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Relatos Ardientes

La confesión que grabé en la universidad

Yo no tenía nada que hacer dentro de aquel despacho, escondido en un armario de archivo con el celular en la mano y la respiración contenida. Aun así, allí estaba, viendo por una rendija cómo Mara cerraba la puerta del aula vacía y se quedaba sola con el profesor Valcárcel. Si alguien me hubiera preguntado una hora antes cómo había terminado metido en eso, habría dicho la verdad: por deseo, por curiosidad y porque ella sabía exactamente cómo empujarme hasta el límite.

Mara no era una adolescente perdida ni una víctima ingenua. Era una mujer adulta, de más de veinticinco, lista, descarada y perfectamente consciente del efecto que tenía sobre los demás. Llevaba semanas repitiendo que no iba a dejar que aquel examen le arruinara el cierre del semestre, y cuando decía algo con esa voz suave y esa mirada de fuego, casi siempre terminaba saliéndose con la suya.

Valcárcel también era fácil de describir: estricto, seco, orgulloso de no regalar una décima. Un tipo de casi cuarenta y tantos, impecable hasta en la forma de acomodar los papeles, de esos hombres que parecen sostenerse con disciplina pura. Ella lo odiaba por eso, o al menos eso decía; yo siempre sospeché que, debajo del enojo, le excitaba más de la cuenta enfrentarse con alguien que no cedía.

La idea había sido de ella. Me lo soltó la noche anterior, sentada en mi sofá, con una copa en la mano y las piernas cruzadas como si estuviera proponiendo un juego inocente.

—Quiero que grabes todo —me dijo—. Si sale bien, apruebo. Si sale mal, al menos me llevo algo útil.

—Eso suena a locura.

—Suena a plan —corrigió, sonriendo—. Y tú vas a venir conmigo.

No me explicó cada detalle, pero sí lo suficiente para dejarme excitado y nervioso. Había conseguido unas pastillas supuestamente diseñadas para disparar el deseo, y pensaba deslizarlas en el café del profesor antes de la última tutoría del viernes. Yo debí negarme. En lugar de eso, terminé aceptando porque la sola imagen de ella manejando la situación me ponía la polla dura como una piedra.

Ahora, desde mi escondite, la veía apoyarse en el escritorio con una calma que no encajaba con la tensión del momento. Llevaba una falda oscura pegada al cuerpo, una blusa clara ajustada al pecho y un abrigo corto que dejaba ver unas medias finas por encima de las rodillas. No había nada infantil en su aspecto: era una mujer hecha y derecha, dueña de cada gesto, de cada mirada, de cada silencio.

Valcárcel aflojó el nudo de la corbata y carraspeó. Tenía el cuello enrojecido, la frente húmeda y los ojos demasiado atentos a la silueta de Mara.

—¿Se encuentra bien? —preguntó ella.

—Sí. Solo hace calor.

—No parece solo calor.

Desde donde estaba, yo veía el bulto grueso que tensaba el pantalón del profesor bajo el escritorio. La droga había hecho efecto o quizás solo había terminado de soltar lo que ya traía dentro. Mara también lo había visto; se notó en cómo bajó la vista un segundo y luego volvió a mirarlo con una media sonrisa.

—Necesito aprobar —dijo al fin, sin rodeos.

Valcárcel tragó saliva. Intentó sostener el personaje de hombre recto, pero la respiración lo estaba delatando.

—Necesita estudiar —respondió.

—No me mire así y luego me hable de estudiar.

Hubo un silencio corto, pesado. Yo apenas me atrevía a mover el celular por miedo a que el armario crujiera. Mara rodeó el escritorio lentamente, sin dejar de sostenerle la mirada, y se plantó frente a él. Su pecho quedó casi a la altura de la cara del profesor.

—Dígame la verdad —murmuró—. ¿Tiene ganas de tocarme o va a seguir fingiendo?

Valcárcel se levantó tan rápido que la silla raspó el suelo. Le agarró la nuca con una mano, firme, no brutal, y la besó con una hambre que me puso el corazón a mil. Nada de romanticismo; fue un choque de boca contra boca, de lengua entrando sin pedir permiso, de respiraciones calientes mezclándose como si los dos llevaran demasiado tiempo deseándolo.

