Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera vez con un trío en aquel cine

Me llamo Esteban y durante mucho tiempo guardé esta historia como si hubiera sido una locura privada, una de esas noches que te cambian el cuerpo y la cabeza al mismo tiempo. Ya era un adulto joven, con novia formal y una vida bastante normal por fuera, pero por dentro llevaba semanas dándole vueltas a una experiencia que me había dejado ardiendo. Había probado una mamada con un hombre en un cine de barrio y, en lugar de espantarme, me había dejado con más hambre.

No podía quitarme de encima el recuerdo de aquella boca, del morbo de la oscuridad, de haber cruzado una puerta que hasta entonces solo existía en mi cabeza. Así que volví. No iba diciendo que buscaba hombres ni mujeres ni nada en concreto; lo que buscaba era repetir esa sensación de vértigo, de meterme donde no debía y descubrir hasta dónde me atrevía.

El cine estaba en una avenida vieja, entre un bar de persianas grasientas y una tienda cerrada desde hacía años. Llegué temprano, cuando todavía había luz en la calle y en el vestíbulo olía a refresco barato, tabaco rancio y humedad. En la sala se movían unos pocos clientes, todos adultos, algunos sentados fingiendo mirar la pantalla apagada y otros rondando con esa calma sospechosa de quien ya sabe a qué ha ido.

Me quedé junto a la barra del hall y pedí una gaseosa para hacer tiempo. Mientras buscaba monedas en el bolsillo, un hombre a mi lado se adelantó y dejó el dinero sobre el mostrador. Tenía cerca de cuarenta, barba bien recortada, camisa clara arremangada y una forma de mirarme que no era agresiva, pero sí descaradamente interesada.

—Invito yo —dijo con una media sonrisa.

Le di las gracias y él se apoyó en la barra como si aquello fuera lo más natural del mundo. Empezamos a hablar de cualquier cosa: la película, el calor, lo vacío que estaba todo a esa hora. Tenía una voz tranquila y una seguridad que me hizo bajar la guardia casi al instante.

—No te había visto antes por aquí —comentó.

—He venido alguna vez —mentí mal.

Él soltó una risa suave, como si me hubiera leído entero.

—Se nota cuando alguien entra por curiosidad y cuando entra sabiendo demasiado.

Me puse rojo. Lo noté en la cara, en las orejas, en la manera torpe en que agarré el vaso. Él se acercó un poco más, sin tocarme.

—Tranquilo. No te estoy juzgando. Solo digo que estás nervioso.

Asentí. No sabía bien qué decirle. Supongo que mi silencio le confirmó que era nuevo en todo aquello.

—Yo soy Darío —dijo—. Y tú tienes pinta de estar buscando algo que todavía no sabes nombrar.

La frase me dejó clavado. No era una forma rebuscada de hablar; era la verdad. Terminé contándole, a medias y con vergüenza, que semanas antes un tipo me había chupado la polla allí dentro y que desde entonces no había dejado de pensar en repetir, en probar más, en saber si lo mío era simple calentura o algo que iba más lejos.

Darío no se escandalizó ni sonrió con burla. Solo me miró como quien reconoce un hambre que ya ha visto antes.

—Entonces no buscas una película —dijo—. Buscas estrenarte de verdad.

La palabra me atravesó. Yo había besado, manoseado y fantaseado mucho con mi novia, pero nunca me había acostado con una mujer. Y con un hombre, salvo aquella mamada, tampoco había hecho nada más. Seguía prácticamente virgen en todo lo importante.

—Puede ser —admití.

—Tengo una amiga a la que le gustan los hombres inexpertos —soltó, sin rodeos—. Y a mí me gustan los hombres que se dejan descubrir. Si vienes conmigo, no te voy a engañar: sería un trío. Ella, tú y yo. Todo claro desde el principio.

Sentí un golpe seco en el pecho y otro entre las piernas. Debí de quedarme con la boca medio abierta, porque se rió otra vez.

—No contestes rápido. Piénsalo.

Lo pensé menos de un minuto. La idea me excitó tanto que apenas pude tragar saliva.

—Sí —dije—. Quiero ir.

Salimos del cine y caminamos dos calles hasta un edificio de fachada antigua. Mientras subíamos por las escaleras, noté que me temblaban las manos. Darío se dio cuenta y me rozó la espalda con la palma abierta, un gesto simple que, en ese momento, me ordenó la respiración.

