Mi confesión sobre los manoseos en público
Me llamo Nadia y, aunque por fuera doy una imagen bastante discreta, por dentro llevo tiempo peleándome con una parte de mí que se excita con cosas que no siempre me atrevo a admitir en voz alta. Soy una mujer adulta, vivo sola desde que me mudé a la capital para terminar mis estudios de posgrado, y desde que llegué descubrí que el anonimato de una ciudad grande me despertó un morbo que antes apenas intuía.
No soy la típica mujer que entra en un bar y deja a todo el mundo con la boca abierta. Más bien paso por normal. Alta, con el pelo castaño hasta los hombros, piernas largas, culo grande y una forma de vestir bastante común casi todos los días. Justo por eso, quizá, me excita tanto saber que alguien puede mirarme por debajo de esa normalidad y pensar guarradas.
Siempre he sido tímida para casi todo, menos para reconocerme ciertas fantasías cuando estoy sola. Me gusta masturbarme recordando miradas, roces, comentarios subidos de tono. Me pone que me observen. Me pone sentir que un desconocido se imagina cómo tengo el culo bajo la ropa, cómo llevo el coño depilado o si uso tanga. Y sí, me excitan especialmente los hombres maduros, de esos que ya no van de niños guapos, pero miran con una seguridad descarada que te desnuda mucho más rápido que una mano.
También necesito decir algo importante antes de seguir: no todo roce ni todo acercamiento me gusta. Hay situaciones que me incomodan o me dan asco. Pero hubo otras en las que, estando rodeada de gente y sintiéndome relativamente segura, el morbo me ganó. No lo cuento como ejemplo para nadie ni como invitación. Lo cuento porque me pasó y porque todavía me corro al recordarlo.
La primera vez que de verdad me dejé hacer fue en el metro, una mañana de calor, con un vestido ligero y la cabeza puesta en cualquier cosa menos en acabar mojada entre desconocidos.
***
Era temprano y el vagón iba lleno. Yo llevaba un vestido corto, de esos sencillos que no son para seducir a nadie pero que se pegan al cuerpo cuando hace calor. Debajo, un tanga fino. Me coloqué cerca de una barra, mirando el móvil, y a mi espalda quedó un hombre de unos cincuenta largos, camisa clara, chaqueta doblada en el brazo, barriga suave de oficina y una expresión tranquila de tipo corriente.
Si lo hubiera visto en otra parte, no habría pensado nada especial. Pero al primer tirón del vagón sentí un roce raro contra el muslo. No fue suficiente para alarmarme. Podía haber sido casual. Seguí mirando la pantalla. Luego volvió a pasar al llegar a la siguiente estación. Esta vez noté claramente la mano al mover un maletín del suelo: me rozó por detrás del muslo y me acarició apenas la base del culo.
Levanté la vista un segundo. Él miraba al frente con cara neutra, como si no hubiera hecho nada. Yo podría haberme cambiado de sitio. Había algo de hueco un poco más allá. No lo hice. Y en cuanto admití eso para mí misma, noté un calor inmediato entre las piernas.
Lo sabe. Sabe que me doy cuenta y que no me aparto.
Las siguientes paradas fueron un juego clarísimo. Cada vez que levantaba el maletín o lo acomodaba, sus dedos me buscaban más. Primero el borde del muslo. Luego el lateral del culo. Después, la parte redonda de una nalga entera, siempre por encima de la tela, siempre disimulando con los movimientos del vagón. Yo seguía con el móvil en la mano, respirando con cuidado, fingiendo una normalidad que ya no sentía.
Empecé a notar mi coño humedeciéndose dentro del tanga. No por la caricia en sí, que era torpe y contenida, sino por todo lo que significaba: un desconocido aprovechándose, yo dejándolo, la gente alrededor ajena a todo, y mi cuerpo respondiendo como una perra caliente. Esa mezcla me desarmó.
