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Relatos Ardientes

El encierro que convirtió mi casa en su refugio

Me despertó rozándome el hombro con los labios, despacio al principio y con impaciencia un segundo después, como si llevara un rato observándome dormir y ya no pudiera esperar más.

—Despierta —susurró—. Son más de las ocho.

Abrí los ojos con esfuerzo. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba: no en mi apartamento, no en la cama en la que me había dormido tantas noches solo, sino en la casa de Vera, con su olor en las sábanas, con una de sus piernas enredada todavía con la mía.

—¿Qué pasa? —murmuré, incorporándome a medias.

—Que tienes que trabajar.

Ella lo dijo como si fuera lo más obvio del mundo, pero yo seguía aturdido por la noche anterior y por el placer de verla de pie junto a la cama, despeinada, con una camiseta amplia que le dejaba una clavícula al descubierto. Sonreí y tiré de su muñeca hasta pegarla a mí.

—Podría quedarme aquí cinco minutos más.

—No juegues —me cortó, aunque la noté temblar apenas cuando le besé la barriga por encima de la tela—. Creí que tenías consulta temprano.

—La tengo. Pero no en el hospital.

Me miró en silencio. Yo llevaba semanas alternando turnos presenciales con atención remota, y la noche anterior, cuando terminé en su casa por no querer volver conduciendo en pleno toque de queda, ninguno de los dos pensó más allá de quitarnos la ropa. Ella arqueó una ceja.

—¿Y eso qué significa?

—Que con un ordenador y buena conexión puedo atender desde cualquier parte. Si no te molesta, puedo hacerlo aquí.

Su cara cambió. Primero sorpresa, luego duda y por último esa media sonrisa suya que siempre me había encendido más que cualquier escote.

—Aun así tendrás que levantarte de la cama —dijo.

—Eso sí.

Me senté y me pasé una mano por la cara. Miré el reloj. Diez minutos. Demasiado justo para una ducha, para bajar al coche, para volver a mi piso o para hacer cualquier cosa que no fuera improvisar.

—¿Tienes algún lugar que parezca serio? —pregunté—. Un rincón que no parezca dormitorio. A algunos pacientes les calma pensar que sigo en un despacho normal.

—Sí. Mi estudio.

—Perfecto.

—Y te haré algo de desayuno.

—Si puede ser cacao, mejor que café.

Se echó a reír, y su risa me golpeó con la misma mezcla de ternura y burla que me desarmaba desde que habíamos empezado a vernos a escondidas. Se cruzó de brazos bajo el pecho y negó con la cabeza.

—Eres imposible. De acuerdo, doctor. Tu ropa está en el baño y la puerta de al lado es el estudio.

Se dio la vuelta. Antes de salir, giró apenas el rostro por encima del hombro.

—Y procura no ponerme nerviosa viéndote trabajar desde mi casa.

—Eso no puedo prometerlo.

Su estudio era la habitación más rara y más reveladora de toda la casa. No parecía una oficina al uso, sino una mezcla extraña entre refugio personal y lugar donde alguien necesitaba respirar. La pared frente al escritorio estaba pintada de un tono rosado apagado, y sobre ella había un mural marino que daba una sensación absurda de profundidad y calma. Al otro lado, una gran cristalera abría hacia un patio interior con plantas húmedas por el rocío.

La mesa, en cambio, era puro desorden. Papeles, notas, bolígrafos, carpetas abiertas. Sonreí mientras apartaba cosas para hacer sitio al portátil. A Vera le gustaba tener el control, pero su mesa desmentía cada gesto medido que mostraba al resto del mundo.

Encendí el ordenador y empecé las consultas. Durante dos horas apenas pensé en otra cosa. Su voz se colaba de vez en cuando desde la cocina, el ruido lejano de los platos, el perfume de pan tostado y jabón limpio, pero yo mantuve la compostura. Cuando la puerta se abrió sin ruido, estaba terminando una videollamada.

