Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que seguimos después del cabaret

La idea era simple: cerrar la última noche del viaje con una cena divertida y volver temprano al hotel. Después de una tarde entera caminando por calles viejas, miradores escondidos y bares diminutos, estábamos cansados, un poco bebidos y con esa euforia ligera que deja una ciudad nueva cuando sientes que todavía te guarda algo.

Éramos cuatro esa noche. Mi mujer, que voy a llamar Lara, y yo; y la pareja que habíamos conocido durante el viaje, Nico y Vera. El quinto del grupo, un amigo suyo que vivía en el apartamento anexo, se había ido por su cuenta y nos dejó libres para improvisar.

El local que eligieron para cenar era un cabaret pequeño, con mesas apretadas, luces rojas y un escenario tan cerca que casi podías tocar las lentejuelas de las bailarinas. Nosotros nunca habíamos estado en algo así. Al principio nos dio risa, luego curiosidad, y después esa sensación incómoda y excitante de saber que en cualquier momento podían señalarte.

Nos señalaron.

Una de las artistas bajó del escenario moviéndose entre las mesas con una seguridad descarada. Nos miró a Nico y a mí, vio a nuestras parejas dobladas de risa señalándonos, y ya no hubo escapatoria.

—Tenemos suerte esta noche —dijo, con el micrófono en la mano—. No uno, sino dos voluntarios. Vengan, guapos.

Subimos entre aplausos, muertos de vergüenza y fingiendo mucha más seguridad de la que teníamos. Nos hicieron sentarnos en dos sillas en el centro del escenario mientras la cabaretera nos rodeaba con una sonrisa torcida.

—¿Y ustedes son pareja?

—Para nada —respondí yo, señalando a nuestra mesa—. Nuestras parejas son las que se están riendo como si nos odiaran.

La sala estalló en carcajadas, y el número siguió por ahí. Canciones subidas de tono, bailarinas rozándonos al pasar, pechos contra la cara, muslos sobre las piernas, manos que no terminaban de tocar pero casi. Todo estaba montado para ponernos duros delante de medio local, y funcionó.

Cuando una de ellas se incorporó exagerando sorpresa y soltó algo sobre lo marcados que estábamos, el público se vino abajo de la risa. Yo me reía también, pero tenía la polla tiesa contra el pantalón y lo sabía todo el mundo.

Al bajar del escenario, Lara me agarró el paquete sin pudor, delante de Vera y Nico, y dijo en voz alta:

—Al menos ya te dejaron preparado.

Nos reímos otra vez, pero el comentario se me quedó clavado. Había algo distinto en su forma de mirarme. No era solo burla; era hambre.

Cuando terminó el show salimos a la calle todavía encendidos, con un par de tragos más en las manos y el aire fresco pegándonos en la cara. Seguimos bromeando, comentando el espectáculo, exagerando el apuro. Vera no dejaba de decir que se nos marcaba todo. Nico admitió, sin mucha vergüenza, que a él el show lo había puesto a mil. Yo le contesté que a mí también.

Nos quedamos unos minutos solos mientras ellas fueron al baño. Nico me miró de lado, como tanteando terreno.

—Si no quieren que la noche termine, podemos seguir en casa.

—Por mí sí —le dije, demasiado rápido—. Y a Lara seguro que también le va a gustar.

Cuando volvieron, ni siquiera tuvimos que proponerlo. Lara soltó, divertida:

—¿Vamos a seguir la noche en su apartamento o qué?

Nos echamos a reír porque Nico me acababa de decir exactamente lo mismo.

Vivían a pocas calles. El lugar era un ático amplio, con cocina y sala unidas, techo inclinado y un pasillo corto que llevaba a dos habitaciones. Había otra puerta abierta que conectaba con el apartamento pequeño del amigo que no había salido con nosotros. Vera lo comentó como quien no le da importancia. A esas alturas, yo estaba más pendiente de cómo se le pegaba el vestido al culo a Lara mientras caminaba delante de mí.

Ya dentro, todo se volvió peligrosamente íntimo muy deprisa.

Vera se llevó a Lara al cuarto a buscarle ropa cómoda. Nico me pasó una cerveza y me prestó una camiseta y un pantalón corto. Cuando volvimos a la sala y nos dejamos caer en el sofá, todavía seguíamos haciendo chistes. Pero en cuanto ellas salieron de la habitación se hizo un silencio de esos que se sienten en la ingle.

