllame —pidió, con la voz rota.
Él se acercó por detrás del sofá, le apartó del todo la parte de abajo del bikini y le dio una nalgada seca. Luego se escupió en la mano, se la pasó por la polla y la apoyó en la entrada del coño de Lucía. Ella soltó un gemido grave solo con sentir la punta.
Yo seguía a su lado, viendo todo a centímetros. Mauro la fue metiendo despacio, estirándola, hasta entrarle entera. Lucía echó la cabeza atrás y soltó un «joder» que me hizo temblar. La polla de él desapareció dentro de su coño con una facilidad obscena.
—Mírala cómo se la traga —dijo Mauro, agarrándola de la cintura.
Empezó a embestir con un ritmo firme, haciéndola rebotar sobre el sofá. Lucía me tomó la mano y me la llevó otra vez a una teta, como si no quisiera que dejara de participar ni un segundo.
—Tócame... tócame mientras me folla —me pidió.
Le amasé el pecho, le pellizqué el pezón, y ella respondió apretando mi polla pequeña entre sus dedos mientras Mauro la clavaba una y otra vez. El sonido húmedo del coño recibiendo cada embestida llenó la sala.
—Mira lo que es una polla de verdad —me dijo Lucía en un jadeo, sin dejar de masturbarme—. Mira cómo me abre.
Lo dijo para humillarme, lo supe, y aun así me excitó hasta hacerme daño. Mauro aceleró. Le sujetaba las caderas con fuerza y se la metía hasta el fondo, haciendo que las tetas de Lucía botaran delante de mi cara. Yo estaba al borde otra vez, atrapado entre la vergüenza y una excitación tan intensa que me nublaba.
Lucía apartó la mano de mi pene y me ordenó:
—Pajéate mirándonos.
Lo hice. Con dos dedos, rápido, torpe, mientras veía cómo Mauro se la follaba. Ella abrió más las piernas y se llevó dos dedos al clítoris, frotándose al ritmo de las embestidas.
—Más fuerte —le exigió a Mauro.
Él respondió empujando con más violencia. El sofá crujía. Lucía empezó a correrse con espasmos claros, apretando los muslos, gimiendo sin control. Su coño se contrajo alrededor de la polla de Mauro, y él soltó una maldición entre dientes.
—Me corro —avisó.
Lucía se salió apenas para girarse de rodillas en el sofá. Mauro se la sacó y empezó a pajearse encima de ella. Yo estaba al lado, temblando, con mi mano en mi polla diminuta, mirando fascinado. El semen de Mauro salió en chorros gruesos sobre la espalda baja de Lucía y parte de sus nalgas. Ella miró hacia abajo y sonrió, satisfecha.
Yo no aguanté más. Verlo correrse así me disparó otra vez y me vacié en mi propia mano casi al mismo tiempo, con una corrida mucho más pobre, breve y vergonzosa. Lucía lo vio y soltó una risa ahogada, todavía jadeando por su orgasmo.
—Otra vez —dijo—. Me encanta lo fácil que te corres.
Se limpió un poco la comisura de los labios, luego me agarró de la barbilla y me besó con descaro. Después se llevó mis dedos a la boca y los chupó, saboreando su propia humedad. Ese gesto me dejó medio idiota.
Nos quedamos unos segundos respirando, los tres desnudos de cintura para arriba o directamente exhibidos, oliendo a sudor, cloro, semen y vino. Nadie decía nada. El silencio era espeso, satisfecho, obsceno.
***
Más tarde volvimos a la piscina a refrescarnos. El sol ya estaba cayendo y el agua parecía tibia después de todo lo que había pasado. Lucía se metió conmigo, pegó su cuerpo al mío bajo la superficie y me habló al oído.
—No pongas esa cara. La pasaste increíble.
—Sí —admití.
—Y esto no fue ni la mitad de lo que imaginé cuando te vi mirándome las tetas.
La miré sorprendido. Ella sonrió de ese modo suyo, descarado y tranquilo, como si acabara de abrir una puerta que llevaba años esperando.
Mauro se acercó nadando hasta nosotros y nos salpicó.
—La próxima vez —dijo— jugamos sin ropa desde el principio.
Lucía me acarició el pecho bajo el agua, bajando apenas hasta mi abdomen.
—Y sin tantas dudas —añadió—. Ahora ya sé exactamente cómo te gusta que te pongan en tu sitio.
No supe qué contestar. Solo sentí otra vez el tirón en la entrepierna, el mismo calor sucio de la tarde, y entendí que aquel fin de semana no había destrozado nuestra amistad. La había llevado a otro terreno, uno más peligroso, más crudo, y bastante más excitante.
Desde entonces, cada vez que ellos me invitan a esa casa, acepto sin hacer preguntas. Porque sé que en esa piscina no solo me descubrieron ellos a mí. También descubrí yo lo mucho que me excita quedar expuesto delante de una pareja que sabe exactamente cómo tocarme, cómo mirarme y cómo humillarme hasta hacerme correr.
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