La confesión con el amigo de mi padre
Voy a contar esto como fue, porque si lo disfrazo pierde la gracia. Mis padres llevaban años separados y, cuando me tocaba pasar unos días con mi padre, casi nunca me quedaba con él, sino en la casa de mi abuela paterna. La convivencia con su nueva esposa era mala, así que esa casa antigua de tres pisos se volvió mi refugio, mi escondite y también el lugar donde aprendí a jugar con el deseo sin que nadie sospechara nada.
Mi abuela vivía en el primer piso y alquilaba los otros dos apartamentos. Era una mujer cariñosa, conservadora y completamente convencida de que yo era una muchacha tranquila, de esas que bajan la mirada y obedecen. Me hablaba de cuidarme, de no confiar en cualquier hombre, de esperar al indicado. Yo la escuchaba con una cara seria y por dentro me reía, porque ya sabía muy bien lo que me gustaba y también cómo provocar a un hombre cuando quería que me deseara.
—Hijita, los hombres solo piensan en aprovecharse —me decía a veces mientras servía el café.
—Sí, abuela, yo me cuido —respondía.
La verdad era otra. Yo ya no tenía nada de inocente y me excitaba sentir el efecto de mi cuerpo, de mi ropa, de una sonrisa bien medida. No era solo acostarme con alguien. Era llevarlo hasta el borde, hacerlo mirarme, ponerlo nervioso, sentir que se moría por tocarme. Esa sensación me mojaba antes incluso de que pasara algo.
En el segundo piso vivía un amigo de mi padre. No voy a usar su nombre real, así que lo llamaré Darío. Era un hombre adulto, recién divorciado, de esos que imponen apenas entran en una habitación. Alto, hombros anchos, barba cerrada, pecho velludo que asomaba cuando se desabotonaba la camisa, voz grave, manos grandes. No era un muchacho lindo. Era un hombre hecho y derecho, y eso era justamente lo que me volvía loca.
Como mi abuela le vendía el desayuno y la comida, él bajaba todos los días. Ahí empezó todo: con comentarios cortos, miradas demasiado largas y ese descaro suyo para recorrerme el cuerpo aunque fingiera que no lo hacía. Yo podía sentirle los ojos en las tetas, en las piernas, en el culo. Y en vez de molestarme, me calentaba.
—Cada vez estás más bonita —me soltó una mañana, en voz baja, mientras mi abuela estaba de espaldas junto a la estufa.
—Usted siempre dice lo mismo —contesté sin mirarlo de frente.
—Porque siempre estás para mirarte.
Sentí el golpe de calor entre las piernas. Así era con él. Me bastaban dos frases para empezar a humedecer la tanga.
***
La casa tenía un patio interior grande donde se lavaba y se colgaba la ropa. Desde las ventanas del segundo piso se veía perfecto. Una tarde bajé a lavar con un short mínimo y una camiseta ajustada, sin brasier, más por provocarlo que por comodidad. Sabía que estaba arriba. Lo intuía. Y, cuando escuché abrirse la ventana, confirmé que no me había equivocado.
Levanté la vista y ahí estaba, apoyado en el marco, mirando sin vergüenza. No apartó los ojos cuando me agaché a recoger una canasta. Tampoco cuando levanté los brazos para colgar unas tangas todavía húmedas. Al contrario, se quedó más quieto, como si no quisiera perderse nada.
—¿Qué mira tanto? —le dije, sonriendo.
Se hizo el sorprendido, pero se le notaba la cara de hambre.
—Nada.
—Pues para ser nada, no me quita los ojos de encima.
Él soltó una risa breve. Yo seguí colgando ropa, pero ya no por necesidad, sino para exhibirme. Me daba la vuelta despacio, me inclinaba un poco más de la cuenta, dejaba que el short se me metiera entre las nalgas. Sentía su mirada clavada, tragándome entera. Ese juego me puso tan caliente que tuve que apretar los muslos.
—Qué culo tienes —murmuró al fin.
Se me secó la boca y a la vez me mojé más. Escuchar eso en su voz me dio un tirón directo al coño. Mi abuela salió en ese momento al patio y preguntó qué estaba diciendo, pero los dos fingimos normalidad. Él cerró la ventana. Yo me quedé con la respiración acelerada y las bragas pegadas.