Las dos venían con pijamas cortos, ajustados, demasiado finos para fingir inocencia. Vera llevaba uno claro, pegado al culo y con escote amplio. Lara uno más oscuro, de tirantes, todavía más ceñido porque le quedaba ligeramente chico. Los pezones de las dos ya se marcaban contra la tela.

—Joder —murmuró Nico—. Con eso ya podrían haber salido desnudas.

Ellas se rieron y se sentaron enfrente de nosotros con las cervezas en la mano. La conversación duró poco. Vera pasó un brazo por encima de los hombros de Lara y la atrajo hacia sí con total naturalidad. Lara se dejó hacer, apoyando la cabeza en su hombro. La mano de Vera se quedó primero en el escote, acariciándole despacio el borde de un pecho por encima de la tela.

Yo me quedé mirando, sin disimular.

Lara abrió un poco más las piernas en el sillón. Vera deslizó los dedos bajo la camiseta, ya sin fingir nada, y se puso a jugarle con el pezón. Lara soltó un suspiro corto y, como respuesta, apoyó la mano en el muslo de Vera, subiéndola despacio por el interior. La tela del short se apartó lo justo para dejar ver piel y humedad.

—No me miren así —dijo Vera, sin dejar de tocarla—. Ustedes también estaban pidiendo guerra desde el cabaret.

Nico se acomodó a mi lado. Yo tenía la polla dura otra vez, apretada bajo el pantalón corto. Lo notó; era imposible no notarlo. Mientras las chicas empezaban a besarse, él apoyó la palma en mi muslo y me la fue subiendo hasta agarrarme por encima de la tela. No lo hizo de golpe. Fue lento, dejando margen para que yo lo apartara si quería.

No lo aparté.

Su mano empezó a frotarme con firmeza, sintiendo cómo se me tensaba todavía más. Giré la cabeza hacia él. Me estaba mirando fijo, serio, con la respiración un poco abierta. Metió la mano por dentro del pantalón y me sacó la polla, ya completamente dura. El aire me golpeó el glande y me recorrió un escalofrío por la espalda.

—Si te molesta, me lo dices —murmuró.

En vez de contestar, bajé la vista hacia su entrepierna. Él entendió. Me tomó la muñeca y la llevó a su bulto. También estaba durísimo. Le bajé el pantalón corto lo justo y le saqué la polla. Era la primera vez que tocaba otra que no fuera la mía, y la sensación me atravesó de golpe: caliente, pesada, viva en la mano.

Le aparté el prepucio con el pulgar y le rocé el glande húmedo. Nico soltó aire por la nariz y cerró los ojos un segundo. Al abrirlos, siguió mirándome igual.

Delante de nosotros, Lara y Vera ya se estaban comiendo la boca de verdad. Nada de besitos juguetones. Lenguas, saliva, manos por dentro de la ropa. Vera le tenía una mano metida entre las piernas y la otra en una teta. Lara le apartó el short de lado y empezó a meterle los dedos en el coño mientras le mordía el cuello.

—Así, joder... —le oí decir a Vera.

Mi polla dio un tirón en la mano de Nico.

Él se levantó sin avisar, se bajó la ropa y se quedó desnudo delante de mí. Luego se arrodilló entre mis piernas. Tuve un segundo de vértigo, pero no de rechazo; de pura anticipación. Me sostuvo la base de la polla y me pasó la lengua por el glande con calma, como probándome. Se me aflojaron las piernas.

Volvió a lamer, ahora más lento, bajando por el tronco hasta los huevos. Me los chupó uno a uno antes de volver arriba y tragársela entera de una vez. Se la metió hasta el fondo, clavándome los ojos todo el tiempo, y ahí sentí que ya no había vuelta atrás.

—Joder —se me escapó, agarrándole el pelo.

Las chicas se habían puesto de pie. Seguían besándose mientras se sobaban los pechos y se metían mano sin ningún pudor. Lara le había sacado una teta a Vera y le lamía el pezón con ganas. Vera, con las piernas abiertas, le frotaba el coño por dentro del pantalón corto, haciendo que mi mujer gimiera con la boca ocupada.

