Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi confesión más sucia bajo la ducha

No sé en qué momento se me fue de las manos, pero aquel día me desperté con el cuerpo ardiendo y la cabeza llena de una sola obsesión. Abrí los ojos con las piernas pegadas por mi propia humedad, con las sábanas enredadas en los muslos y el coño latiéndome con una insistencia casi dolorosa. No era simple calentura. Era una necesidad bruta, constante, animal, como si hubiera pasado la noche entera soñando contigo y mi cuerpo hubiera decidido seguir solo al despertar.

Metí la mano por debajo de la ropa antes siquiera de sentarme en la cama. Toqué mis labios hinchados, resbalosos, y apenas rocé el clítoris se me escapó un gemido ronco, de esos que salen sin permiso. Empecé suave, todavía aturdida, frotándome en círculos lentos, pero en menos de un minuto ya estaba abriendo las piernas, arqueando la espalda y moviendo la cadera contra mi propia mano como una desesperada.

Me corrí la primera vez con una facilidad que hasta me dio vergüenza. El orgasmo me subió rápido, me apretó el vientre y me dejó temblando sobre el colchón, mordiéndome el antebrazo para no gritar. Pensé que con eso se me pasaría.

No se me pasó.

Fui al baño, me miré al espejo y vi una cara que no parecía la mía: los ojos pesados, los labios entreabiertos, el pelo revuelto, la expresión de una mujer que ya venía vencida por el deseo desde antes de levantarse. Me mojé la nuca con agua, respiré hondo y traté de comportarme como una persona normal. Preparé café, me serví algo de comer, caminé por el departamento intentando ocuparme en cualquier cosa.

A la mitad del desayuno ya me estaba apretando los muslos debajo de la mesa.

La segunda vez fue en el sillón, todavía con la taza tibia al lado. Me deslicé una mano dentro del pantalón corto y me encontré más mojada que antes. Eso fue lo que me terminó de hundir. Empecé frotándome por encima, apenas, pero la tela me estorbaba y terminé bajándomela de un tirón. Me abrí de piernas sobre el borde del asiento, hundí dos dedos y los saqué cubiertos de mí, brillantes, pegajosos.

Mírate, pensé. No puedes ni desayunar sin tocarte.

En lugar de avergonzarme, eso me puso peor.

Empecé a meter y sacar los dedos con prisa, oyendo ese sonido húmedo, sucio, cada vez más claro en el silencio de la sala. Con la otra mano me pellizqué un pezón por encima de la camiseta hasta endurecerlo. Imaginé tu boca en mi cuello, tu voz baja diciéndome exactamente lo que era, y acabé otra vez con un espasmo seco que me dobló sobre mí misma. Me corrí gimiendo tu nombre en voz baja, con la frente apoyada en el respaldo.

La tercera fue antes del mediodía. La cuarta, al lado de la ventana de mi cuarto, mirando la calle como si alguien pudiera adivinar lo que estaba haciendo. Para la quinta ya me dolían los dedos y tenía el clítoris tan sensible que rozarlo era casi una punzada. Aun así, el deseo seguía ahí, clavado entre las piernas como una fiebre que no aflojaba.

Lo peor era que no quería cualquier alivio. No quería simplemente venirme y ya. Te quería a ti.

Quería tu manera de mirar. Esa paciencia de depredadora con la que podías dejarme hablando sola con solo inclinar la cabeza. Quería recordar tus mensajes, tu forma de tensarme desde lejos, la seguridad con la que me habías dicho la última vez: —Cuando te pongas así, no me lo ocultes. Me lo dices. Quiero saber cómo te desarmas pensando en mí.

Aquel día te obedecí tarde.

Te escribí desde el baño, con los dedos todavía húmedos. «No puedo dejar de tocarme». Lo mandé y me quedé mirando la pantalla como una idiota, con el corazón acelerado. Tardaste un minuto en responder.

«No hagas nada hasta que yo llegue.»