Mara soltó un gemido ahogado y se dejó empujar hasta el borde del escritorio. Él le subió la falda de un tirón, le apretó el culo por encima de las medias y volvió a besarla mientras la otra mano se metía bajo la blusa. Vi cómo le agarraba una teta entera, cómo la amasaba con necesidad, y cómo ella arqueaba la espalda para darle más.

—Así que esto quería —dijo él contra su boca.

—Quería ver si de verdad era tan correcto como presume.

—Y ahora me tiene aquí, con la polla a punto de romperme el pantalón.

—Entonces sáquesela —susurró ella—. O siéntese y deje que yo me encargue.

El profesor respiró hondo. Por un segundo pensé que iba a detenerse, pero la droga y el deseo lo tenían demasiado lejos de cualquier prudencia. Se sentó otra vez, más por obedecer la provocación de Mara que por decisión propia, y abrió las piernas.

Ella se quitó el abrigo, lo dejó caer al suelo y se arrodilló frente a él. Desde el armario, aquella imagen era obscena incluso sin verle nada íntimo todavía: una mujer adulta, segura de sí, de rodillas entre las piernas de un hombre mayor, mirándolo como si fuera a devorarlo. Y yo, escondido, grabando cada segundo con la polla apretándome dentro del pantalón.

Mara le desabrochó el cinturón despacio, disfrutando la tensión. Bajó la cremallera y metió la mano dentro del pantalón. El profesor soltó un jadeo seco cuando ella lo agarró por encima del bóxer y apretó con firmeza.

—Joder —murmuró él.

—Eso pensé.

Le bajó el bóxer y la polla saltó libre, gruesa, bien dura, con la punta brillante. Mara la observó un momento como si evaluara una pieza de fruta madura antes de probarla. Luego pasó la yema del pulgar por el glande y se llevó esa humedad a la boca.

—Míreme —le ordenó.

Y entonces empezó.

Primero, la lengua. Lenta, ancha, rodeando la cabeza de la polla, bajando por el tronco y subiendo otra vez con una paciencia que parecía hecha para volver loco a cualquiera. Valcárcel echó la cabeza hacia atrás, pero ella le agarró el muslo y repitió:

—Míreme.

Él obedeció. Y verla lamerlo mientras lo miraba de frente fue tan brutal que hasta a mí me temblaron las piernas dentro del armario. Mara abrió la boca y se tragó la punta, succionando con fuerza, dejando un sonido húmedo y obsceno que llenó el despacho vacío. Subía y bajaba la cabeza apenas unos centímetros al principio, saboreándolo, humedeciéndolo bien, dejando que la saliva corriera por la base.

Valcárcel le metió una mano en el pelo. No para apartarla, sino para sentir que aquello estaba pasando de verdad. Ella aumentó el ritmo. Metió más, sacó casi hasta la punta y volvió a bajarlo, una y otra vez, apretando los labios, marcando las mejillas hundidas alrededor de la polla.

—Hostia... —se le escapó a él.

Mara respondió con más hambre. Una mano le bombeaba la base mientras la boca trabajaba el resto. Luego, sin aviso, lo tragó mucho más hondo. El profesor dio un respingo. Yo vi cómo sus dedos se tensaban en el cabello rojizo de ella mientras la punta de su polla le golpeaba el fondo de la garganta.

Ella no se apartó. Lo mantuvo dentro un segundo, dos, y luego lo sacó despacio, dejando un hilo grueso de saliva colgando de la boca. Le besó el glande, lo lamió por debajo y volvió a hundirse. Esta vez más profundo. Más sucio. Más directo.

El ruido de la mamada era descarado, mojado, perfecto. Mara babeaba sin vergüenza, usando la saliva como lubricante, bajando hasta donde podía y forzándose un poco más cada vez. Cuando lo tuvo casi entero, tragó y se quedó quieta, con la nariz pegada al vello del pubis del profesor, soportando la profundidad como una especialista.

