Mi vecina ciega me pidió una clase de sexo oral
Conocí a Nadia cuando se mudó al ático de enfrente, en una urbanización tranquila de la costa. Tendría cerca de treinta años, vivía sola y se manejaba con una seguridad que descolocaba a cualquiera que la tratara por primera vez. Era ciega desde niña, pero odiaba que la trataran con condescendencia, y por eso mismo terminamos llevándonos bien: yo no la compadecía y ella no fingía necesitar menos ayuda de la que en verdad aceptaba.
Yo acababa de separarme y me refugiaba en el trabajo para no pensar demasiado. Ella estudiaba, leía con sus dispositivos de voz, hacía ejercicio en casa y tenía una curiosidad feroz por todo. Hablábamos de política, de series, de comida, de música y, con una naturalidad que al principio me dejó tieso, también de sexo.
—No pongas esa cara —me dijo una noche, riéndose mientras tomábamos vino en su terraza—. Que no vea no significa que no folle ni que no piense en ello.
A partir de ahí, la barrera se rompió sola. Nadia no coqueteaba como otras mujeres; iba de frente. Si quería saber algo, lo preguntaba. Si algo la excitaba, lo decía sin rodeos. Y yo, que llevaba meses sin tocar a nadie, empecé a notar que sus preguntas me dejaban cada vez más alterado.
Me contaba que se masturbaba mucho, que conocía su cuerpo mejor que muchas mujeres que sí podían verse al espejo, y que los juguetes se habían vuelto parte normal de su rutina. Tenía vibradores, dildos, plugs y una colección de fantasías bastante más amplia de lo que uno imaginaba al verla tan serena, tan impecable, tan dueña de sí misma.
—Lo que me falta es experiencia real en algunas cosas —me soltó una madrugada—. No teoría. Práctica.
Yo me hice el distraído, aunque ya sentía hacia dónde iba la conversación.
—¿Como qué?
—Sexo oral bien hecho. Darlo y recibirlo. Quiero ir a un taller para parejas y no llegar en blanco como una idiota.
Solté una risa nerviosa.
—Seguro que encuentras con quién practicar.
Ella giró el rostro hacia mí con esa precisión inquietante con la que parecía mirarte sin ojos.
—De hecho, sí. Ya lo encontré.
Se me secó la boca.
—Nadia...
—No me interrumpas. Te lo estoy diciendo en serio. Confío en ti, me conoces, no eres un bruto y no me vas a tratar como si estuviera rota. Quiero hacerlo contigo.
Intenté escudarme en la prudencia, en las apariencias, en que éramos vecinos y en que aquello podía complicarlo todo. La realidad era mucho más simple: me ponía durísimo solo de imaginarla de rodillas delante de mí, con esa boca insolente y esa manera de hablar que convertía cualquier frase en una provocación.
—No es buena idea.
—Eso lo dices con voz de hombre asustado, no con voz de hombre sin ganas.
No le respondí. No hacía falta. Ella sonrió, tranquila, como si ya me hubiera oído por dentro.
Durante las dos semanas siguientes no me dejó escapar. No con insistencia agobiante, sino con una paciencia perversa. Enviaba audios preguntándome si ya había pensado en ello. Me llamaba para contarme lo que había leído sobre respiración, lengua, ritmo, reflejo nauseoso, lubricación, posturas. Y entre dato y dato soltaba frases que me dejaban con la polla tensa dentro del pantalón.
—He practicado con un consolador para acostumbrarme a la profundidad.
—Creo que me excito demasiado solo de pensarlo.
—Quiero saber a qué sabe una corrida real, no el plástico de mis juguetes.
Acabé cediendo el sábado de un fin de semana largo. Más que ceder, me rendí. Me invitó a cenar. Cocinó ella con una precisión admirable, guiándose por olores, tiempos y memoria. Yo apenas probé bocado. Cada vez que su mano rozaba la mía al pasar un plato, cada vez que se reía al notar mi silencio, sentía que me iba metiendo en la boca de un lobo al que, en el fondo, deseaba entrar.
—Estás muy callado —dijo mientras retiraba los platos.
—Estoy pensando que todavía podemos dejarlo.
—Y yo estoy pensando que llevas toda la noche imaginando cómo voy a chuparte la polla.
