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Relatos Ardientes

El secreto que la abadesa ocultaba a su confesor

Todas las religiosas del convento confiaban en que, una vez nombrada abadesa, sor Clemencia estaría tan ocupada con las obligaciones del cargo que abandonaría aquel trato directo con ángeles y demonios. Se equivocaban. Sus trances no remitieron; al contrario, se volvieron más vívidos y trascendentes. La abadesa siguió ejerciendo de cronista de la voluntad de Dios, pues siempre recibía instrucciones precisas y oportunas para cada apuro que se le presentaba.

La visión que cerró el breve periodo de calma posterior a su elección fue la más nítida de todas. En ella, sor Clemencia aparecía ataviada como Santa Catalina, y por una vez no hubo bruma ni confusión: era el relato de la samaritana junto al pozo. Al acercarse, vio allí a un hombre cansado que le habló con voz quebrada.

—Por favor, buena mujer, dame un poco de agua.

—¿Cómo tú me pides a mí de beber, siendo yo de tierra despreciada? —respondió ella, extrañada.

—Si conocieras el amor de Dios y supieras quién te lo pide, serías tú la que rogaría agua, y yo quien te la diera. Porque…

—«El que beba del agua que yo le daré no tendrá nunca sed» —completó sor Clemencia, citando las escrituras de memoria.

—Así es, mujer.

A sus treinta y tantos años, la abadesa empezaba a ser consciente del poder y del peligro de aquello que veía. Como creyente fervorosa, nunca dudó de que las visiones fueran reales. Su duda era otra, más fina: desentrañar si nacían de Dios o del infierno. San Pablo ya lo había advertido: el propio Satán se disfraza de ángel de luz para cegar a los hombres, y muy en especial a las monjas piadosas. Aun así, el miedo que sintió al principio fue cediendo a una serenidad nueva, casi a un coraje, y poco a poco se descubrió enamorada de aquel ángel esbelto que tan a menudo la visitaba.

Cuando refirió sus apariciones, ni el padre confesor ni el delegado del obispo pusieron en duda su autenticidad. Algunas habían ocurrido ante testigos que, sin ver las imágenes, sí presenciaron el trance: la habían visto gesticular y emitir sonidos incomprensibles en un tono impropio de mujer, sorda por completo a las llamadas de sus hermanas. Las razones para aceptarla fueron, sin embargo, muy distintas. Para el representante del obispo, aquellas visiones eran la ocasión de que un convento modesto ganara fama y prestigio. Para el maduro confesor, eran la excusa perfecta para gozar de la compañía de la abadesa.

***

Una tarde de sábado, terminados los oficios, el padre Rodrigo mandó llamar a sor Clemencia a su estudio para ahondar en el asunto de sus arrobamientos. El astuto sacerdote le aconsejó que no intentara reprimir aquellas apariciones, pues padecerlas era designio divino. Es más, insinuó que semejante tormento la haría más humilde, virtud imprescindible en una monja.

Después le preguntó qué creía que Dios había querido transmitirle con la visión de la samaritana. La abadesa, que de tonta no tenía un pelo, fingió que su escaso conocimiento de las escrituras no le permitía responder. Quería descubrir las verdaderas intenciones del confesor, y vaya si las descubrió.

Aunque siempre se había sentido atraída por otras mujeres, sor Clemencia sabía que permitir que don Rodrigo la follara era parte del precio de sus planes. Soñaba con que la casa que encabezaba, Nuestra Señora del Consuelo, creciera al ritmo de la próspera ciudad de Astorga hasta igualar el prestigio de las órdenes más ilustres. Se sabía agraciada por el Espíritu Santo y ansiaba que su nombre quedara grabado en la memoria de las gentes y en los sillares de la futura catedral. Estaba decidida a recorrer el camino hacia la santidad, y a salvar cuanto obstáculo apareciera, incluido el de ganarse la complicidad de aquel hombre abriéndole las piernas cuantas veces hiciera falta.

