Confesión en el capó después de la fiesta
Hay cosas que una no cuenta en voz alta porque, si las dice, dejan de ser una fantasía y se vuelven una prueba contra una misma. Yo tenía treinta y dos años, venía de un viaje con amigas donde me había soltado más de lo que esperaba, y todavía guardaba en el teléfono algunos contactos que me daban vueltas en la cabeza cuando me acostaba sola.
Uno de esos contactos era Bruno. No era de mi ciudad, no era amigo de nadie cercano y eso lo hacía más fácil. Habíamos coincidido una noche de copas, nos habíamos besado en un bar con demasiada música y después seguimos hablando durante semanas con mensajes cada vez más sucios.
Yo le decía lo que quería que me hiciera y él contestaba sin ponerse tímido. Me gustaba eso. Me gustaba que no intentara sonar fino, que me dijera directamente que quería tocarme, lamerme, abrirme las piernas y cogerme hasta dejarme temblando.
Cuando volví a mi pueblo para las fiestas patronales, pensé que esa tensión se iba a quedar en el teléfono. Él vivía a más de una hora de carretera y salía tarde de trabajar. Por eso, cuando me escribió diciendo que venía, primero me reí. Después empezó a mandarme fotos del camino, de la gasolinera, del tablero del auto, de los letreros cada vez más cercanos.
—Ya casi llego —me escribió.
Sentí un golpe de calor en el pecho. Estaba con mis amigas en una terraza, fingiendo que escuchaba una conversación sobre quién se había peleado con quién, pero tenía la cabeza en otra parte. Le mandé una ubicación discreta, una calle poco iluminada detrás del mercado, y le dije que estacionara ahí.
No me vestí como si fuera a una cita. Al menos eso me repetí. Llevaba zapatillas, un short muy corto y una camiseta escotada que dejaba claro que no iba a ponerle demasiadas trabas a sus manos. Debajo, un tanga negro que me hizo sentir descarada desde que salí de casa.
—Me voy temprano, estoy cansada —les dije a mis amigas.
Mentí con una naturalidad que me dio vergüenza y placer al mismo tiempo. Caminé despacio hasta la calle indicada, escuchando la música de la plaza alejarse detrás de mí. Cuando vi las luces de su auto al final de la cuadra, se me secó la boca.
Bruno bajó la ventanilla. Tenía esa sonrisa de quien ya imaginó demasiadas cosas antes de llegar.
—Sube —dijo.
Apenas cerré la puerta del copiloto, se inclinó hacia mí y buscó mi boca. Lo frené con una mano en el pecho, aunque mi cuerpo ya estaba respondiendo.
—Aquí no. Este pueblo está lleno de gente que mira por la ventana aunque diga que no.
Él soltó una risa baja, arrancó y dejó que yo le indicara por dónde salir. Pasamos las últimas casas, el campo deportivo, un puente angosto y después una carretera de tierra entre sembradíos. El ruido de las piedras bajo las ruedas me puso más nerviosa que cualquier palabra.
—Dobla ahí —le dije.
El auto avanzó hasta quedar escondido entre árboles bajos y una hilera de postes sin luz. A lo lejos todavía se escuchaba la fiesta, como un rumor. Ahí no había ventanas, ni vecinos, ni excusas.
—Aquí nadie nos ve —dije.
Bruno apagó el motor, pero dejó las luces encendidas. No dijo nada. Me tomó la cara con las dos manos y me besó como si hubiese manejado toda esa distancia solo para hacer eso primero: morderme el labio, meterme la lengua, apretarme contra el asiento hasta que mi respiración empezó a cortarse.
Yo quería provocarlo, quería verlo perder el control. Me separé apenas, levanté la camiseta y dejé mis pechos al aire. La forma en que se quedó mirándome me hizo sonreír.
—¿Eso querías? —pregunté.
Él no respondió con palabras. Bajó la boca y me chupó un pezón mientras con la otra mano me apretaba el pecho con fuerza. Cerré los ojos y hundí los dedos en su pelo. Sentí su lengua caliente, sus dientes apenas marcándome, y ese tirón directo entre las piernas que me dejó húmeda en segundos.
—Más fuerte —murmuré.
Me obedeció. Me chupó hasta hacerme arquear la espalda, alternando entre un pecho y el otro, mientras su mano bajaba por mi cintura y se metía por debajo del short. Cuando sus dedos rozaron la tela del tanga, notó lo mojada que estaba y soltó un sonido ronco contra mi piel.
—Estás empapada.
—Y todavía no me hiciste casi nada.
Eso lo encendió más. Me besó otra vez, pero el espacio dentro del auto se volvió incómodo enseguida. Yo necesitaba moverme, verlo entero, tener su cuerpo de pie frente al mío.
—Vamos afuera —le dije.
