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Relatos Ardientes

Confesión: fui la stripper que acabó cogiéndose a toda la despedida

Este relato es un poco largo, pero voy a tratar de no enredarme. Si lo leés hasta el final, sé que te va a gustar, y si sos hombre seguramente vas a terminar acomodándote dentro del pantalón.

Los que ya conocen otras cosas que escribí saben que tengo una vena bastante caliente. No diría que soy ninfómana, nadie me lo diagnosticó, pero la verdad es que disfruto buscando sensaciones cada vez más intensas. Así que lo que voy a contar no debería sorprender a nadie.

Mi amiga Carla me habló de una especie de trabajo temporal que ella se tomaba más como un pasatiempo: hacer shows de stripper en fiestas privadas y despedidas. El detalle clave era que siempre se trabajaba con disfraces temáticos, así que el riesgo de que alguien la reconociera era prácticamente nulo. Y, según me dijo, pagaban muy bien.

Escucharla contar sus historias me terminó de convencer. Me voy a saltear todo lo aburrido de la empresa, los contratos y las reglas, y voy directo a la acción: mi primera noche.

Un jueves me llamaron para preguntarme si estaba libre el sábado para una despedida de soltero. La temática del disfraz era de mimo, lo cual me pareció raro y a la vez divertido. Nos daban un presupuesto para la ropa y una lista de tiendas, y para darle un toque personal sacábamos una foto y la mandábamos a un área de supervisión que aprobaba el conjunto. Pura rutina.

Compré una blusa blanca de manga corta con rayas negras horizontales, cortada arriba del ombligo, un short negro brillante que se me pegaba como una segunda piel y se sostenía con tiradores, unas sandalias negras de tacón abierto, una peluca lacia y corta hasta el cuello, el sombrerito típico y, por supuesto, el maquillaje. Debajo me puse una tanga de hilo negra y un corpiño blanco diminuto que apenas me cubría los pezones.

Me gustaba cómo me quedaba todo, porque soy de piel muy blanca y el contraste con el negro resaltaba. Una vez aprobado el disfraz, llegó la noche del sábado. Fui a la casa de Carla para que mi novio no supiera adónde iba, me cambié ahí y me puse una gabardina larga encima. Pasaron a buscarme en un auto de la compañía. Iba nerviosa, pero mucho más excitada que asustada.

Al llegar, el chofer avisó por teléfono y salió un hombre a recibirme. Me dejó esperando junto a la puerta de una habitación, entró, y al rato volvió para indicarme que pasara. Activé mi lado de stripper y entré contoneándome, con una sonrisa enorme, lanzando besos y guiñando el ojo. Eran unos diez hombres. El salón pertenecía a la empresa, así que yo ya lo conocía: una tarima baja en el centro y las sillas alrededor.

Como estaba metida en el papel de mimo, me comunicaba solo con señas. Sonaba un mix de reggaetón. Me subí a la tarima y pregunté, con gestos, dónde estaba el festejado, dibujando un anillo imaginario en el dedo. Entre risas todos señalaron a un mismo chico. Me acerqué a su silla mirándolo fijo y me abrí la gabardina, dejando ver el disfraz.

Estallaron los aplausos y los gritos. Empecé a bailarle al novio, me senté sobre sus piernas y me mecí tomándolo de la nuca, después me giré y le restregué el culo contra la entrepierna. Sentía perfectamente su erección debajo de la tela. Caminé alrededor de la ronda, moviendo las caderas, pasando las manos por encima de los pantalones de los demás. Estaban todos durísimos. Algunos me daban palmadas, otro me agarró y me sentó sobre él mientras yo me movía como si lo estuviera montando.

Volví a la tarima y me agaché de espaldas, sacudiendo el culo y dándome palmadas yo misma. Todos chiflaban. Hice de todo: en cuatro patas, twerking, perreo, una vuelta agarrada del caño. Cuando ya estaba demasiado caliente, hice la seña de bajarme el short. La respuesta fue inmediata.