Entonces dejó el maletín colgando y me apoyó la mano de lleno sobre el culo. Grande, pesada, firme. No un roce. Una mano abierta apretándome la nalga como si comprobara su tamaño. Se me cortó el aire. La palma se quedó ahí un momento, inmóvil, y luego empezó a moverse despacio, recorriéndome por encima del vestido.
Subió hasta la curva de la cadera, bajó otra vez, me siguió el pliegue donde el culo se une con el muslo y volvió al centro. Sus dedos se abrieron para abarcar más carne. Apretó. Soltó. Apretó otra vez con más seguridad, como si ya me hubiera leído el cuerpo y supiera que no pensaba frenarlo.
Yo abrí un poco más las piernas, un gesto mínimo, casi invisible. Lo hice sin pensarlo y en cuanto lo hice supe que era una respuesta. Mi manera cobarde y excitada de decirle que siguiera.
Él siguió.
Deslizó un dedo por la línea del tanga en mi espalda, palpándola a través de la tela del vestido. Lo noté tantear la tira, seguirla hacia la cadera y volver al centro. Después llevó los nudillos al hueco entre mis nalgas y presionó justo ahí, en esa zona absurda que a mí me vuelve loca aunque apenas la toquen. Tuve que morderme el labio para no gemir.
El vagón entero pareció hacerse pequeño. Sentía el traqueteo del metro en las piernas, el olor a perfume ajeno, la voz metálica anunciando estaciones, y al mismo tiempo sólo existía esa mano sobándome el culo mientras yo me hacía la distraída. Me ardía la cara. Tenía los pezones duros. El coño ya estaba empapado.
La mano siguió dibujando mi cuerpo. Una vez me recorrió con la yema del dedo toda la raja por encima de la tela, lento, de abajo arriba, como si quisiera imaginarme desnuda. Luego metió algo más de presión en el centro de la nalga y me dio un apretón lleno, posesivo, obsceno, de esos que no se confunden con nada. Me estaba sobando de verdad. Y yo estaba dejándolo.
Cuando se atrevió a meter la mano por debajo del borde del vestido, reaccioné. Su palma tocó ya mi muslo desnudo, caliente, subiendo con intención hacia donde empezaba la ropa interior. Lo dejé avanzar un poco más, apenas unos centímetros, lo suficiente para que mi respiración se disparara y para que él notara que mi piel estaba temblando. Pero cuando vi lo cerca que estaba de encontrar el tanga y, peor aún, de notar lo mojada que estaba, eché el cuerpo hacia delante.
Fue un rechazo suave, no dramático. Él lo entendió al instante. No insistió por ahí.
En lugar de eso, se pegó a mi espalda.
Sentí su pelvis contra mi culo. No fuerte al principio, sólo el contacto claro de un hombre excitado apoyándose en mí en medio del vagón. Luego, con un balanceo del metro, me clavó la dureza entre las nalgas. Ahí sí no tuve dudas. La tenía tiesa. Solté el aire despacio y me estremecí.
Me dio otro empuje. Y otro más, breves, medidos, camuflados con el movimiento del tren. Su mano seguía en mi culo, amasándolo despacio, mientras me rozaba la polla por detrás como si me estuviera follando vestido y de pie delante de todo el mundo. Tuve que cerrar las piernas un segundo porque sentí una punzada directa en el clítoris de puro morbo.
—Qué culito... —murmuró tan bajo que casi pensé que lo había imaginado.
Ese susurro me atravesó. Que además de tocarme se permitiera hablarme me hundió del todo. Bajé la cabeza hacia la pantalla del móvil, pero ya no veía nada. Estaba concentrada en no correrme ahí mismo.
Sus dedos volvieron a la raja, esta vez presionando con más descaro. Me acarició el centro del culo, me apretó una nalga, luego la otra, y mientras lo hacía seguía restregándome la polla contra el trasero. Yo ya no pensaba en apartarme. Pensaba en cuánto faltaba para mi estación y en si aguantaría sin meterme la mano entre las piernas en cuanto saliera.