Esa noche me masturbé pensando en su cara de pervertido mirándome desde arriba. Me metí los dedos despacio al principio, recordando su voz, y acabé corriéndome rápido, imaginando esas manos grandes agarrándome por la cintura.
***
La oportunidad más clara llegó un fin de semana por la mañana. Mi abuela tenía que salir con mi padre a una cita médica y me dejó el desayuno de Darío servido para que yo solo se lo entregara. En vez de ponerme algo decente, fui a abrirle con una bata corta, fina, casi pegada al cuerpo, sin brasier, con una tanga pequeña debajo. No era un accidente. Quería dejarlo sin aire.
Cuando abrió la puerta y me vio, entendí que lo había conseguido. Sus ojos bajaron del escote a mis piernas y volvieron a subir. No disimuló nada.
—Así sí que me arruinas la mañana —dijo, entrando.
—Solo vine a traerle el desayuno.
—Y yo solo iba a desayunar, pero ahora estoy pensando en otra cosa.
Mientras ponía el plato sobre la mesa, sentía su mirada metida bajo la tela. Cada vez que me inclinaba, sus ojos se me clavaban en las tetas. Cada vez que giraba, me miraba el culo. El silencio entre frase y frase era peor que las palabras. Era un silencio cargado, sucio, delicioso.
—Esa bata te queda demasiado bien —dijo por fin.
—¿Ah, sí?
—Sí. Dan ganas de subírtela y ver qué escondes abajo.
Lo miré por primera vez de frente, con una mezcla de nervio y descaro que ya ni yo sabía fingir.
—¿Y si no escondo mucho?
Darío apretó la mandíbula. Vi cómo respiró hondo. Se levantó de la silla y se acercó lo justo para que yo notara su calor, su olor a jabón y café, la tensión en su cuerpo.
—No juegues así conmigo —me dijo al oído.
—¿Y si quiero?
La nalgada me tomó por sorpresa. Sonó seca, fuerte, en plena cocina. Solté un jadeo y sentí el golpe extenderse como una chispa caliente por todo el culo. Antes de que pudiera decir nada, me agarró por la cintura y me pegó al mesón.
Su polla dura se marcó contra mis nalgas a través del pantalón. Yo me quedé quieta apenas un segundo; luego empecé a restregarme contra él, buscando sentir mejor el bulto. Su mano se metió bajo la bata, apartó la tanga hacia un lado y me encontró empapada.
—Mierda, estás chorreando —murmuró.
Metió dos dedos de golpe y me arqueé contra su pecho. Me los bombeó rápido, con fuerza, entrando y saliendo de mi coño mojado mientras me sujetaba del vientre con la otra mano. Cada metida me sacaba un gemido más alto que el anterior.
—Así que esto era lo que querías —me dijo contra el cuello—. Te haces la inocente y estás mojada como una puta.
—No hables tan duro —jadeé—. Pueden llegar.
—Entonces gime bajito.
Su mano trabajaba sin pausa. Me abría con los dedos, me hurgaba adentro, me rozaba el clítoris con el pulgar y volvía a meterme los dedos hasta el fondo. Yo abría más las piernas y me echaba hacia atrás para sentir su erección presionándome el culo. Me estaba deshaciendo. Noté cómo mis piernas empezaban a temblar.
Sacó los dedos, brillantes de mi flujo, y me los puso en los labios.
—Chúpalos.
Los metí en la boca y saboreé mi propia humedad sin apartarle la mirada. Él soltó una risa ronca, casi incrédula.
—Sabía que me deseabas.
—Entonces deja de hablar y fóllame.
Iba a responderme cuando escuchamos un coche detenerse afuera. Los dos nos tensamos. Él retrocedió de inmediato, se acomodó el pantalón y yo bajé la bata con manos torpes. Mi corazón golpeaba tan fuerte que sentía que cualquiera podía oírlo.
Entraron mi padre y mi abuela un minuto después. Yo seguía agitada, con el coño latiéndome, así que me encerré en el baño apenas pude. Ahí, bajo el agua, terminé lo que Darío había empezado. Me corrí con dos dedos en el clítoris pensando en su voz y en la presión de su polla contra mis nalgas.
