La confesión que empezó en el autobús nocturno
Tomé aquel autobús nocturno porque no quería pagar un hotel ni perder la mañana siguiente. Iba sola, con un vestido corto, sandalias y una mochila pequeña entre las piernas. Hacía calor, de ese calor pegajoso del final del verano que te deja la piel brillante y el cuerpo más sensible de la cuenta.
Cuando el conductor anunció la salida, un hombre se detuvo junto a mi asiento y señaló el hueco libre. Era calvo, de hombros anchos, con barba de dos días y una camiseta oscura que le marcaba bien los brazos. Le hice sitio sin pensar demasiado; el bus iba lleno y no quedaba mucho más donde elegir.
Se sentó con una mochila sobre los muslos y me dedicó una sonrisa breve, correcta, como si no quisiera molestar. Yo seguí mirando el móvil, revisando fotos y mensajes para matar el tiempo. En una de las imágenes salía en la playa, con un bikini negro minúsculo que apenas me tapaba, y vi de reojo que él lo notaba aunque fingiera no hacerlo.
No me molestó. La verdad es que me gustó más de lo que quiero admitir.
Tenía esa clase de presencia que se siente incluso sin tocarte: el calor del brazo, el olor limpio de la colonia, la cercanía de un cuerpo grande ocupando el asiento de al lado. Cuando apagaron las luces interiores y quedaron solo los puntos azules del pasillo y el resplandor de algunas pantallas, el viaje cambió de tono. Todo se volvió más íntimo, más sucio, más propicio para imaginar cosas.
Él abrió el portátil sobre la mochila y se puso a teclear. Yo intenté concentrarme en mis redes, pero notaba su atención oscilando entre la pantalla y mis piernas. Mi vestido ya era corto de por sí, y con la postura terminaba subiéndome a mitad del muslo. Crucé una pierna sobre la otra, no para taparme sino para sentirme todavía más consciente de cómo me estaba mirando.
Si se estaba excitando, era cosa suya, pensé. Pero la realidad era otra: yo también me estaba calentando con ese juego mudo.
En una frenada, mi móvil se inclinó y una foto más atrevida quedó a la vista. Vi reflejado en la ventana que él había alcanzado a verla. No dijo nada, aunque su mandíbula se tensó. Fue un detalle pequeño, pero me dejó con ese cosquilleo bajo el ombligo que aparece cuando sabes que alguien te está imaginando desnuda.
Pasó un rato. Yo saqué algo de cenar, acomodé la mochila sobre las rodillas y me arrellané en el asiento. La luz del portátil me molestaba, así que terminé girándome hacia él.
—Perdona, ¿podrías cerrarlo un rato? Quiero intentar dormir.
—Claro —respondió enseguida—. Yo también debería descansar.
Lo cerró y entonces se presentó. Se llamaba Mauro. Yo le dije que me llamaba Lara y, al inclinarme para saludarlo, el segundo beso cayó demasiado cerca de la boca. Rozamos los labios apenas un instante, pero bastó para que se quedara quieto. Después soltó una risa baja.
—Si hubiera más luz, verías que me puse rojo.
Sonreí, incómoda y excitada al mismo tiempo. Me apoyé en la ventanilla e intenté dormir, aunque seguía sintiendo su cercanía de una forma casi física. Al poco, él me comentó que el respaldo se reclinaba. Yo tanteé la palanca sin encontrarla, y entonces se ofreció a ayudarme.
Pasó el brazo por delante de mi vientre para alcanzarla. Su antebrazo me apretó suave la cintura y el contacto me recorrió entera. No fue nada escandaloso, pero en ese momento noté lo fácil que sería dejar que aquellas manos hicieran algo más. Consiguió bajar el respaldo y yo le di las gracias con una voz más baja de la que pretendía.
Levanté el reposapiés y me acomodé. Él hizo lo mismo. El motor zumbaba con monotonía, la gente dormía, y yo fui cayendo en esa duermevela donde el cuerpo sigue atento aunque cierres los ojos.
No sé cuánto pasó hasta que sentí calor en el muslo.
Al principio pensé que era el roce de su mochila o algún movimiento involuntario. Pero no. Eran sus dedos. Su mano estaba apoyada en mi pierna, inmóvil primero, tanteando después, como si esperara una reacción. Yo no me moví. Se me aceleró la respiración, pero seguí quieta, fingiendo que dormía.
Entonces su mano empezó a subir despacio por la cara interna del muslo.
