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Relatos Ardientes

El cliente maduro de la panadería de mi barrio

Hay rutinas que uno repite sin pensar, hasta que un día algo se tuerce y nada vuelve a ser igual. La mía era bajar los sábados por la mañana a la panadería que está a tres calles de mi casa, esa de toda la vida que hace los pastelitos de hojaldre que me vuelven loca. A mis veinticinco años ya me consideraba una mujer de costumbres: el café, el periódico que no leía y mi bolsa de bollos calientes de vuelta a casa.

Por ser cliente habitual una termina conociendo a todo el mundo. Al dueño, a las dos chicas del mostrador, y a los parroquianos de siempre que coincidían a la misma hora que yo. Entre ellos estaba Marcos.

Marcos era un hombre maduro, de unos cuarenta y ocho años, aunque su edad exacta la supe bastante después. Tenía entradas, alguna cana asomando en una barba corta y bien cuidada, y una pequeña tripa que no le quedaba nada mal. Era de esos hombres que envejecen con seguridad, sin pelear contra el tiempo. Siempre amable, siempre con una palabra agradable.

—Buenos días, Carla. ¿Qué tal va la semana? —me decía cada vez, y se quedaba escuchando la respuesta como si de verdad le importara.

Durante meses fue solo eso. Un saludo cordial, una charla de dos minutos en la cola, el comentario sobre el calor o sobre lo bien que olía el horno. Nada más. Yo lo tenía catalogado como el señor simpático de la panadería y punto.

El cambio empezó un sábado de finales de primavera, uno de esos días tontos en los que no sabes si vas a pasar frío o calor. Ya apretaba el bochorno por las mañanas, así que bajé con lo puesto: una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos. Nada del otro mundo, ropa fresca para ir y volver sin acalorarme.

***

Llegué y había cola. El dueño se había metido a la trastienda a buscar un encargo, y delante de mí solo estaba una señora mayor. Detrás llegó Marcos, con su sonrisa de costumbre.

—Carla, qué puntual eres siempre —bromeó.

Empezamos a hablar de cualquier cosa, como tantas otras veces. Pero esa mañana noté algo distinto. Mientras conversábamos, de vez en cuando se le escapaba la mirada hacia mi escote. No me molestó; me parece de lo más natural mientras no se quede uno clavado mirando. Lo que me hizo cambiar la cara fue otra cosa.

A un lado del local había unas neveras de cristal con refrescos y algunas tartas. En ese cristal, si te fijabas, se reflejaba media tienda. Y al mirar de reojo me di cuenta de que, cuando yo me giraba hacia el mostrador, Marcos no me quitaba los ojos del culo.

Así que era eso.

No voy a mentir: me gustó. Saber que aquel hombre maduro y tranquilo, el del saludo educado, me estaba devorando en silencio me puso de un humor extraño. Travieso. Algo se encendió dentro de mí, una especie de juego que decidí jugar sin avisar. Sentí cómo se me endurecían los pezones bajo la camiseta de tirantes, sin sujetador, marcándose descaradamente, y supe que él también lo estaba viendo.

Empecé a moverme un poco más de la cuenta. Me inclinaba hacia las baldas de abajo con calma exagerada, dejándole una vista privilegiada del escote y del arco de mi espalda hasta el nacimiento del culo, donde los pantalones cortos se me clavaban entre las nalgas. Me giraba para hablarle gesticulando cerca del pecho, le hablaba con una voz más suave de lo habitual. Deberíais haber visto cómo se le subían los colores. Si no hubiera habido más gente, juraría que aquel hombre habría intentado algo allí mismo.

Llegó mi turno, hice el pedido —los benditos pasteles de hojaldre— y, al recogerlo, no pude evitar echar un vistazo rápido a su entrepierna. Había un bulto interesante empezando a marcarse bajo el pantalón, una polla que se adivinaba gruesa y ya medio empalmada, apretada contra la tela. Él notó que yo lo había visto. Le sonreí con toda la picardía que fui capaz de reunir, me relamí los labios sin disimulo y me marché sin decir nada, sintiendo su mirada clavada en el culo hasta la puerta.

***

A partir de aquel día, nuestros encuentros cambiaron de tono. Cada sábado había miradas que duraban un poco más, frases con doble sentido, risas que se alargaban. Yo coqueteaba, él respondía, y la tensión iba subiendo semana a semana como quien sube el volumen muy despacio.

Hasta que una mañana la panadería estaba a reventar. Demasiada gente, demasiado calor dentro. Marcos y yo, sin ponernos de acuerdo, decidimos esperar fuera, en la acera, a que bajara la marabunta. Y allí, sin el público del mostrador, el tonteo se nos fue de las manos.