***
Desde ese momento ya no había vuelta atrás. Nos tocábamos a escondidas siempre que podíamos. Una mano bajo la mesa mientras mi abuela servía la sopa. Una caricia en el pasillo. Una nalgada rápida al pasar. Un beso robado detrás de la puerta de la cocina. Cada roce me dejaba peor. Yo me vestía para él: shorts diminutos, vestidos ceñidos, telas finas sin brasier. Quería volverlo loco y lo estaba logrando.
Una noche, mientras cenaba, me senté a su lado más de lo necesario. Mi abuela hablaba sin parar de cualquier cosa y él fingía escuchar, pero por debajo de la mesa tenía la mano entre mis muslos. Me acarició la cara interna del muslo con la punta de los dedos, subiendo despacio, hasta que me encontró la tanga húmeda.
Me miró de reojo y sonrió.
—No aguantas nada —murmuró apenas, sin mover casi los labios.
Yo le agarré el bulto por encima del pantalón. Lo tenía duro, grueso, caliente. Empecé a apretarlo con suavidad y sentí cómo tragaba saliva. Mi abuela seguía hablando sin enterarse de nada, y esa mezcla de riesgo y morbo me tenía ardiendo.
Al día siguiente, cuando mi abuela salió un momento a hacer unas compras, por fin nos quedamos solos más tiempo. Yo llevaba un vestido negro corto, ajustado, pegado a las caderas. En cuanto la puerta se cerró, caminé hacia la cocina sabiendo que él venía detrás. No tardó ni tres pasos en alcanzarme.
Me agarró de la cintura y me giró hacia él. Nos besamos con hambre, como si lleváramos meses conteniéndonos. Su lengua entró en mi boca sin delicadeza, mezclándose con la mía, y yo le metí las manos bajo la camisa para sentirle el pecho velludo. Me apretó las nalgas con fuerza, amasándomelas, y yo froté mi pelvis contra su erección.
—Enséñamela —dijo, jadeando contra mi boca.
Levanté el vestido sin apartar la mirada, bajé la tanga hasta medio muslo y le abrí las piernas. Su mano fue directa a mi coño. Metió los dedos entre mis labios, me separó, me acarició el clítoris y luego me penetró con dos dedos lentos, disfrutando cómo se hundían.
—Joder, estás empapada.
—Por tu culpa.
Se llevó mis jugos a la boca, los chupó sin apartar los ojos de los míos y volvió a meterme los dedos, ahora más rápido. Me mordí el labio para no gemir demasiado fuerte.
—Esta noche sube —me ordenó—. Te quiero entera y sin prisas.
Asentí. No había nada que pensar. Llevaba días con el coño pidiéndomelo.
***
Esa noche esperé a que mi abuela se durmiera. La casa quedó en silencio y yo, en vez de ponerme ropa para salir, me quité todo. Me puse solo una bata de seda cerrada con un lazo y unas pantuflas. Debajo no llevaba nada. Sentía los pezones duros rozando la tela y el coño húmedo desde antes de tocar la puerta.
Darío me abrió casi al instante, como si hubiera estado escuchando mis pasos. Entré rápido y cerró detrás de mí. Ni siquiera hizo falta hablar. Me miró de arriba abajo y yo solté el lazo de la bata. La seda resbaló hasta el suelo y me quedé desnuda ante él.
—Aquí me tienes —dije—. Hazme lo que llevas días imaginando.
No respondió con palabras. Me empujó contra la pared y me besó con violencia, una mano en mi cuello, la otra bajando directa entre mis piernas. Me metió un dedo primero, luego dos, bombeando rápido mientras me mordía la boca. Gemí abierto, sin filtro, porque ya no había nadie que pudiera oírme salvo él.
—Así te quería —murmuró—. Desnuda, mojada y pidiéndome verga.
—Sí —jadeé—. Quiero tu polla.
Me alzó en brazos y me llevó al dormitorio. Me dejó sobre la cama y me abrió las piernas sin ceremonia. Se arrodilló entre ellas y empezó a besarme los muslos por dentro, despacio, haciendo que esperara justo donde más lo necesitaba. La barba me raspaba la piel y esa fricción me encendía todavía más.
Cuando por fin me lamió el coño, casi me doblé. Lo hizo con hambre, abriéndome con los dedos para meter la lengua bien adentro, subiendo después al clítoris para chuparlo y morderlo apenas. Yo me retorcía sobre las sábanas, agarrándome de su cabeza, abriéndome más para él.
