La noche que mis amigos me metieron en un trío
Mi novia me había dejado pocos días antes, y aunque ahora lo cuento con calma, aquella semana yo me sentía hecho mierda. No era el amor de mi vida ni mucho menos, pero a uno le jode que lo suelten de golpe, sobre todo cuando se queda con la sensación de que lo cambiaron por una rutina más cómoda. Pasé dos noches dándole vueltas, fumando demasiado y haciéndome preguntas estúpidas que no servían para nada.
El único que me aguantó sin poner cara de fastidio fue Darío, mi mejor amigo desde hacía años. Me escuchó, me dejó desahogarme y, como si supiera que lo que yo necesitaba no era consejo sino distracción, me llamó el sábado para decirme que saliera con él y su novia. A mí la idea de hacer de carabina me sonó a castigo, pero estaba solo, era agosto y la ciudad parecía vacía, así que acepté.
Fui a recogerlos en mi coche al anochecer. Cuando ella salió primero del portal, entendí enseguida que la noche no iba a ser sencilla para mí. Se llamaba Vera, y llevaba una falda tan corta que cada paso enseñaba el arranque de unos muslos dorados por el sol; arriba, un top mínimo le dejaba el vientre desnudo y un escote que costaba mirar sin parecer un imbécil.
Lo peor no era solo lo buena que estaba. Era la naturalidad con la que lo llevaba todo, la forma en que sonreía, como si supiera perfectamente el efecto que causaba y le divirtiera. Tenía la cara dulce, ojos claros y una melena lisa que se apartaba del hombro cada dos por tres. Al lado de ella, Darío y yo parecíamos dos tipos corrientes con camiseta y vaqueros, exactamente lo que éramos.
La primera hora fue rara. Entrábamos a bares medio vacíos, pedíamos algo y salíamos otra vez porque no había ambiente en ninguna parte. Mientras caminábamos, ellos se besaban, se abrazaban, se tocaban con esa confianza de pareja que no necesita pudor. Y, de vez en cuando, Vera se pegaba demasiado a mí, me agarraba del brazo, me daba un beso en la mejilla o me rozaba con el pecho al pasar.
Yo no entendía si era una broma, una provocación o simplemente su manera de ser. Pero cada roce me iba calentando más. Estaba jodido por mi ruptura, sí, pero seguía siendo un hombre sano y ella estaba escandalosamente buena. Ver cómo Darío le metía mano delante de mí no me deprimía: me ponía duro.
En un momento pensé seriamente en dejarlos solos, inventar cualquier excusa e irme a casa a hacerme una paja con calma. Tenía la cabeza ardiendo. Entonces Vera, como si hubiera leído exactamente lo que me pasaba, propuso ir al chalet de sus padres, que estaban fuera, darse un baño en la piscina y abrir una botella de algo fuerte.
—Vamos, no seas abuelo —me dijo ella, sonriendo—. Manejas tú, así que decides tú cuándo termina la noche.
Decidir, en realidad, decidí poco. Como yo llevaba el único coche, acabé conduciendo hasta una urbanización tranquila a las afueras. Vera se sentó detrás sola y, por el retrovisor, la vi cruzar y descruzar las piernas varias veces. En una de esas, la falda subió de más y me dejó ver un tanga blanco pegado a la piel. No hizo nada por taparse.
Darío iba a mi lado hablando de cualquier tontería, pero yo apenas lo oía. Iba pendiente de la carretera y de esa visión en el espejo. Cada vez que miraba, me encontraba sus muslos abiertos y sus ojos clavados en mí, tranquilos, casi divertidos. Llegué al chalet con la polla ya medio dura.
Era una casa grande, silenciosa, con el jardín iluminado por luces bajas y la piscina escondida tras un seto espeso. En cuanto aparqué, apagué el motor con la idea de quedarme un rato y luego largarme. Pero Darío me quitó las llaves del contacto y se las guardó en el bolsillo.
—Ni se te ocurra huir —dijo.
—No traje bañador.
—Nadie te lo ha pedido —soltó Vera.
Me agarraron entre los dos de los brazos y me arrastraron riéndose hasta el borde de la piscina. Yo protesté por puro teatro, porque en el fondo ya me había dejado llevar por esa energía rara que había entre los tres. El agua reflejaba las luces del jardín y el aire olía a césped húmedo y cloro.