Primero fue su mano en mi hombro, como sin querer. Después un roce en el brazo. Luego se arrimó lo justo para que yo notara, contra la cadera, la polla dura que llevaba semanas adivinando. Yo no soy de piedra. Los hombres maduros siempre me habían llamado la atención, y tener a uno así, tan seguro, tan caliente, con esa verga marcándose contra mí, me estaba poniendo a mil. Notaba el coño ya húmedo bajo los pantalones cortos, latiendo.

En un arranque que ni yo misma esperaba, le hice un gesto. Uno nada sutil, la verdad: empujé la lengua contra la mejilla por dentro, imitando el bulto de una polla en la boca, y dejé clarísimo lo que estaba pensando. Marcos abrió los ojos de par en par. Se acercó a mi oído mientras su mano bajaba despacio por mi espalda.

—¿Lo dices en serio? —susurró—. Ese gesto… ¿de verdad te la quieres chupar?

Os confieso que, por pura inocencia, esperaba que reaccionara como los chicos de mi edad. Esos que cuando provocas se quedan mirándote embobados, mordiéndose el labio, y como mucho el más valiente se atreve a intentar algo. Marcos no. Marcos fue directo al grano, y la pregunta, dicha así, sin filtro, me pilló totalmente desprevenida. Me encendió todavía más. Se me escapó un jadeo bajo.

—Ajá… —respondí mordiéndome el labio—. Entera. ¿Podemos ir a tu casa?

—Uff… por supuesto. Ahora mismo.

Mientras nos alejábamos de la panadería, su mano terminó de bajar hasta mi culo y lo apretó fuerte, hundiendo los dedos en la carne por encima del pantalón, antes de retirarla rápido por si alguien miraba. Vivía cerca, a un par de portales. El corazón me iba a estallar y las bragas ya las tenía empapadas.

***

Me hizo subir las escaleras delante de él, seguramente para seguir recreándose con la vista, y de vez en cuando me pasaba la mano abierta por el culo, sin disimular ya, apretándome una nalga a cada tramo. Una vez dentro del piso no hubo invitación a un vaso de agua ni preámbulos. Cerró la puerta de un empujón, me agarró de la nuca y me besó por primera vez, un beso sucio, con lengua desde el primer segundo, mientras su otra mano se me colaba por debajo de la camiseta y me pellizcaba un pezón hasta hacerme gemir dentro de su boca.

—Llevo meses queriendo hacer esto —murmuró contra mis labios—. Meses viéndote pasear ese culo por la panadería y aguantándome las ganas de arrancarte los pantalones.

Me llevó al salón, me sentó de un empujón en el sofá y se bajó los pantalones sin más rodeos. La polla le saltó afuera, dura, gorda, con la punta ya brillante de líquido. No llevaba nada debajo, por eso se le marcaba tanto. Era más grande de lo que había imaginado, mucho más gruesa que las de los chicos de mi edad, con una vena marcada corriéndole por debajo y los huevos pesados colgándole hinchados.

Al ver que iba a ir todo tan directo, simplemente abrí la boca, se la agarré con una mano y me la metí de golpe. Era mi primer hombre maduro, y la idea de estar ahí, de rodillas en el suelo frente a aquel señor que durante meses me había saludado tan educado, con su polla llenándome la boca, me tenía completamente entregada. Empecé despacio, chupando la punta, dando lengüetazos por el glande, saboreando el sabor salado del pre-semen. Después me la fui tragando entera, centímetro a centímetro, hasta que sentí los huevos golpeándome la barbilla.

—Hmmm, joder, qué bien la chupas —jadeó—. No imaginaba que fueras tan guarra, Carla. Con esa carita de niña buena y mira cómo te la tragas.

Le respondí con un gemido ahogado alrededor de la verga, dejando que la vibración se la recorriera entera. Empecé a subir y bajar la cabeza a un ritmo constante, ayudándome con la mano en la base, girando la muñeca, mientras con la otra mano le acariciaba los huevos. Se le escapó un gruñido largo. Entonces me puso una mano detrás de la nuca y marcó él el ritmo, más profundo de lo que yo iba, follándome la boca a su antojo. Se me escapó una pequeña arcada cuando me la hundió hasta el fondo de la garganta, y un hilo de saliva empezó a caerme por la barbilla hasta las tetas.

Yo estaba alucinando: el hombre amable y tranquilo de la cola se había transformado por completo. Ahora era él quien mandaba, quien entraba y salía de mi boca cada vez más rápido, mientras yo apoyaba las manos en sus caderas y me dejaba hacer, con los ojos llorosos y el rímel corriéndoseme por las mejillas.

