Confesión: me volví adicta al sexo oral
Me llamo Abril y esta es una de esas historias que todavía recuerdo con una mezcla de vergüenza, calentura y una sonrisa tonta. Ya era una mujer adulta cuando pasó todo, pero seguía teniendo ese nervio absurdo de quien descubre un gusto nuevo y no puede pensar en otra cosa. Después de mi primer encuentro serio con el sexo, hubo algo que se me quedó metido en la cabeza más que cualquier caricia: chuparla.
No era romanticismo ni curiosidad inocente. Era hambre. Una necesidad física, obsesiva, casi ridícula. Me despertaba pensando en una polla en mi boca y me dormía repasando la sensación de tenerla dura sobre la lengua, el peso en la mano, el sabor salado, el sonido húmedo de mis labios subiendo y bajando.
Los dos días siguientes me los pasé así, caliente y distraída. En el trabajo apenas podía concentrarme, y en cuanto me quedaba sola me iba al baño a mojarme los dedos pensando en volver a arrodillarme frente a alguien. No quería un novio, no quería una cita, ni siquiera estaba segura de querer follar. Lo que quería era mamarla otra vez.
Se lo conté a mi amiga Nerea porque era la única persona con la que hablaba de sexo sin filtros. Ella era de esas mujeres que no se escandalizan por nada, se reían de mis nervios y a la vez me animaban a disfrutar. Nos vimos a media mañana en una cafetería cerca del centro, y apenas nos sentamos me clavó los ojos con esa sonrisa de zorra buena amiga que ya sabía que yo llevaba algo guardado.
—Ahora sí, suéltalo —me dijo—. Tienes cara de haber hecho una locura.
—No una locura —respondí, bajando la voz—. Pero sí algo que me dejó muy mal.
—¿Mal de culpa o mal de ganas?
La miré y las dos nos echamos a reír. Luego se lo conté todo. Le hablé de mi primer encuentro, de cómo me había sorprendido disfrutar tanto tener una polla en la boca, de cómo llevaba dos días pensando en volver a hacerlo con alguien más.
Nerea dejó la taza en el plato y abrió los ojos con auténtico entusiasmo.
—O sea que estás salida y lo que quieres no es perder la cabeza por un tipo, sino tragarte una buena polla.
—Dicho así suena fatal.
—Dicho así suena exactamente a lo que acabas de confesar.
No pude negarlo. Me tapé la cara un segundo, muerta de risa y de vergüenza.
—Sí —admití—. Quiero chupársela a alguien. Muchísimo.
—Perfecto —dijo ella, como si estuviéramos organizando una compra—. Entonces hay solución.
Yo pensé que solo se burlaría un rato, pero Nerea ya estaba repasando nombres. Habló de un par de hombres que conocíamos, descartó a uno por pesado, a otro por bocón, y acabó mencionando a Gael, un amigo de su pareja que siempre me había parecido guapo. Moreno, alto, sonrisa tranquila, manos grandes. De esos hombres que no necesitan presumir porque saben perfectamente el efecto que tienen.
—Ni loca —le dije—. Además, seguro no le intereso.
—No necesitas casarte con él, Abril. Solo necesitas una boca dispuesta y una polla limpia.
—Eres imposible.
—Y tú estás mojada. No me discutas.
La conversación quedó ahí, o eso creí. Pero esa misma tarde Gael me escribió. Su mensaje fue corto, casi elegante, y por eso me dio todavía más calor.
—Nerea dice que quieres hablar conmigo. ¿Es cierto o me está metiendo en un lío?
Sentí que me ardían las orejas. Le reclamé a Nerea por teléfono antes de contestarle, pero no me respondió. Así que respiré hondo y escribí como pude.
—Tu amiga exagera. No le hagas caso.
Él tardó menos de un minuto en responder.
—Entonces exagera muy bien, porque no suena a mala idea.
Me quedé mirando la pantalla como una idiota. No supe si mandarlo al carajo o seguir el juego. Al final me acobardé.
—No sé de qué hablas.
—Está bien. Cuando quieras dejar de fingir, avísame.
Ese mensaje me jodió el resto de la semana. No por ofensivo, sino porque tenía razón. Yo sí estaba fingiendo. Fingiéndome prudente, fingiéndome seria, fingiendo que no me temblaban las piernas cada vez que imaginaba a Gael abriéndose el pantalón delante de mí.