—¡Mucha ropa! ¡Mucha ropa! —gritaban—. ¡Sacate todo! ¡A ver las tetas!

Sonreí y asentí varias veces. Me solté los tiradores y empecé a bajarme el short meneándome, después me saqué la blusa por la cabeza y quedé en lencería. Bajé de la tarima y me trepé encima de varios para que me tocaran. Me metían la mano por debajo del corpiño, me sentaban de frente sobre sus piernas, me apretaban las nalgas, me daban palmadas, me rozaban por encima de la tanga. Todo eso me ponía al mil. El corpiño ya estaba completamente fuera de lugar, así que me lo saqué caminando y se los tiré.

Ya solo me quedaban la tanga y las sandalias. Subí otra vez y, con el dedo, le pedí al festejado que subiera. Le acomodaron una silla y lo senté. Empecé a bailarle pegada, llevándole las manos por todo el cuerpo: los pechos, la cintura, el culo, entre las piernas. Después lo tomé del rostro y lo besé hondo, metiéndole la lengua mientras le acariciaba el bulto por encima del pantalón. Era un chico de unos veintinueve, tímido. Lo manejaba a mi antojo.

La situación me daba un morbo tremendo. Se suponía que mi trabajo era solo animar, pero yo quería más. Quería que esos tipos me usaran. Me arrodillé frente al novio e hice la seña al público de si le bajaba el pantalón. Todos gritaron que sí. Entre chiflidos se lo desabroché y se lo saqué entero. Le bajé la ropa interior y me la metí en la boca de un solo golpe.

Lo miraba de reojo mientras se la chupaba, quería ver cuánto disfrutaba. Se la sacaba sosteniéndola con la mano y la lamía sin perder el contacto visual. Después me paré, me senté de espaldas sobre él y le restregué el culo casi desnudo. Sentía cómo empujaba buscando entrar. Me giré y lo besé con su sexo apretado entre mis nalgas mientras él me sujetaba. Hacía un calor insoportable. Yo ya no aguantaba más.

Me puse de pie e hice un círculo con los dedos pidiendo un preservativo. Me tiraron como cinco. Me dio risa. Tomé uno, lo abrí, me arrodillé y se lo puse con la boca. Me senté encima del novio, corrí la tanga hacia un lado y, mirándolo, me lo acomodé adentro.

Sentí cómo entraba de a poco. Estaba empapada. Empecé a cabalgarlo despacio y después aceleré, y por primera vez en toda la noche escucharon mi voz: un gemido largo, ahogado, que se me escapó sin que pudiera controlarlo. Todos se levantaron y se acomodaron alrededor de la tarima. Varios se tocaban por encima del pantalón, pero ninguno se animaba a más. Yo movía las caderas como una licuadora, me agarraba los pechos, daba vueltas con la lengua afuera, gimiendo entre dientes.

Después de un rato me levanté y bajé hacia uno del público. Le desabroché el pantalón mirándolo a los ojos y, en cuanto se dio cuenta de lo que iba a pasar, se bajó todo de golpe. Me agaché y empecé. Mientras lo hacía, llamé a los demás con la mano. Se acercaron, se la sacaron, y yo los masturbaba con las manos mientras chupaba.

***

Después me puse en cuatro apoyada contra la tarima, agitando un preservativo en la mano como una bandera para que alguien se decidiera. Quería que hicieran fila. El primero me tomó de las caderas y empezó a embestirme desesperado. Yo estaba tan mojada que lo disfruté desde el primer momento, gimiendo sin ningún pudor delante de todos. El segundo me movió y me puso en cuatro sobre la alfombra, que ayudaba a no lastimarme las rodillas, y otro se paró adelante para que se la chupara.