—No pares... no pares... —repetía entre gemidos.
Su lengua entraba y salía, me daba lamidas largas, luego cortas y rápidas sobre el clítoris, después volvía a hundirse en mi coño mientras sus dedos me abrían más. El sonido de su boca comiéndome era obsceno. Yo estaba tan mojada que lo sentía en los muslos, en las nalgas, en las sábanas. Cuando me chupó el clítoris con fuerza y me metió dos dedos al mismo tiempo, exploté temblando.
Me corrí en su cara con las piernas agitadas, soltando un gemido que tuve que ahogar mordiéndome el puño. Él no se apartó. Siguió lamiendo, apurando hasta la última sacudida, hasta dejarme sensible y medio loca.
Subió besándome el vientre, luego las tetas. Me chupó los pezones uno por uno, los mordisqueó, los humedeció con la lengua mientras su barba me erizaba la piel. Yo le arañé el pecho por encima de la camisa abierta.
—Desnúdate de una vez —le pedí.
Se levantó y obedeció. Se quitó la ropa sin apartar la vista de mí, y cuando por fin sacó la polla entendí por qué me había tenido tan obsesionada. Era gruesa, larga, con una cabeza grande y venas marcadas. Se me hizo agua la boca.
Me puse de rodillas al borde de la cama y la agarré con ambas manos. Le di una primera lamida desde los huevos hasta la punta, lenta, disfrutando cómo se le tensaban los muslos. Luego me la metí en la boca. Fui bajando poco a poco, tomando lo que podía, jugando con la lengua en el glande, chupando con ganas mientras lo pajeaba con la mano.
—Joder... así... —gruñó.
Me encantaba cómo sonaba perdiendo el control. Le chupé la polla con ruido, sin pudor, sacándola para lamer la punta empapada y volviéndomela a meter. Una mano suya fue a mi pelo, no para apartarme sino para guiarme un poco más profundo. Sentí el sabor del líquido preseminal y seguí mamándosela hasta que empezó a temblarle el abdomen.
—Para, si no me corro ya.
Lo miré, con saliva en los labios, y sonreí.
—Después te corres donde yo te diga.
Se tumbó en la cama y me atrajo sobre él. Acomodé la polla en la entrada de mi coño y la froté entre mis labios, pasando la cabeza por el clítoris. Ya estaba tan húmeda que resbalaba sola. Él buscó un preservativo, pero le detuve la mano.
—No. Quiero sentirla entera.
—¿Estás segura?
—Sí. Métela.
Me fui bajando despacio sobre su polla. La cabeza me abrió poco a poco y tuve que morderme el labio porque era gruesa de verdad. Noté el estirón, la presión llena, deliciosa, y seguí descendiendo hasta tenerla dentro casi entera. Solté el aire de golpe. Él me agarró las caderas con fuerza.
—Mierda, qué apretada estás.
Empecé a moverme encima de él, primero lento, acostumbrándome al grosor, sintiendo cómo me llenaba cada vez que subía y bajaba. Luego aceleré. Mis caderas encontraron ritmo y ya no pude parar. Rebotaba sobre su polla mientras él me miraba las tetas subir y bajar, me apretaba el culo y me guiaba el movimiento.
Yo misma me clavaba más hondo, girando la pelvis para rozarme el clítoris con su pubis. Cada embestida desde abajo me acomodaba mejor la polla adentro. Me inclinaba hacia atrás, luego hacia adelante para besarle la boca, el cuello, morderle el hombro. Él me hablaba sucio, cada vez más sucio, y eso me calentaba peor.
—Muévete, así, cabalga esa polla —gruñó—. Te la querías comer desde hace días.
—Sí... sí... me moría por esto.
La cama crujía con mis movimientos. Sentía su polla golpear adentro y el orgasmo empezar a subir desde el vientre. Cuando él me llevó una mano al clítoris y empezó a frotarme en círculos, me vine casi al instante. Me corrí encima de él, convulsionando, apretándole la polla con el coño mientras gemía sin vergüenza.
Él no se corrió todavía. Me giró con firmeza, me puso a cuatro patas y se arrodilló detrás de mí. Apenas me dio tiempo de acomodarme cuando volvió a metérmela de una sola embestida. El golpe me sacó un grito.