Leí esa frase tres veces seguidas. Sentí un tirón entre las piernas tan fuerte que tuve que apoyar una mano en la pared. Te contesté que no sabía si iba a aguantar. Tu respuesta llegó enseguida.

«Aguanta. Quiero encontrarte ardiendo.»

Pasé la siguiente hora encerrada, caminando descalza del cuarto al baño y del baño a la cocina, peleando contra mi propia mano. Todo en el cuerpo me pedía tocarme. El roce de la tela me volvía loca. El peso de las tetas, el calor en la entrepierna, la humedad constante entre los labios; todo me llevaba otra vez al mismo borde. Intenté distraerme con la ducha, convencida de que el agua fría me bajaría la fiebre.

Fue un error.

En cuanto el agua me cayó encima, me endurecí entera. Las gotas resbalaban por el cuello, por el pecho, por el vientre, bajaban despacio y se colaban entre mis piernas como si supieran exactamente dónde tenían que tocar. Mis pezones se pusieron duros al instante. Cerré los ojos, incliné la cabeza hacia atrás y empecé a jadear por puro reflejo.

—Mierda… —solté, sola, sintiendo que perdía la pelea.

Me agaché, apoyé una mano en el azulejo y dejé que la otra bajara entre mis muslos. Estaba empapada antes de rozarme. Mis dedos patinaron sobre el clítoris y tuve que morderme el labio con fuerza. Empecé a frotarme con desesperación, sin cuidado, sin ritmo, como una puta ansiosa tratando de sacar de su propio cuerpo algo que no terminaba de llegar del todo.

Me dejé caer de rodillas. El agua seguía golpeándome la espalda, el culo, el pelo, mientras yo me abría más y me metía dos dedos hasta el fondo, curvándolos como me gusta, buscándome ese punto que me hace ver blanco. Gemí fuerte, obscenamente, sin nadie que pudiera oírme más que los azulejos y el agua. Mi coño hacía ese ruido húmedo y abierto de pura necesidad.

—Ven… —susurré primero.

Después lo dije como una orden rota.

—Ven de una vez. Hazme tuya. Fóllame.

Me llevé los dedos a la boca, los chupé, probé mi sabor y eso me encendió todavía más. Imaginé que eran los tuyos. Imaginé tu mano agarrándome del pelo, obligándome a abrir más las piernas, a quedarme quieta mientras hacías conmigo lo que quisieras. Me toqué las tetas con fuerza, me apreté los pezones, me arañé apenas la piel mojada del pecho y sentí un escalofrío completo, de arriba abajo.

Cuando me corrí en el piso de la ducha fue violento. El orgasmo me cerró el vientre, me hizo temblar los muslos y casi me derrumbó de costado. Quedé jadeando, con la mejilla contra el azulejo mojado, el agua corriéndome por la espalda y mi propia humedad mezclándose con ella. Debió haberme calmado.

Me dejó peor.

Salí de la ducha con las piernas blandas y una ansiedad casi ridícula. Me puse una bata ligera, sin ropa debajo, y fui a abrirte cuando sonó el timbre. Ya sabía que eras tú antes de mirar por la mirilla. Lo supe por cómo me volvió a latir el coño de golpe, por cómo se me secó la boca.

Cuando abrí, entraste sin apuro. Traías esa expresión tranquila que me desarma más que cualquier gesto brusco. Me miraste el pelo mojado, la bata anudada deprisa, las piernas desnudas. Cerraste la puerta detrás de ti y dejaste el bolso en una silla como si tuvieras todo el tiempo del mundo.

—Así que no podías esperar —dijiste.

Tragué saliva. —Lo intenté.

Te acercaste un paso. —¿Cuántas veces?

Bajé la mirada, pero me tomaste del mentón para obligarme a verte. Esa simple firmeza me aflojó las rodillas.

—Contesta.

—Cinco… —dije—. Seis en la ducha.

Tu boca se curvó apenas, no en una sonrisa dulce sino en algo más oscuro, más satisfecho. —Y aun así sigues así de mojada.