El sábado Nerea organizó una fiesta en su casa. Nada demasiado grande: unas cuantas parejas, amigos cercanos, música, tragos y la excusa de celebrar el ascenso de su novio. Yo fui sabiendo que Gael seguramente estaría allí, y ese solo detalle me tuvo dos horas frente al espejo. No me vestí provocadora; me vestí para sentirme segura. Jeans ajustados, una blusa negra, perfume en el cuello y en las muñecas, y una ropa interior bonita por si la noche se torcía hacia donde yo deseaba.
Cuando llegué, él ya estaba allí con un vaso en la mano. Levantó la vista, me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal y sonrió apenas. No se acercó enseguida. Eso me gustó. No actuó como un desesperado ni como un cazador. Solo me dejó saber que me había visto y que tenía tiempo.
La noche fue subiendo de tono despacio. Música más alta, tragos más fuertes, comentarios más sucios. En algún momento alguien propuso un juego de retos y la mitad aceptó entre risas. Besos, verdades incómodas, pequeñas pruebas de valor. Nada extremo, pero sí suficiente para soltar el ambiente.
Yo ya estaba un poco mareada cuando me tocó besar a un chico del grupo en un reto tonto. Lo hice sin mayor drama, pero noté a Gael mirando desde el sillón. No con celos. Con hambre. Esa forma callada de mirar que te hace sentir desvestida sin que nadie te toque.
Más tarde, varias personas se fueron y la casa quedó casi vacía. Nerea desapareció con su novio en una habitación. Otra pareja salió a fumar al patio. De pronto, sin buscarlo demasiado, me encontré sola en la sala con Gael.
Hubo un silencio raro, espeso. Él dejó el vaso sobre la mesa y se sentó a mi lado, no pegado, pero lo bastante cerca para que yo sintiera el calor de su cuerpo.
—Entonces —dijo con voz baja—, ¿tu amiga exageró o no?
Me humedecí los labios antes de contestar.
—Depende de qué le haya dicho exactamente.
—Que te morías de ganas de hacerle una mamada a alguien.
Sentí el golpe entre las piernas. Directo, sin adorno. Bajé la vista y me reí nerviosa.
—Es una imbécil.
—Puede ser. Pero no me respondió eso.
Levanté la cara. Él seguía mirándome sin prisa.
—No —admití—. No exageró.
Gael se acercó un poco más. Olía a alcohol suave y a colonia limpia. Me pasó el dorso de los dedos por la rodilla, apenas un roce.
—¿Y por qué no lo has hecho ya?
—Porque no iba a ir por ahí preguntando quién se dejaba.
Sonrió.
—Pues yo me dejo.
Se me escapó una risa ahogada, más de nervios que de humor. Él me tocó la barbilla y me hizo girar la cara hacia él.
—Te gusto, Abril. Y tú me gustas. No hace falta fingir que esto te cayó del cielo.
No dije nada. Lo besé. Fue la respuesta más honesta que pude darle. Su boca era firme, lenta al principio, como si me estuviera dejando espacio para arrepentirme. Pero yo no quería espacio. Le abrí la boca con la lengua, me acerqué más y sentí su mano subir a mi nuca, sujetándome con fuerza.
El beso se volvió más profundo, más sucio. Sus dedos bajaron a mi cintura y me apretaron. Yo le metí la mano entre las piernas por encima del pantalón y noté enseguida el bulto duro. Grande, vivo, creciendo bajo mi palma. Gemí contra su boca.
—Joder —murmuró—. Así que era verdad.
Le apreté la polla por encima de la tela. Él dejó caer la cabeza hacia atrás apenas un segundo y después me agarró de la muñeca.
—Si sigues tocándome así aquí, voy a corrérmela en los jeans como un adolescente. Ven.
Me llevó de la mano a una habitación del fondo. Era un cuarto de invitados, con una cama estrecha, una silla y una lámpara encendida a media luz. En cuanto cerró la puerta, nos volvimos a besar. Esta vez con más hambre. Mis manos fueron a su camisa, la abrí a tirones. Él me quitó la blusa por la cabeza y se quedó mirándome el sujetador como si ya le estorbara demasiado.
—Estás temblando —dijo.
—Estoy caliente.
—Eso me gusta más.
Me empujó despacio hasta sentarme en la cama y se arrodilló frente a mí. Me besó el cuello, el escote, la parte alta del pecho por encima del sostén. Luego levantó la vista.
—Dime si quieres parar.
—No quiero parar.