Sentí cada centímetro. La yema de sus dedos avanzando con cuidado, la presión leve de la palma, el calor de su piel filtrándose por la mía. En vez de apartarme, abrí apenas las piernas. Fue un gesto mínimo, suficiente para dejar claro que podía seguir.
Su mochila estaba colocada de manera que ocultaba todo desde el pasillo. Aquello hizo que el morbo me golpeara todavía más fuerte. Un desconocido me estaba tocando en un autobús lleno de gente dormida, y yo estaba dejando que me metiera la mano bajo el vestido.
Su respiración cambió cuando notó que no iba a detenerlo. Apartó un poco la tela de mi falda y llegó hasta la braguita. Yo ya estaba húmeda, caliente, con la entrepierna palpitando de necesidad. La espera me había puesto peor que cualquier caricia.
—No pares —susurré, casi sin mover los labios.
Ni siquiera sé si me oyó o si lo entendió por cómo levanté la cadera para darle espacio. Metió los dedos por el borde de la tela y apartó la braguita lo justo para tocarme directamente. Cuando la yema de su dedo rozó mi coño, tuve que morderme el labio para no gemir.
No entró de golpe. Recorrió primero mis labios despacio, abriéndolos, mojándose con lo que ya estaba soltando por él. Me acarició el clítoris en círculos lentos, después más firmes, y yo sentí cómo se me tensaban los muslos. Volví a separarlos, pegando una pierna a la suya.
Su mano sabía exactamente qué hacía. No era un manoseo torpe ni una urgencia de adolescente. Me sobaba el coño con calma, insistiendo donde más me hacía temblar, y cada vez que yo me removía él ajustaba el ritmo para hacerme perder todavía más el control.
Metió un dedo. Entró fácil, resbalando entre todo lo húmeda que estaba. Después un segundo. Me folló con ellos muy despacio al principio, sacándolos casi del todo antes de hundirlos otra vez. Yo tenía la boca entreabierta, el cuello tenso contra la ventanilla y el corazón latiéndome en la garganta.
—Joder... —se me escapó en un hilo de voz.
Él dejó salir un resoplido ronco, excitado, y siguió metiéndome los dedos hasta el fondo. Con la palma me aplastaba el clítoris a cada movimiento, y así me fue desarmando. Empecé a mover la cadera contra su mano, necesitando más presión, más velocidad, más de todo. Ya no estaba fingiendo dormir; estaba entregada al morbo de sentirme usada entre asientos mientras el resto del bus seguía en silencio.
Me corrí así, apretándole los dedos con el coño, tragándome un gemido contra el hombro. El orgasmo me subió por el vientre en oleadas cortas y violentas. Él no retiró la mano. Al contrario: me siguió frotando durante el temblor, exprimiéndome otro espasmo más, y otro, hasta que terminé respirando a tirones.
Entonces sacó la mano. Giré apenas la cabeza y lo vi llevarse los dedos a la boca. Se los chupó despacio, sin apartar los ojos de mí. Ese gesto, más que cualquier otra cosa, me terminó de volver loca.
Yo ya no iba a hacerme la decente.
Bajé la mano hacia su entrepierna, esquivando la mochila, y encontré el bulto duro debajo del pantalón. Era grande incluso así, apretado contra la tela, caliente, vivo. Cerré los dedos alrededor y sentí cómo se estremecía.
—Mierda —murmuró él, bajito.
Lo acaricié por encima, despacio al principio, notando el grosor y la dureza. No me llegaba para abarcarlo entero. Él volvió a meterme la mano entre las piernas al mismo tiempo, como si necesitara devolverme cada caricia. Me apretó el clítoris mientras yo le sobaba la polla por fuera y nos quedamos así, masturbándonos el uno al otro con movimientos cada vez menos discretos.
Le desabroché el pantalón a tientas. Él alzó un poco la cadera para ayudarme. Metí la mano y lo saqué lo justo para agarrárselo directamente. Estaba liso y duro, con la punta húmeda. Cuando deslicé el pulgar por el glande, se le cortó la respiración.
Era una polla seria. Gruesa, larga, demasiado para la situación, lo cual solo me excitó más.
Le masturbé con una mano mientras con la otra me aferraba al borde del asiento. Él me metía dos dedos y luego tres, abriéndome por dentro, empapándome más, dejándome al borde otra vez. Yo sentía el pulso de su verga en la palma y ya no quería quedarme ahí. No quería solo dedos. No quería solo toquetearnos a escondidas.
Quería que me follara.
