La confesión en la obra abandonada
Me llamo Daniela y esto pasó cuando yo ya era una mujer adulta, aunque seguía teniendo esa mezcla peligrosa de curiosidad, descaro y ganas de probar cualquier cosa que me encendiera. Lo cuento ahora porque, de todas las veces que me he dejado llevar por el morbo, aquella noche en una obra abandonada fue la que me enseñó hasta dónde podía llegar si me provocaban bien.
Éramos un grupo de amigos del barrio, todos mayores de edad, todos criados en la misma cuadra y acostumbrados a hablarnos con la confianza brutal que dan los años. Ya no nos reuníamos tanto como antes, pero aquella noche de viernes coincidimos varios en la calle, matando el tiempo, bromeando y buscando algo que hacer.
Uno propuso ir por cervezas, otro dijo que mejor videojuegos, y al final ganó la idea más estúpida y más tentadora: colarnos en una construcción abandonada al final de la avenida. Tenía algo de aventura barata, algo de peligro tonto, algo que nos hacía sentir más vivos de lo que en realidad estábamos.
Yo fui con ellos riéndome, fingiendo que todo me daba igual, aunque ya venía algo inquieta desde antes. Había entre nosotros una tensión vieja, de esas que nacen cuando te has visto crecer con alguien y un día dejas de verlo como «uno de siempre» para empezar a imaginar cómo besa, cómo toca, cómo folla.
La entrada estaba cubierta con láminas torcidas sujetas con alambre. Dos de ellos las levantaron lo suficiente para que fuéramos pasando de uno en uno. Adentro olía a polvo húmedo, cemento viejo, basura y maleza aplastada. Había tabiques tirados, costales abiertos, bolsas rotas y restos de materiales por todas partes.
La única luz era la de los celulares. Caminábamos alumbrando rincones como si fuéramos a descubrir un tesoro y, en realidad, solo encontrábamos porquería. Botellas vacías, una carretilla oxidada, unos guantes endurecidos por el yeso. Todo muy feo, muy sucio, muy de noche.
Hasta que uno de ellos soltó un grito.
—Vengan, cabrones, miren esto.
Fuimos hacia donde estaba y lo vimos inclinado sobre una bolsa de plástico medio enterrada bajo unos tablones. La abrió y sacó varias revistas porno húmedas, arrugadas, algunas pegadas entre sí. La reacción fue inmediata: carcajadas, burlas, comentarios sucios, codazos, puro morbo adolescente metido ya en cuerpos de adultos.
Yo agarré una por simple curiosidad, pensando que me daría risa. Las primeras páginas estaban dañadas, pero más adentro las imágenes se veían bastante bien. Otra la abrió uno de mis amigos y empezó a leer en voz alta los diálogos absurdos, haciéndonos reír. Sin embargo, entre la risa y el polvo, el ambiente empezó a cambiar.
Había algo en estar ahí, escondidos, viendo porno de pie en una obra vacía, que aflojaba la vergüenza. Los chistes dejaron de sonar inocentes. Las miradas se quedaban un segundo más de la cuenta. Los comentarios pasaron de la broma al tanteo.
Entonces otro encontró un baño improvisado al fondo, una caseta de obra con una bombilla amarilla todavía funcionando. Era ridículo, pero esa luz encendida en medio de tanta oscuridad lo volvió un punto de atracción inmediata. De pronto todos querían entrar, ver, revisarlo, apropiárselo.
—Ahí sí se puede hacer tarea —dijo uno, agitando una revista.
—Tú primero —respondió otro.
—No, que pase la dama —soltó el más bocón, mirándome con una sonrisa torcida.
Yo resoplé y seguí hojeando, pero por dentro ya notaba el calor entre las piernas. En una de las revistas aparecía una secuencia de sexo oral tan directa, tan descarada, que empecé a sentirme húmeda. No por romanticismo ni por fantasía bonita. Me excitó la crudeza. Me excitó pensar en una boca abierta, una polla dura, una mujer tragándose la corrida sin apartar la mirada.
—Te quedaste muy callada —me dijo Mauro, acercándose a mirar sobre mi hombro.
—Estoy leyendo, idiota.
—Se nota. Ya hasta respiras distinto.