—Así te quería coger —dijo, agarrándome de las caderas—. Viéndote ese culo temblar.
Empezó a follarme duro. De verdad duro. Su pelvis chocaba contra mis nalgas una y otra vez, húmeda por mi flujo, y el sonido de los golpes llenó el cuarto. Yo me agarré de las sábanas, hundiendo la cara en la almohada para no gritar demasiado, mientras él me abría más con cada empujón.
Me daba verga con ritmo sostenido, sin piedad, sacándola casi toda y volviéndola a meter hasta el fondo. Sentía cómo me escurría por dentro y por fuera, cómo mi coño se aferraba a esa polla gruesa, cómo me temblaban las piernas. Una mano suya me soltó la cadera solo para agarrarme un pecho y apretarlo; luego bajó a mi clítoris y empezó a sobármelo mientras seguía taladrándome.
—¿Te gusta así?
—Sí... sí... más... no pares...
Me corrí otra vez a cuatro patas, con las rodillas flojas y el coño apretándose en espasmos alrededor de él. Eso lo empujó al borde. Lo sentí perder el ritmo un segundo, respirar más áspero, agarrarme con más fuerza.
Me hizo girar de nuevo y me dejó boca arriba, al borde de la cama. Me levantó las piernas y se las echó a los hombros. Desde ahí me abrió por completo. Entró otra vez y empezó a embestirme mirando cómo su polla desaparecía dentro de mí.
Era una postura brutal. Cada golpe me llegaba más hondo, directo, y yo solo podía agarrarme a las sábanas y recibirlo. Me lamí los labios, lo miré follarme y eso sola casi me hizo venirme otra vez. Él sudaba, apretando la mandíbula, clavándome la mirada.
—Aprieta —me ordenó.
Le obedecí. Cerré el coño alrededor de su polla y Darío soltó un gruñido ronco. Me taladró unas cuantas veces más, descontrolado ya, y se corrió con una sacudida larga, enterrado hasta el fondo. Lo sentí venirse caliente adentro mientras yo temblaba otra vez, arrastrada por su orgasmo.
Nos quedamos unos segundos así, respirando fuerte, con mi cuerpo todavía abierto bajo el suyo. Cuando salió, una mezcla de semen y flujo me resbaló por los muslos. Él pasó dos dedos por ahí, recogió lo que goteaba y me lo mostró con una sonrisa satisfecha.
—Mira cómo quedaste.
Me metí esos dedos en la boca sin apartar los ojos de los suyos. Su risa fue casi un gemido.
Después me besó despacio, como si ahora sí hubiera tiempo. Yo le acaricié la polla semidura, la besé en la punta y le di otra mamada, más lenta, más sucia, solo porque me gustaba verlo rendirse de nuevo entre mis labios. No llegó a correrse esa vez, pero quedó temblando.
***
Volví al apartamento de mi abuela con las piernas flojas y el coño sensible. Caminaba despacio para no delatarme. Me metí en la cama con una sonrisa idiota, todavía oliéndolo en la piel, todavía sintiendo las embestidas en el cuerpo.
Lo más absurdo vino al día siguiente. Durante el desayuno, mi abuela comentó muy tranquila:
—Anoche me pareció escuchar a una mujer quejándose.
Casi se me fue el café por mal camino.
—No escuché nada, abuela —dije, bajando la mirada para que no me viera colorada.
Darío entró a comer unos minutos después. Se sentó como si nada, pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron, los dos tuvimos que contener la risa. Debajo de la mesa me rozó la rodilla con la suya. Yo apreté los muslos y recordé exactamente cómo me había dejado.
No fue la única vez. Cada visita a casa de mi abuela se convirtió en una excusa para repetir. A veces en su apartamento, a veces con la urgencia de la cocina, a veces robándonos caricias mientras alguien podía entrar. Duró hasta que él se mudó. Y aunque ha pasado mucho tiempo, todavía cuando recuerdo aquella primera noche en su cama se me humedece el coño como entonces.
Por eso lo cuento así, sin mentiras. Porque fue una confesión de deseo puro: yo lo provoqué, él me siguió el juego, y cuando por fin me folló como yo llevaba días pidiendo, supe que la espera había valido cada maldita gota de ansiedad.