Cuando llegó mi parada, me bajé con las piernas flojas. Él salió detrás, pero mantuvo distancia. En las escaleras noté su mirada clavada en mi culo, viendo por fin lo que había estado manoseando. No me molesté en bajarme el vestido cuando el movimiento me marcó las nalgas. Al contrario. Se lo dejé mirar.
Al cruzar el vestíbulo, tomamos salidas distintas. Yo subí a la calle con el coño latiendo. Caminé dos manzanas como pude, entré en el baño de una cafetería y en cuanto cerré la puerta me subí el vestido y me metí dos dedos en el coño.
Estaba empapada. Empapada de verdad. Me apoyé en el lavabo y me los hundí hasta el fondo, jadeando en silencio. Con la otra mano me agarré una teta por encima de la tela, apretándomela mientras recordaba su palma sobándome el culo. Moví los dedos rápido, saliendo y entrando con un chapoteo obsceno que me excitó todavía más. Me imaginé la mano de aquel hombre sustituyendo a la mía, encontrando el tanga mojado, apartándolo, tocándome por fin.
—Joder... —se me escapó entre dientes.
Metí un tercer dedo, me arqueé y empecé a frotarme el clítoris con la base de la palma. La corrida me subió de golpe, como si hubiera estado esperándome desde el vagón. Me corrí apoyada en el mármol, con las piernas temblando y los dedos chorreando, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Cuando acabé, tuve que quedarme inclinada unos segundos, respirando, con el coño contrayéndose alrededor de mis dedos.
Y lo peor, o lo mejor, fue que en vez de sentir vergüenza, sentí hambre de más.
***
Meses después hubo otra noche que terminó de convencerme de que ese morbo no era una casualidad. Fue en una fiesta al aire libre, de esas con pantalla gigante, música, alcohol y gente apretada por todas partes. Yo había ido con amigas y amigos, plan tranquilo, nada especialmente sexual. Llevaba un pantalón claro y un top ajustado. Ropa cómoda, normal. Debajo, otra vez tanga.
Conocimos a un grupo de hombres mayores que nosotros, cuarentones largos, muy habladores. No eran guapos de revista ni iban de seductores finos. Eran de esos tipos que se te pegan con confianza de barra, te miran las caderas al hablar y sueltan halagos demasiado directos. Uno de ellos se fijó en mí desde el principio.
Al empezar el partido, la multitud nos compactó. Mis amigas quedaron a un lado, los chicos delante, y ese hombre se colocó justo detrás de mí. Al principio sólo sentía su barriga contra la espalda baja. Después, una mano fugaz en mi cintura. Luego, ya sin dudas, la palma completa en el culo.
Me tensé un segundo. Miré alrededor. Nadie estaba pendiente. La música, el griterío y la aglomeración lo tapaban todo. Él dejó la mano quieta, esperando quizá mi reacción. No la tuvo. Así que empezó a acariciarme.
Lo hacía con descaro de dueño, sin ponerse nervioso. Me sobaba una nalga con círculos lentos, la apretaba, bajaba al muslo y volvía a subir. Cuando se inclinaba para hablarme al oído, aprovechaba para hundirme más los dedos en la carne.
—Tienes un culo espectacular —me dijo—. Dan ganas de no soltarlo.
Noté un chispazo entre las piernas. No porque el piropo fuera brillante, sino por la situación: su mano agarrándome y su voz diciéndome guarradas mientras yo seguía de cara al frente como si atendiera al partido. Le contesté con una media sonrisa y un encogimiento de hombros. Eso le bastó.
—Tu novio debe volverse loco contigo —insistió, y al decirlo me dio un apretón tan lleno que sentí cada dedo marcado a través del pantalón.
No tenía novio, pero no lo corregí. Me excitó dejarlo fantasear con la idea de otro hombre teniendo lo que él sólo podía sobar entre la gente. Su mano no paraba. A veces me acariciaba toda la redondez del culo; otras, se entretenía justo en el pliegue inferior, como si le gustara comprobar lo blando y firme a la vez que estaba. Yo empezaba a moverme apenas contra él, más de lo que habría querido admitir.