Me desabrochó el sujetador y me dejó los pechos al aire. Sentí el cambio de temperatura en los pezones duros, y enseguida su boca en uno de ellos. Succionó con calma primero, luego más fuerte, mientras con una mano me amasaba la otra teta. Yo me arqueé, jadeando, y le metí los dedos en el pelo.
—Así —susurró—. Quiero oírte.
Sus manos bajaron por mi abdomen hasta el botón del pantalón. Lo abrió. Me miró una última vez antes de bajármelo junto con la ropa interior. Cuando vio lo mojada que estaba, soltó una risa breve, satisfecha.
—Mierda, Abril. Estás chorreando.
Quise taparme por pura vergüenza, pero él me apartó las manos.
—No. Déjame verte.
Separó mis piernas y pasó dos dedos por mis labios empapados. El contacto me sacó un gemido inmediato. Luego los metió despacio, hundiéndolos hasta el fondo y sacándolos con un ruido húmedo que me avergonzó y me excitó todavía más.
—Joder —dije entre dientes.
—Eso mismo pienso yo.
Me folló con los dedos un rato, entrando y saliendo mientras me lamía el pezón y yo no podía dejar de mover las caderas. Después se arrodilló mejor entre mis muslos y me abrió del todo.
—Quiero probarte antes de que me la chupes.
Y bajó la boca.
Su lengua me encontró de lleno, lenta al principio, de abajo arriba, separando mis pliegues y deteniéndose justo donde más me hacía falta. Se tomó su tiempo. Lamiendo, chupando, metiendo la punta de la lengua y luego aplanándola sobre mi clítoris hasta hacerme retorcer.
Yo había fantaseado con meter una polla en mi boca toda la semana, pero en ese momento casi se me borró todo. Porque Gael comía coño como si de verdad le gustara hacerlo, no como un trámite para llegar a lo suyo. Me sujetó los muslos abiertos y me tuvo allí, jadeando, mientras mi lubricación le mojaba la barbilla.
—No pares —le pedí.
Él respondió con otro lametazo largo y después me metió dos dedos otra vez. Entraban y salían acompañando el trabajo de su lengua. Cada vez más rápido. El cuarto se llenó de mis jadeos y de ese sonido húmedo obsceno que me ponía más caliente todavía.
—Voy a correrme —avisé, con la voz rota.
—Hazlo.
No aflojó. Siguió chupándome el clítoris mientras me follaba con los dedos hasta que el orgasmo me cayó encima de golpe. Cerré las piernas por reflejo, temblando, y él me las volvió a abrir para seguir un poco más, arrancándome gemidos cortos y descontrolados.
Cuando por fin se apartó, tenía la boca brillante. Se limpió con el pulgar, me miró y sonrió con una expresión tan sucia que sentí un tirón brutal entre las piernas otra vez.
—Ahora sí —dijo—. Creo que te has ganado lo que viniste a buscar.
Se puso de pie y se desabrochó el pantalón sin apartar los ojos de mí. Yo me incorporé en la cama, con el corazón disparado. Me gustó la seguridad con la que bajó el cierre, se empujó el pantalón y el bóxer hasta medio muslo y dejó salir la polla.
Era gruesa, recta, bastante más grande de lo que había imaginado. La cabeza estaba ya húmeda, brillante, asomando bajo la piel recogida. No tenía nada de fantasía exagerada; era una polla real, dura de verdad, pesada. Y me dio hambre en el acto.
Me arrodillé frente a él sin que me lo pidiera. Gael me acarició el pelo con una mano.
—Mírame.
Le obedecí. Tenía la respiración agitada, pero seguía controlado.
—No hagas nada que no quieras. Si solo quieres chuparla, solo la chupas. Si quieres parar, paras. ¿Entendido?
—Sí.
—Entonces ven aquí y cómetela.
Esas palabras me atravesaron. Le agarré la polla con una mano y la pesé un instante. Estaba caliente, dura como piedra, con la punta mojada. Saqué la lengua y le di una primera lamida lenta por la cabeza, saboreando el líquido salado que ya tenía. Él soltó el aire por la nariz.
—Joder…
Volví a lamer, rodeando el borde con la punta de la lengua antes de meterme solo la cabeza en la boca. La chupé despacio, apretando los labios, y después fui bajando un poco más. Mi mano se quedó en la base, masturbándolo al ritmo de la boca mientras tomaba aire por la nariz.