La crudeza de la frase me atravesó de lleno. Me levanté a ayudarla en la cocina para no seguir sentado con la erección creciendo. Ella dejó un vaso en la encimera, se apoyó con las caderas y ladeó la cabeza.
—Dime que no quieres y paro aquí.
No pude.
—Joder, Nadia...
—Eso no es un no.
Nos quedamos quietos unos segundos, oyendo el extractor y el zumbido lejano de la ciudad. Después me pidió que la acompañara a su habitación. Caminó segura por el pasillo, descalza, con un camisón negro sencillo que le rozaba los muslos. Yo iba detrás sintiendo la garganta apretada y la polla ya marcándome el pantalón como un adolescente.
Su dormitorio olía a crema corporal y sábanas limpias. Había dejado todo preparado: agua en la mesita, una toalla doblada, lubricante, pañuelos. Aquello no era un impulso; era una decisión tomada y pensada.
—Cierra la puerta —me pidió.
Lo hice.
—Ahora dime exactamente qué va a pasar.
Respiró hondo.
—Primero te desnudas. Quiero tocarte y entender cómo estás. Luego te la chupo. Si me gusta y si tú te relajas, después me comes el coño. Y si seguimos con ganas, hacemos un sesenta y nueve hasta corrernos. Quiero aprender todo de una vez.
Me pasé una mano por la cara, tenso.
—Hablas de esto como si fueras a rendir un examen.
—No. Hablo de esto como una mujer cachonda que lleva días mojándose solo de pensarlo.
La oí desatar el cinturón del camisón y dejarlo caer. No necesité más. Me quité la ropa despacio, tragando saliva. Cuando terminé, ella ya estaba desnuda sentada en la cama. Su cuerpo era una mezcla insoportable de delicadeza y descaro: pechos medianos, cintura estrecha, muslos firmes y un coño depilado que relucía húmedo entre sus piernas abiertas.
—Acércate —ordenó con suavidad.
Me senté al borde de la cama y sus manos fueron directas a mi pecho, mi abdomen, mi cintura. Exploraba despacio, concentrada, sin timidez. Cuando encontró mi polla dura dio una media sonrisa.
—Así que no querías, ¿eh?
Sus dedos la rodearon con curiosidad tranquila, subiendo y bajando primero despacio, notando el grosor, la dureza, la piel tensa del glande. Se inclinó y la olió sin tocarla todavía con la boca.
—Huele mejor de lo que imaginaba.
La frase, dicha así, casi científica y a la vez obscena, me arrancó un jadeo.
—Nadia...
—Quiero que me hables. Si hago algo mal, me lo dices.
Abrió la lengua y pasó la punta por el glande, una lamida lenta, completa, como quien reconoce una fruta desconocida. Después otra. Y otra más, más húmeda. Yo ya tenía las manos clavadas en el colchón.
—Joder...
Ella soltó una risa breve y siguió. Rodeó la punta con los labios, la chupó apenas un segundo y se apartó.
—Está saliendo líquido.
Lo recogió con la lengua y lo saboreó.
—Salado. Me gusta.
Volvió a la carga con más decisión. Esta vez metió el glande entero en la boca y fue bajando poco a poco, ayudándose con la mano en la base. Su técnica no era de experta, pero sí de alumna voraz: probaba, corregía, apretaba un poco más, cambiaba el ángulo, subía y bajaba mientras la saliva me corría por la polla y por los huevos.
Sentir su boca así, tan concentrada, tan entregada, me puso al límite en pocos minutos. Lamía el frenillo con una precisión que parecía aprendida de memoria y luego tragaba más, relajando la garganta, hasta hacerme notar la presión húmeda alrededor del tronco.
—Así... —logré decir—. Así está de puta madre.
Ella gimió con la polla dentro, orgullosa del elogio, y empezó a masturbarme al mismo ritmo de la succión. Su mano subía y bajaba mientras la boca trabajaba la punta. A ratos sacaba la lengua para recorrer una vena y volvía a encerrarla entre sus labios calientes. Cuando empezó a chuparme los huevos, uno por uno, ya me estaba temblando el abdomen.
—Si sigues así, me corro —avisé con la voz rota.
Se detuvo solo para hablar, con la boca brillante de saliva.
—Todavía no. Quiero sentir también tu lengua en mi coño antes.