La vi en el reflejo oscuro de la pantalla, quieta en el marco, con una bandeja entre las manos. Esperó a que cerrara la sesión y entonces avanzó con pasos lentos, cuidando de no entrar en cámara.

—No hacía falta tanto —le dije al ver el desayuno.

—Ya estaba preparando el mío. No seas dramático.

Dejó la bandeja en una esquina de la mesa: taza de cacao, galletas, zumo, agua. Todo ordenado con un mimo doméstico que me desarmó más de lo que me habría desarmado verla desnuda.

Ella se inclinó apenas hacia mí, lo suficiente para que su pelo me rozara la mejilla.

—Además —murmuró—, después de cómo me tuviste anoche, lo mínimo es alimentarte.

Y se fue antes de que pudiera agarrarla.

La frase me dejó duro al instante. Miré la puerta cerrada y tuve que ajustar la postura en la silla antes de abrir la siguiente consulta. Atender a tres personas más con la polla empujando el pantalón no fue precisamente cómodo.

Unas horas después salí a estirar las piernas y la encontré en el salón, tumbada en el sofá, haciendo ejercicios con una serenidad que no me creí ni un segundo. Llevaba unas mallas negras y una camiseta corta. Al verme, alzó la vista.

—¿Descanso? —preguntó.

—Mi pausa reglamentaria.

—Tú no fumas.

—No hace falta fumar para necesitar salir del trabajo cinco minutos.

Me senté a su lado. El sofá se hundió y una de sus rodillas rozó mi muslo. Fue un contacto leve, pero ambos lo sentimos. Me dejé caer contra el respaldo y cerré los ojos un momento.

—Me gusta tu estudio —dije.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Te he oído mover mis cosas con demasiado cariño.

Sonreí. Justo entonces vibró el móvil en mi bolsillo. Miré la pantalla y vi el nombre de mi madre. Contesté por reflejo. Vera no apartó la mirada de mí mientras yo improvisaba una explicación sencilla: que me había quedado por la zona, que no me apetecía conducir tarde, que luego recogería el coche. Cuando colgué, el silencio en el salón se volvió espeso.

—Era tu madre —dijo ella.

—Sí.

—Lo siento.

—¿Por qué?

Se incorporó despacio hasta quedar sentada. La seguridad de hacía un minuto había desaparecido de su cara.

—Porque esto no era lo que querías hacer público.

Le puse una mano en el muslo, por encima de la tela ajustada de las mallas, y la apreté lo justo para notar su calor.

—No me molesta que lo sepa mi familia. Me molestan los curiosos. No es lo mismo.

Mis dedos subieron despacio, del muslo a la cadera. Ella tragó saliva.

—Tengo una hora libre al mediodía —le dije—. Podríamos aprovecharla.

—¿Aprovecharla cómo?

La miré directamente. No hice falta responder con palabras. Su respiración cambió antes que su expresión.

—Como tú quieras —susurró.

Le apreté más fuerte la cadera y me puse en pie antes de perder el control allí mismo.

—Entonces no me distraigas antes de tiempo.

Volví al estudio, cerré la puerta y tuve que concentrarme de verdad para terminar la mañana. Cada vez que recordaba su tono, la forma en que había separado ligeramente las piernas al sentir mi mano, me costaba mantener la voz firme. La idea de follarla en su propia casa mientras, a pocos metros, seguía abierto el portátil de trabajo, me tenía ardiendo.

***

Cuando por fin cerré la última videollamada del turno de mañana, ella ya me estaba esperando en la puerta del estudio. No llevaba la ropa deportiva. Se había cambiado por un vestido oscuro, ceñido al cuerpo, y unos tacones que hacían que sus piernas parecieran todavía más largas. El pelo suelto le caía sobre los hombros y en la boca tenía esa sonrisa contenida de quien ya ha decidido algo.

—No hacía falta arreglarse tanto para estar en casa —dije.

—No lo hice por la casa.

Se acercó despacio. Entre nosotros todavía había unos centímetros de aire, pero la tensión era ya física, casi brutal. Le quité un mechón del rostro y ella me atrapó la mano, llevándosela a la garganta desnuda.