Giré la cabeza hacia él hasta dejar los labios cerca de su oreja.
—Ponte de lado —le susurré—. Y tápanos.
Él entendió enseguida. Bajó la mochila al suelo, cogió una manta de la balda superior y la extendió sobre nosotros. Después se acomodó detrás de mí, pegado a mi espalda, en una postura estrecha, incómoda y a la vez brutalmente excitante. Sentí su pecho contra mis hombros, una mano rodeándome la cintura y la otra subiéndome más el vestido.
Su polla desnuda se restregó entre mis muslos y yo casi me corrí de nuevo con eso. Me agarró una teta por encima del vestido, apretándola con hambre, y me pellizcó el pezón entre los dedos. Mientras, con la cadera buscó la entrada de mi coño.
—Estás empapada —me dijo al oído.
—Métemela de una vez.
No lo repitió. Me apartó la braguita del todo, me abrió con dos dedos y empujó el glande. Entró despacio al principio, venciendo la resistencia justa de mi cuerpo, y luego siguió hundiéndose hasta que sentí su polla completa dentro. Me llenó tanto que tuve que apretar los dientes para no gritar.
Era exactamente lo que necesitaba: gruesa, muy caliente, dura de verdad. La sensación de tenerla clavada entera, metida hasta el fondo en aquel asiento estrecho, me dejó temblando. Él se quedó quieto un segundo, respirando contra mi cuello, dejándome sentir cada centímetro dentro de mí.
Después empezó a follarme con embestidas cortas, cuidadosas por el espacio. Pero incluso contenidas me sacudían entera. Cada vez que me la sacaba un poco y volvía a meterla, yo notaba el roce grueso de su polla abriéndome, resbalando entre mi humedad, golpeándome por dentro de una forma que me nublaba la cabeza.
Yo empujaba el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Él me sujetaba una teta con una mano y con la otra me frotaba el clítoris entre las piernas. Me estaba follando y masturbando a la vez, tapados con una manta, con el motor del autobús vibrando debajo y gente dormida a pocos centímetros. El morbo era tan fuerte que me tenía fuera de mí.
—Así... así, joder... —murmuré.
—Te gusta que te folle aquí, ¿eh?
—Sí.
—Como una zorra caliente en público.
Sentí un latigazo de excitación entre las piernas. Asentí sin vergüenza. Ya no tenía sentido fingir nada. Me encantaba. Me encantaba cómo me tenía, cómo me usaba a escondidas, cómo su respiración se volvía más dura cada vez que yo apretaba el coño alrededor de su polla.
Fue ganando ritmo poco a poco. Las sacudidas del bus ayudaban, descolocándonos apenas, haciendo que cada embestida entrara con un ángulo distinto. A veces me rozaba ese punto exacto por dentro y se me doblaban las piernas. Otras me hundía la polla tan al fondo que solo podía cerrar los ojos y aguantar el escalofrío.
Yo llevé una mano hacia atrás, buscando su culo, su cadera, cualquier parte de él que me hiciera sentirlo más real. Noté el esfuerzo con el que se contenía para no hacer ruido. Su respiración ya era una serie de jadeos cortados en mi nuca.
—No voy a durar mucho —me dijo.
Eso me excitó todavía más. Empecé a moverme contra él con más hambre, a apretarlo por dentro cada vez que se hundía. Quería sacársela, quería sentir cómo se corría. Quería que aquel desconocido me dejara la corrida metida en el cuerpo mientras seguíamos fingiendo ser dos pasajeros más.
—Córrete —le dije—. Córrete dentro.
Gruñó contra mi hombro y aceleró. Sus embestidas dejaron de ser cuidadosas y pasaron a ser hambrientas, cortas, intensas, clavándome la polla una y otra vez mientras me sujetaba fuerte la cadera para que no me apartara. Su otra mano seguía en mi teta, estrujándola sin delicadeza.
Yo me corrí primero. El orgasmo me arrancó un espasmo fuerte en el vientre y me hizo apretarlo de golpe, como si quisiera ordeñarle la polla con el coño. Él soltó una maldición ahogada y siguió dándole justo el tiempo necesario para romperse detrás de mí.
Lo sentí correrse adentro en pulsos calientes, espesos, descargando tan hondo que me hizo arquear la espalda. Cada latido de su corrida parecía prolongarle el tamaño, el calor, la dureza. Y yo seguía contrayéndome alrededor, exprimiéndolo, disfrutando de tenerlo atrapado mientras vaciaba toda la leche dentro de mí.
