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Relatos Ardientes

Embarazada, dejé que él mandara y mi marido solo miró

Hay cosas que una no confiesa ni a su mejor amiga, y sin embargo aquí estoy, contándolo todo. Desde que quedé embarazada de mi tercer hijo, algo dentro de mí se desbocó. No era ternura. No eran antojos de helado a medianoche. Era un hambre distinta, espesa, que me despertaba a las cuatro de la mañana con el cuerpo ardiendo y la cabeza llena de imágenes que jamás había imaginado antes.

Mi marido lo notó enseguida. Cómo no iba a notarlo, si dormíamos en la misma cama y yo me movía como una gata inquieta toda la noche. Lo que no sabía —lo que tardó en entender— era hasta dónde estaba dispuesta a llegar para apagar ese fuego.

Llevaba meses escribiéndome con un hombre que había conocido por internet. Se llamaba Bruno, vivía a varias horas de mi ciudad y nunca lo había visto en persona. Solo mensajes. Provocaciones a deshora. Fotos que borraba después de mirarlas demasiadas veces. Él tenía algo que yo no encontraba en mi vida ordenada de madre y esposa: una seguridad que no pedía permiso.

Una tarde de jueves me escribió una sola línea.

—Paso por tu ciudad mañana. Quiero verte.

No dijo «¿puedo?». No dijo «si te parece». Lo afirmó, como quien anuncia el clima. Y yo, embarazada de seis meses, casada, madre, me quedé mirando la pantalla con el corazón golpeándome las costillas.

Esto es una locura, pensé. Pero ya había escrito que sí antes de terminar la frase en mi cabeza.

***

Cuando sonó el timbre al día siguiente, mi marido estaba sentado en el sofá. No le había mentido. Se lo había contado todo la noche anterior, con la voz temblando, esperando que se levantara y se fuera dando un portazo. En lugar de eso bajó la mirada, se quedó en silencio un rato largo y al final dijo algo que todavía me sorprende:

—Si es lo que necesitas, me quedo. Pero quiero verlo.

Así que ahí estaba él, con las manos sobre las rodillas, cuando abrí la puerta.

Bruno era más imponente en persona que en cualquier foto. Alto, ancho de hombros, con una calma que llenaba el recibidor entero. Me recorrió de arriba abajo, se detuvo un instante en la curva de mi vientre y sonrió apenas, como si yo ya le perteneciera.

No hubo presentaciones. No miró a mi marido. Cerró la puerta con el pie, me tomó de la muñeca y me llevó hacia el dormitorio sin una palabra. Yo lo seguí con las piernas flojas, sintiendo cómo el aire me faltaba.

—De rodillas —dijo, y fue lo primero que le escuché decir en mi casa.

Obedecí. No lo pensé. Me dejé caer sobre la alfombra con el vientre pesado y el pulso disparado, y levanté la vista hacia él. Mi marido se había quedado de pie contra el marco de la puerta, pálido, sin atreverse a entrar del todo.

—Tú quédate ahí —le dijo Bruno sin mirarlo—. Y no te toques.

Vi cómo mi esposo tragaba saliva y asentía. Algo en esa obediencia suya me encendió más que cualquier otra cosa.

***

Bruno me sujetó el pelo con una mano firme, no brusca, solo segura, y me guio. Yo cerré los ojos y me entregué al ritmo que él marcaba, lento y profundo, sin prisa, como quien tiene toda la tarde por delante y sabe que la dueña de la casa va a hacer lo que le pidan.

Gemí, y el sonido me sorprendió a mí misma. No reconocía mi propia voz. Por el rabillo del ojo veía a mi marido temblar contra la pared, con las manos quietas a los costados, justo donde le habían ordenado tenerlas.

—Levántate —dijo Bruno de pronto.

Me puso de pie de un tirón y me condujo de vuelta al salón, frente al espejo grande que teníamos junto al librero. Se sentó en el sofá con las piernas abiertas y me señaló el suelo entre ellas.

—Quiero verte —murmuró—. Quiero que tú también te veas.

Me arrodillé de nuevo, y esta vez levanté la mirada hacia el reflejo. La imagen era obscena y a la vez hipnótica: yo, embarazada, de rodillas en mi propio salón, entregada a un desconocido mientras el hombre con el que me había casado observaba desde la esquina sin atreverse a respirar fuerte.

Me gustó verme así. Me gustó hasta donde no creía posible.

***

Cuando me llevó de vuelta a la cama, yo ya estaba empapada, lista, deshecha por dentro. Se deslizó dentro de mí con una embestida lenta y yo me aferré a las sábanas con un jadeo largo. Mi cuerpo respondía como si hubiera estado esperando esto durante meses, como si cada nervio supiera exactamente qué hacer.

Al principio fue despacio, dejándome sentir cada movimiento. Después más fuerte, más hondo, hasta que mis gemidos se volvieron gritos que no me molesté en contener. Mi vientre se mecía con cada empuje y yo me agarraba a él como si fuera lo único firme en el mundo.

Mi marido seguía allí, en el umbral, con los labios entreabiertos y los puños cerrados. Y eso —saberlo mirando, saberlo deseando intervenir y sin permiso para hacerlo— me llevaba todavía más lejos.

—Súbete —gruñó Bruno, tumbándose y arrastrándome encima de él.

Me senté a horcajadas, descendí sobre él con un gemido tembloroso y empecé a moverme a mi ritmo, con las manos apoyadas en su pecho. Mi vientre redondo descansaba entre los dos. Bajé la mirada y me vi montarlo en el reflejo del espejo, expuesta por completo ante los ojos de mi esposo.