La joven visionaria se hizo tan célebre que, cada vez que las monjas procesionaban en Semana Santa, una multitud venida de todos los alrededores acudía a verla y a suplicarle de todo, desde recobrar la vista hasta quedar encinta. Para difundir su obra, la abadesa mandó imprimir unos pliegos que detallaban sus visiones y que luego se repartían en misa entre los pudientes, los únicos que sabían leer. Las donaciones a cambio de compartir con ella una comida o una infusión se hicieron tan frecuentes que hubo que nombrar a una monja como secretaria.

Pero si esperaba que sus hermanas la sostuvieran y reconocieran sus dones, pronto se llevó un cruel desengaño. Salvo un puñado de fieles, la dejaron sola frente a sus miedos y la trataron con un sutil rechazo, una aprensión que ella notaba en cada pasillo.

***

Con el paso de los meses, las cosas tomaron un cariz inquietante. En lugar de encuentros con ángeles celestes, sor Clemencia era asaltada de noche por mozos apuestos que intentaban follársela y, al resistirse, la golpeaban con palos, la escupían y le lanzaban piedras. Los ataques se repetían varias veces por semana, seguidos de dolores que duraban horas. La abadesa apenas dormía, su cuerpo se deterioraba y, lo más turbador de todo, solía despertar cubierta de hematomas.

Aquellos viles muchachos no se conformaban con golpearla: también querían corromperle el alma. La instaban a huir del convento, a reunirse con ellos a la orilla del río. Le advertían que su belleza se marchitaría a la sombra de los altos muros, que perdería allí los mejores años de su vida sin saber siquiera si al final le sería concedida la salvación. Le describían con lujo de detalle lo que le harían: cómo le arrancarían el hábito de un tirón, cómo le abrirían el coño con la lengua hasta que gimiera, cómo se turnarían para metérsela por delante y por detrás mientras ella suplicaba más.

El que parecía el cabecilla insistía en que renunciara a sus votos. Primero la cortejaba con palabras dulces, con versos y obsequios; aquel ángel resplandeciente llegó a pedirle matrimonio y le mostró el anillo que ansiaba ponerle. Ella siempre respondía lo mismo.

—Quiero ser esposa de Cristo, no la tuya —afirmaba con firmeza.

La negativa lo enfurecía, y entonces revelaba su naturaleza verdadera golpeándola en el rostro con una crueldad sin medida, como si así esperara doblegarla. Y lo peor, sabía la abadesa en lo hondo de su trance, no era resistirse: era ceder. Porque si lo aceptaba, si abandonaba el muro por aquel hombre, el ángel se convertía en un dueño. Llegaban las prohibiciones, los celos, el control de cada paso, las amenazas susurradas al oído. El desprecio se volvía norma; los empujones, costumbre. Una noche él aparecía bebido, balbuceante, y al rechazarlo ella el primer puñetazo la espabilaba de golpe con un pensamiento absurdo girándole en la cabeza: «me ha pegado como a un hombre». Cuanto más se defendía, más feroces eran las patadas, hasta acabar hecha un ovillo a los pies de la cama. Y al verse luego la cara ensangrentada en el reflejo, lo primero que pensaba no era huir, sino limpiarse deprisa, porque él se enojaría si la veía así.

A la mañana siguiente, para desconcierto del convento entero, en la espalda y los brazos de sor Clemencia aparecían señales de haber sido golpeada. Ella juraba que ni miraba a aquellos hombres, que se persignaba para protegerse, pero que eso solo los enfurecía y la atacaban con más saña. Cuando ya no podía soportarlo, el terror vencía su reparo a perturbar el sueño de las demás y pedía auxilio a gritos.

***

Aquellos tumultos alertaron al fin al padre Rodrigo sobre el deterioro de la abadesa, que él resolvió asignándole una compañera para sus batallas contra el diablo. Se trataba de Lucía, una novicia de las Indias, de veinticinco años, con la que sor Clemencia mantenía una amistad estrecha. La preocupación por la monja que había obrado el milagroso crecimiento del convento, y las bulas de las autoridades, hicieron que el sacerdote consintiera en que ambas compartieran celda incluso de noche. Más tarde tendría razones para arrepentirse: sin saberlo, le había puesto en las manos el instrumento de sus fantasías. Por entonces creyó, ingenuo, que Lucía solo le brindaba compañía y abrigo frente a las pesadillas.