Salí sin bajarme la camiseta, con los pechos descubiertos y la piel erizada por el aire de la noche. Él rodeó el auto y me empujó contra la puerta del copiloto. Me besó el cuello, me apretó las caderas y restregó su erección contra mi vientre por encima del pantalón.
Sentirlo duro me quitó cualquier resto de prudencia. Me dejé caer de rodillas sobre la tierra compacta, justo entre él y el auto. Levanté la mirada y le desabroché el pantalón sin pedir permiso.
—Quiero probarte —dije.
Bruno se sacó la verga con una urgencia torpe, como si las manos no le alcanzaran. La tenía dura, caliente, apuntándome a la boca. Abrí los labios y dejé que la punta entrara despacio, primero solo un poco, saboreando la sal de su piel y la tensión de su cuerpo.
Él me tomó de la nuca, sin forzarme, pero marcando el ritmo. Yo cerré los labios alrededor de su verga y empecé a chuparlo con calma, metiéndolo más adentro en cada movimiento. Sentí cómo se hinchaba contra mi lengua, cómo respiraba más fuerte cada vez que llegaba casi hasta mi garganta.
—Así, Camila... así —jadeó.
Escuchar mi nombre en su boca me dio un escalofrío. Lo saqué solo para lamerlo de la base a la punta y escupir sobre él. Después volví a tragármelo, más húmedo, más profundo, con una mano cerrada alrededor de la base y la otra metida en mi propio short.
Me toqué por encima del tanga mientras se la chupaba. La tela estaba empapada. Froté mi clítoris con dos dedos, lenta al principio, luego con más presión, dejando que mis gemidos vibraran alrededor de su verga.
—Te encanta tenerme así, ¿no? —le pregunté, mirándolo desde abajo.
—Me estás volviendo loco.
—Entonces cógeme.
Él abrió la puerta del copiloto de un tirón. Yo me levanté, me giré y apoyé las manos en el asiento, dejando el culo hacia afuera. Bruno me bajó el short y el tanga hasta los muslos con una sola maniobra. El aire fresco me tocó la piel mojada y me hizo soltar un suspiro.
Primero me acarició con los dedos. Pasó por mis labios, los abrió, hundió dos dedos dentro de mí y comprobó lo fácil que entraban. Yo empujé hacia atrás, impaciente, buscando algo más grueso, algo que me llenara de verdad.
—No me hagas esperar —dije.
Me sostuvo de la cadera y acomodó la punta en mi entrada. Cuando entró, lo hizo despacio al principio, pero la humedad lo recibió sin resistencia. Sentí cómo me abría, cómo cada centímetro me estiraba hasta dejarme sin aire. Apoyé la frente contra el respaldo del asiento y gemí fuerte.
—Joder, qué apretada estás —dijo.
—Muévete.
Bruno empezó a cogerme contra el auto. Sus caderas golpeaban contra mi culo con un sonido seco, repetido, obsceno. Yo me agarré del asiento y del marco de la puerta, abierta de piernas, con el short trabado en los muslos y la camiseta subida hasta el cuello.
Cada embestida me arrancaba un gemido. No intenté callarme. El campo estaba vacío, la música del pueblo quedaba lejos y yo quería escucharlo todo: su respiración, mis jadeos, el golpe de su piel contra la mía, la puerta crujiendo cada vez que me empujaba más fuerte.
—Más —pedí—. Métemela más.
Él me agarró el culo con ambas manos y separó mis nalgas para verme mientras me penetraba. Esa sensación de estar expuesta me encendió todavía más. Me sentí sucia, deseada, completamente entregada a un hombre que hasta hacía poco era casi un desconocido y ahora me estaba cogiendo en una carretera de tierra.
Sus dedos bajaron por mi raja y rozaron mi ano. No dije que no. Al contrario, empujé un poco hacia atrás para que entendiera. Me acarició ahí mientras seguía entrando y saliendo de mi vagina, primero con cuidado, luego presionando hasta meterme la punta de un dedo.
—Así —gemí—. No pares.
La mezcla me hizo perder el control. Su verga me llenaba por delante y su dedo me abría por detrás, provocándome una presión intensa, deliciosa. Me toqué el clítoris con una mano, apretando rápido, siguiendo el ritmo de sus embestidas.
—Me voy a venir —avisé.
Bruno aceleró. Me cogió más duro, enterrándose hasta el fondo, mientras su dedo seguía dentro de mi culo. El orgasmo me subió desde la pelvis como una descarga. Grité, apreté las piernas, sentí la vagina palpitando alrededor de su verga y me quedé temblando contra el asiento.
Él no se salió. Bajó el ritmo, me dio unos segundos, pero siguió moviéndose dentro de mí con una lentitud cruel.
—No terminé contigo —dijo.
Yo me reí sin fuerza, todavía agitada.