Valcárcel gemía ya sin cuidar el volumen. Tenía los ojos vidriosos y las piernas abiertas como un hombre al que lo están ordeñando. Mara lo sacó solo lo justo para respirar y enseguida volvió a clavárselo en la garganta. Una, dos, tres veces seguidas. Cada embestida de su propia cabeza le arrancaba un gruñido más grave.

—Si sigue así, me voy a correr —dijo él, medio roto.

Ella soltó la polla con un chasquido húmedo.

—Todavía no. No he terminado de negociar.

Se puso de pie. Tenía la boca brillante, los labios hinchados y una expresión satisfecha que me hizo apretar la mandíbula. Le desabrochó dos botones más de la blusa y tomó la mano del profesor para llevársela al pecho. Él la apretó por encima del sujetador, masajeando con ansia, y Mara se inclinó para murmurarle al oído:

—Quiero sentir de verdad cuánto me desea.

Valcárcel le bajó un tirante del sujetador y dejó una teta al aire. La pezón estaba dura, erizada. Él la chupó sin delicadeza, atrapándolo entre los labios y tirando apenas con los dientes. Mara gimió fuerte, llevando una mano al borde del escritorio.

—Así, cabrón... así.

Yo la conocía lo suficiente para saber cuándo estaba actuando y cuándo no. Ese gemido no era teatro. El cuerpo se le había aflojado de una forma imposible de fingir. El profesor siguió mordiendo y lamiendo el pezón mientras la mano libre se deslizaba por el muslo de ella, subiéndole más la falda, metiéndose por dentro de las medias hasta encontrar el borde de la ropa interior.

—Empapada —dijo con voz ronca.

—¿Le sorprende?

Él apartó la tela a un lado y le pasó dos dedos por el coño. Incluso desde mi escondite vi el brillo húmedo en sus dedos cuando los levantó. Mara abrió más las piernas. Valcárcel se los metió de golpe, hasta el fondo, y ella dejó caer la cabeza hacia atrás con un gemido largo, abierto, nada discreto.

—Joder... sí.

Los dedos entraban y salían rápidos, duros, haciendo un sonido húmedo que se mezclaba con la respiración agitada de ambos. Él le chupaba el cuello mientras la follaba con la mano, y Mara se movía contra esos dedos, buscando más fricción, más profundidad. Luego le agarró la muñeca.

—No me joda con los dedos nada más. Quiero su boca.

Valcárcel no discutió. La hizo sentarse en el borde del escritorio y le bajó la ropa interior hasta las rodillas. Mara abrió las piernas sin pudor. Él se arrodilló delante de ella, apartó con los dedos los labios hinchados del coño y se quedó mirando un segundo la humedad que los cubría.

—Mire qué obediente terminó —susurró ella.

Lo siguiente fue puro hambre. El profesor enterró la cara entre sus piernas y empezó a lamerle el coño de abajo arriba, con pasadas largas que le arrancaron un temblor entero. Mara se agarró al borde del escritorio y abrió aún más las rodillas. Él metió la lengua, la sacó, volvió al clítoris y lo succionó con fuerza suficiente para que ella soltara un gemido que resonó por el aula vacía.

La chupaba sin técnica elegante, pero con una necesidad que resultaba mejor que cualquier delicadeza. Le abría el coño con dos dedos y hundía la lengua dentro, como si quisiera beberse toda la humedad. Luego volvía al clítoris y lo frotaba con la punta, rápido, insistente, mientras ella se retorcía encima del escritorio.

—No pare... no pare... —jadeó Mara.

Valcárcel le metió dos dedos al mismo tiempo que seguía comiéndosela. La combinación la dejó casi sin aire. Ella empezó a mover la cadera contra su cara, restregándose, usándolo. El profesor la sujetó por los muslos para aguantar el ritmo y siguió lamiendo hasta que Mara se puso rígida de repente.

—Me corro... me corro, joder...

Y se corrió. La vi cerrar los ojos, tensar el abdomen y apretar las piernas contra la cabeza del profesor mientras el orgasmo le sacudía la pelvis. Él no se apartó. Siguió chupándole el clítoris durante el clímax, alargando cada espasmo, haciéndola soltar gemidos rotos, casi llorosos.