—Llevo toda la mañana pensando en esto —admitió.

—Yo llevo toda la mañana pensando en meterte en la cama y hacerte gritar.

Sus labios se entreabrieron. El rubor que le subió por el cuello me confirmó lo mojada que debía de estar ya.

—Entonces deja de hablar.

La empujé con suavidad hacia el dormitorio. Apenas entramos, cerré la puerta con el pie y la acorralé contra la pared. La besé sin cuidado, hundiendo la boca en la suya con hambre acumulada, y ella respondió igual de sucia, mordiéndome el labio, metiéndome la lengua como si quisiera tragarse todo lo que me había guardado durante horas.

Le bajé la cremallera del vestido por la espalda mientras la besaba. La tela se abrió y cayó por sus hombros. Ella se echó hacia atrás lo justo para dejarme trabajar, con la respiración agitada. Cuando el vestido resbaló hasta el suelo, se quedó en medias, liguero y unas braguitas mínimas de encaje oscuro. No llevaba sujetador.

—Joder —se me escapó.

—Eso mismo quiero —dijo, ronca.

La senté en el borde de la cama. Me arrodillé entre sus piernas y se las separé con las manos. Tenía los pezones duros, tensos, y al bajar la cabeza uno de ellos quedó a la altura exacta de mi boca. Lo chupé despacio al principio, y ella soltó un gemido breve, incrédulo, como si todavía pudiera sorprenderla la intensidad con que la deseaba.

—No juegues conmigo —jadeó.

Le mordí el pezón, luego el otro. Subí y bajé con la lengua hasta dejarle la piel brillante de saliva. Mientras tanto mis manos le apretaban los muslos, amasando carne caliente, subiendo centímetro a centímetro hasta rozar el encaje húmedo entre sus piernas.

—Mírate —le dije—. Toda arreglada para que te abra de piernas en tu propia cama.

Ella se estremeció. Una mano se enredó en mi pelo. La otra fue directa a mi corbata, torpe por los nervios, tratando de aflojarla.

Me levanté un instante, me quité la chaqueta y terminé de desnudarme bajo su mirada. Cuando saqué la polla, ya dura y tirante, vi cómo sus ojos se clavaban ahí y cómo se humedecía los labios con descaro. No apartó la vista.

—Échate atrás —ordené.

Lo hizo. Se apoyó en los codos y abrió más las piernas. Arrodillado otra vez entre ellas, besé la cara interna de un muslo, luego el otro. Mis dedos engancharon el encaje de las braguitas y tiraron hacia abajo con lentitud, como si quisiera torturarla. La tela estaba empapada.

—Mira cómo has puesto esto —murmuré, levantándola para sacar la prenda del todo.

—Porque llevo horas pensando en tu boca.

—Pues la vas a tener.

Le subí una pierna a mi hombro y abrí más su coño con los dedos. Sus labios estaban hinchados, brillantes, abiertos para mí. Pasé la lengua de abajo arriba una sola vez y el gemido que soltó fue tan fuerte que tuve que agarrarla de la cadera para que no se me escapara hacia arriba.

Volví a lamerla, esta vez más despacio, metiendo la lengua entre sus pliegues, saboreando su humedad, sintiendo cómo se retorcía. Luego me centré en el clítoris. Lo rodeé con la punta, lo chupé, alternando presión y pausa hasta que empezó a decir mi nombre como una súplica rota.

—Más —dijo—. No pares. Joder, no pares.

Le metí dos dedos de golpe. Su coño los tragó con una facilidad obscena, apretándolos en seguida. Empecé a follarla con la mano mientras seguía comiéndosela, entrando y saliendo con un ritmo cada vez más firme, curvando los dedos dentro de ella hasta encontrar el punto exacto que la hizo dar un respingo.

—Ahí —gritó—. Ahí, sí. Joder, así.

Sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza, pero se los abrí de nuevo y la sujeté con fuerza. Quería verla correrse, no dejar que se escondiera. Apreté los labios sobre su clítoris y aceleré con los dedos. Ella empezó a moverse sin control, follándose mi mano, empujando las caderas hacia mi boca con una desesperación que me puso todavía más duro.

—Córrete para mí —le ordené sin apartarme de su coño—. Quiero sentirlo en la cara.

Ese tono bastó. Se tensó entera. Me agarró del pelo tan fuerte que me tiró de la cabeza hacia ella y se corrió gimiendo a lo bruto, con el vientre duro y las piernas temblando. Noté cómo se contraía alrededor de mis dedos, cómo me mojaba más la boca, y seguí lamiéndola a través del orgasmo, despacio al final, aprovechando cada estremecimiento.

Cuando por fin aflojó, subí besando su vientre, sus pechos, su garganta. La besé en la boca y dejó escapar un sonido obsceno al probarse a sí misma en mis labios.

—Te he sentido llegar —le susurré.

—Entonces fóllame de una vez.

No tuve que oírlo dos veces. Me acomodé entre sus piernas, agarré la polla y la pasé por su entrada mojada, frotando apenas para que gimiera otra vez. Ella alzó las caderas, impaciente.

—No me hagas esperar.

Entré despacio, pero sin ternura. La punta, luego más, luego toda la polla hundiéndose en ese coño caliente que todavía se contraía por el orgasmo anterior. Cuando llegué al fondo, los dos soltamos el aire a la vez. Se sentía apretada, mojada, temblorosa. Perfecta.

Empecé con embestidas cortas, fuertes, sacando casi toda la polla para volver a meterla hasta chocar con su pelvis. La cama golpeaba contra la pared con un ritmo seco. Vera tenía la boca abierta, los ojos brillantes, los pechos rebotando a cada golpe.

—Así —jadeó—. Así, no pares. Más fuerte.

Le agarré las piernas por detrás de las rodillas y se las empujé hacia el pecho. La abrí más para meterme mejor. Desde ese ángulo cada embestida entraba más hondo, y ella lo sintió en seguida porque soltó un grito ronco y me clavó las uñas en los antebrazos.

—Te encanta que te follen así, ¿verdad?

—Sí —dijo sin vergüenza—. Sí, me encanta tu polla. Me encanta cómo me abres.

Las palabras me encendieron todavía más. Apreté la mandíbula y empecé a darle sin freno, con golpes largos y pesados. Su coño sonaba húmedo, escandaloso. Cada vez que salía, volvía a entrar empapado y caliente. Bajé una mano y le apreté el clítoris con el pulgar, justo donde sabía que la perdía.

Ella casi se dobló de placer.

—Joder... voy a correrme otra vez.

—Hazlo.

—No pares, por favor, no pares.

—No pienso parar.

Me incliné sobre ella sin dejar de embestir, le chupé el cuello, le mordí el lóbulo, le dije al oído todo lo sucio que me provocaba verla así, abierta, con las medias aún puestas y la cara de mujer decente completamente rota por el placer. Ella respondía con gemidos, con frases a medias, con órdenes incoherentes: más fuerte, más adentro, no me sueltes, fóllame.

Se corrió la segunda vez apretándome como una trampa. Su coño se cerró con espasmos salvajes alrededor de mi polla y me obligó a bajar el ritmo un par de golpes para no venirme al instante. Aun así estaba al límite.

La solté de las piernas, la hice girar sobre la cama y la puse a cuatro patas. El liguero seguía en su sitio, las medias intactas, y la visión me dio un latigazo directo al estómago. Le di una palmada en el culo. Rebotó apenas.

—Quédate así.

—Sí.

Le separé las nalgas con una mano y volví a entrar de una sola embestida. Ella se arqueó y gritó contra la almohada. Desde atrás podía hundirme hasta el fondo con facilidad obscena, y eso hice. Empecé a follarla duro, agarrándola de la cadera, dejando marcas rojas con los dedos, escuchando cómo se quejaba de gusto a cada golpe.

—Mírame —le pedí.

Giró el rostro, deshecha, con el rímel ligeramente corrido y la boca entreabierta.