Vera se quitó primero las sandalias. Después, sin dar explicaciones ni pedir permiso, se subió las manos a la espalda y desató el top. Lo dejó caer al césped delante de nosotros. Sus tetas quedaron al aire, firmes, redondas, perfectas, con unos pezones rosados que se endurecieron de inmediato en el aire de la noche.
Me quedé mirándola como un idiota.
—Cierra la boca, que te van a entrar moscas —se burló Darío detrás de mí.
Antes de que reaccionara, me levantó la camiseta y me la arrancó de un tirón. Yo me giré para quejarme, pero entonces noté su pecho desnudo pegándose a mi espalda. Me agarró por la cintura y me besó el cuello. No un beso de broma. Un beso lento, húmedo, deliberado.
Se me heló la nuca y se me incendió la entrepierna al mismo tiempo.
—¿Qué coño haces, tío? —alcancé a decir.
Él soltó una risa baja junto a mi oído.
—Relájate. Si no te gusta, nos paras.
Yo habría contestado algo, pero Vera ya se había acercado por delante. Sus tetas se aplastaron contra mi pecho y me tomó la cara con las dos manos para besarme en la boca. Metió la lengua sin timidez, como si llevara semanas esperando hacerlo. Sabía a alcohol suave y a menta, y besaba con una seguridad que anulaba cualquier resistencia.
Cuando abrió mis labios y sentí la lengua de ella buscándome, me rendí. No porque me obligaran, sino porque de pronto todo mi cuerpo quiso exactamente aquello. Darío siguió besándome el cuello por detrás, Vera me morreaba por delante y yo estaba atrapado entre los dos, duro como una piedra.
—Quítale la falda —murmuró Darío.
Levanté las manos con un temblor evidente y busqué la cintura de Vera. Ella ni siquiera me ayudó: solo me miró a los ojos mientras yo deslizaba la falda por sus caderas y la dejaba caer hasta sus tobillos. Después pasó una pierna, luego la otra, y quedó delante de mí solo con un tanga diminuto que apenas le cubría el coño.
Le puse las manos en el culo y entendí por qué Darío estaba tan jodidamente enganchado a esa mujer. Tenía las nalgas prietas, calientes, suaves y redondas. Se las apreté con ganas, al fin, y ella soltó un gemido satisfecho contra mi boca. Detrás de mí, Darío me abrió el pantalón y empezó a bajármelo con calma.
Al apartarme un poco para mirarlo, vi que él también se estaba desnudando. Se quitó los vaqueros y se quedó con una tanga negra de hombre, estrecha, marcándole la polla dura hacia un lado. Me sorprendió tanto que solté una risa nerviosa.
—No me mires así —dijo él—. Esta noche va de probar cosas.
Me volvió hacia él y me besó. Esta vez fui yo quien respondió. Le abrí la boca con la lengua y lo besé de verdad, con morbo, sintiendo el roce de su barba corta y el calor de su respiración. Mis manos se fueron a su culo desnudo, igual que antes habían ido al de Vera, y noté cómo se tensaba bajo mis dedos.
Ella se pegó a mi espalda y metió una mano entre nosotros. Me bajó el bóxer de un tirón, me soltó la polla y la agarró con firmeza, arrancándome un jadeo. Darío tenía ya la suya apretada contra mi vientre; dos cuerpos desnudos y el de ella entrelazándose con el mío, manos por todas partes, saliva, respiraciones rotas. No había marcha atrás.
—Ahora me toca a mí —dijo Vera.
Entre los dos le bajamos el tanga despacio por las piernas. Cuando quedó completamente desnuda, la miré sin disimulo. Tenía el coño depilado, hinchado ya de excitación, los labios brillantes. La luz suave del jardín le dibujaba la piel y yo solo podía pensar en hundir la cara ahí.
—¿Seguro? —pregunté, más por necesidad de oírlo que por duda real.
—Muy seguro —dijo Darío.
—De rodillas —ordenó ella, sonriendo.
Me arrodillé en el césped frente a su cuerpo y la primera bocanada de su olor me puso peor. Le besé la parte interna del muslo, luego el otro, despacio, mientras ella me acariciaba el pelo. Después separé sus labios con los pulgares y le pasé la lengua de abajo arriba, de una sola vez, llevándome su humedad entera a la boca.