Me levanté un momento, sacándome la polla de la boca de Nico, y me acerqué a ellas. Las agarré a las dos por el culo. Metí la cara entre sus bocas para besar primero a Lara y luego a Vera, mezclando saliva, perfume y aliento a cerveza. Nico se acercó por detrás y terminamos los cuatro enredados, besándonos sin saber ya de quién era cada lengua.

Metí las manos entre las nalgas de las dos, apretando y abriendo. Sentí una mano rodearme la polla desde atrás. Era Nico otra vez, bombeándomela mientras yo bajaba la boca al escote de Vera. Le chupé un pezón duro, luego el otro, y ella me tiró del pelo.

Lara cayó de rodillas junto a Nico y entre los dos empezaron a repartirse mi polla. Uno la chupaba mientras el otro me lamía los huevos; luego cambiaban. Ver a mi mujer con la boca abierta sobre mi verga, al lado de otro hombre que hacía lo mismo sin ningún pudor, me encendió como pocas veces en la vida.

Noté la lengua de Lara deslizándose más atrás, entre las nalgas. Me abrió con los dedos y me metió la lengua en el culo mientras Nico seguía mamándomela. El gemido que solté me salió ronco, involuntario. No sabía si de sorpresa o de placer. Quizá de las dos cosas.

Vera se dio la vuelta y se arrodilló detrás de Nico. Le abrió las nalgas y empezó a lamerle el culo desde atrás mientras le acariciaba la polla con una mano. Él tembló entero. Yo seguía de pie, dejándome hacer, con la polla hinchada en su boca y la lengua de Lara empujando donde nunca me habían tocado así.

Se levantó y me susurró al oído:

—Lo estás disfrutando, ¿verdad? Esta noche vas a probar de verdad.

Me llevó hasta el sofá y me hizo sentarme. Nico entendió antes que yo. Se puso de espaldas, se agarró a mis hombros y empezó a bajar sobre mi polla, guiándola con la mano hacia su culo. El primer contacto me dejó sin respiración. Sentí el anillo apretado resistirse, ceder poco a poco, y luego tragarme el glande con una presión caliente y brutal.

—Despacio —murmuré, más por impresión que por miedo.

—Así —dijo él, bajando un poco más—. No pares.

Cuando me tuvo dentro hasta la mitad, se quedó quieto un segundo, respirando hondo. Las chicas se arrodillaron delante de nosotros. Vera empezó a chuparle la polla a Nico mientras Lara me abría más las piernas para poder lamerme a mí los huevos y la base. Él volvió a bajar, muy despacio, hasta sentarse por completo sobre mi verga.

Sentí cómo me apretaba entero por dentro. Caliente, húmedo, estrecho. Luego empezó a moverse. Primero en círculos cortos, acostumbrándose él y dejándome acostumbrar yo. Después arriba y abajo, sacándomela casi entera y volviéndose a clavar hasta el fondo. Cada embestida me arrancaba un golpe de placer seco en la barriga.

Lara se subió al sofá de lado, abriéndome el coño a la altura de la cara. No lo dudé. Le aparté la tela empapada y metí la lengua de lleno entre sus labios. Sabía a excitación y a su propio gemido. Mientras Nico cabalgaba sobre mí, yo me comía el coño de mi mujer, chupando el clítoris, metiéndole la lengua, oyéndola jadear encima de mi boca.

Vera seguía mamándosela a Nico desde abajo, tragándosela por momentos a la vez que yo se la metía por detrás. Ver ese doble juego me volvió loco. Lara también bajó una mano y empezó a acariciarle los huevos a Nico mientras yo le daba lengua. El sofá crujía, los cuatro respirábamos como animales y ya no quedaba nada de la risa del cabaret: solo ganas.

Lara se corrió primero. Me apretó la cabeza con los muslos y me dejó la cara empapada mientras se sacudía soltando tacos entrecortados. Apenas se bajó, Vera ocupó su lugar y me restregó el coño por la boca con una urgencia más directa. Le chupé el clítoris con fuerza y la sentí temblar en cuanto Nico aceleró el ritmo sobre mí.