Le di un empujón suave, pero no me aparté. Él siguió mirando la revista conmigo. Su hombro rozaba el mío. El resto se turnaba para entrar al baño a masturbarse un rato con alguna página arrancada o con el celular. Yo fingía desinterés, aunque cada vez que salía uno con la cara tensa y la bragueta mal acomodada, me entraba más morbo.
—A ver, dime la verdad —insistió Mauro en voz baja—. ¿Te prendió?
—¿Qué te importa?
—Mucho.
Levanté la vista y me encontré con la suya fija en mi boca. No en mis ojos. En mi boca. Ahí sentí el vuelco real, el que ya no era juego. Él lo notó también, porque sonrió apenas.
—Tú sí la mamas rico, ¿o no? —preguntó sin rodeos.
Se me secó la garganta, pero no de rechazo, sino del golpe caliente de escucharlo decirlo así. Crudo. Directo. Sin disfraz.
—No te pases.
—Eso no es un no.
—Tampoco es un sí.
Él se inclinó un poco más. —Si estuviéramos solos, ¿me la chuparías?
Lo pensé medio segundo, solo para hacerme la difícil. La verdad era que ya tenía el coño mojado y el pulso acelerado. La revista, la oscuridad, el riesgo de que los demás escucharan, todo me estaba empujando justo hacia ahí.
—Igual sí —admití, bajito.
—Entonces vente al baño.
—Están todos aquí.
—Mejor.
Esa respuesta me encendió más de lo que esperaba. Me hizo sentir vista, expuesta, casi exhibida. Y descubrí, con un escalofrío en la espalda, que me gustaba.
—Rápido —le dije al fin—. Y si entro, no te pongas romántico.
—No te preocupes. Quiero que me la mames, no que me recites poesía.
Me tomó de la mano y me llevó casi arrastrando hasta la caseta. Los otros soltaron chiflidos al darse cuenta. Uno gritó algo sobre dejarnos turnos, otro se rió como si no creyera que yo fuera a entrar de verdad. Yo no miré a nadie. Ya estaba demasiado caliente para echarme atrás.
Adentro, el baño era un cubículo de obra asqueroso, con un retrete manchado, una pileta rota y una bombilla que zumbaba sobre nuestras cabezas. Mauro cerró la puerta a medias. No con seguro. A medias. Como si quisiera dejar abierta la posibilidad de que alguien oyera o viera algo.
—Enséñamela —le dije.
Ni siquiera respondió. Se bajó el cierre, sacó la polla y me la mostró dura a medias, gruesa, con la punta ya brillante. Verla así, tan cerca, tan real, me hizo apretar los muslos. No había glamour, no había música, no había cama. Solo una polla frente a mi cara y mis ganas subiéndome como fiebre.
Me senté en la tapa del retrete y le hice un gesto con dos dedos para que se acercara. Él obedeció de inmediato. Le rocé la punta con la lengua, despacio, recogiendo el líquido que asomaba. Sentí su respiración cortarse.
—Joder... —murmuró.
Le di otro lametón, esta vez de abajo hacia arriba, y luego abrí la boca para meterlo poco a poco. Estaba todavía terminando de endurecerse, y me gustó sentir cómo se ponía completamente tieso entre mis labios. Lo fui tragando por partes, hundiendo la cabeza hasta donde pude, mientras una de mis manos le apretaba el muslo y la otra se me coló entre las piernas por puro reflejo.
Yo misma estaba empapada. Me acaricié por encima de la ropa un instante mientras lo chupaba, y ese simple roce me arrancó un gemido ahogado contra su polla. Mauro me agarró del pelo con una mano, no para lastimarme, sino para marcar el ritmo. Empezó a follarme la boca con embestidas cortas, tensas, cada vez más seguras.
—Así, Dani, así... no pares.
Lo miré desde abajo mientras lo mamaba. Esa mirada lo terminó de disparar. Me empujó más hondo y me hizo tragar saliva alrededor de él. Sentí la polla latir sobre mi lengua y supe que estaba a punto. En vez de apartarme, apreté más los labios y aceleré con la mano en la base, dejando que me usara la boca.