Se equivocaba de medio a medio. La primera noche que compartieron jergón, Lucía esperó a que las campanas de maitines se apagaran en la lejanía para deslizar la mano bajo el hábito de la abadesa. Sor Clemencia no la detuvo: al contrario, guio aquellos dedos morenos hasta su coño ya empapado y se los clavó dentro de un envión. La novicia, que de novicia no tenía nada en aquellas artes, le mordió el cuello mientras la penetraba con dos dedos y le buscaba el clítoris con el pulgar, dibujándole círculos lentos, precisos, hasta hacerla arquear la espalda contra el jergón. La abadesa se mordía el puño para no gritar, y cuando ya no pudo más, Lucía le tapó la boca con la otra mano y le susurró al oído que se corriera despacio, que se corriera para ella. Sor Clemencia obedeció con un espasmo largo que le empapó los muslos y los dedos de la india.

Luego fue el turno de Lucía. La abadesa la desnudó con manos temblorosas, le lamió los pezones oscuros hasta ponérselos duros como huesos de aceituna y bajó por el vientre hasta enterrar la cara entre sus muslos. Le abrió el coño con los dedos y le pasó la lengua entera, de abajo arriba, deteniéndose a chuparle el clítoris con hambre atrasada de años. Lucía le agarró la nuca y le empujó la cabeza contra su sexo, follándole la boca con la cadera hasta correrse con un jadeo ahogado que Cristo, desde el crucifijo de la pared, hubo de escuchar en silencio. Desde aquella noche, no hubo una sola en que las dos monjas no se buscaran bajo las sábanas, y las visiones de sor Clemencia se volvieron, por unas horas, tan mundanas como el sabor del coño de su amante.

La construcción del nuevo convento concluyó cinco años después. Era un edificio amplio que facilitó que el papa Gregorio XV accediera a la petición de clausura total; así las monjas ya no tendrían que salir a oír misa entre la población laica. Lejos de ser un detalle menor, la clausura otorgaba un prestigio enorme y atraía a jóvenes de la nobleza con dotes sustanciosas. La fama de la abadesa no dejaba de crecer, y el día del traslado casi nadie faltó a la procesión. Quién sabe si fueron los vítores del gentío los que hicieron que sor Clemencia viera, en uno de los balcones, a la Virgen María, que —anunció, radiante— les ofrecía dos ángeles de la guarda para escoltarlas hasta la puerta de la nueva casa.

Aunque fue la única en ver la aparición, aquel balcón se convirtió en lugar de peregrinaje, y la afluencia llegó a congestionar una de las calles más transitadas de la ciudad.

***

Tres meses después del traslado, sor Clemencia recibió los estigmas. Serían las dos o las tres de la madrugada cuando un ángel le preguntó si estaba dispuesta a sufrir como Jesucristo en la cruz. Antes de asentir, ella expuso sus dudas sobre si era esa la voluntad de Dios; entonces el ángel trazó la señal de la cruz, confirmando que no era el demonio quien deseaba imprimir sobre ella las llagas sagradas. Sintió un dolor agudo en la sien, en las palmas, en el dorso de los pies y, por último, en el costado. Superado el calvario, le sobrevino una dicha como jamás había conocido su corazón.

Lucía fue el único testigo. La novicia, que como siempre velaba junto a ella, la oyó murmurar: «Señor mío, hay otras mejores que yo; no merezco esto, que soy pecadora». Y cuando se acercó, vio las marcas ya abiertas en manos y pies, la sangre brotando despacio, igual que la de Cristo en el madero.