Me cogían por atrás y por la boca al mismo tiempo, y eso me volvía loca. Gemía ahogada con la boca llena mientras las manos de todos me recorrían entera, de los pechos a las nalgas. Las embestidas eran cada vez más fuertes. Tomé con la mano la que tenía en la boca y la masturbé hasta que terminó, y me tragué todo. Se puso otro adelante. El que estaba atrás jadeó fuerte y se apartó: había acabado. Pero yo no tenía suficiente, así que moví el culo desesperada para que alguien ocupara su lugar de inmediato.

Vino un muchacho, me bajó la tanga hasta la mitad de los muslos y empezó a bombear. Mientras tanto hice que otros dos terminaran en mi boca, tragando todo como si nada. Cuando acabó el tercero, me incorporé.

Tomé de la mano al novio, lo subí de nuevo a la tarima y lo senté en la silla. No sé de dónde sacó un preservativo, pero se lo puso solo. Yo me saqué la tanga, las sandalias y el sombrerito, y empecé a montarlo. Ya solo me quedaban la peluca y el maquillaje. Estaba completamente desnuda delante de todos, montando a un chico que en una semana se casaba.

Mis gemidos eran cada vez más fuertes. Lo cabalgaba como poseída y lo besaba, empapada de sudor. En un momento me detuve con él hasta el fondo e hice la seña de que se callaran. Solo se escuchaba la música.

—Tengo un regalo especial para tu boda —le dije al oído, lo único que pronuncié en voz alta en toda la noche.

Me levanté apenas, le saqué el preservativo con la mano y me lo volví a meter sin nada. Lo monté moviéndome para todos lados, adelante y atrás, en círculos. Todos gritaban enloquecidos.

—¡Que se venga! ¡Que se venga! —coreaban.

Yo ya no gemía, gritaba. Estaba teniendo un orgasmo brutal. Arqueé la espalda hacia atrás, mirando al techo con cara de loca, moviéndome con todo.

—¡Vení! ¡Veníííí! —le grité.

Él jadeó muy fuerte y sentí cómo palpitaba dentro de mí mientras se vaciaba. Me moví despacio, sintiendo cómo me llenaba por completo. Se escuchaba el sonido húmedo mientras seguía meciendo las caderas.

Cuando terminamos me quedé un momento recostada sobre él, exhausta, como si hubiera corrido una maratón. Pero la noche no había terminado. Varios se acercaron formando un círculo, con las vergas afuera, y yo se las acariciaba riéndome, tratando de recuperar el aire. Uno me acostó boca arriba en el borde de la tarima y me la metió. Estaba cansada, pero el morbo podía más.

—Vengan todos —dije casi sin voz—, acá tienen lo que quieran.

Me cogieron cuatro más, uno tras otro, mientras los demás me acercaban sus sexos para que los masturbara y los chupara. Fueron acabando sobre mi cuerpo: el abdomen, los pechos, la cara. Cuando el último terminó, me quedé tirada, rendida.

Después me fui al baño, me lavé, me puse la gabardina y guardé el disfraz en una bolsa que llevaba. Cuando salí, todos estaban vestidos otra vez y me aplaudieron. Yo sonreía y los saludaba como si nada. Al cruzar la puerta todavía me daban alguna palmada y me tocaban.

El hombre de la compañía me esperaba afuera y me llevó de vuelta a la casa de Carla. En el camino iba repasando todo lo que había hecho. Esa noche me quedé a dormir ahí y se lo conté con lujo de detalles.

Es una de las cosas más morbosas que viví. Tengo muchas experiencias guardadas, pero esta sigue siendo una de mis favoritas.

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Comentarios (5)

Charly_84

Que relato!!! me engancho desde la primera línea y no pude parar. Muy muy bueno

Marisol_noc

Por favor seguí escribiendo así, quedé con ganas de mas. Excelente!!

FacuCba27

jajaja tremendo, no me lo esperaba para nada

DieguiSalta

Me recordó a una despedida a la que fui hace unos años... sin llegar a tanto pero con ese mismo caos jaja. Bien narrado, se siente autentico

ElenaRivero

Lo que mas me gustó es que no se siente forzado, tiene algo diferente al relato típico del genero. Felicitaciones y seguí así!

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