—Mírame —le dije a mi marido, sin reconocer mi propia crueldad—. Mira lo que necesitaba.

Él no apartó la vista ni un segundo.

***

Cabalgué hasta que los muslos me ardieron y la presión dentro de mí se volvió insoportable. Bruno me sujetaba las caderas, marcándome el compás, hasta que de pronto su cuerpo entero se tensó. Me apretó contra él, hundiéndose hasta el fondo, y me llenó con un gruñido grave que sentí vibrar en su pecho.

Me quedé sobre él un instante, temblando, antes de derrumbarme a su lado. Giré la cabeza hacia mi marido y le hablé sin levantar la voz.

—Ya sabes qué hacer.

Se acercó despacio, casi con reverencia, y se arrodilló entre mis piernas para limpiarme con devoción. Lo dejé hacer. En ese gesto entendí que algo entre nosotros había cambiado para siempre, y que ninguno de los dos quería volver atrás.

***

No terminó ahí. Bruno apenas había recuperado el aliento cuando volvió a ponerse de pie y me llamó de nuevo frente al espejo. No hizo falta que dijera nada. Caí de rodillas sin que me lo pidiera, y él me dejó hacer hasta que estuvo otra vez dispuesto.

Me dio la vuelta, me inclinó sobre el respaldo del sofá y me tomó por detrás, despacio primero, después con una firmeza que me arrancó un grito ronco. El sonido de nuestros cuerpos llenaba la habitación, y mi vientre se mecía con cada movimiento mientras yo me aferraba a los cojines.

—Ponte delante de ella —le ordenó a mi marido.

Mi esposo obedeció, acercándose con la respiración entrecortada. Por un instante quedé entre los dos, entre el desconocido que mandaba y el hombre que me había prometido amor eterno y ahora me miraba como quien adora algo que ya no le pertenece del todo.

Cuando sentí que mi marido estaba al borde, me aparté de él.

—Todavía no —le dije—. Esta tarde no decides tú.

Él gimió, frustrado, y retrocedió hasta su rincón. Bruno se rio bajo, divertido, y siguió.

***

Más tarde, cuando los dos quedamos sin fuerzas, ocurrió lo que menos esperaba. Bruno me atrajo hacia él en el sofá, me acomodó entre sus brazos y posó las manos grandes sobre la curva de mi vientre. Las movió despacio, con una suavidad que contrastaba con todo lo anterior, casi con cariño.

—Es precioso —dijo en voz baja, acariciándome la piel tensa.

Fue un gesto tan tierno y tan inesperado que me desarmó más que cualquier embestida. Las mismas manos que me habían dominado toda la tarde ahora veneraban la parte de mí que me hacía sentir, en ese estado, más deseable que nunca. Me quedé quieta, dejándome mimar, mientras mi marido nos observaba desde el sillón de enfrente con una mezcla de celos y rendición en la cara.

Salimos un momento al balcón. El aire fresco de la tarde me erizó la piel, pero yo seguía ardiendo por dentro. Allí, apoyada en la baranda, con la ciudad zumbando indiferente a nuestros pies, lo tuve una vez más, despacio, contenido, como si quisiera guardarse algo para el recuerdo.

Después volvimos adentro. La última vez fue distinta de todas las anteriores: de frente, mirándonos, sin prisa. Lo rodeé con las piernas y dejé que sus ojos se quedaran clavados en los míos hasta el final. Mi cuerpo respondió como si hubiera sido hecho exactamente para ese momento.

***

Cuando Bruno se marchó, ya entrada la noche, me dejé caer en el sofá agotada y satisfecha de una manera que no sentía desde hacía años. El cuerpo dolorido, las piernas flojas, la cabeza extrañamente en paz.

Entonces escuché la voz de mi marido, suave, casi tímida.

—¿Puedo… ya?

Me había olvidado por completo de él. Lo miré, abrí los brazos perezosamente y asentí. Lo dejé acercarse, lo dejé terminar lo que llevaba toda la tarde conteniendo, y cuando lo hizo me besó la frente como si me diera las gracias.

—¿Estás bien? —pregunté, porque en el fondo lo quiero.

—Nunca te he visto tan feliz —respondió, y no había reproche en su voz. Solo una rendición tranquila.

***

Han pasado semanas desde aquella tarde y no me arrepiento de nada. No sé si son las hormonas, no sé si es la certeza de sentirme deseada justo cuando creía que el embarazo me volvería invisible. Quizá sea simplemente saber que puedo ser madre, esposa y, además, dueña absoluta de mi propio deseo, sin pedir disculpas a nadie.

Bruno fue el primero. No será el último. Y mi marido, lejos de huir, parece haber encontrado su lugar en todo esto: el de quien mira, el de quien cuida, el de quien me sostiene cuando vuelvo a tierra.

Lo confieso sin vergüenza, porque es la verdad más honesta que tengo: nunca en mi vida me había sentido tan poderosa como esa tarde, embarazada, en mi propio salón, decidiendo exactamente lo que quería y quién me lo daría.

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Comentarios(7)

NovataLeitora

increible, me quedé sin palabras al final

Silvia_noche

Dios mio, necesito una segunda parte ya!! Quedé con tanta intriga de como siguió todo despues...

Tino_lecturas

Que relato tan bien contado, se siente autentico. La forma en que describis la tension es perfecta. Sigue subiendo cosas!!!

MarcosC_ba

tremendo jajaj

NenaRio23

Espero que hayas escrito mas relatos porque este me dejó con ganas de leer todo lo que subas. Excelente!!

SolRdz_23

muy bueno, gracias por compartirlo

DiegoMndz

Que situacion mas intensa, me imagino lo que habrás sentido en ese momento. Top!!

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