Se corrió con un gruñido seco. El semen me golpeó el fondo de la garganta en pulsos calientes y espesos. Aguanté sin sacarlo, tragando lo que podía mientras seguía moviéndose un par de veces más, desordenado, hasta vaciarse por completo.
Cuando por fin salió, me quedé con la boca llena un segundo. Lo vi temblando, rojo, respirando como si hubiera corrido. Luego tragué despacio, sin romperle la mirada.
—Mierda —dijo—. La mamas increíble.
Me limpié la comisura con el pulgar. —Ya sabía.
Afuera se escucharon golpes en la puerta y risas.
—¿Van a coger o qué? —gritó uno.
Yo todavía tenía el coño palpitando y no había quedado satisfecha, al contrario. Chuparlo me había dejado peor. Más caliente. Más suelta. Más puta, si lo quiero decir sin adornos.
Salimos y todos me miraron distinto. Ya no como a la amiga del grupo. Me miraron como a una mujer que acababa de arrodillarse en un baño de obra a tragarle la corrida a uno de ellos. Y lo peor, o lo mejor, fue que me encantó.
—No me jodan con preguntas —dije, aunque sonreía.
—Entonces sí se la mamaste —soltó Iker.
—Sí.
Hubo un silencio de esos que duran nada pero pesan mucho. Luego él preguntó lo obvio.
—¿Y si te lo pido yo?
Yo podía haberme hecho la digna. Podía haber parado ahí y quedarme con la anécdota. Pero tenía la entrepierna ardiendo y la cabeza tomada por ese vértigo delicioso de haber cruzado una línea delante de todos.
Asentí.
—Pasa —le dije.
Volví al baño con él y esta vez no cerré la puerta más que lo justo. Se quedó entornada. Lo hice a propósito. Quería que los demás vieran la sombra, oyeran los sonidos, entendieran que yo estaba ahí dentro tragándome una polla y esperando la siguiente.
Iker entró riéndose, nervioso. —No sabía que eras tan cabrona.
—Y tú no sabías lo mucho que te convenía callarte y sacártela.
Lo hizo al instante. Esta era más curvada, y solo verla me hizo relamerme. Le di un par de besos lentos en la punta, disfrutando de cómo se estremecía, y luego me la metí en la boca sin prisa, jugando con la lengua alrededor del glande antes de hundirlo más.
Él sí empezó a hablar de más. —Qué puta eres... mírate... ahí arrodillada...
En lugar de ofenderme, me mojó más. Levanté la falda, metí la mano dentro de la ropa interior y empecé a frotarme el clítoris mientras lo mamaba. Me sentía obscena, descarada, totalmente entregada al morbo de ser usada así, con los demás esperando turno a unos pasos.
Iker me sujetó del pelo y marcó un ritmo más duro. Me movía la cabeza con el brazo mientras yo lo recibía hasta donde podía, dejando que la saliva corriera por la base. Me daban arcadas de vez en cuando, pero eso solo le gustaba más. Cada vez que me atragantaba soltaba un gemido ronco y me empujaba otra vez.
—Trágatela toda —me ordenó.
Lo hice. Me corrí yo primero, frotándome rápido mientras lo tenía metido hasta el fondo. El orgasmo me cruzó el vientre de golpe y me hizo apretar las piernas, temblando sobre la taza mugrosa. Ese espasmo en mi boca lo acabó de llevar al borde. Se corrió con un jadeo largo, soltándome una carga abundante sobre la lengua. Otra vez tragué todo.
Cuando salió, me quedé un segundo con la cabeza hacia atrás, respirando hondo. Tenía las mejillas calientes, la entrepierna empapada y una sonrisa de pura desvergüenza.
—Que siga el que quiera —dije.
***
El tercero dudó antes de entrar. Se llamaba Bruno y siempre había sido el más serio del grupo, el que hacía bromas pero luego fingía compostura. Se quedó en la puerta mirándome como si no terminara de creer lo que estaba viendo: yo sentada en aquel baño inmundo, con el pelo algo revuelto, los labios húmedos y la mano todavía entre las piernas.
—¿Seguro? —preguntó.
—Si no quieres, te quitas y pasa otro.