—Si te soy sincero —dijo con la voz ronca, sacándomela un momento y frotándomela por la cara—, llevaba semanas cascándomela pensando en tu boca. Y mírate ahora, de rodillas, con mi polla llena de tu baba. Estás para follarte hasta reventarte, preciosa.

Me la volvió a meter y me agarró de las coletas para follarme la garganta con más fuerza. Yo respiraba por la nariz como podía, con la cara encendida, dejándome usar, disfrutando como una perra de estar así. A veces se me saltaba alguna lágrima cuando apretaba demasiado, pero en cuanto él lo notaba aflojaba un instante, atento, y enseguida seguía.

Sin sacármela de la boca, se agachó y me arrancó la camiseta por encima de la cabeza. Las tetas me saltaron libres, y él soltó un jadeo al verlas. Se agachó, me apretó una con la mano, se llevó el pezón a la boca y lo chupó fuerte, mordiéndomelo justo lo suficiente para hacerme gemir. Después, sin previo aviso, me metió la mano por dentro de los pantalones cortos y directo al coño. Se encontró con las bragas empapadas.

—Joder, Carla, si estás chorreando —dijo con una media sonrisa—. Se te ha puesto el coño así solo de mamármela, ¿verdad? Levántate.

Me tiró al sofá boca arriba y me arrancó los pantalones y las bragas de un tirón. Me abrió las piernas de par en par y se me quedó mirando el coño depilado, brillante de lo mojada que estaba, antes de hundir la cara entre mis muslos. Me lamió de abajo arriba, en un solo movimiento, y yo grité. Los chicos de mi edad no comían coño así. Marcos sabía lo que hacía. Enredó la lengua alrededor del clítoris, la clavó en la entrada, chupó los labios, y luego volvió al clítoris y se quedó ahí, dándole golpes rápidos con la punta de la lengua mientras me metía dos dedos gruesos.

—Ay, dios, Marcos, así, no pares, joder, no pares… —gemí, agarrándole de la cabeza y empujándomelo contra el coño.

Los dedos me entraban y salían haciendo un ruido obsceno, líquido, y él sacaba la lengua para hablarme sin dejar de meterlos.

—¿Te gusta que te coma este coñito de niña, eh? Mira cómo chorreas encima del sofá, guarra.

Volvió a chupar. Me curvó los dedos por dentro, apretando contra un punto que me hizo levantar la cadera del sofá, y la boca no me daba abasto para gemir. Me corrí con un grito, apretando los muslos contra su cara, temblando entera, mientras él seguía lamiendo hasta el último espasmo.

—Ni te imaginas cómo me pone verte correrte —dijo relamiéndose los labios brillantes—. Ven aquí. Hay algo que siempre quise probar y tú pareces dispuesta.

Me levantó del sofá con una fuerza que no me esperaba y me llevó contra la pared, aún atontada por el orgasmo. Me giró de espaldas, me empujó contra el muro y me obligó a arquear el culo. Sentí la polla apoyarse un instante en la entrada del coño, restregándose, embadurnándose con mi flujo, y después empujó de golpe, hasta el fondo, sin ninguna piedad.

Se me escapó un grito largo. Era gruesa, muy gruesa, y me estiró de una manera que no había sentido nunca. Me quedé sin aire un segundo, con las manos abiertas contra la pared, mientras él se quedaba quieto, hundido, respirando en mi nuca.

—Qué coño más apretado tienes, joder —gruñó—. Voy a follarte hasta que no puedas caminar.

Y empezó a moverse. Fuerte. Golpeaba con las caderas contra mi culo y el sonido de la carne chocando contra la carne se escuchaba en todo el salón, mezclado con mis gemidos y sus gruñidos. Me agarró del pelo, tirando hacia atrás para arquearme más, y con la otra mano me apretó una nalga, separándomela para verse entrar y salir. Yo iba en una nube, con los ojos entrecerrados, sintiendo cómo cada embestida me sacudía las tetas contra la pared fría.

—Dime que te gusta —me exigió—. Dime cómo te gusta tenerla dentro.

—Me encanta, joder, me encanta, no pares, méteme la polla hasta el fondo… —jadeé, apenas capaz de hablar.

Me apoyó la palma abierta en la parte alta de la espalda para pegarme del todo contra la pared y siguió, sin miedo, mirándome de reojo cuando yo giraba la cara buscándole. Yo solo podía sostenerle la mirada y ver cómo disfrutaba, no solo por su expresión, sino por cómo gemía cada vez, con la boca abierta, enseñándome los dientes.