Horas más tarde, mientras retiraba las sábanas para lavar la sangre antes de que se secara, Lucía halló una lasca de porcelana escondida tras una pata de la cama. No le hizo falta más para comprender el uso que la abadesa le había dado, sobre todo al ver los restos en el filo. Sin pensárselo dos veces, se la guardó en el bolsillo. Nadie difamaría a su benefactora y amante mientras ella pudiera impedirlo.

A diferencia de las visiones, los estigmas no exigían un acto de fe: podían verse y tocarse. Las hermanas no tardaron en rendirle un reconocimiento muy terrenal reeligiéndola abadesa el 9 de mayo de 1627.

***

Para celebrar el nombramiento que afianzaba el proyecto que ambos compartían, el padre Rodrigo cenó esa noche con ella.

—Buenas noches. Me alegra volver a verle, padre.

—Igualmente. En todos los sentidos, pensó el sacerdote, aunque eso se lo calló.

—¿Quiere que me vista? —preguntó la religiosa, que había cambiado el hábito blanco por una sencilla túnica de paño basto.

—Si es necesario…

Ella sonrió.

—Con usted no hace falta.

—Esta tarde mandé recado y la guardesa no logró dar con usted. ¿Acaso estaba en dulce compañía?

—Solo con unos feligreses —mintió don Rodrigo, con un punto de culpa—. Yo no la buscaba.

—Pero ha venido derecho.

—Seré sincero: no sabía si venir. Pensé que quizá tuviera a alguien. Hoy ha recibido muchas visitas.

—Después de lo de ayer… ¿por quién me ha tomado?

Sor Clemencia se echó a reír y sacudió la cabeza. La tarde anterior él se había comportado de manera impetuosa, exigiéndole cuerpo y alma para quedar saciado. Le había hecho arrodillarse encima del escritorio, le había arrancado el hábito hasta la cintura y la había follado por detrás con la mano hundida en su pelo, tirándoselo hacia atrás como riendas de yegua, hasta correrse dentro de ella con un rugido sordo que hubo de tapar mordiéndole la nuca. Sin más palabras, la abadesa se remangó la túnica, se arrodilló frente a él y le desabrochó los calzones mientras se humedecía los labios.

Don Rodrigo ya no tuvo duda de por quién lo había tomado. Sin escapatoria, bajó la mirada y observó los dedos de la monja pelear primero con el cinturón y luego con el botón. Ella lo retó con los ojos, y él dejó escapar un resoplido cuando, en tres tirones, lo dejó desnudo de cintura para abajo. La polla del sacerdote colgaba pesada, aún blanda, y sor Clemencia se la tomó con las dos manos como quien alza el cáliz, sopesándola con una devoción muy poco cristiana.

Cuando esos dedos rozaron su piel, el sacerdote supo que aquello no era un sueño, por más que se le pareciera. La mano de la abadesa lo tomó con suavidad y empezó a recorrerlo despacio, muy despacio, despertándolo de su letargo. Le acariciaba el glande con el pulgar, en círculos, y luego bajaba el puño cerrado hasta la raíz, apretando lo justo para hacer que la polla se le hinchara a golpes contra la palma. El cabello castaño, casi rubio, le caía suelto sobre los hombros y le tapaba el rostro, de modo que él apenas la veía. Solo notaba la mano cada vez más decidida, el calor que subía de algún lugar oculto y, de pronto, la humedad de su lengua repasándolo entero, desde los huevos hasta la punta, con una lentitud calculada para hacerlo maldecir por dentro.

Ella le lamió los testículos uno por uno, se los metió en la boca con cuidado y los soltó tras chuparlos hasta que él sintió las piernas de trapo. Luego subió por el tronco con la lengua plana, dibujando el reverso de la vena hinchada, y al llegar arriba escupió sobre el glande y esparció la saliva con la mano, sin dejar de mirarlo a los ojos. Don Rodrigo ahogó un jadeo. La monja sonrió con la boca entreabierta y, sin previo aviso, se la tragó entera hasta la base, hundiendo la nariz en el vello del pubis del sacerdote.