—Dime quién te pone así.

—Tú.

—Más alto.

—Tú, joder. Tú me pones así.

Le llevé una mano adelante y le froté el clítoris mientras la seguía follando. Esa mezcla la volvió loca. Empezó a empujar hacia atrás contra mí, buscando más profundidad, más velocidad, más todo.

—No aguanto —dije entre dientes—. Estoy a nada.

—Pues córrete conmigo.

Eso terminó de romperme. La hice incorporarse un poco, la pegué a mi pecho por la espalda y seguí embistiéndola mientras mi mano trabajaba entre sus piernas. Ella se corrió gimiendo mi nombre, temblando entera, y yo me vacié dentro con una sacudida brutal, enterrando la polla hasta el fondo y soltando un gruñido que ni yo reconocí. Noté la corrida caliente llenándola en pulsos espesos mientras seguía dándole un par de golpes más, lentos, exprimidos, hasta que las fuerzas se me fueron de golpe.

Caí sobre ella, jadeando. Nos quedamos así unos segundos, sudados, pegados, con mi polla todavía dentro y su cuerpo estremeciéndose en pequeñas réplicas del orgasmo.

Cuando salí, una parte del semen resbaló por su muslo. Lo seguí con los dedos y luego se los metí en la boca. Ella los chupó sin apartar los ojos de los míos.

—Vas a matarme —dijo con una sonrisa exhausta.

—Y tú vas a hacer que me encierre aquí para siempre.

Rodó hasta quedar boca arriba y yo me tumbé a su lado. El silencio de después no fue incómodo. Afuera, en otra parte de la casa, el portátil seguía encendido como si la vida normal no acabara de quedar suspendida un rato más.

—Mi madre no va a llevar bien esto —murmuré al cabo de un momento.

—¿Esto qué? —preguntó, apoyando la barbilla en mi pecho.

Le acaricié la espalda desnuda.

—Que me quede. Que vuelva. Que no quiera irme.

Su expresión se suavizó, pero debajo seguía habiendo esa inseguridad que nunca le veía reconocer en voz alta.

—Eres libre de marcharte cuando quieras.

—No quiero.

Le cogí la mano y le besé el anillo que llevaba en un dedo, una joya antigua que usaba más por costumbre que por significado. Ella soltó una risa baja.

—No le des importancia a un anillo.

—No se la doy al anillo. Se la doy a ti.

Me sostuvo la mirada durante varios segundos. Luego desvió los ojos, casi avergonzada por lo que iba a decir.

—A veces pienso que ya voy tarde para algunas cosas.

—¿Para cuáles?

—Para todas las que suenan a futuro.

La apreté más contra mí. Había pasado la mañana conteniendo el deseo; ahora me costaba incluso contener la ternura.

—No voy a discutir eso contigo mientras sigues con las medias puestas y me estás poniendo duro otra vez.

Se rió, sorprendida, y bajó la mano hasta encontrarme reaccionando de nuevo contra su muslo.

—No puede ser.

—Puede.

—Eres una bestia.

—Y tú me provocas demasiado.

Me besó. Primero lento, saboreando el cansancio y la calma. Luego metió la lengua y me agarró la polla con una confianza nueva, como si algo en aquellas horas compartidas hubiera terminado de derribar la última reserva entre nosotros. La acarició despacio, notando cómo volvía a ponerse dura en su mano.

—Tienes todavía media tarde de trabajo —susurró contra mi boca.

—Lo sé.

—Entonces quizá deberíamos portarnos bien.

Le di la vuelta y la dejé debajo de mí otra vez.

—Quizá deberíamos aceptar que eso ya no es una opción.

Su risa se convirtió en gemido cuando volví a besarle el cuello y bajé la mano entre sus piernas. Seguía sensible, húmeda, abierta por cómo la había follado hacía apenas unos minutos. La idea de regresar luego al estudio con su sabor todavía en la boca me pareció obscenamente excitante.

—Solo una más —mintió ella.

—Solo una más —mentí yo también.

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