Vera soltó un gemido claro, sin vergüenza.
Seguí lamiéndole el coño con hambre, ya sin tanteos. Metía la lengua entre sus labios, le rodeaba el clítoris, volvía a bajar al borde de la entrada y subía otra vez con presión. Cada vez que insistía en el clítoris, sus rodillas temblaban un poco más. Me sujetaba la cabeza, no para apartarme sino para hundirme más.
Al alzar un segundo la vista, vi que Darío se había quitado también la tanga. Tenía la polla completamente dura, depilada, gruesa, temblándole apenas por la excitación. La había visto mil veces de pasada en vestuarios o viajes, pero aquella noche era otra cosa. Me tendió una mano sin decir nada.
La agarré y, sin dejar de comerle el coño a Vera, levanté la otra para envolverle la polla. Estaba caliente, tensa, viva. Le acaricié el tronco arriba y abajo y luego, llevado por una curiosidad que ya no tenía sentido esconder, me incliné y le di un beso en la punta.
Darío dejó escapar el aire entre los dientes.
—Joder...
Yo seguí un poco más con Vera hasta que me hizo levantar. Entonces me empujaron los dos a la piscina y caí al agua entre risas y un chapoteo brutal. Cuando saqué la cabeza, ellos ya venían detrás. Vera se colgó de mi cuello y me besó; Darío se pegó a mi espalda y me mordió el hombro. El agua nos cubría hasta el pecho y todo era más resbaladizo, más caliente, más sucio.
Nos tocábamos por debajo del agua sin ver del todo qué hacía cada mano, y eso lo volvía más morboso. Yo tenía una mano en una teta de Vera y la otra en la polla de Darío. Él me masturbaba despacio bajo el agua, apretando el glande con los dedos cada vez que subía. Vera me mordía el labio mientras se frotaba contra mi muslo.
—Aprovecha —me susurró Darío.
Agaché la cabeza y empecé a lamerle las tetas a Vera. Les pasé la lengua en círculos amplios, las besé enteras, me metí un pezón en la boca y chupé hasta notar cómo se endurecía más. Ella arqueó la espalda y dejó escapar un gemido largo. Del otro lado, Darío se inclinó sobre la otra teta y la mordisqueó mientras seguía meneándome la polla bajo el agua.
Yo también lo acariciaba a él. Le subía y bajaba la mano con cuidado, sintiendo cómo se estremecía cada vez que le rozaba la corona del glande con el pulgar. Aquello ya no tenía nada de confuso: me estaba poniendo tanto tocarlo como tocarla a ella. Y aceptar eso, en mitad de aquella locura, me excitó todavía más.
—Vamos fuera —dijo Vera, jadeando—. Quiero que me lo hagáis los dos.
Salió primero por la escalerilla, ofreciéndonos un culo que era una provocación en movimiento. Yo subí detrás, viendo cómo se le abrían un poco las piernas con cada peldaño y cómo el agua le corría por los muslos. Noté la mirada de Darío clavada en mi propio culo al subir yo, y el simple hecho de imaginarlo observándome me puso duro otra vez.
Vera se colocó a cuatro patas sobre una tumbona ancha del jardín. Separó bien las piernas y echó la espalda hacia abajo, mostrándonos sin pudor el coño mojado y el culo levantado. La escena era tan descarada que casi dolía mirarla. No esperé una invitación.
Me acerqué por detrás y le besé primero una nalga, luego la otra. Después le abrí el culo con los pulgares y le pasé la lengua por el ano. Vera dio un respingo y soltó un gemido más grave, de esos que salen del vientre. Le lamí el culo despacio, ensuciándome la boca con ganas, y luego bajé al perineo y al coño, que me recibió abierto y empapado.
—Sí... así... cómemelo todo —dijo ella, temblando.
Le metí la lengua dentro, hurgando en su entrada, y luego subí al clítoris para frotarlo con la punta una y otra vez. Mientras yo me concentraba en eso, Darío se puso delante de ella y le acercó la polla a la boca. Vera la chupó de inmediato, con ansia, tragándose el glande y mirándome a mí por encima del cuerpo de él.