En el descanso nos mezclamos de nuevo con el grupo. Una amiga me lanzó una mirada rara cuando él intentó cogerme la cintura. Me aparté para disimular y eso nos cortó unos minutos. Pero en cuanto la multitud volvió a cerrarse para la segunda parte, él regresó a mi espalda como si siguiera una conversación a medio hacer.
Esta vez fui yo quien le ofreció el ángulo, girándome apenas para que mis amigas no vieran nada y él pudiera tenerme de lado. Su mano cayó enseguida sobre mi culo. Después me agarró la cadera con la otra y se pegó más, metiendo una pierna entre las mías lo suficiente para que yo sintiera el calor de su cuerpo y su aliento en la oreja.
—Si te saco de aquí, te reviento ese culo a besos —murmuró.
Me entró una oleada de humedad tan fuerte que tuve que apretar los muslos. No iba a irme con él. Lo sabía. Pero me excitaba muchísimo dejar que me hablara así mientras seguía acariciándome. Me preguntó si me gustaba que me tocaran. No le respondí. Sólo me eché un poco hacia atrás. Eso fue respuesta de sobra.
Entonces su mano dejó de ser mano y se volvió una tenaza. Me agarró una nalga entera, me la estrujó sin cuidado y luego deslizó los dedos al centro, buscando otra vez la línea entre las dos. El pantalón fino no dejaba mucho a la imaginación. Sentí cómo marcaba la separación del culo y cómo tanteaba el lugar donde empezaba el coño por detrás. Yo estaba ardiendo.
—Estás disfrutando, ¿verdad? —susurró.
—No hables tanto —le dije, casi sin voz.
Se rió en mi oído y me apretó más. La risa me puso peor. Ese cabrón sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Movió la mano por debajo del top, no para subirlo, sino para agarrarme la cintura desnuda y mantenerme quieta mientras con la otra seguía sobándome. Luego empezó a restregarse. Al principio fue una presión leve. Después ya no: me clavó la polla dura por encima de la ropa, directo contra una nalga.
Tuve que abrir la boca para respirar.
El ruido alrededor se volvió una masa lejana. Todo mi cuerpo se concentró en el culo y el coño. Él me estaba follando en seco entre la multitud, empujando la cadera contra mí con un ritmo corto y sucio, mientras la mano seguía marcándome, bajando, subiendo, apretándome el centro del trasero como si le perteneciera.
Yo me estaba moviendo con él. Muy poco, pero lo hacía. Cada embestida vestida me rozaba el clítoris desde dentro por pura tensión muscular. El tanga ya se me había pegado completamente al coño de lo mojada que estaba. Quise cruzar las piernas y no pude porque él mantenía una de las suyas entre las mías.
—Qué ganas de meterte la mano dentro del pantalón —me dijo—. Seguro que estás chorreando.
Eso me atravesó de lleno. Porque era verdad. Porque si se atrevía, habría encontrado el coño empapado. Y porque una parte de mí quería precisamente eso.
Sin dejar de rozarse, metió dos dedos por el borde de mi cintura, buscando piel. No llegó al tanga todavía, pero fue avanzando despacio hacia el vientre. Yo no me aparté. Bajó más. Se encontró con la tela ajustada del pantalón y recorrió con la punta de los dedos el frente de mi pelvis, justo por encima del pubis. Gemí muy bajo, ahogado por un grito del público.
Él lo oyó. Claro que lo oyó.
—Mírate —susurró—. Te gusta que te soben en público, ¿eh?
Me calenté tanto con esa frase que casi me derrumbo. Quería llevarle la contraria, quería decirle que no se flipara, pero lo único que hice fue echar el culo hacia atrás y sentir otra vez la dureza contra mí. Eso fue admitirlo mejor que cualquier palabra.