Gael no me empujó la cabeza ni empezó a dar órdenes ridículas. Me dejó hacer. Y eso me soltó por completo. Empecé a cogerle el gusto otra vez: el movimiento húmedo, la presión en la lengua, la sensación de tener algo duro entrando y saliendo entre mis labios. La saliva me fue empapando la barbilla. Cada vez que lo sacaba, un hilo transparente quedaba colgando entre la punta de su polla y mi boca.
—Qué buena estás haciéndolo —dijo con voz ronca—. Mierda, sí… así.
Yo gemí alrededor de su polla al oírlo. La vibración lo hizo maldecir más fuerte. Entonces aflojé la mano y traté de meter más. Me fui relajando, tragando saliva, dejando que la punta avanzara hacia el fondo de la garganta. Tosí un poco la primera vez, pero no me importó. Volví a intentarlo, más despacio, hasta que sentí ese límite incómodo y excitante donde el cuerpo quiere apartarse y la cabeza dice que siga.
Él me sostuvo el pelo hacia atrás.
—Tranquila. No te apresures.
Le acaricié los huevos con la otra mano, masajeándolos mientras seguía mamándola. Luego bajé la boca y me los chupé uno por uno, húmedos, pesados, metiéndomelos un momento y soltándolos con saliva. Su reacción fue inmediata: un gemido grave y un movimiento involuntario de cadera.
—Hostia, Abril… no me jodas…
Eso me animó más. Volví a su polla y esta vez sí la llevé bastante más adentro, dejándola resbalar hasta donde pude antes de apartarme jadeando. Mis labios ya estaban empapados, igual que la base de su verga y parte de su vientre. La escena me excitó tanto que me pasé la mano entre las piernas y noté que estaba otra vez muy mojada.
Gael me vio hacerlo y me agarró de la muñeca.
—No. Esa mano aquí.
La puso sobre su culo. Yo apreté y seguí mamándola, cada vez con más ritmo. Mi cabeza subía y bajaba, mi lengua jugaba con la parte de abajo, la saliva sonaba obscena en el cuarto. Él empezó a perder compostura. Jadeaba, me decía tacos al oído, me apretaba el pelo con más fuerza aunque sin hacerme daño.
—Me voy a correr si sigues así.
Lo saqué de la boca un segundo y lo miré.
—Quiero que te corras en mi boca.
Sus pupilas se abrieron un poco más. Me acarició la mejilla con el pulgar, casi con ternura, mientras la polla le temblaba en la mano.
—Eres una puta tentación.
—Entonces dame la polla y deja de hablar.
Se rió entre dientes, sorprendido por mi tono, y yo me la volví a meter. Esta vez sin dudas. Chupé más fuerte, más rápido, mojándolo todo. Le lamí la punta, bajé hasta la base, volví a tragar lo que pude. Mis ojos empezaron a lagrimear por el esfuerzo, pero no paré. Quería sentirlo correrse. Quería esa descarga caliente y espesa llenándome la boca.
Gael soltó una maldición larga y me agarró la cabeza con ambas manos.
—No puedo más… joder… no pares…
Apreté los labios y seguí. Un segundo después lo sentí endurecerse todavía más y darme las primeras sacudidas. La corrida me explotó en la lengua caliente y espesa. Él gimió con la mandíbula tensa mientras me la echaba dentro. Yo me tragué lo primero, aparté apenas para respirar y volví a recibir otra tanda en la boca. Parte se me escapó por la comisura y cayó sobre mi barbilla.
No me dio asco. Al contrario. Me excitó una barbaridad. Tragué despacio lo que tenía, saqué la lengua para mostrarle lo que quedaba y luego lamí la gota que se me había escapado del labio. Gael me miró como si acabara de perder la cabeza por completo.
—La madre que te parió…
Se dejó caer sentado en la cama, sin aliento. Yo seguía de rodillas entre sus piernas. Él me llevó hacia sí, me besó con fuerza y pude saborear en su boca una mezcla de mí y de él. Eso me puso aún más sucia.
—Ven aquí —dijo.
Me subió a la cama y me tumbó boca arriba. Yo pensé que todo terminaría ahí, con mi mamada y un rato de besos, pero al notar que él volvía a ponerse duro contra mi muslo entendí que la noche no había acabado.
—Creí que ya estabas servido.
—Contigo no se acaba tan fácil.
