Lo que imagino cuando mi marido se va de viaje
Voy a confesar algo que no le he dicho a nadie, ni siquiera a la amiga con la que comparto casi todo. Lo escribo porque necesito sacarlo de adentro, donde lleva meses dando vueltas como un animal encerrado. Estoy casada con un hombre bueno. Andrés es atento, trabajador, de esos que recuerdan el aniversario y traen flores sin motivo. Vivimos en una casa preciosa, en un barrio tranquilo de calles arboladas. No me falta nada. Y sin embargo, cada vez que él cierra la puerta para irse de viaje, mi cabeza cruza la calle y entra en otra cama.
Andrés viaja seguido por trabajo. Esta semana le toca uno de los largos, casi diez días. Cuando se va, las primeras noches me dejan inquieta, con el cuerpo despierto y la casa demasiado silenciosa. Recurro a lo de siempre: me encierro en el dormitorio, busco el vibrador en el cajón de abajo y dejo que la mente se suelte. Y la mente, siempre, termina en el mismo lugar.
Se va con el vecino de enfrente.
Se llama Diego y se mudó hace poco más de un año a la casa que da justo a nuestro patio trasero. Es alto, de hombros anchos, con esa espalda de quien entrena en serio. La primera vez que lo vi cargando cajas en la entrada me quedé más tiempo del decente mirándolo por la ventana de la cocina. Hay hombres que ocupan el espacio de una manera que no se puede ignorar, y él es uno de esos. Pienso que, en la cama, debe ser alguien que decide. Alguien que manda.
Lo que viene ahora no pasó. O no del todo. Es la fantasía que armo pieza por pieza cada vez que me quedo sola, y la cuento como si fuera real porque, en mi cabeza, lo es.
***
En mi historia, Diego y yo llevamos meses viéndonos a escondidas. Siempre cuando Andrés está de viaje, nunca antes. Una tarde, unas horas antes de que mi marido tome el avión, suena mi teléfono. Es él. Me dice, con esa voz baja y tranquila que no admite discusión, lo que va a pasar esa noche.
—Hoy quiero dejarte embarazada —me dice, como quien comenta el clima.
Intento explicarle lo evidente. Que Andrés me mataría si supiera, que un hijo cambiaría todo, que es una locura. No escucha mis objeciones. No las discute siquiera. Solo me explica, con calma, cómo quiere que lo reciba esa noche, qué debo tener listo, cómo debo estar esperándolo. Y yo, que me considero una mujer de carácter, una que en su trabajo no se deja pisar por nadie, cuelgo el teléfono temblando y obedezco con la cabeza.
Paso el resto del día en la oficina en un estado imposible. No puedo concentrarme en nada. Cada vez que el móvil vibra sobre el escritorio doy un respingo, esperando otro mensaje suyo, otra pista de lo que planea hacerme. En el almuerzo me escribe una sola línea, una sugerencia sobre dónde quiere encontrarme cuando llegue. Tengo que cerrar el chat y respirar hondo para que las compañeras no me noten la cara encendida.
Esa noche preparo la cena temprano. Pongo la mesa, abro una botella de vino tinto y dejo dos copas listas sobre el mármol. Subo a quitarme la ropa, porque él lo quiere así, aunque cocinar sin nada encima es una pésima idea cuando una está tan excitada que las manos no responden. Bajo otra vez y termino los últimos detalles con la piel de gallina por la corriente que entra del jardín.
Llega un poco tarde. Cuando abro la puerta y lo veo ahí, llenando el marco con su cuerpo, se me seca la boca. Me recorre con la mirada, despacio, de arriba abajo, como quien revisa algo que le pertenece. No dice nada. No hace falta.
Nos sentamos en la terraza mientras el sol termina de caer detrás de los techos. Me sirve vino y me cuenta el resto de sus planes con un detalle que me hace apretar los muslos. Siempre me gustó sentir el aire en la piel desnuda, tomar sol sin nada en el patio durante los días de calor. Sospecho que él me ha visto más de una vez desde su ventana, y la idea, lejos de incomodarme, me enciende.