Su mano descendió por fin al frente del pantalón y me frotó por encima de la tela. No directamente el coño, todavía no. Primero el monte. Luego el borde donde el tanga se marcaba debajo. Después un roce más centrado, húmedo de mi propio calor, que me sacó un jadeo claro.
Me puse rígida, no de rechazo, sino de puro impacto. Él siguió un segundo más, dos, tres, apenas lo justo para notar que yo estaba mojada de verdad a través de la ropa. Entonces me apretó el coño con toda la palma, fuerte, obsceno, y me restregó en un movimiento corto que me hizo ver blanco.
Tuve un orgasmo pequeño pero brutal ahí mismo, de pie, con la multitud saltando y cantando alrededor. No fue una corrida larga, sino una descarga apretada y feroz que me cerró el coño y me hizo doblar un poco las rodillas. Él me sostuvo de la cintura mientras yo disimulaba mirando la pantalla, con la cara ardiendo y la respiración rota.
—Joder —murmuró, notando cómo temblaba—. Así me gusta.
Yo no podía ni contestar. Me limité a apartar su mano del frente y devolverla al culo, como marcando un límite tardío, confuso, hipócrita. Delante no más. Detrás, sí. Él lo entendió y se conformó con seguir estrujándome las nalgas y clavándome la polla por encima del pantalón hasta que terminó todo.
Cuando acabó el partido, el grupo empezó a moverse. Yo me separé, recompuse la ropa y actué normal. Él me miró con una sonrisa sucia, de hombre satisfecho, y todavía tuvo el descaro de rozarme la espalda baja una última vez antes de perderse entre la gente.
Esa noche llegué a casa con el coño sensible y una necesidad casi rabiosa. Ni siquiera me quité toda la ropa. Cerré la puerta, tiré el bolso al suelo y me fui directa al dormitorio. Me bajé el pantalón y el tanga juntos hasta los muslos y me senté en la orilla de la cama con las piernas abiertas.
Pasé dos dedos por el coño y salieron brillando. —Mírate —repetí imitando su voz, y sólo con eso volví a excitarme. Me escupí en los dedos, más por vicio que por necesidad, y empecé a masturbarme fuerte, sin delicadeza, frotando el clítoris en círculos mientras con la otra mano me agarraba el culo y me lo abría como si siguiera sintiendo una mano extraña allí.
Imaginé al hombre detrás de mí, pegándome su barriga y su polla, hablándome al oído, metiéndome la mano por el pantalón hasta encontrarme empapada. Metí dos dedos, luego tres, y me los follé sola con la cadera levantándose para recibirlos. El sonido húmedo llenó el cuarto. Yo misma me decía guarradas en voz baja, rota de calentura: que era una exhibicionista de mierda, que me encantaba que me tocaran, que me correría otra vez pensando en manos ajenas sobándome el culo.
Y me corrí. Fuerte. Con la espalda arqueada y la palma golpeando el colchón. Sentí el orgasmo treparme por el vientre, cerrarme las piernas y dejarme jadeando con los dedos enterrados hasta el fondo. Después me quedé un rato así, abierta, húmeda, sucia de mí misma y completamente consciente de algo que ya no podía negar.
Me pone muchísimo sentirme deseada por desconocidos. Me pone que me miren, que me imaginen, que me toquen cuando yo decido no apartarme. No siempre. No con cualquiera. No en cualquier lugar. Pero cuando se dan las condiciones exactas, cuando el riesgo y el morbo se mezclan con esa sensación de anonimato, mi cuerpo responde sin piedad.
Ésta es mi confesión. No la más bonita, ni la más limpia, pero sí una de las más sinceras que puedo hacer: todavía hoy, cuando voy en metro o cuando la gente se aprieta demasiado en una fiesta, hay una parte de mí que recuerda aquellas manos y se moja antes de que yo pueda fingir que no.
Si leés desde zona sur, en Chicas Elite Esteban Echeverría vas a encontrar perfiles con fotos reales.