Cuando Mara logró respirar de nuevo, le agarró la cara con una mano y se la hizo levantar. Tenía la barbilla brillante de humedad. Ella sonrió al verlo así.

—Ahora sí —dijo—. Fóllame.

Valcárcel se puso de pie de inmediato. Se sacó del todo el pantalón y volvió a quedar con la polla tiesa, roja, palpitando por la espera. Mara bajó del escritorio solo para girarse y apoyar las manos sobre la madera. Se subió la falda hasta la cintura y arqueó la espalda, ofreciéndole el culo y el coño abierto entre los muslos.

—Quiero oírle perder el control —le dijo por encima del hombro.

El profesor le agarró las caderas y le pasó la punta de la polla por la entrada, empapándose con la humedad de ella. Mara soltó un quejido impaciente.

—Métala de una vez.

Él obedeció. La penetró de una embestida firme, profunda, y ambos gimieron al mismo tiempo. Mara hundió los dedos en el escritorio, yo apreté el celular con tanta fuerza que casi lo tiré. Valcárcel se quedó un segundo dentro, sintiendo cómo el coño lo apretaba, y luego empezó a follarla de verdad.

Las embestidas fueron rápidas desde el principio. Secas, pesadas, sonando en el despacho con ese golpe de piel contra piel que vuelve todo más animal. Mara recibía cada una echando el culo hacia atrás, dejándose abrir, pidiendo más con el cuerpo. Él le agarró el pelo, tiró de él para levantarle la cabeza y le habló entre dientes.

—¿Esto quería para aprobar?

—Quería esto porque llevaba semanas pensando en su polla.

Eso pareció acabar de romperle el resto del autocontrol. Valcárcel la folló más fuerte, clavándosela hasta el fondo, sacándola casi por completo y volviendo a meterla con furia. Mara gemía sin contenerse. Se tocó el clítoris con una mano mientras él la embestía, y el gesto fue tan obsceno que sentí una punzada de celos mezclada con excitación pura.

El profesor le soltó el pelo para llevar una mano al cuello, no para ahogarla, sino para sujetarla, para sentirla suya mientras la follaba. Con la otra le agarró una teta por encima de la blusa abierta y siguió golpeando con la cadera. Mara estaba perdiendo la compostura; ya no hablaba con esa frialdad calculada del inicio. Ahora jadeaba, pedía, gruñía.

—Más fuerte.

Él le dio más fuerte. Tanto que el escritorio se movió unos centímetros y un montón de hojas cayó al suelo. La habitación olía a sudor, a sexo, a encierro. Yo no podía apartar la vista de cómo la polla del profesor entraba y salía del coño de Mara, brillante, completamente mojada, desapareciendo una y otra vez entre sus piernas.

—Quiero correrme otra vez —dijo ella, casi sin voz.

—Hazlo.

—No pare.

—No voy a parar.

Mara se frotó más rápido el clítoris, sincronizando la mano con las embestidas del profesor. Él lo notó y cambió el ángulo, empujando un poco hacia arriba, buscando dentro ese punto que la hizo estremecerse. El gemido que soltó fue más grave, más desesperado. La folló justo así, repitiendo el golpe, insistiendo donde sabía que la quebraba.

—Ahí... ahí, joder... sí... no pare... —balbuceó.

Y volvió a correrse. Esta vez más fuerte. El orgasmo le dobló los brazos y casi la hizo caer sobre el escritorio. El coño se le contrajo alrededor de la polla del profesor, apretándolo en oleadas cortas que lo dejaron al borde. Valcárcel soltó una maldición y aflojó el ritmo apenas lo justo para aguantar unos segundos más.

Entonces Mara giró la cara hacia el armario.

Fue un segundo mínimo, pero suficiente para que supiera que no me había olvidado. Sonrió apenas y dijo, con la respiración rota:

—Todavía no termine dentro.

El profesor, cegado por el deseo, no entendió la mitad del mensaje. Solo siguió follándola. Mara se incorporó un poco, se sacó la polla de dentro y se volvió hacia él. Se arrodilló otra vez en el suelo, agarrándolo por la base.

—Si va a correrse, será en mi boca.