Me empujó con una mano suave sobre el pecho hasta que entendí que debía moverme. Cambiamos posiciones. Ella se abrió sobre la cama, separándose los muslos con una falta total de vergüenza.
—Ven. Estoy empapada desde hace rato.
Y no mentía. Apenas acerqué la cara, el olor caliente y limpio de su excitación me golpeó directo en la cabeza. Tenía el coño brillante, los labios internos hinchados y el clítoris asomando sensible. Pasé la lengua por toda la hendidura de abajo arriba y Nadia soltó un gemido ronco, largo, de los que hacen vibrar la habitación.
—No pares... joder, sí...
Le abrí bien el sexo con los dedos y empecé a lamerla con calma, metiendo la lengua entre sus pliegues, chupando el clítoris y retirándome apenas para dejarlo respirar antes de volver a apretarlo con los labios. Ella arqueó la espalda al instante.
—Así se siente... así que esto era... —murmuró entre jadeos.
No hablaba para mí, sino para sí misma, desbordada por la novedad. Metí dos dedos en su coño mientras seguía comiéndoselo. Estaba caliente, muy mojada, y me recibió con un apretón involuntario que me hizo gruñir contra su piel.
—Más adentro —pidió—. Fóllame con los dedos mientras me lames.
Obedecí. Entraba y salía con los dedos doblándolos un poco hacia arriba, buscando el punto que la hacía temblar. Cada vez que lo rozaba, ella me agarraba del pelo y abría más las piernas. Empezó a mover las caderas contra mi cara, perdiendo por completo esa compostura tranquila con la que solía hablar.
—Me voy a correr... no, espera... sigue, sigue... no pares, cabrón...
La escuché insultarme y sonreí sin apartarme. Chuparla así, sentir cómo se abría y se mojaba más sobre mi boca, me estaba poniendo aún más duro. Subí un momento para meter un dedo húmedo en su culo, apenas la yema, y Nadia pegó un respingo brutal.
—Hostia... sí... ahí también... qué hijo de puta...
Le mantuve dos dedos en el coño y uno en el culo, muy despacio, mientras le devoraba el clítoris con la lengua. El orgasmo le llegó de golpe. Se contrajo toda, las piernas me apretaron la cabeza y empezó a gemir sin ritmo, sacudiéndose sobre el colchón.
—Me corro... me corro... joder... joder...
Seguí lamiendo durante su descarga, tragando su sabor y notando cómo me empapaba más. Tardó en bajar. Cuando aflojó las piernas, respiraba como si acabara de correr varios kilómetros.
—No sabía que se sentía así con una boca de verdad —dijo casi sin aire—. No sabía una mierda.
Me incorporé y ella alargó una mano hasta encontrar mi polla otra vez. Seguía dura, pesada, tensa.
—Ahora el sesenta y nueve —susurró—. Quiero todo.
Nos acomodamos con algo de torpeza al principio. La ayudé a colocarse encima de mí al revés, con su coño justo sobre mi boca y mi polla quedándole frente a los labios. Cuando nos encajamos bien, el efecto fue inmediato: su humedad me cayó en la lengua y su boca volvió a cerrarse sobre mi glande con hambre renovada.
La escena me desarmó. Tenerla así, abierta sobre mi cara, mientras me chupaba con dedicación, era demasiado. Le agarré las nalgas y empecé a lamerla de nuevo, esta vez más duro, más rápido, mientras ella me tomaba cada vez más profundo. Ya no estaba tanteando; había entendido el ritmo. Subía hasta la punta, apretaba con los labios, bajaba casi hasta la base ayudándose con la mano y volvía a subir girando un poco la lengua en el glande.
—Así, sí... —le dije entre lamida y lamida—. No aflojes.
Ella respondió con un gemido ahogado y me tragó más. Noté un poco de torpeza cuando mi polla le tocó demasiado al fondo, pero se apartó lo justo para respirar y volvió con más saliva, más segura, más guarra. Me la dejó chorreando antes de empezar a chupar con ese ruido húmedo que vuelve loco a cualquier hombre.
Yo no me quedé corto. Le abrí el culo con los pulgares, separándole las nalgas, y hundí la lengua entre su coño y su ano. Nadia se estremeció entera. Después fui directo al clítoris, chupándolo mientras metía dos dedos en su vagina hasta el fondo. Sus gemidos contra mi polla me hicieron vibrar el cuerpo entero.