Yo estaba al límite. Tenía el culo de Nico tragándome una y otra vez, las uñas de Vera en el hombro y la voz de Lara al oído diciéndome que no me contuviera. Me agarré a la cintura de Nico y empecé a empujarlo desde abajo. Él respondió con embestidas más fuertes, más sucias, dejándose caer de golpe sobre mi polla.

—Córrete dentro —me dijo, jadeando—. Joder, sí, dentro.

No duré mucho más. Me corrí enterrado hasta el fondo en su culo, con una sacudida que me dejó viendo blanco un segundo. Nico siguió moviéndose durante varios bombeos más, exprimiéndome la corrida, mientras Vera le tragaba la polla y Lara le chupaba un pezón. Al final él también se corrió, soltándolo en la boca de Vera con un gemido grave que casi sonó a rugido.

Caímos desparramados sobre el sofá, sudados y riéndonos otra vez, pero ahora desde otro lugar. Había pasado algo que ninguno de nosotros planeó de verdad y, sin embargo, nadie parecía querer hacerse el sorprendido.

—Joder —dijo Vera, todavía sin aliento—. Eso sí que fue seguir la noche.

Lara me miró esperando una reacción, quizá una explicación. Yo no dije nada. Me incliné hacia Nico, que seguía desnudo junto a mí, y le volví a agarrar la polla. Estaba semiblanda, brillante, sensible. Le pasé la lengua por la punta y noté cómo revivía enseguida entre mis labios.

—Mira nada más —se rió Lara—. Ya veo que te gustó.

—Bastante —admití, sin sacar la boca de ahí.

Eso bastó para encender otra ronda.

Lara me apartó con suavidad y se puso a chuparme a mí mientras yo seguía mamándosela a Nico. Vera se tumbó boca arriba, abrió las piernas y llamó a Lara con los dedos. En pocos segundos mi mujer ya estaba con la cara hundida entre sus muslos, lamiéndole el coño con hambre mientras yo tenía a Nico gimiendo en la boca.

Cuando volví a estar duro del todo, Lara se tumbó de espaldas en la alfombra y me hizo colocarme encima, pero al revés: yo bajé a comerle el coño mientras ella me tragaba la polla. Tenía la cara entre sus piernas y la polla enterrada en su garganta; el placer me pegó por dos lados a la vez y casi me hizo perder el control.

Noté entonces otra vez la lengua en el culo. Era Vera, arrodillada detrás de mí, lamiéndome despacio, con dedicación. Entre una pasada y otra metía la boca a la polla de Nico, que se había colocado al lado, y luego volvía a mí. Una de sus manos empezó a abrirme y a meterme un dedo, luego dos, bien lubricados con saliva.

No me aparté. Al contrario: abrí más las piernas.

Nico se colocó detrás de mí. Le sentí la punta en la entrada mientras yo seguía comiéndole el coño a Lara y ella me chupaba tan profundo que me mareaba. Empujó apenas. Ardió un poco, lo justo para hacerme contener el aire. Se quedó quieto hasta que aflojé.

—Relájate —me dijo—. Ya estás casi.

Volvió a empujar. El glande entró del todo y el escozor se transformó en una presión densa, llena. Vera me siguió acariciando alrededor, besándome las nalgas, ayudando a que pasara. Cuando Nico por fin me la metió completa, tuve que apoyar la frente en el vientre de Lara para no desarmarme.

Entonces empezó a moverse.

Cada embestida me sacudía el cuerpo hacia delante mientras la boca de Lara subía y bajaba en mi polla. Yo no dejaba de lamerle el coño, de chuparle el clítoris, de meterle la lengua en oleadas cortas cada vez que Nico me daba una más fuerte. Vera se puso debajo de Lara a lamerle el culo y el coño desde abajo, así que mi mujer empezó a gemir con una desesperación casi obscena, atrapada entre mi boca y la de ella.

La escena era una locura: yo penetrado por Nico, mamado por Lara, lamiéndole el coño a Lara mientras Vera se lo comía también. Sudor, gemidos, saliva, el ruido húmedo de las embestidas y la alfombra arañándome las rodillas. Todo demasiado real para parecer fantasía.