La imagen me remató. Tenía a la novia de mi mejor amigo a cuatro patas, chupándole la polla a él mientras yo le comía el coño y el culo. Era demasiado. Era perfecto.
—Fóllatela —dijo Darío, con la voz rota—. Está lista.
Me levanté de la tumbona, me limpié la boca con el dorso de la mano y me coloqué detrás de Vera. La polla me latía de tan dura. La sujeté con una mano, la guié entre sus labios mojados y apoyé el glande en la entrada. Ella empujó el culo hacia atrás, impaciente.
—Métemela de una vez.
Entré despacio al principio, abriéndola poco a poco. Estaba caliente, apretada y tan mojada que el deslizamiento fue una tortura deliciosa. Cuando la tuve dentro casi hasta el fondo, me quedé quieto un segundo, agarrándole las caderas. Vera gimió con la polla de Darío todavía en la boca.
—Joder... —murmuré.
Empecé a moverme. Primero con embestidas cortas, probando el ritmo, y luego más fuerte, más hondo. Cada empujón le hacía balancearse sobre la tumbona y tragarse más polla de Darío. Él le sostenía la cara con una mano y me miraba a mí con una expresión encendida, como si verme follando a su novia lo excitara tanto como estar dentro de su boca.
La escena se volvió cada vez más sucia. Yo le daba duro por detrás, oyendo el golpe húmedo de mis huevos contra su coño y el sonido de su boca ocupada con él. Vera gemía alrededor de la polla de Darío y el ruido vibraba por todo su cuerpo. A veces soltaba la boca un segundo para pedir más.
—Más fuerte... no pares... así, cabrón...
Darío se apartó un momento de su boca y se acercó a mí. Yo no dejé de follarla. Él me agarró la cara y me besó con fuerza, metiéndome la lengua mientras yo seguía embistiendo a Vera por detrás. Besarlo así, con el cuerpo de ella apretándome la polla y sus jadeos justo debajo, me volvió completamente loco.
—Te gusta, ¿eh? —me susurró en la boca.
—Sí —admití, jadeando—. Me gusta todo.
Él me acarició el pecho, bajó la mano por el vientre y nos agarró a los dos: a mí el tronco de la polla en cada salida, a Vera el clítoris con dos dedos rápidos. Ella soltó un grito ahogado y se corrió primero, temblando entera, cerrándose alrededor de mí con espasmos tan intensos que casi me hicieron acabar en ese instante.
Seguí dándole un poco más, ya sin ritmo limpio, completamente vencido por el placer. Vera se giró como pudo, buscó mi boca y me besó con saliva, jadeos y el sabor aún presente de la polla de Darío. Yo la besé de vuelta sin pensar en nada. Solo quería seguir dentro, seguir oliéndolos, seguir sintiendo esa mezcla obscena de los tres cuerpos.
No tardé mucho más. Avisé tarde, casi sin voz.
—Me corro...
Salí a tiempo por puro reflejo y me corrí sobre la parte baja de su espalda y una nalga, con varias sacudidas brutales que me doblaron las rodillas. Vera pasó los dedos por encima de mi corrida y sonrió, satisfecha. Darío, que seguía igual de duro, me empujó suavemente hasta sentarme en la tumbona.
—Ahora tú no te escapas —dijo.
Se puso de pie delante de mí. Yo aún respiraba a golpes, pero la curiosidad y el morbo seguían intactos. Le agarré la polla y la miré un segundo antes de inclinarme. Le pasé la lengua por la punta, recogiendo el líquido transparente que brillaba allí, y luego me la metí en la boca poco a poco.
Era la primera polla que chupaba en mi vida, y lo supe en el modo torpe en que empecé. Pero Darío me sujetó del pelo con suavidad, no para forzarme, sino para guiarme. Yo fui relajando la garganta, bajando más, sintiendo el peso y el calor de su verga sobre la lengua. Vera, a mi lado, me acariciaba el cuello y una mano me masajeaba los huevos.
—Así... joder, así —gemía él.
Me la saqué de la boca para lamerle el tronco y chuparle con ganas el glande. Vera se arrodilló a mi lado y empezó a besarme la polla, que ya se me estaba endureciendo otra vez a una velocidad obscena. Entre los dos me comieron como si quisieran vaciarme de nuevo. Ella chupaba el glande mientras Darío me lamía por debajo, desde los huevos hasta la punta, lento y húmedo.