Eso bastó. Cerró la puerta un poco más, se bajó el pantalón y sacó una polla ancha, menos larga que las otras, pero muy tiesa. Esta vez no esperé. Me arrodillé frente a él y le bajé también la ropa interior con impaciencia.
Le pasé la lengua por los huevos, subí por el tronco y lo metí entero en la boca de una sentada. Soltó un insulto entre dientes y apoyó una mano en la pared para no perder el equilibrio. Yo lo mamaba con hambre real ya, sin fingir timidez, disfrutando de la sensación de tener otra verga llenándome la boca mientras me tocaba el coño con dos dedos.
—Joder, Dani... pareces hecha para esto.
Tal vez esta noche sí, pensé.
Metí los dedos dentro de mí y comprobé lo mojada que estaba. Muy mojada. Tanto que el sonido húmedo de mi propia mano se mezclaba con el de mi boca sobre su polla. Ese ruido lo volvió loco. Me agarró de la nuca y empezó a cogerme la boca en un ritmo torpe, ansioso, demasiado rápido. Yo me dejé, sosteniéndole las caderas y respirando por la nariz mientras me llenaba la garganta una y otra vez.
No tardó mucho. Se vino con una sacudida violenta, apuntando parte de la corrida a mi lengua y parte a mis labios. La recogí con los dedos y me la metí en la boca. Él me miró hacer eso y soltó una risa incrédula, agotada.
—Estás loca.
—No. Caliente.
Salió todavía acomodándose la ropa y entró el siguiente casi de inmediato. A esas alturas ya no importaba mucho el orden. Yo había dejado de ser «la amiga» para convertirme en el centro de aquel morbo compartido, y ellos estaban demasiado excitados para disimularlo.
El cuarto, Simón, traía la polla tan dura que casi me tocó la mejilla en cuanto se acercó. —No me hagas esperar —dijo, y me gustó el tono mandón con que lo soltó.
Le sonreí con mala idea. —Entonces no hables.
Se la agarré con firmeza y empecé a pajearlo mientras le lamía la punta. Luego lo fui chupando más rápido, alternando tragadas profundas con lamidas largas por debajo. Él no paraba de gemir y de decirme guarradas al oído. Yo respondía con la boca llena, mirándolo desde abajo, disfrutando del efecto que tenía en él.
Cuando intentó correrse demasiado pronto, me aparté justo un segundo. —No todavía.
—No seas cabrona...
—Quiero sentirla latiendo antes.
Volví a meterlo y esta vez lo llevé al borde con total control. Usaba la lengua, los labios y la mano en una coordinación que ya no era improvisación: era puro vicio. Sentí cómo se tensaba, cómo los músculos del abdomen se le marcaron, cómo me avisaba sin palabras que iba a explotar. Entonces lo mantuve bien dentro y dejé que se corriera a fondo, recibiéndolo todo.
Ya había tragado cuatro corridas y, lejos de cansarme, me notaba más encendida. Tenía el coño hinchado, sensible, latiendo. Necesitaba más que meterme los dedos, pero no quería romper el juego. Esa noche se trataba de eso: de chupar, tragar, exhibirme y dejar que el deseo me arrastrara.
El quinto amigo entró ya sin disimular nada. Traía la respiración acelerada y una expresión de hambre franca. Cerró la puerta lo justo para quedar ambos medio ocultos y me dijo:
—Quiero verte tocarte mientras me la mamas.
—Entonces mírame bien.
Me subí la falda hasta la cintura, aparté a un lado la ropa interior y le mostré el coño mojado bajo la luz amarillenta. No desnuda del todo, pero sí abierta para él, para el baño, para la oscuridad de afuera donde los otros debían de estar imaginando la escena. Metí dos dedos y empecé a follarme despacio mientras con la otra mano le guiaba la polla hacia la boca.
Eso fue suficiente para que casi se doblara de excitación. Me la metió con urgencia, y yo empecé a chupársela mientras mis dedos entraban y salían de mí. El placer se me acumuló rápido, espeso, animal. Él me insultaba entre jadeos, yo gemía con la boca ocupada y la saliva me corría por la barbilla.
—Qué vista de mierda más buena —dijo—. Te ves como una puta deliciosa.