Asentí. No tenía sentido mentir. Ya sentía la humedad correr otra vez entre mis muslos.

—Quítate la bata.

Obedecí sin hablar. Solté el nudo y la tela cayó a mis pies. Tu mirada me recorrió despacio, sin pudor, deteniéndose en mis tetas, en mi vientre todavía agitado, en el vello húmedo entre las piernas. Nunca me había sentido tan expuesta ni tan deseosa de estarlo.

—Date la vuelta.

Lo hice. Me pusiste una mano en la nuca y la otra en la cadera, separándome un poco las piernas con el pie. Sentí tus dedos abrirme los labios con una facilidad obscena.

—Mira esto —murmuraste junto a mi oído—. No has dejado de escurrir ni un segundo.

Gemí. Quise moverme hacia atrás, buscar más contacto, pero me diste una palmada seca en el muslo.

—Quieta.

Ese tono me atravesó entera.

Me llevaste hasta el sofá con una mano firme entre los omóplatos. Me inclinaste sobre el respaldo, me hiciste apoyar los antebrazos y separaste mis piernas lo suficiente para dejarme abierta de par en par. Sentí aire frío en el coño, luego tus dedos acariciando apenas la entrada, jugando con mi humedad. Era una tortura precisa, consciente.

—Dime cómo te tocaste —ordenaste.

Se me quebró la voz. —Con los dedos… en la cama… luego en el sillón… después en la ducha…

—Más claro.

Cerré los ojos, avergonzada y excitada al mismo tiempo. —Me metí los dedos y me froté el clítoris pensando en tu boca. Pensando en que ibas a venir a romperme.

Entonces sí metiste dos dedos de golpe. Entraron fácil, hundiéndose en mí con un sonido húmedo que me hizo soltar un gemido indecente. Empezaste a moverlos con fuerza, sin delicadeza, golpeándome por dentro justo donde ya me dolía de necesidad. Con la otra mano me abriste más las nalgas y sentí tu aliento caliente entre las piernas antes de que tu lengua me tocara.

Fue brutal.

Lamiste de abajo arriba, lento la primera vez, como saboreándome entera. La segunda ya fue más firme. La tercera me hizo temblar. Tenías la cara hundida en mi coño y yo solo podía agarrarme al sofá mientras tus dedos me follaban por dentro y tu lengua me trabajaba el clítoris con una precisión salvaje.

—Así de necesitada estabas —dijiste contra mi piel, sin dejar de tocarme—. Así de caliente, y sola.

—Sí… —jadeé—. Sí, joder.

Me chupaste el clítoris y casi me doblé. Después me escupiste justo ahí y usaste esa mezcla de saliva y mi propia humedad para frotarme más rápido, más duro, con los dedos entrando y saliendo sin pausa. Mi coño se cerraba sobre tu mano con hambre, como si quisiera tragársela. El ruido era escandaloso. Cada embestida de tus dedos me arrancaba un gemido más alto.

—Mírate —dijiste—. No puedes ni sostenerte.

Tenías razón. Las piernas me temblaban. Sentía el orgasmo subiendo otra vez, espeso, fuerte, inevitable.

—No te corras todavía —ordenaste.

Intenté obedecer. De verdad lo intenté. Apreté los dientes, arqueé la espalda, traté de alejarme un poco del roce de tu lengua, pero me sujetaste de la cadera y seguiste lamiéndome sin piedad. Cuando me mordiste apenas el interior del muslo y metiste un tercer dedo, me quebré.

Me corrí gritando, con el cuerpo convulsionando sobre el sofá, chorreando sobre tu boca y tu mano. El orgasmo fue tan fuerte que durante unos segundos no pude hacer otra cosa que jadear y temblar. Te apartaste solo lo justo para mirarme desde abajo. Tenías la boca brillante, la barbilla húmeda, y esa imagen sola estuvo a punto de hacerme venir otra vez.

—Qué sucia estás —dijiste con una calma que me volvió loca.