Luego llegaron sus labios, generosos y eficaces, marcando un ritmo que ella acompañaba con el vaivén de la cabeza. Chupaba con las mejillas hundidas, saliendo hasta la punta para lamerla con la lengua en aleteo, y volviendo a engullirla entera con un gorgoteo obsceno que resonaba en el estudio como una plegaria del revés. Cuando lo soltaba para tomar aire, un hilo de saliva le colgaba del labio hasta el glande, y ella volvía a usar la mano, masturbándolo con el puño mientras le lamía los huevos empapados. Enseguida lo devolvía al saber hacer de su boca. Vencido, don Rodrigo echó la cabeza atrás sin saber qué hacer con las manos. Ella, en cambio, le rodeó los muslos desnudos y le agarró las nalgas, tensándole las piernas como dos columnas, clavándole las uñas para obligarlo a follarle la boca a su ritmo.

—Voy a terminar, madre —tartamudeó él.

La confesión solo hizo que los gestos de la abadesa se volvieran más decididos, más obscenos. Se sacó la polla de la boca, se abofeteó la mejilla con ella un par de veces y luego se la restregó por los labios, por la barbilla, por el cuello, marcándose la cara con la saliva y el líquido preseminal del cura. «Córrase en mi boca, padre —susurró—, corrame dentro que se lo he ganado hoy». El sacerdote dejó de saber si estaba dentro o fuera, si lo lamían o lo chupaban, si ella sonreía de orgullo o estaba simplemente un poco loca. Experimentado en aquellas lides, aguantó cuanto pudo, y ella redobló sus ardides: lo engullía despacio mirándolo a los ojos, deseando que la viera comérselo vivo, y lo soltaba justo a tiempo para que la batalla durara un poco más. Le apretaba la base con el pulgar y el índice, cortando el desahogo, y le sonreía maligna cuando él soltaba un gruñido de frustración.

Le bastaron al final cuatro o cinco roces de la punta de la lengua, apenas unos segundos, para desencadenar lo inevitable. La primera descarga de semen le cayó en la lengua, y ella la mantuvo abierta para que él la viera acumularse, blanca y espesa; la segunda la recibió en los labios, y la tercera y la cuarta le salpicaron el mentón y el crucifijo que le colgaba del cuello. Él se balanceó adelante y atrás siguiendo cada espasmo como un autómata, y ella aguardó hasta la última sacudida antes de exprimirlo con la yema del pulgar, recogiendo la última gota con la punta de la lengua. Luego, sin apartar los ojos de los suyos, se tragó todo lo que le había quedado en la boca de un solo trago sonoro, se relamió y le besó la punta reblandecida de la polla como quien besa una reliquia.

—Enhorabuena, abadesa.

—¿Por la reelección?

—También —farfulló el cura—. Pero es que no tiene usted rival en este convento. Y puede que tampoco fuera de él.

Sor Clemencia volvió a sonreír, pícara, mientras sus dedos prodigaban las últimas caricias a un cuerpo exhausto y vencido, jugueteando con los huevos vacíos del sacerdote. Mañana habría pliegos que imprimir, donaciones que contar y una santidad que seguir fingiendo. Esta noche, en cambio, solo estaban el confesor rendido, el semen aún tibio secándosele en el crucifijo, y el secreto que ninguno de los dos pensaba confesar jamás.

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Comentarios(7)

Facu_mdp

increible, de los mejores relatos que lei por aca en mucho tiempo!!!

SebasXL

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como termina todo esto

MarisolDelSur

Que bien escrito, se nota que hay talento. Me tuvo enganchada de principio a fin, no pude parar de leer.

LectorK

Lo que mas me gusto es el ritmo de la historia, no apura las cosas y eso hace que todo fluya de manera natural. La tension entre los personajes esta muy bien lograda. Espero mas relatos de este tipo.

NachoCba88

me recordo a una pelicula que vi hace años, ese ambiente tan cargado de tension y secretos. Buenisimo

Ines_78

¿Pensas continuar la historia o fue un relato cerrado? Quede con mucha intriga

GabrielCuritiba

tremendo el giro al final, no me lo esperaba para nada jaja

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