—Me estás volviendo loca... —murmuró soltándomela un segundo—. Si sigues así, me voy a correr otra vez en tu cara.
—Hazlo.
Eso pareció desatarla. Volvió a mamármela con una entrega mucho más sucia, más animal. Una mano me apretaba la base, la otra me masajeaba los huevos, y su boca no dejaba de trabajar. Sentía el calor de su garganta, la saliva acumulándose, el glande rozando ese límite donde el placer empieza a confundirse con la necesidad brutal de correrse.
Yo le metí un tercer dedo y la follé con la mano mientras le comía el coño como un desesperado. La oía gemir, tragar, jadear. Su pelvis se movía sola sobre mi cara, buscando más presión. Cuando empecé a chuparle el clítoris con fuerza, su cuerpo entró otra vez en ese temblor previo que no engaña.
—Voy... voy... no pares... por favor, no pares...
La obedecí. Ella también. Y de pronto estábamos los dos al borde, sincronizados de una forma obscena. Noté el tirón duro en la base de la polla, ese aviso inequívoco.
—Nadia, me corro.
Ella me soltó solo para decir:
—En la boca. Quiero tragármelo.
Volvió a bajar de inmediato. Yo apreté la cara entre sus muslos y le seguí lamiendo el clítoris mientras ella me mamaba con desesperación, fuerte, profunda, húmeda. La primera sacudida me cruzó como una descarga.
Me corrí dentro de su boca con un gruñido que casi fue un quejido. Sentí los chorros salir uno tras otro, calientes, espesos, y su boca recibiéndolos sin apartarse. Nadia tragó el primero y el segundo, pero con el tercero empezó a correrse ella también. Su coño se contrajo sobre mis dedos y explotó contra mi lengua, empapándome la boca y la barbilla mientras gemía con la polla todavía entre los labios.
La combinación me dejó ciego de placer. Seguía soltando leche y ella seguía tragando, tosiendo apenas al final, sin dejar de moverse sobre mi cara. Su orgasmo duró una barbaridad: caderas temblando, piernas rígidas, respiración rota. Le saqué los dedos despacio y seguí dándole lamidas suaves hasta que ya no pudo más.
Se dejó caer a un lado de mi cuerpo, jadeando. Yo también respiraba como un animal agotado. Durante un rato solo se escucharon nuestros pulmones tratando de encontrar un ritmo normal.
—Ahora ya sé a qué sabe una corrida real —dijo al fin, sonriendo con descaro—. Mucho mejor de lo que esperaba.
Me reí, todavía mareado.
—Eres una salvaje.
—Y tú te has corrido como si llevaras meses aguantándote.
—Porque llevaba meses aguantándome.
Extendió una mano y me tocó la cara, los labios, la barbilla húmeda.
—Yo también me he vaciado entera, por si te sirve de consuelo.
Nos quedamos tumbados unos minutos más. Pensé que todo terminaría ahí, en ese silencio satisfecho, pero ella no había acabado. Se incorporó despacio y me besó. Fue un beso real, sin ensayo, con sabor mezclado a saliva, a coño y a semen. Eso me puso otra vez medio duro en pocos segundos.
—No me mires así —dijo, aunque sabía que no podía verla—. Todavía no te he pedido la última parte de la clase.
—¿Cuál última parte?
—Quiero practicar con una mujer también. Y ya sé a quién llamar.
La miré, incrédulo.
—No pierdes el tiempo.
—Llevo años recuperándolo.
***
Una semana después viajamos a un encuentro privado organizado por una pareja que daba talleres para adultos sin complejos. No era una orgía descontrolada ni un club oscuro; era un apartamento amplio, elegante, con grupos pequeños y un ambiente sorprendentemente tranquilo. Yo seguía sin entender cómo había accedido a acompañarla, pero ahí estaba.
La anfitriona, Clara, era una mujer madura y segura, de voz baja y manos suaves. Su marido, Darío, tenía esa calma de hombre experimentado que no necesita presumir. Desde el primer momento trataron a Nadia con una mezcla de respeto y deseo que me desarmó por completo.