Abrió la puerta una mujer de unos treinta y tantos, morena, delgada, con una camiseta amplia y un short corto. No llevaba sostén; se notaba en el movimiento libre de sus pechos bajo la tela. Tenía una sonrisa lenta, de esas que no te reciben: te desnudan.

—Así que este es el chico —dijo mirándome de arriba abajo.

—Este es Esteban —respondió Darío.

Ella me dio dos besos y se presentó como Vera. Sus labios me rozaron la mejilla apenas un segundo, pero aun así sentí una descarga. Entré detrás de ellos a un salón pequeño, con una lámpara baja, música suave y el aire espeso de un apartamento donde ya habían pasado muchas cosas.

Vera nos sirvió tragos. Habló conmigo de cualquier tontería, como si quisiera aflojarme sin prisa. Me preguntó si vivía solo, si estudiaba, si estaba nervioso. Yo respondía a medias, demasiado pendiente de su boca y de sus piernas cruzadas frente a mí. Darío, desde el otro extremo del sofá, me observaba como si disfrutara mi incomodidad.

Cuando Vera encendió un cigarrillo, se inclinó hacia mí y me dijo:

—No voy a comerte si no quieres. Bueno... no al principio.

Los tres nos reímos, y esa risa terminó de romper el hielo. Ella se acercó más y me sostuvo la mirada unos segundos antes de besarme. No fue un beso tímido ni lento. Metió la lengua con decisión, me agarró la nuca y me abrió la boca como si quisiera comprobar por sí misma si yo estaba listo para todo lo demás. Se me puso dura al instante.

Vera bajó la mano a mi entrepierna y apretó por encima del pantalón.

—Vaya —murmuró—. Este sí venía con ganas.

Darío se movió entonces. Se sentó a mi lado y Vera volvió a besarme, pero esta vez él metió su boca en medio, lamiendo la lengua de ella y luego la mía. Sentir la lengua de los dos mezclándose conmigo me desordenó la cabeza. Yo no sabía a quién tocar primero. Terminé poniendo una mano en el muslo de Vera y otra en la barba de Darío, como un idiota hambriento que no quiere soltar nada.

—Eso es —dijo Vera—. No pienses tanto.

Me subió la camiseta y llevó mi mano a uno de sus pechos. No tenía mucho pecho, pero el pezón se le puso duro en cuanto empecé a acariciarlo. Mientras yo lo amasaba por encima y luego por debajo de la tela, Darío le levantó la camiseta del todo y me dejó verla desnuda de cintura para arriba. Me incliné de inmediato y me metí un pezón en la boca. Ella soltó un gemido ronco y me empujó la cabeza más fuerte contra su pecho.

—Chúpame así —ordenó—. Sin miedo.

Lo hice. Le chupé un pezón y luego el otro, cada vez más mojados, mientras Darío la besaba y metía una mano entre sus piernas. Ella abrió más los muslos y me dejó ver la humedad oscureciendo la tela del short.

—A la habitación —dijo de pronto—. Ahí vamos a estar mejor. Y me escuchan: aquí mando yo.

***

Entramos los tres casi pegados. La cama estaba sin hacer, como si ella hubiera sabido que la noche no iba a necesitar preparación elegante. Me quité la ropa torpemente, con esa mezcla de vergüenza y urgencia de quien ya no puede seguir fingiendo calma. Vera se desnudó sin ningún apuro, mirándome mientras bajaba el short por sus piernas. Ver por primera vez a una mujer completamente desnuda a un metro de mí fue un golpe limpio. Tenía el coño con vello recortado, los labios hinchados de excitación y una seguridad en el cuerpo que me dejó quieto un par de segundos.

Darío también se desnudó. Tenía el cuerpo normal de un hombre adulto que no necesitaba presumir de nada. Mi vista bajó sola a su polla, más larga que la mía, ya dura a medias. Él se dio cuenta.

—Mírala bien —dijo sin molestarse—. Más tarde la vas a sentir.

Se me encendió la cara de nuevo, pero en vez de asustarme, aquello me calentó más. Vera se sentó en la cama, abierta de piernas, y me hizo una seña con dos dedos.