—Entonces dime dónde me quieres.
Me giró en el mismo asiento y me penetró de frente. Le rodeé el cuello con los brazos y las piernas con dificultad, medio sentada, medio acostada, sintiendo la puerta abierta a mi lado y la noche enorme alrededor. Lo besé mientras me cogía con embestidas cortas, profundas, mirándome a los ojos cada vez que entraba.
—No te vengas todavía —le dije al oído—. Quiero que me cojas afuera, donde pueda verte.
Él se separó con la mandíbula tensa. Me levantó casi de golpe y me llevó hasta el frente del auto. El capó estaba tibio por el motor. Me subí sobre él, apoyé la espalda en el metal y abrí las piernas bajo la luz de los faros.
La escena me hizo sentir descarada hasta la médula. Yo, con los pechos al aire, el short enredado en una pierna y el tanga bajado, mostrándome bajo las luces como si el campo fuera un escenario privado.
—Mírame —le dije.
Bruno se acercó entre mis piernas, todavía duro, brillante por mi humedad y por mi saliva. Yo lo tomé con la mano, lo froté contra mi vulva y después lo aparté un poco más abajo.
—Ahora por atrás —murmuré.
Él me miró para asegurarse de haber entendido. Yo levanté las caderas, me abrí con una mano y guié su punta hasta mi ano. Estaba nerviosa, sí, pero más caliente que asustada. Quería sentirlo ahí, quería llevar esa noche hasta el límite que veníamos imaginando por mensajes.
Entró despacio. La presión me hizo abrir la boca y agarrarme del borde del capó. Al principio fue solo la punta, una quemazón intensa que me obligó a respirar hondo. Después, centímetro a centímetro, su verga se fue hundiendo en mi culo mientras yo me tocaba el clítoris para convertir la molestia en placer.
—Despacio... así, así —dije entre gemidos—. Ya estás dentro.
Cuando estuvo más profundo, empezó a moverse con cuidado. Cada salida me hacía sentir vacía y cada entrada me llenaba con una presión brutal. Yo tenía la espalda contra el metal, las piernas abiertas y los dedos trabajando sobre mi clítoris sin pausa.
—Te ves increíble así —jadeó.
—Cógeme. No te quedes mirando.
La frase lo rompió. Me agarró de los muslos y empezó a cogerme el culo con más ritmo, más seguro, hundiéndose hasta donde mi cuerpo lo dejaba. Yo gemía mirando el cielo oscuro, con los faros iluminándonos desde abajo y el sonido húmedo de mi mano frotándome mezclado con sus embestidas.
Era distinto a todo lo anterior. Más profundo, más sucio, más mío. Sentía la verga empujando dentro de mi culo y, al mismo tiempo, mis dedos mojados en mi vagina, rozando por dentro la tensión de cada movimiento. Me gustó tanto que me dio rabia haber esperado tanto tiempo para pedirlo así.
—No pares —repetí—. Me voy a venir otra vez.
Bruno apretó los dientes y siguió. Yo aceleré la mano en mi clítoris, frotando en círculos rápidos, mientras el capó vibraba debajo de mi espalda. El segundo orgasmo me agarró más fuerte que el primero. Me arqueé, grité su nombre y sentí el cuerpo entero contrayéndose alrededor de esa penetración anal que me dejaba sin pensamiento.
Él seguía entrando y saliendo, pero ya estaba al límite. Lo vi en su cara, en la forma en que cerraba los ojos, en los músculos de sus brazos tensos sobre mis piernas.
—Camila, no aguanto más.
Me incorporé como pude, todavía con las piernas temblorosas. Él se salió y yo bajé del capó, quedando de rodillas frente a él. Tenía la boca abierta antes de pensarlo, pero Bruno me tomó del pelo y me mantuvo a poca distancia.
—En tu cara —dijo, con la voz rota.
Lo miré y asentí. Empezó a masturbarse rápido, apuntándome. La primera descarga me cayó en los labios y la barbilla; la segunda, caliente, me manchó la mejilla. Parte entró en mi boca porque no pude evitar acercarme. Lo saboreé mientras él terminaba de correrse con un gemido largo, casi incrédulo.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Yo seguía de rodillas, despeinada, con el semen en la cara y el cuerpo sensible, mientras la música lejana de la fiesta parecía venir de otra vida.
Bruno me ayudó a levantarme. Me limpié como pude con la camiseta y me subí el short, riéndome por lo bajo, todavía temblando. Él me miraba como si no supiera qué decir después de haber imaginado tanto y haber recibido más.
—¿Te llevo de vuelta? —preguntó.
Miré hacia el camino, hacia las luces del pueblo y hacia esa versión mía que había salido diciendo que volvía temprano.
—Sí —respondí—. Pero da una vuelta larga.
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