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Relatos Ardientes

La noche en que mi mujer cumplió lo que yo callaba

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No somos de playa. Siempre tiramos más para la montaña, para el silencio y el frío de la mañana. Pero ese verano coincidió que nos quedamos solos en casa, sin obligaciones ni hijos cerca, y a Carla se le metió entre ceja y ceja escaparnos unos días a la costa. Yo dije que sí antes de que terminara la frase.

Conviene que lo explique. En apenas medio año nuestra vida en la cama se había transformado más que en las dos décadas anteriores. Habíamos probado cosas que antes ni nos atrevíamos a nombrar en voz alta: un encuentro con un amigo mío, con todas las cartas sobre la mesa y los dos de acuerdo, y después aquella tarde en que Carla y su mejor amiga se quedaron a solas en el salón mientras yo escuchaba desde el pasillo. Nada de eso restaba a lo nuestro. Al contrario, follábamos más y con más imaginación que cuando éramos novios.

Así pasamos esos días junto al mar. Buscábamos cualquier excusa para tocarnos. Una mano que se colaba bajo el bikini en la arena, una foto robada en la terraza de una cafetería, un manoseo apresurado en el ascensor camino de la habitación. Rondábamos los cincuenta y nos comportábamos como dos adolescentes a los que les acaban de dar permiso.

Una tarde, tras una sesión larga en la que recorrí su cuerpo entero sobre las sábanas revueltas del hotel, le susurré al oído algo que llevaba semanas rondándome.

—Me encantaría volver a compartirte —dije, sin dejar de acariciarla.

Ella se rió contra la almohada, todavía con la piel erizada.

—¿Más? Por mí que no quede —contestó.

Seguí jugando con ella hasta que su cuerpo se tensó del todo, moreno por el sol, con las marcas blancas del bikini dibujadas en la cadera. Una mujer espléndida, pensé. Madura, segura, dueña de cada gesto.

Esa misma noche habíamos quedado con su hermana y una amiga para cenar y tomar una copa. Mientras Carla se enfundaba un vestido negro mínimo y unas cuñas de diez centímetros, le pregunté a qué venía tanto despliegue.

—Tenemos una apuesta tonta —dijo, retocándose frente al espejo—. A ver cuál de las tres parece más descarada esta noche.

No pude evitar comprobar yo mismo qué había decidido ponerse debajo. Deslicé la mano por detrás, bajo la tela, y ella me apartó entre risas.

—Para, que no llegamos —protestó, aunque la voz le tembló un poco.

Bajamos al vestíbulo del hotel todavía riéndonos. En el taxi me apoyó la mano en el muslo y la fue subiendo despacio, mirándome de reojo, midiendo hasta dónde me atrevía. Yo le aparté la mano, no por pudor, sino porque sabía que si seguía no llegaríamos ni al primer semáforo. Esa tensión, la de aguantar las ganas sin saber en qué terminaría la noche, era exactamente lo que buscábamos.

***

La cena fue divertida desde el primer minuto. Noelia, la amiga, cumplió de sobra su parte del trato: un escote interminable y una soltura que llamaba la atención de todas las mesas. Sofía, la hermana de Carla, separada hacía poco y unos años menor que ella, llevaba un vestido amarillo precioso. Pero lo que de verdad nos descolocó fue su acompañante.

Sofía había aparecido del brazo de un chico que no llegaría a los veinticinco. Se llamaba Damián, trabajaba como guía turístico y tenía esa clase de sonrisa que abre puertas. Era evidente que la usaba a diario con sus clientas. Resultó ser, además, un tipo simpático y conversador, así que la velada se nos pasó volando entre anécdotas y vino.

Cuando salimos a buscar un sitio para bailar, fuimos directos a una discoteca conocida del paseo. Damián saludaba a los porteros por su nombre, y entre eso y nuestras tres acompañantes, entramos por la fila preferente sin esperar ni un minuto.

Dentro, con los primeros mojitos en la mano, se acercaron a saludar dos amigos suyos. Eran dos chicos jóvenes, fibrados, de los que cuidan cada músculo y no tienen el menor reparo en lucirlo. Tampoco lo tenían en lanzarse a por cualquier mujer que pasara cerca, la conocieran o no.

A Sofía y a Damián les costó poco empezar a bailar pegados, de una manera abiertamente provocadora, jaleados por las risas de su hermana y de Noelia. Reconozco que mirarlos era excitante. Él la apretaba contra su cuerpo y ella respondía con una soltura que yo nunca le había visto en sus años de matrimonio formal. Una noche cálida de verano, pensé, lo perdona todo.

Bastó un descuido para perder la primera batalla. Fui a la barra a por otra ronda y, cuando me giré, Carla y Noelia ya bailaban con los dos amigos de Damián. Me fijé en Carla. El chico que la sostenía pasaba del metro ochenta, no tendría más de veintidós años, y la rodeaba con los brazos de manera que entre ellos no cabía ni el aire.

A pesar de su tamaño, se movía con un ritmo que no presagiaba nada inocente. Carla, lejos de incomodarse, le recorría los brazos y el torso con las manos de una forma inquietante. De vez en cuando se decían algo al oído, acercando tanto las caras que no supe si llegaban a rozarse los labios.

Al rato ella se separó, vino hacia mí de la mano del muchacho y, sin rodeos, me lanzó la frase que lo decidió todo.

—Querías compartirme. Es esta noche.

Un pinchazo de celos me cruzó el pecho, breve, y enseguida lo apagó otra cosa más fuerte. Le devolví un beso húmedo.