—Ven. Hoy aprendes con práctica.

Me arrodillé frente a ella. Darío se colocó a mi lado y le pasó los dedos por la vulva, separándole los labios despacio para que yo mirara.

—Primero tócala —me dijo—. Con suavidad. Siente cómo se pone más mojada.

Le pasé los dedos y casi me impresionó la cantidad de humedad. Vera respiró hondo, echó la cabeza hacia atrás y abrió más las piernas.

—Así, sí. Ahora el clítoris. No lo aplastes, juega.

Obedecí. Ella jadeó. Darío me tomó la muñeca y corrigió el ritmo con paciencia, enseñándome cómo mover los dedos y cuándo meter uno poco a poco. Cuando lo hice, noté el calor apretado de su interior y se me escapó un suspiro que les arrancó una sonrisa a ambos.

—¿Te gusta? —preguntó Vera.

—Muchísimo.

—Entonces mete la cara y demuéstralo.

Me incliné y le di la primera lamida sin técnica, guiado por puro instinto. Ella me agarró del pelo al momento.

—Otra vez. Más firme.

Le pasé la lengua de abajo arriba, despacio al principio, luego más duro. Darío le chupó un pecho mientras yo le lamía el coño y le metía un dedo. Vera empezó a gemir sin disimulo, moviendo la cadera contra mi boca.

—Eso... así... no pares.

La escuché ponerse más húmeda. Su sabor, su olor, el calor de su piel, todo era nuevo y brutalmente excitante. Darío volvió a guiarme, esta vez tomando mi dedo y empujándolo más adentro mientras yo seguía chupando. Vera me apretó la cabeza entre los muslos.

—Ahora sí me estás comiendo como se debe.

En ese momento sentí una mano en mi polla. Era Darío. Me la agarró con soltura, como si ya la conociera, y empezó a pajearme al ritmo de mi lengua sobre Vera. Casi me fui de boca del golpe de placer.

—Está a punto —dijo él, riéndose cerca de mi oído—. Mejor que se estrene donde vino a estrenarse.

Me levanté jadeando. Vera se tumbó boca arriba y se abrió para mí.

—Ven, métela —ordenó—. Despacio al principio y luego ya veremos cuánto aguantas.

Me coloqué entre sus piernas, guié la punta con la mano y empujé. Sentir cómo entraba en su coño por primera vez fue tan intenso que tuve que cerrar los ojos un segundo. Caliente, apretado, resbaloso. Ella recibió mi polla entera con un gemido largo y luego me agarró de las nalgas para que entrara más hondo.

—Ahora fóllame —dijo—. No te quedes quieto.

Empecé a moverme torpe, pero con hambre. Dos embestidas después ya estaba perdiendo la cabeza. Vera me animaba sucio, sin romantizar nada.

—Duro, joder. Que se note que llevas semanas pensando en esto.

Le hice caso. Entraba y salía con más velocidad, escuchando el golpe húmedo de mi pelvis contra la suya. Darío la besaba, le lamía los pezones, me miraba con una mezcla de diversión y deseo. Yo duré poco. Muy poco. El orgasmo me subió sin freno y me corrí dentro de ella con el cuerpo tenso, soltando un gemido que no pude tragarme.

Caí medio derrumbado sobre Vera. Ella se rió, me acarició la nuca y me apartó con suavidad.

—Era de esperarse. Tranquilo, todavía no terminamos.

Me quedé tumbado al lado, tratando de recuperar el aire, mientras Darío se ponía de pie entre las piernas de Vera y ella se llevaba su polla a la boca. Verla chuparla me dejó otra vez duro antes de lo que yo creía posible. Se la metía hasta donde podía, retirándose para lamer el glande y volver a tragársela. Darío le sujetaba el pelo y me miraba de vez en cuando, como invitándome a no perder detalle.

—Ven acá, estreno —dijo Vera cuando me vio reaccionar—. Ahora te toca disfrutar sin hacer nada.

Me senté al borde de la cama y los dos se arrodillaron frente a mí. La imagen todavía me vuelve loco cuando la recuerdo: una mujer desnuda y un hombre desnudo compartiendo mi polla como si fuera un premio. Darío la lamió desde la base hasta la punta mientras Vera besaba el glande y me lo chupaba con lentitud. Luego cambiaban. Una boca arriba, otra abajo. Una lengua en el tronco, otra en los huevos. Yo solo podía agarrar las sábanas y gemir como un animal.