Me giraste de espaldas, me sentaste en tu regazo y me besaste. Sabía mi propio sabor en tu boca. No fue un beso tierno; fue húmedo, lento y obsceno, con tu lengua entrando como si también quisiera dominarme por ahí. Te metí la mano por debajo de la ropa y te encontré dura, lista. Apreté apenas y soltaste una exhalación contenida.

—Desnúdate —te pedí, ya sin poder fingir paciencia.

—¿Eso quieres?

—Sí.

—No. Dilo bien.

Te miré con la cara todavía ardiendo. —Quiero que me folles.

Esa vez obedeciste tú. Te quitaste la ropa sin apartar los ojos de mí, y cuando te tuve enfrente sentí otra oleada de calor brutal, casi mareante. Te arrodillaste entre mis piernas, me las abriste más y frotaste la punta contra mi entrada, solo para mojarte mejor, solo para hacerme suplicar.

—Por favor —dije, incapaz de otra cosa.

—Eso está mejor.

Entraste despacio al principio, abriéndome centímetro a centímetro, dejándome sentir el grosor, la presión, el avance firme que me hacía jadear más fuerte a cada instante. Cuando estuviste dentro por completo, me quedé quieta un segundo, con la boca abierta y el vientre apretado, sintiéndote llenarme de una forma que mis dedos jamás podían imitar.

—Joder… —susurré.

Me agarraste de la nuca y empezaste a moverte.

Las primeras embestidas fueron largas, profundas, medidas. Salías casi hasta el final y volvías a entrar con un golpe seco que me hacía rebotar contra el respaldo. Cada vez que te hundías hasta el fondo, el aire se me iba del pecho. Cada vez que salías, mi coño trataba de retenerte. No tardó en escucharse ese chasquido húmedo, escandaloso, de nuestros cuerpos encontrando el ritmo exacto.

Te monté las caderas con desesperación, buscando más. —Más fuerte.

Respondiste agarrándome de los muslos y empujándome hacia atrás, abierta y expuesta, mientras me follabas con una cadencia dura que ya no dejaba lugar para respirar bien. Mis tetas rebotaban con cada golpe. Yo apenas podía sostenerme, pero no quería que pararas. Todo dolía y gustaba al mismo tiempo: la presión dentro, el ardor del clítoris sensible, la firmeza de tus manos marcándome la piel.

—Mírame —ordenaste.

Levanté la cara como pude. Verte moverte entre mis piernas, con la mandíbula tensa y la respiración cada vez más pesada, me hizo gemir otra vez. Había algo profundamente obsceno en dejarte verme tan abierta, tan mojada, tan incapaz de ocultar el efecto que me hacías.

Me levantaste del sofá y me pusiste en cuatro sobre el asiento. Sentí tus manos separar mis nalgas y luego la punta rozándome otra vez antes de volver a entrar, esta vez desde atrás, más profundo todavía. Solté un grito ahogado. Esa postura me dejaba completamente sometida al ritmo que quisieras imponer, y lo aprovechaste.

Empezaste a embestirme con fuerza, una detrás de otra, sin pausa. El sonido de piel contra piel llenó la sala. Yo enterré la cara en el brazo para no deshacerme por completo, pero tú me agarraste del pelo y me hiciste alzar la cabeza.

—No te escondas.

Seguiste follándome así, tirándome del pelo justo lo suficiente para mantenerme abierta, vulnerable, recibiéndote entera. Con la otra mano bajaste entre mis piernas y me frotaste el clítoris al ritmo de cada embestida. Fue demasiado. Demasiado rápido, demasiado intenso, demasiado perfecto para un cuerpo que ya venía de correrse tantas veces y seguía queriendo más.

—Me voy a correr —balbuceé.

—Te vas a correr cuando yo te diga.

Apreté los dientes, pero me temblaban las piernas como si fueran a ceder. Seguías entrando duro, mojándote más y más conmigo, mientras tu mano me trabajaba con una firmeza despiadada. Cada círculo en el clítoris me empujaba al borde. Cada golpe de cadera me dejaba más vacía de pensamientos.