Cuando refresca, nos pasamos al sillón de dos plazas del porche. Me acomodo sobre su regazo. Ya estoy mojada, lo estuve todo el día. Me pregunto cómo supo que hoy era justo el día, si ni yo llevo la cuenta de mis ciclos con esa precisión. Yo soy un desastre con esas cosas. Él, en cambio, parece tener todo medido.
—Eres preciosa —me dice, mientras sus manos suben y bajan por mis costados.
Me acaricia los pechos antes de cerrar los dedos sobre mis pezones y apretarlos hasta el punto exacto donde el dolor se vuelve otra cosa.
—Quiero verlos crecer todavía más —murmura contra mi cuello.
Se me corta la respiración. Siento el centro del cuerpo como un hueco que tira del resto de mí hacia él, desesperado por ser llenado. No aguanto más y bajo la mano para tocarme, pero él me la atrapa al vuelo y me la sujeta contra mi propia pierna.
—Esta noche no recibes nada que no te dé yo —me dice.
Suelto un sonido a medio camino entre la queja y la risa. Él sabe que es quien reparte, y yo, quien recibe. No me considero sumisa en la vida, lo juro. Pero cuando este hombre quiere algo, se lo doy en el acto, y esa rendición me calienta de una manera que no sabía que existía. La gente usa esas palabras, dominante y sumisa, con liviandad. Esta noche entiendo lo que significan: él decidió preñarme, y yo voy a dejar que lo haga.
Después de jugar un rato más, de morderme un pezón y sonreírme como un gato satisfecho, se pone de pie.
—Vamos arriba.
***
Subimos juntos la escalera hasta el dormitorio principal. El mismo que comparto con Andrés. La culpa debería frenarme ahí, en el umbral, pero la culpa esa noche se queda afuera. Las luces están apagadas; entra solo el resplandor del farol de la calle por la ventana, dibujando una franja pálida sobre la cama.
—Acuéstate —me dice.
Sé que va a tomarme sin contemplaciones y estoy lista para eso. Apoyo la cabeza sobre los brazos cruzados y lo miro, esperando. Lo veo desabotonarse la camisa con una lentitud deliberada, doblarla, dejarla sobre la silla. No es propio de él; normalmente la ropa cae al suelo y se me echa encima de golpe. Esta noche se toma su tiempo solo para hacerme esperar.
—Qué cruel eres —le digo.
Sonríe. Se quita el resto y queda desnudo frente a mí, recortado contra la luz de la ventana. Abro las piernas, me muevo un poco, lo provoco. Él sube a la cama y, con una mano firme en mi cadera, me gira boca abajo. Una palmada seca en el trasero.
—Quieta.
Empieza a frotarme la espalda, desde los hombros hasta la nuca, que se inclina a besar. Luego recorre mi columna con la lengua, vértebra por vértebra, hasta llegar al final de la espalda. Parecen horas y han pasado apenas unos minutos cuando me pide que me dé vuelta. Lo hago.
—No veo la hora de mirarte la panza crecer y saber que ahí dentro va algo mío —dice, apoyando la palma sobre mi vientre, justo donde imagina el bulto.
—Quiero tomarte así, con la barriga pesada, beber de tus pechos y verte retorcer sabiendo que fui yo —agrega, y cada palabra es una descarga que me baja directo al centro.
Se sienta contra el respaldo y me hace un gesto para que me suba encima. Lo hago. Me deslizo sobre él y bajo despacio hasta quedar completamente llena, sentada entre sus piernas, sin un milímetro de aire entre los dos. Inclinado hacia mí, vuelve a recorrerme el cuerpo con las manos, me captura los pezones —tan duros que duelen— y los estira y retuerce mientras yo me muerdo el labio para no gritar.
Cuando se cansa de esa postura me endereza, de rodillas, y se sale de mí. Pasa los brazos por debajo, abriéndome del todo, con acceso completo para tocarme a su antojo. Sus dedos recorren despacio, pellizcan, tiran hasta el borde del dolor. Después encuentran el punto exacto donde soy más sensible y juega ahí, sabiendo perfectamente lo que me hace. Jadeo, separo más las rodillas, le ofrezco todo.