La parte teórica duró poco. Nadia estaba impaciente y se le notaba. Sentada a mi lado, me apretaba la rodilla cada vez que Clara explicaba algo sobre lengua, respiración o cómo leer las reacciones del cuerpo ajeno. Cuando pasamos a una habitación preparada con una cama enorme y luz tenue, ya no había mucho margen para fingir serenidad.
Clara se acercó a Nadia y le pidió permiso para tocarla. Mi vecina asintió sin dudar. Ver a otra mujer recorrerle los hombros, el cuello y los pechos con esa naturalidad tan íntima fue un espectáculo que me clavó al suelo. Nadia gemía suave, sorprendida, como si esa sensibilidad femenina le abriera una puerta nueva.
—Quiero probar contigo —le dijo a Clara con la voz temblando de excitación.
La otra mujer la guio hasta la cama y se tumbó, abriéndose para ella. Nadia bajó despacio, primero oliendo, después besando el interior de sus muslos. Yo la observaba junto a Darío, que me dio una palmada discreta en el hombro como quien sabe exactamente lo que está viendo en mi cara.
Nadia metió la lengua entre los labios de Clara y el gemido que recibió como respuesta la hizo crecerse al instante. Se entregó con hambre, lamiendo a fondo, probando distintos ritmos, escuchando cada respiración de la otra mujer. Clara la orientaba con palabras cortas.
—Más arriba... ahí... así, no tan rápido... ahora chúpalo...
Mi vecina aprendía deprisa. Muy deprisa. En pocos minutos ya tenía a Clara arqueada, con las piernas abiertas de par en par y una mano enredada en su pelo. Ver ese coño húmedo abrirse para la boca de Nadia me puso otra vez duro como una piedra.
Mientras tanto, Darío se encargó de mí con una tranquilidad casi obscena. Me acercó a una silla frente a la cama y me hizo sentar.
—Mira —me dijo—. Solo mira un minuto. Te vas a poner peor, pero vale la pena.
Tenía razón. Nadia estaba devorando a Clara con una avidez preciosa, y cuando la otra mujer empezó a correrse, sujetándole la cabeza entre los muslos, mi vecina soltó un gemido contra su coño como si el orgasmo ajeno también le perteneciera.
Luego fue el turno inverso. Clara puso a Nadia boca arriba, le separó bien las piernas y empezó a comérsela sin ninguna prisa. Aquello fue otra liga. Mi vecina había disfrutado conmigo, sí, pero con Clara perdió completamente la compostura. Gritó. Se retorció. Lloriqueó de puro placer cuando esa lengua la encontró justo donde la necesitaba.
—No sabía... joder... no sabía que una mujer pudiera hacer esto...
Yo me masturbaba viéndola, sin poder evitarlo, y Darío acabó uniéndose al juego. No hubo penetración aquella noche, pero sí un intercambio de bocas, manos y gemidos que nos dejó a todos vacíos. Nadia quiso volver a chuparme delante de ellos, ya sin nervios, y lo hizo mejor que la primera vez: más segura, más guarra, mirándome a su manera ciega mientras se tragaba mi polla entera hasta hacerme corrérmela en la lengua otra vez.
Después Clara le hizo lo mismo a ella, y Nadia terminó con el cuerpo arqueado, expulsando placer a chorros sobre las sábanas, temblando como si no pudiera sostener tanta sensación junta. Aquella visión se me quedó grabada para siempre.
***
Con el tiempo, lo nuestro no se convirtió en una historia de amor ni en una rutina secreta. Fue otra cosa: una confianza feroz, una intimidad rara y una amistad atravesada por recuerdos demasiado intensos para fingir que nunca existieron. Seguimos viéndonos, seguimos hablándonos de sexo con la misma franqueza brutal, y en más de una ocasión volvimos a caer en la cama.
No me arrepiento. Fue una locura, sí, pero también una de las experiencias más vivas que he tenido. Nadia decía que el deseo, cuando se nombra sin vergüenza, deja de dar miedo. Yo no sé si tenía razón en todo, pero sí en algo: aquella noche en que me pidió una clase de sexo oral cambió la manera en que ambos entendimos el cuerpo, la confianza y el placer.
Y todavía hoy, cuando la oigo reír al otro lado de la terraza y recordar aquella primera mamada con descaro, se me pone dura como si el tiempo no hubiera pasado.