Me corrí de nuevo mientras lo mamaba. Esta vez el orgasmo me dejó temblando de verdad, con los muslos flojos y el vientre contraído. Mi boca siguió trabajando sola, casi por instinto, hasta que él también explotó. La corrida me llenó tanto que un poco se me escapó por la comisura. La limpié con la lengua antes de tragar.
Cuando salió, me apoyé un momento en la pared y respiré hondo. Ya llevaba cinco y todavía quedaba uno más afuera, dudando si entrar o no. Sonreí al pensar en su cara.
***
El último era Leo, el más callado de todos. Entró despacio, cerró la puerta y se quedó frente a mí sin hablar. A diferencia de los otros, no se lanzó enseguida. Me miró de arriba abajo como si quisiera grabarse la escena: mi cabello revuelto, mi falda alzada, mis labios hinchados, mi expresión de pura lujuria satisfecha a medias.
—¿Tú también vas a pedírmelo o te da pena? —le pregunté.
Negó con la cabeza y se sacó la polla en silencio. Estaba dura, pesada, con la punta húmeda. Me acerqué yo primero, la acaricié con la palma y luego le pasé la lengua alrededor muy despacio, saboreando esa pausa distinta. Él me sostuvo la barbilla con dos dedos, no para dominarme, sino para obligarme a mirarlo.
—Quiero ver cómo te la metes sola en la boca.
Obedecí. Abrí bien y fui bajando hasta llenarme. Lento, profundo, sin apartar los ojos de los suyos. Ese gesto lo quebró por dentro. Le cambió la respiración entera. Me sostuvo el pelo hacia atrás y me dejó trabajar a mi ritmo, mientras yo lo mamaba con calma, recorriéndolo con la lengua, apretando con los labios, alternando profundidad con roces cortos en la punta.
Fue, paradójicamente, la mamada más íntima de la noche y también una de las más calientes. Porque ya no había nervios, ni broma, ni reto. Solo el placer directo de sentir una polla dura en la boca y saber exactamente cómo llevarla al borde.
Leo acabó apoyando una mano en la pared y la otra en mi hombro. —No voy a durar —me avisó.
Yo aceleré a propósito. Me la saqué apenas para escupir en la punta y volver a meterla con un sonido húmedo que nos puso a los dos a mil. Él soltó un gemido grave, me sujetó fuerte y empezó a empujar con necesidad contenida, sin violencia, pero ya sin control.
Su corrida fue la más intensa de todas. Se vació en varios pulsos seguidos, temblando entero, y yo lo recibí hasta la última gota, tragando despacio, sintiendo el calor bajar por mi garganta. Cuando terminó, no se apartó enseguida. Se quedó mirándome como si acabara de descubrir algo nuevo en mí, o en él.
—Ahora sí te creo cuando dices que te gusta —murmuró.
Me levanté despacio. Tenía las piernas débiles y la ropa desordenada. Le acomodé el pantalón con una naturalidad obscena y luego me arreglé yo un poco antes de salir.
Al abrir la puerta, los demás se volvieron a mirarme. Nadie se rió esta vez. Había una especie de respeto sucio en el ambiente, como si todos entendieran que lo que pasó en ese baño fue simple, brutal y muy real.
Nos fuimos de la obra poco después. Afuera ya corría algo de aire y la calle estaba casi vacía. Caminé de regreso con el coño todavía palpitando y el sabor de ellos mezclado en la boca. Ninguno intentó hacerse el héroe ni convertirlo en una historia grandiosa. Tal vez por eso lo recuerdo tanto.
Yo sí sabía lo que había pasado: no fue solo una locura de una noche. Fue la primera vez que me permití disfrutar sin disfraz mi gusto por el sexo oral, por el morbo compartido, por ese punto exacto donde la vergüenza se rompe y lo único que queda es el hambre.
Desde entonces he hecho cosas más intensas, más elaboradas, incluso más sucias. Pero pocas me han dejado esa sensación tan directa de haber encontrado una parte de mí en un lugar absurdo, entre cemento, revistas húmedas y seis hombres adultos esperando su turno mientras yo decidía, con la boca y con una sonrisa, que esa noche quería tragármelo todo.
Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Villa Devoto, con fotos reales.