—Mírala —me dijo Darío sin soltarme del todo—. Mira cómo te la chupa.

Vera me sostuvo la mirada mientras hundía la boca hasta casi tragársela entera. Sentí una presión deliciosa en las bolas y luego su lengua subiendo otra vez hasta la punta. Darío me masajeaba los huevos y de pronto noté un dedo mojado rozándome el ano.

Me puse rígido.

—Relájate —dijo Vera apartándose un instante de mi polla—. Si te cierras, molesta. Si te aflojas, te va a encantar.

Yo nunca había dejado que nadie me tocara ahí. Respiré hondo y asentí. Darío siguió chupándome mientras Vera me acariciaba el culo con un dedo lubricado por saliva y luego por una crema que sacó del velador. Lo pasó en círculos, presionó apenas y esperó. Cuando notó que dejaba de apretar, metió la punta del dedo despacio.

Solté un quejido ahogado. La sensación era extraña, invasiva, pero no mala. Darío aprovechó ese momento para meterse mi polla entera en la boca y chuparme más fuerte. El dedo de Vera entró un poco más, salió, volvió a entrar. Mi cuerpo empezó a entender el ritmo y el placer le ganó al miedo.

—¿Ves? —susurró ella—. Ahora sí.

Metió y sacó el dedo mientras Darío me mamaba sin piedad. Luego sentí un segundo dedo, más apertura, más presión, y casi me corro otra vez. Me sujeté del cabello de Darío sin pensar.

—Joder... joder...

—Eso quiero oír —dijo Vera.

No duré mucho más. Entre la boca de él y los dedos de ella en mi culo, me corrí de nuevo con una sacudida brutal. Darío no se apartó; tragó parte y el resto le quedó en los labios. Vera sonrió al ver mi cara perdida.

—Todavía falta una lección —dijo.

***

Me colocaron boca abajo primero, pero Vera cambió de idea enseguida. Quiso verme la cara. Me acomodó de costado y luego casi boca arriba, con una pierna alzada, mientras ella se sentaba a mi lado para besarme y pajearme de nuevo. Darío, detrás de mí, siguió preparándome con los dedos. Ya no era solo un roce: entraban con facilidad, salían y volvían a entrar abriéndome poco a poco.

—Ahora lo vas a sentir de verdad —me dijo Darío al oído.

Noté la cabeza de su polla empujando en mi ano. El primer intento me hizo tensarme.

—Para —dije de inmediato.

Y paró. Eso fue lo que me tranquilizó. Nadie se burló ni me forzó. Vera me tomó la cara, me besó despacio y me acarició el pecho hasta bajar a mi polla, que ya volvía a estar dura.

—Mírame —susurró—. Respira. Déjalo entrar poco a poco. Si duele demasiado, lo decimos. Pero si te relajas, vas a descubrir algo muy serio.

La besé mientras ella me masturbaba. Detrás, Darío volvió a presionar. Esta vez la punta entró. Escoció, sí. Sentí que me abrían de golpe, que el cuerpo no sabía si huir o entregarse. Me quejé fuerte contra la boca de Vera, pero ella no me soltó.

—Ya pasó lo peor —dijo—. Aguanta ahí.

Darío se quedó quieto unos segundos, dejándome acostumbrarme a tenerlo dentro. Yo respiraba entrecortado, con la polla durísima en la mano de Vera. Poco a poco el ardor bajó y apareció otra cosa: una presión profunda, llena, extrañamente placentera.

—Muévete —murmuré al final.

Darío empezó despacio. Salía poco y volvía a entrar con cuidado, dejándome registrar cada centímetro. Vera me hablaba al oído, sucio y dulce a la vez.

—Eso, así. Te están follando y te encanta. Mírate cómo estás de duro.

Tenía razón. Yo estaba completamente erecto. Cada embestida me arrancaba un jadeo distinto. Cuando él tomó un ritmo más firme, empecé a mover la cadera sin darme cuenta, empujándome contra su polla y contra la mano de Vera que me ordeñaba el rabo.

—Joder, sí —se me escapó—. Sí... así.