Nos quedamos quietos unos segundos, respirando como animales cansados. Su polla seguía dentro, sensible y palpitante. Yo tenía los muslos húmedos, la braguita perdida a medias y la cabeza flotando de placer.
Creí que ahí terminaría. Pero no.
Él me besó el cuello despacio, como si ahora sí pudiera tomarse libertades, y volvió a frotarme el clítoris con la punta de los dedos mojados. Su polla seguía dura dentro de mí, quizá menos rígida, pero todavía grande, todavía capaz. Esa mezcla entre sensibilidad y obscenidad me puso otra vez al límite.
—No me saques eso todavía —le dije, con la voz rota.
Él soltó una risa baja, incrédula, y empezó a moverse otra vez. Más lento esta vez. Sacándola apenas y hundiéndola de nuevo con cuidado, como si quisiera disfrutar de cómo estaba todo resbaloso después de correrse. Yo sentía la mezcla caliente escurriéndose un poco y me excitaba una barbaridad.
La segunda ronda fue incluso más sucia, porque ya no había duda ni cautela. Yo sabía cómo me follaba y él sabía cómo respondía mi cuerpo. Me abrió una pierna un poco más con la suya para tener mejor ángulo y empezó a metérmela más hondo. Su mano volvió entre mis piernas y se dedicó a mi clítoris con movimientos expertos, insistentes, mientras su polla me empujaba por dentro.
Me corrí de nuevo casi sin aviso. Esta vez fue más largo, más líquido, más desordenado. Se me escapó un gemido que disimulé tosiendo y él aprovechó para taparme la boca con un beso torpe en la mejilla. Sentí cómo se endurecía otra vez del todo y entendí que iba a correrse de nuevo.
—Joder, me aprietas muchísimo —murmuró.
—Pues vuelve a correrte.
Lo hizo. Con menos violencia que la primera vez, pero con una profundidad que me dejó las piernas flojas. Sus embestidas se fueron frenando hasta acabar en un temblor largo dentro de mí. Después se quedó inmóvil, agarrado a mi cintura, respirando fuerte, como si le costara volver al mundo real.
***
No sé en qué momento nos recolocamos. Solo recuerdo la sensación de humedad, el cuerpo agotado y la manta todavía sobre las piernas. Debí dormirme un rato porque desperté con la claridad gris del amanecer entrando por la ventana.
Él estaba en su sitio, con el portátil cerrado sobre la mochila, como si nada hubiera pasado. Yo tenía el vestido bien puesto y la braguita otra vez en su lugar, aunque seguía sintiendo el coño sensible, lleno, usado. Durante unos segundos hasta dudé de si lo había soñado todo.
Entonces miré su perfil en la línea de la mandíbula, la barba, la calma fingida, y supe que no. Aquel cuerpo no era un sueño. Lo que todavía me latía entre las piernas tampoco.
Saqué el móvil y vi una solicitud pendiente suya en mis redes. Sonreí sola. La acepté y, sin pensarlo demasiado, le envié mi número.
Él se despertó poco después. Se estiró, guardó el portátil y se incorporó con una naturalidad casi insolente. Cuando volvió a sentarse, me miró de reojo.
—¿Dormiste algo? —preguntó.
Lo observé unos segundos, dejándolo sudar. Luego me incliné hacia él.
—Dormí poco —le dije—. Y no pienso quedarme con la duda de si todo fue real.
Su gesto cambió. Esa mezcla de sorpresa, morbo y satisfacción me confirmó lo evidente.
—Entonces no te bajes rápido —añadí—. Te vienes conmigo.
Se sonrojó de verdad. Fue casi tierno, si no hubiera tenido aquella cara de hombre que me había metido la polla hasta el fondo en mitad de un autobús. Asintió despacio.
Cuando llegamos a la estación, nos pusimos en fila para bajar. Yo iba delante. Noté su pecho a mi espalda, demasiado cerca para ser casualidad. Y entonces, durante un segundo, el bulto duro de su polla se deslizó por entre mis muslos desde atrás, marcado bajo la ropa, firme otra vez.
Se me cortó el aire. Apreté las piernas por puro reflejo y el calor me subió directo al coño.
Él acercó la boca a mi oído.
—Espera a llegar —susurró.
Yo cerré los ojos un instante, sintiendo que todavía llevaba su corrida dentro y que apenas podía caminar normal.
No sabía si iba a poder esperar tanto. Pero sí sabía una cosa: aquel viaje no iba a terminar en la estación.
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