—Ahora —dijiste al fin.

Y me vine.

Me vine tan fuerte que perdí toda tensión y casi me derrumbé sobre el sofá. Sentí el orgasmo partirme en oleadas rápidas, violentas, una detrás de otra, mientras seguías dentro de mí, embistiendo unas cuantas veces más para alargarlo. Grité sin ningún pudor. Lloré un poco, creo. O tal vez solo era agua del pelo, sudor, saliva, todo mezclado.

No me diste mucho tiempo para recuperarme. Me giraste, me sentaste al borde del sofá y volviste a penetrarme de frente. Abrí las piernas en automático, agotada y dispuesta, y te rodeé la cintura con ellas. Me besaste mientras te movías, más lento al principio, como si quisieras saborear el desastre en que me habías convertido. Después volviste a acelerar.

Te sentía cada vez más cerca de correrte. En cómo se endurecían tus manos en mis caderas. En cómo tus embestidas se volvían menos medidas y más urgentes. Yo seguía sensible, tan abierta y mojada que cada choque me arrancaba pequeños gemidos involuntarios. Bajé una mano entre nuestros cuerpos y me toqué apenas, solo para empujarme una vez más al borde.

—No pares —te pedí—. No pares, por favor.

Me mordiste el labio y seguiste follándome hasta que tu respiración se quebró. Te corriste con un gemido grave, enterrándote hasta el fondo y quedándote ahí unos segundos, tenso, apretándome contra ti mientras ambos temblábamos. Sentí el calor de tu orgasmo y cerré los ojos, disfrutando no solo la sensación, sino la forma en que me llenaba la cabeza de una calma espesa, al fin suficiente.

Te dejaste caer a mi lado. Quedamos unos segundos en silencio, respirando fuerte, con las piernas todavía enredadas y el olor del sexo flotando claro alrededor. Mi cuerpo entero latía. Tenía los muslos húmedos, el pelo pegado a la frente, la garganta seca y una satisfacción sucia que me aflojaba hasta los dedos de los pies.

Te miré y me eché a reír, agotada. —Ahora sí puedo pensar.

Tú también sonreíste, apartándome el pelo de la cara. —No parecías muy interesada en pensar.

—No lo estaba.

Me quedé callada un momento, sintiendo el peso agradable del cansancio y ese hormigueo residual entre las piernas que deja una buena follada después de horas de hambre. Había pasado el día entera al borde de mí misma, tratando de llenarme sola y fracasando una y otra vez. Solo entonces entendí que no era cantidad lo que buscaba, sino ese punto exacto en el que el deseo deja de ser una tortura y se convierte en entrega.

Apoyé la cabeza en tu hombro y exhalé despacio. —Si vuelve a pasarme así…

—Me escribes antes de la sexta corrida —dijiste.

Solté otra risa, ronca. —Trato hecho.

Y mientras el cuerpo por fin se me apagaba, satisfecho y rendido, supe que esa confesión no iba a ser la última. Porque hay días en que una se toca por costumbre, por capricho o por simple ganas. Y hay otros, como aquel, en que una se descubre abierta de verdad, obscena de verdad, necesitando no solo correrse, sino ser mirada, dominada y follada hasta quedar vacía por fin.

Si leés desde zona norte, en Chicas Elite Escobar vas a encontrar perfiles con fotos reales.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(5)

NadiaSol88

increible!!! quiero mas ya

andres_551

Por favor que haya segunda parte. Quede re enganchado y se corto justo cuando mas queria que siguiera jaja

ClaroLector

No suelo comentar pero este me saco de las casillas, muy bueno!

Lola_deBaires

De lo mejor que lei en esta categoria. Muy bien escrito sin ser exagerado, cada parte tiene su lugar

Gonza_Lee

Me recordo a algo que me paso hace un tiempo, estas confesiones suenan tan reales... buen trabajo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.