Me hundo en una necesidad casi animal de que algo me llene. Mete un dedo, después dos, y mi cuerpo se cierra sobre ellos por instinto, pero los retira justo cuando empiezo a perderme, dejándome más vacía que antes.
—Te quiero dentro —le digo, sin reconocer mi propia voz.
Lo repite, más fuerte, presionando esta vez con la palma contra el hueso, y yo me doblo hacia adelante, al borde de correrme solo con eso. Lo siento muy cerca, rozándome, sin entrar todavía.
—Por favor —gimo.
—Dime qué quieres —responde, deteniéndose, aunque la presión de su mano sigue ahí. Me retuerzo buscando más.
—Quiero que me folles. Por favor.
Sonríe, inmóvil, y sé que quiere escucharlo entero, hasta la última palabra.
—Por favor, fóllame y acaba dentro. Quiero tu hijo. Quiero que vuelvas a tomarme cuando esté embarazada, con la panza enorme. Y quiero que lo hagas una y otra vez.
Entonces, por fin, responde. Entra de una sola vez, hasta el fondo, como si mi cuerpo estuviera hecho a su medida. Es grande, pero lo recibo sin esfuerzo, como si llevara toda la vida esperándolo. Se acomoda sobre mí, paciente, hasta que no soporto su quietud y empiezo a mover las caderas yo misma. Me está llenando por completo y aun así necesito más, y él lo sabe.
Empieza a retroceder y yo empujo hacia él para que no se vaya. Después me embiste hasta el fondo y soy yo la que tiene que sostenerse. Así arrancamos juntos esa caída larga hacia el final, acelerando a la par, los dos cada vez más cerca del límite.
Me corro rápido, casi sin aviso, y cuando creo que ya no me queda nada, él golpea un punto muy adentro, una y otra vez, y vuelvo a correrme pensando en lo cerca que está de acabar dentro de mí.
—Acaba adentro —le pido, sin aliento—. Quiero sentirlo.
Siempre dijeron que una mujer no puede notar el momento exacto en que un hombre termina dentro de ella, que es imposible, que es solo sugestión. Yo, esa noche, juro que lo sentí. Él explota con un gemido ahogado, su cuerpo se tensa entero, y ese temblor repentino dispara el mío por tercera vez.
Le rodeo la cintura con las piernas, apretándolo, reteniéndolo. Se queda encima de mí, todavía dentro, mientras le hablo bajito al oído para no dejarlo enfriar.
—Creo que esta vez sí —le susurro—. Y si no, lo repetimos hasta que pase. ¿Te animas?
Su única respuesta fue volver a moverse dentro de mí, despacio al principio y después no tanto, hasta que terminamos otra vez. Y otra. Perdí la cuenta de cuántas veces.
***
Ahí, casi siempre, es donde la fantasía se rompe y vuelvo a mi cama vacía, sola, con el corazón golpeándome el pecho y la respiración entrecortada. Andrés sigue de viaje. La casa de enfrente tiene las luces apagadas. Diego, el de verdad, probablemente ni sabe mi nombre.
Y entonces me asusta lo nítida que se vuelve la otra parte de la historia, la que invento después. Imagino los meses pasando, mi cuerpo cambiando, la verdad imposible de esconder. Imagino a Andrés mirándome y entendiendo de golpe, la casa deshecha, yo cruzando la calle con una maleta para empezar otra vida en la puerta de enfrente. Un desastre. Y aun así, hay una parte de mí que lo desea con una claridad que me da vergüenza.
No sé qué dice eso de mí. No sé si algún día tendré el valor de tocar ese timbre y averiguar si la realidad se parece, aunque sea un poco, a lo que imagino en la oscuridad. Por ahora me quedo con la fantasía, que es mía y de nadie más, y con esta confesión que, ahora que la suelto, me deja tan expuesta como esa noche que nunca ocurrió.