—¿Por qué no? —contesté.

A partir de ahí todo se aceleró. Los bailes cada vez más cerrados, la manera en que él le sujetaba las caderas, los primeros besos que surgieron sin pedir permiso. Sofía reapareció de algún rincón oscuro, despeinada y risueña, y me dio un codazo cómplice.

—¿Pero a Carla le van los jóvenes? No tenía ni idea —dijo divertida.

—Eso parece —reí.

—Carpe diem, cuñado. Hay que probarlo todo —soltó, y se alejó dándome un pico en la mejilla.

***

Era hora de marcharnos, antes de que aquello acabara desbordándose en plena pista. Nuestro hotel quedaba a seis o siete minutos, así que salimos los tres juntos. Carla iba en medio, repartiendo besos a un lado y a otro, mientras el chico —se llamaba Marco— nos sujetaba a ambos por la cintura. Intentamos entrar en el hotel con discreción, pero en el ascensor él ya no se contuvo: la arrinconó contra el espejo y la apretó contra su cuerpo.

En cuanto entramos en la habitación, Carla se quitó el vestido. Se quedó con la ropa interior negra y las cuñas, y se volvió hacia mí buscando indicaciones.

—Yo solo quiero mirar —le dije.

Ella insistió en que jugáramos los tres, pero yo tenía claro lo que quería. Quería verla con otro. Quería ese morbo entero para mis ojos.

Marco no tardó en desnudarse. Era de constitución imponente, mucho para una mujer menuda como Carla, de curvas justas y caderas bonitas. Se colocó a su espalda y empezó a recorrerla con las manos mientras ella buscaba acariciarlo. Entre los mojitos y la excitación, se mecían como en un baile lento, y la erección del muchacho dejaba claro que la cosa iba en serio.

Él le mordía el cuello, le apretaba los pechos, apartaba la tela para abrirse paso. Carla me llamó entre gemidos y me acerqué. La besé, la acaricié junto a Marco un instante, y le repetí al oído que prefería seguir mirándolo todo. Saqué el móvil y empecé a hacer fotos. Ella mantuvo la mano tendida hacia mí mientras yo retrocedía, como si no quisiera soltarme del todo.

Ya completamente desnuda, se sentó en el borde de la cama y observó de cerca al chico. Entre una risa nerviosa y un gesto de pudor fingido, lo tomó entre las manos y empezó a lamerlo despacio. Me resultaba hipnótico ver a mi mujer entregada de esa forma, con una mezcla de descaro y vértigo que no le conocía.

Me acerqué un momento, solo para tenderle un preservativo. Marco me preguntó con la mirada si hacía falta, y yo asentí. Se lo puso obediente y la empujó con suavidad sobre el colchón. A Carla solo le quedaban las cuñas, y las piernas se le abrieron solas, esperando.

Él fue entrando despacio, abriéndose camino, y ella gimió en esa frontera exacta entre el placer y el quejido. Le buscó la cara con una mano y le clavó las uñas en el antebrazo, pidiéndole sin palabras que fuera con calma. Después empujó hasta el fondo, y Carla soltó un gemido largo, entrecortado, que se me quedó grabado. La habitación olía a sudor y a perfume mezclados, y el único sonido era el de su respiración y el roce de las sábanas. Yo asistía al espectáculo desde un par de pasos, excitado como pocas veces. Me gustaba mi mujer, y me gustaba verla desde un sitio desde el que nunca la había mirado: la que en cada embestida se desplazaba sobre la cama, perdida, dueña y a la vez entregada.

Así arrancó lo que sería una noche interminable. Se deseaban de verdad. Ella, el morbo de un cuerpo joven y atlético; él, la elegancia de una mujer madura que sabía exactamente lo que quería. En un momento Carla le pidió que se detuviera, le quitó el preservativo y volvió a su boca, como si reclamara el control de la escena. Luego cambiaron de postura, y los dos me miraron pidiendo permiso para ir más allá. Asentí.

Me incorporé, ya cansado de solo mirar, y Carla me buscó a mí mientras Marco seguía a su espalda. Entre tanta tensión acumulada no aguanté mucho. Ella se entregaba con una avidez salvaje, reclamándome a su manera, recordándome a quién pertenecía aunque tuviera a otro encima. Marco terminó poco después, marcando su espalda morena.

Cuando todo se calmó, solo quise una ducha rápida. Me vestí en silencio mientras ellos seguían enredados, sin prisa, y pensé en bajar a ver si encontraba todavía a Sofía y a Noelia, a dejar que la noche siguiera su curso sin mí.

Cerré la puerta despacio. Desde el pasillo todavía la oía reír. Carpe diem, me dije, y sonreí camino del ascensor.

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Comentarios(8)

Marce2116

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

NocheEscarlata

Me quede sin palabras. Se siente tan real, tan honesto. Gracias por compartirlo.

SandroViajero

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de saber mas. No te pares aca.

Roque_MZA

tremendo!!!

Tato_Norte

Me recordo a una noche con mi pareja que jamas olvido. Esas noches cambian todo.

AndreaMar

Me gusto mucho como lo contaste desde adentro, sin exagerar nada. Se nota que fue algo real, que te marcó. Hay una vulnerabilidad en el relato que pocos autores logran y que hace que uno se enganche de principio a fin.

PatricioLM

¿hay segunda parte? porque así no puedo quedarme...

LucilaK

El titulo ya te atrapa. Y el relato no defrauda. Muy bien llevado.

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