No aguanté mucho. Sentí el orgasmo subir desde el culo hacia la polla, como una corriente más intensa que cualquier corrida normal. Me corrí en la boca de Lara, llenándosela, mientras Nico seguía bombeando dentro de mí sin piedad. Ella se tragó casi todo y levantó la cabeza solo para mirarme, con la comisura de los labios manchada y una sonrisa obscena.

Nico se corrió segundos después, enterrado hasta el fondo, apretándome la cintura con tanta fuerza que me iba a dejar marcas. Se quedó ahí un momento, respirando contra mi espalda, antes de salir despacio.

Lara me besó en cuanto pude levantarme. Todavía sabía a mi propia corrida mezclada con cerveza y sexo. Le devolví el beso sin pensar. Ya no tenía sentido fingir pudor.

Acabamos tirados en el suelo y en el sofá, pasándonos vasos de agua y luego otra cerveza. Nadie hizo silencios raros ni preguntas incómodas. Al contrario. Vera soltó una carcajada y dijo que siempre había sospechado que, debajo de mi cara de tranquilo, yo escondía ganas de dejarme llevar. Lara admitió que tampoco esperaba verme con otro hombre, pero que verla a ella con otra mujer la había puesto igual de loca.

—Mientras no dejemos de mirarnos así —dijo, acariciándome el pecho—, a mí no me cambia nada.

La noche no terminó ahí del todo. Cuando por fin nos fuimos a la habitación de invitados, nos dimos una ducha larga y nos metimos en la cama todavía oliendo a jabón y sexo reciente. Lara se acurrucó contra mí y me preguntó en voz baja si estaba bien.

Le dije la verdad: que sí, que estaba sorprendido, pero muy bien.

—¿Y te gustó? —insistió.

—Sí —respondí—. Y verte con ella también.

Sonrió en la oscuridad. Me agarró la polla, que ya volvía a endurecerse entre sus dedos, y la guio hacia su coño húmedo. La punta entró apenas y los dos soltamos aire al mismo tiempo.

—Entonces no ha cambiado lo importante —murmuró.

La penetré despacio, mirándola de cerca, sin prisa, como si después de toda aquella locura necesitáramos reconocernos otra vez en algo nuestro. La besé mientras me hundía en ella y me respondió abriendo más las piernas, apretándome con los muslos. No fue una escena salvaje como en la sala; fue íntima, pero igual de explícita, igual de caliente. Le chupé un pezón mientras entraba y salía con un ritmo corto, oyendo el sonido húmedo de su coño tragándome.

—Más fuerte —me pidió, mordiéndome el labio.

Le hice caso. Empecé a follármela con embestidas más largas, agarrándole una teta con una mano y levantándole una pierna con la otra. Lara se arqueó debajo de mí, clavándome las uñas en la espalda, y se corrió apretándome de golpe. Yo no tardé nada en seguirla, vaciándome dentro mientras seguíamos besándonos.

Nos dormimos abrazados, agotados y todavía incrédulos.

Por la mañana salí temprano a comprar pan y café para todos. Cuando volvía al edificio me crucé con el amigo que vivía en el apartamento anexo, recién llegado de su propia noche de fiesta. Al verme con las bolsas, sonrió con esa clase de sonrisa que ya está imaginando demasiado.

—No me digas que se armó algo y ni me avisaron.

—Surgió —le contesté, riéndome—. Vamos a decirlo así.

Al subir, encontré a Lara y a Vera en la cocina, despeinadas, haciendo café como si nada. Nico apareció poco después y nos sentamos a desayunar entre bromas, ojeras y miradas demasiado cargadas para ser inocentes. Comentamos el cansancio, el cabaret, lo poco que habíamos dormido. Nadie dio demasiados detalles delante del otro chico, pero tampoco hacía falta.

Cuando nos despedimos, prometimos seguir en contacto. Lo dijimos todos, pero yo sabía que no era una frase de cortesía. Hay noches que se quedan como anécdota. Y hay otras que te abren una puerta en la cabeza y en el cuerpo, y ya no se vuelven a cerrar.

Esta fue de esas.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(3)

Nati_Cordoba

buenisimo!!! me dejo con ganas de mas

HernanB77

Me engancho desde el primer parrafo, hay algo muy real en como lo contaste. Saludos!

MarcosLector

Ese momento en que ya no hace falta fingir... lo describiste perfecto. Muy buen relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.