Me abrió las piernas otra vez y frotó la punta de su polla por mi coño húmedo, despacio, embarrándome con saliva y con mis propios fluidos. El contacto me hizo estremecerme. Aun así, cuando notó mi gesto dudoso, se detuvo.
—No voy a metértela si no quieres.
Respiré hondo. Yo no había ido a la fiesta pensando en eso. Mi plan, si es que se le podía llamar plan, era solo chuparla y quitarme el antojo. Pero estaba excitada, satisfecha y al mismo tiempo más abierta a él de lo que esperaba.
—No quiero correr —le dije—. Quiero que entres despacio.
Asintió. Se colocó encima de mí, apoyado en un brazo, y con la otra mano guio la polla a mi entrada. La punta presionó, se abrió paso un poco y se quedó quieta, dándome tiempo. Luego empujó otro centímetro, después otro. Yo me aferré a sus hombros y solté el aire entre dientes.
—Mírame —me pidió.
Lo hice. Y mientras lo miraba, él terminó de hundirse despacio. Sentí el grosor llenándome, la presión distinta a los dedos, el peso real de una polla dentro. Me dolió apenas al principio, pero el placer empezó a cubrirlo enseguida.
—Así —murmuré.
Gael besó mi boca y comenzó a moverse. Corto primero. Lento. Sacando solo una parte y volviendo a entrar para que mi cuerpo se acostumbrara. El sonido húmedo volvió enseguida. Yo le rodeé la cintura con las piernas y empecé a acompañarlo.
—Estás apretadísima —gruñó.
—Sigue.
Lo hizo. Cada vez con un poco más de profundidad, un poco más de ritmo. Ya no había nervio en mí, solo un calor animal subiendo otra vez por el vientre. La forma en que me follaba era firme pero cuidada, como si de verdad le importara leer mi cuerpo. Y eso me soltó por completo.
Le arañé la espalda cuando empezó a darme embestidas más duras. Su pelvis chocaba contra mí y la cama crujía bajo nosotros. Me besaba a ratos, a ratos se quedaba mirándome con esa cara de hambre concentrada mientras me metía la polla hasta el fondo.
—Qué coño haces tan bien, Abril —dijo entre jadeos—. Muerdes, chupas, aprietas… me estás volviendo loco.
Metí una mano entre nuestros cuerpos y me toqué el clítoris mientras él seguía entrando y saliendo. Fue demasiado. Unas pocas caricias bastaron para dispararme otra vez. Me corrí apretándolo por dentro, gimiendo contra su cuello, y Gael respondió con varias embestidas profundas y desordenadas, perdiendo el control.
Se salió a tiempo y se corrió sobre mi vientre y parte de mi pubis, con la respiración rota. Miré el semen caliente cayéndome sobre la piel y no supe si reírme o gemir. Al final hice ambas cosas.
Él se dejó caer a mi lado unos segundos y luego me pasó la mano por el abdomen, recogiendo parte de la corrida con los dedos. Me los llevó a la boca. Yo los lamí sin apartar la mirada. Su expresión fue casi de rendición.
—Contigo no se puede jugar limpio.
—Yo no vine a jugar limpio.
Nos vestimos con calma, todavía besándonos entre prenda y prenda. Antes de salir del cuarto, Gael me apoyó contra la puerta y me dio un último beso largo, de esos que parecen firmar algo aunque nadie lo diga en voz alta.
Cuando volvimos a la sala, Nerea nos vio la cara y soltó una carcajada obscena. No hizo falta que le contara nada esa noche. Ya lo sabía. Aun así, más tarde, cuando nos quedamos solas en la cocina, me acorraló para sonsacarme detalles y yo terminé confesándole todo: cómo me había comido el coño, cómo se la mamé, cómo se corrió en mi boca, cómo acabamos follando cuando se suponía que yo no pensaba llegar tan lejos.
—Te lo dije —sentenció, sirviéndose agua—. No necesitabas novio. Necesitabas una buena polla y un hombre que supiera usarla.
Le pegué en el brazo, riéndome, pero por dentro sabía que tenía razón.
El lunes siguiente fui yo quien escribió primero a Gael. No para fingir indiferencia ni para preguntar si aquello había sido un error. Le mandé algo mucho más sencillo y mucho más honesto.
—Sigo pensando en tu polla.
Su respuesta tardó segundos.
—Yo sigo pensando en tu boca. ¿Cuándo repetimos?
Y así empezó todo de verdad. Lo demás, supongo, pertenece a otras confesiones.