Darío dejó de ir con cuidado y empezó a follarme de verdad. Sus caderas golpeaban mi culo con un chasquido húmedo, y yo podía sentir cómo entraba hondo, cómo me abría, cómo me rozaba por dentro de una forma que me ponía fuera de mí. Vera me besaba, me mordía el cuello y me apretaba la polla al ritmo de las embestidas.

—Ahora fóllatela tú también —ordenó de pronto, acomodándose sobre la cama frente a mí.

Se colocó a horcajadas, con el coño a la altura de mi polla, y se lo frotó por la punta antes de sentarse despacio. La escena fue demasiado para mi cerebro: la polla de Darío entrando en mi culo mientras Vera se ensartaba en mi verga. Quedé atrapado entre los dos, lleno por detrás y apretado por delante, y casi me corrí solo de sentirlo.

—No te corras todavía —me dijo ella, notando mi temblor—. Aguanta y dame duro.

Empezó a subir y bajar sobre mí mientras Darío seguía bombeándome desde atrás. Cada vez que ella descendía, yo la penetraba más hondo; cada vez que él embestía, me empujaba dentro de ella. Era un vaivén salvaje, perfectamente obsceno, que me hizo perder por completo la noción de cualquier límite que hubiera tenido antes.

Vera tenía una mano en mi pecho y otra apoyada en el colchón. Le rebotaban los pechos frente a la cara, y yo me incliné como pude para chuparle un pezón mientras ella gemía sin pudor.

—Así, cabrón... así... —jadeó—. Fóllame mientras te follan.

Darío gruñó detrás de mí, agarrándome de la cadera con más fuerza. El ritmo se volvió brutal. Yo ya no sabía cuál de los dos me estaba llevando al orgasmo: si el coño apretado de Vera o la polla dura de él machacándome el culo. Seguramente eran ambos. Mi cuerpo no distinguía; solo quería más.

Vera se corrió primero. Lo sentí en la contracción de su coño, en cómo se quedó un instante sentada hasta el fondo sobre mí, apretándome la polla mientras gemía con la cara torcida de placer. Ese espasmo me empujó al borde. Detrás, Darío también empezó a perder el control; sus embestidas se volvieron cortas y desordenadas.

—Me voy a correr —advirtió entre dientes.

Dos o tres golpes más y se vació dentro de mi culo con un gemido seco. Sentí el calor expandiéndose en mi interior y ese espasmo suyo me terminó de arrastrar. Me corrí en el mismo instante, dentro de Vera, con una sacudida tan fuerte que casi me dejó sin aire. Ella se dejó caer sobre mi pecho mientras yo seguía temblando y Darío salía de mí lentamente.

Nos quedamos así un momento, hechos un nudo de sudor, respiraciones pesadas y piernas flojas. Yo sentía el culo sensible, la polla agotada y la cabeza vacía, como si me hubieran desarmado entero para volver a montarme de otra forma.

Vera se apartó primero y me acarició la mejilla.

—Ya no tienes cara de novato —dijo.

Darío se tumbó al otro lado, sonriendo con cansancio.

—Te dijimos que no ibas a olvidar esta noche.

Tenían razón. Después nos mandaron a la ducha entre risas. El agua caliente me hizo notar cada rincón del cuerpo: la verga gastada, las piernas flojas y el culo dolorido de una forma extraña, casi orgullosa. Me vestí despacio, todavía incrédulo de lo que acababa de vivir.

Antes de irme, besé a Vera en la boca y a Darío en la mejilla, aunque él giró lo justo para robarme un beso corto también. Bajé las escaleras con las rodillas blandas y salí a la calle de noche, con el aire fresco pegándome en la cara.

Al día siguiente no necesité preguntarme si había sido real. Lo sentía en el cuerpo entero, sobre todo en el culo, que me recordaba cada paso de aquella primera vez doble. Pero lo más fuerte no era la molestia; era la certeza. Después de esa noche entendí que mi deseo no cabía en una sola etiqueta y que había cruzado un umbral del que ya no quería volver.

Volví a aquel cine otras veces, claro. Pero ninguna entrada, ninguna pantalla apagada y ninguna puerta entreabierta volvió a pesar tanto como la primera noche en que entré buscando una simple aventura y salí habiéndome estrenado por todos lados.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.