Me sacó la polla de golpe, me giró otra vez, me levantó una pierna hasta apoyarme el pie en el sofá y me la metió de nuevo, ahora de frente, cara a cara. Me follaba pegado a mí, con la lengua metiéndose en mi boca entre embestida y embestida, con una mano estrujándome una teta y la otra debajo de mi culo levantándome un poco para entrar mejor. Sentía la polla golpearme el fondo cada vez, ese punto profundo que me hacía apretar los dientes.

—Me vuelves loco, Carla, me vas a matar —jadeó pegado a mi cuello—. Vas a hacer que me corra ya, joder.

—Sí, córrete, córrete donde quieras —gemí—. Todo, dámelo todo.

—Aguanta, aguanta un poco más, preciosa… —dijo entre dientes, apretando el ritmo.

Me la clavaba a un ritmo salvaje, sin darme tregua. Yo sentía otro orgasmo subiéndome desde los pies, y cuando llegó me agarré a sus hombros y le clavé las uñas, mientras el coño se me cerraba en espasmos alrededor de su polla. Él lo notó y gruñó fuerte.

—Joder, así, apriétamela, apriétamela toda…

La sentí palpitar por dentro y supe lo que se acercaba. Me preparé para lo que fuera, pero en el último momento se retiró de golpe, me empujó otra vez hacia abajo, de rodillas, y justo enfrente de mi cara terminó. La primera raya de semen me cruzó desde la frente hasta la barbilla. Tres, cuatro, cinco chorros más, abundantes, espesos, cayéndome en las mejillas, en los labios, en la lengua que yo saqué instintivamente, y hasta en el pelo. Le seguía saliendo, con la mano meneándosela apurada delante de mí, y yo me quedé quieta, con la boca entreabierta, dejándome pintar entera.

Me quedé con la cara ardiendo, la barbilla pringada, el pecho salpicado y una expresión de éxtasis que no podía disimular. Tragué lo que me había caído en la lengua, lentamente, mirándolo a los ojos, y él soltó un jadeo al verme. Recogió con dos dedos la corrida que me chorreaba por la mejilla y me la acercó a los labios, despacio, empujándomela dentro. La chupé sin apartar la mirada.

—Mira que eres guapa, Carla —dijo con una media sonrisa, sin aliento—, pero así, con la cara llena de mi leche, te sienta de maravilla. Deberías venir más a menudo a que te vacíe los huevos, guarra.

Respiró hondo, soltó una risa baja y me acompañó al baño para que me limpiara. Mientras yo me lavaba la cara delante del espejo, con el semen todavía escurriéndome por el cuello, sus manos seguían recorriéndome por donde querían: una teta, el culo, entre las piernas, metiéndome un dedo perezoso para sentirme aún abierta. A esas alturas yo ya me dejaba hacer sin resistirme lo más mínimo, apretándome contra él. Si soy sincera, me dejaba hacer desde mucho antes.

***

Quedamos en repetir, pero esa ya es otra historia que contaré otro día. Lo que aprendí aquella mañana de calor, entre el olor a pan recién hecho y el reflejo delator de una nevera, es que la gente más tranquila suele esconder los apetitos más intensos. Y que a veces basta una mirada robada al culo de una para que toda una rutina se vuelva del revés.

Marcos siguió saludándome con la misma educación de siempre cada vez que coincidíamos en la cola. «Buenos días, Carla. ¿Qué tal la semana?». Y yo le devolvía la sonrisa sabiendo, esta vez, exactamente la clase de polla que se escondía debajo de tanta cortesía.

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Comentarios(7)

RosaLujan

Increible relato, me dejo sin palabras!!!

SusanaP77

Me paso algo muy parecido con un cliente del lugar donde trabajo. Ese morbo de saber que te miran sin que ellos sepan que vos te diste cuenta... es una sensacion unica que no se olvida.

PatriMar

Por favor continualo, quede con muchas ganas de saber como siguio todo. No lo dejes ahi!!

Fernanda_BA

El espejo nunca miente jajaja. Muy bueno!

LucianaBA

Lo que mas me gusta de los relatos de confesiones es justamente esto, esa tension que se va construyendo de a poco antes de que pase algo. Se siente completamente real, como si lo hubieras vivido de verdad. Excelente narracion.

MiriamZ

buenisimo!!!

DiegoSC

Cuanto tiempo llevabas en la panaderia cuando paso esto? Me imagino la incomodidad de verlo entrar al dia siguiente...

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