No sabía adónde mirar. Ver a mi mejor amigo con la lengua en mis huevos y a su novia tragándose mi polla era demasiado para procesarlo y, al mismo tiempo, exactamente lo que quería. Les agarré la cabeza a ambos, no para mandar sino porque me estaba deshaciendo de puro placer.
Luego Vera quiso volver a ser el centro. Se tumbó boca arriba en la misma tumbona y abrió las piernas. Darío se colocó a su lado y yo entre ellas. Esta vez los dos le comimos el coño. Yo me encargué del clítoris, chupándolo y lamiéndolo sin pausa, mientras él le metía dos dedos y luego tres, abriéndola con un ritmo firme que la hacía retorcerse.
—No puedo más... me voy a correr otra vez... —decía ella, ronca.
Se corrió sobre nuestra boca entre temblores, apretándome la cara con los muslos. Después quiso probar otra posición y acabó cabalgándome a mí mientras Darío la besaba y le agarraba las tetas. Subía y bajaba sobre mi polla con una obscenidad deliciosa, mirándome a los ojos cada vez que se dejaba caer hasta el fondo.
En un momento intentamos coordinarnos para meterle también la polla de Darío al mismo tiempo, pero entre las risas, los ángulos imposibles y nuestra falta de práctica, aquello fue un desastre. Acabamos parando para reírnos los tres, desnudos, sudados y todavía calientes, con la madrugada encima y el jardín oliendo a sexo.
***
No se quedó en una sola escena. La noche siguió a tirones de deseo, de botella compartida, de besos sucios y manos que ya no pedían permiso. Volví a chuparle la polla a Darío con más confianza. Él me puso a cuatro patas un momento junto al borde de la piscina y me abrió las nalgas para lamerme el culo, solo eso, sin llegar a meter nada, lo justo para que descubriera otro escalofrío que nunca había sentido.
Vera se masturbaba mirándonos, metiéndose dos dedos en el coño mientras nos daba órdenes. Luego nos llamaba, nos hacía besarla, ponía una polla en cada mano y se divertía viendo cómo se nos cruzaban las miradas. A veces me sentía usado; otras, elegido. La verdad es que ambas cosas me excitaban igual.
Antes del amanecer, volvimos al agua una última vez. Esta vez fue más tranquilo, menos brusco y más íntimo. Nos quedamos abrazados, besándonos despacio, como si después de toda la suciedad todavía quedara ternura. Y sí, quedaba.
Ya tumbados los tres, exhaustos sobre las hamacas, me animé a preguntar lo obvio.
—¿Habían hecho esto antes?
Darío se rio primero. Vera me acarició el pecho con la yema de los dedos.
—Con un chico juntos, no —dijo ella—. Contigo ha sido la primera vez.
—¿Entonces fue por lástima?
—No digas tonterías —contestó Darío—. Lo de tu ex solo fue la excusa. Te teníamos ganas desde hace tiempo.
Me quedé callado unos segundos, procesándolo. Y, en lugar de asustarme, me gustó. Me gustó pensar que no había sido una locura improvisada, sino un deseo que ellos ya arrastraban. Me gustó aún más admitir que, si esa noche me había enseñado algo, era que yo también lo había querido mucho antes de aceptarlo.
Desde entonces dejé de mentirme. No necesité ponerme una etiqueta aquella misma mañana, pero entendí que el deseo no me iba en una sola dirección. Me gustaban las mujeres, sí; eso nunca estuvo en duda. Pero también me había encantado besar a un hombre, chuparle la polla, tocarlo y sentirme deseado por él.
Lo cuento como una confesión porque así lo viví: como una puerta que se abrió de golpe. Yo había salido de casa pensando que iba de carabina, dispuesto a aguantar los arrumacos de una pareja mientras superaba a mi ex. Y terminé desnudo entre mis dos mejores cómplices, follando, mamando, lamiendo y descubriendo una parte de mí que había estado ahí todo el tiempo.
No fue una noche romántica ni perfecta. Fue mejor. Fue torpe, sucia, excitante, inesperada y brutalmente sincera. Cuando el sol empezó a colorear el jardín y por fin recuperé mis llaves, ya no me sentía abandonado ni derrotado.
Me sentía estrenado.
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