Valcárcel apenas pudo asentir. Ella lo chupó de nuevo de inmediato, esta vez sin juegos lentos. Boca abierta, succión fuerte, lengua trabajando la punta mientras la mano apretaba el resto. Lo tenía tan cerca del orgasmo que cada movimiento parecía electricidad recorriéndole el cuerpo.

Le tragó media polla, luego más. El profesor empujó sin darse cuenta, y Mara lo dejó hacer. Se lo metió hondo, lo sacó con saliva chorreando por la barbilla y lo volvió a engullir hasta hacerle gemir como un animal. Yo sabía que estaba acabado cuando empezó a mover las caderas buscando más garganta que boca.

—Me voy a correr —dijo él, ahogado.

Ella no se apartó. Al contrario, lo sujetó por los muslos y se lo hundió hasta el fondo una última vez. El profesor se vino con un gruñido ronco, descargándole en la boca a sacudidas espesas. Mara tragó la primera, sacó la polla solo lo necesario para respirar y siguió mamando mientras él se corría otra vez, más corto, más tembloroso. No dejó escapar casi nada.

Cuando terminó, se quedó un segundo inmóvil, con la boca cerrada y los ojos clavados en él. Luego tragó despacio, enseñó la lengua limpia y se puso de pie.

—¿Ahora sí apruebo? —preguntó.

Valcárcel, todavía jadeando, se pasó una mano por la cara. Volvía a entender lo que había hecho. Volvía, también, a ver el despacho, la puerta cerrada, la falda subida de Mara, los papeles en el suelo. Y entonces intentó recomponerse detrás de un resto miserable de autoridad.

—Eso no basta para cambiar una nota.

Mara no se ofendió. Sonrió. Se limpió la comisura de los labios con el dedo, lo chupó y dio dos pasos hacia el armario donde yo seguía escondido.

—Perfecto —dijo—. Entonces tendremos que usar otro argumento.

Abrió la puerta de golpe.

La luz del despacho me cayó encima como un reflector. Salí despacio, con el celular aún grabando y la polla durísima dentro del pantalón. Valcárcel se quedó blanco al verme. Miró el teléfono, me miró a mí, luego a Mara, y entendió demasiado tarde por qué ella había querido cada segundo de aquella escena.

—¿Qué mierda es esto? —balbuceó.

Mara me quitó el celular de la mano y revisó la pantalla. Satisfecha, alzó la vista.

—Una confesión muy comprometedora, profesor.

Yo pensé que allí terminaría todo, con él suplicando, con ella exigiendo la nota. Pero Mara volvió a mirarme y sonrió de esa forma que siempre anunciaba problemas.

—No te escondiste para solo mirar, ¿verdad? —me dijo.

Sentí cómo el aire se espesaba otra vez. Valcárcel seguía aturdido, humillado y excitado al mismo tiempo. Su polla, recién descargada, empezaba a reaccionar de nuevo. Mara lo notó, claro que lo notó, y soltó una risa corta.

—Qué obediente se puso —murmuró—. Y todavía quiere más.

Se acercó a mí, me metió la mano por dentro del pantalón y me agarró la polla por encima del calzoncillo. Apretó, comprobando lo dura que estaba, y luego le habló al profesor sin dejar de tocarme.

—Ahora entiende por qué necesitaba testigo.

Valcárcel tragó saliva. Yo ya no sabía si estaba más excitado o más nervioso. Mara nos miró a los dos, dueña de la habitación, del silencio y de la vergüenza ajena.

—La nota la voy a tener —dijo—. La pregunta es cuánto más está dispuesto a hacer para que este video no salga de aquí.

El profesor no respondió enseguida. Bajó la vista hacia la mano de Mara dentro de mi pantalón, luego hacia el celular en la otra mano. Lo vi entender que el control se había terminado por completo. Y la forma en que nos miró entonces, derrotado y caliente a la vez, me dejó claro que aquella tarde en la universidad no había sido el final de nada.

Fue el principio.

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Comentarios(2)

vikingo88

tremendo relato, se me hizo cortisimo jajaja. Quiero saber como termino todo eso!!

ConfesorK_99

Por favor que haya segunda parte, me quede pegado hasta el final y no me alcanzo. De lo mejor que leí en esta categoría.

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