Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La grabación que desató mi primera confesión

En esa época yo todavía era torpe con mi propio deseo. Había estado con muy pocos hombres y, aunque ya no podía decir que era virgen, sí seguía teniendo esa mezcla de nervios, curiosidad y hambre que me hacía temblar antes de cada encuentro. Él me llevaba varios años, tenía barba corta, ojos claros y esa seguridad tranquila de quien sabe exactamente cómo mirar para encenderte.

La primera vez que nos vimos apenas nos atrevimos a jugar a medias, con las manos inquietas y el morbo absurdo de hacerlo casi a la vista de cualquiera. Me fui a casa empapada, excitada y frustrada. Así que cuando me escribió para verme de nuevo, esta vez en su apartamento, supe perfectamente a lo que iba.

Me abrió la puerta con una camiseta gris y unos vaqueros gastados. No hubo charla innecesaria, ni copas, ni el teatro de fingir que íbamos a conocernos mejor. En cuanto cerró, se acercó a mí y me besó con una urgencia que me hizo soltar el bolso al suelo.

Su lengua entró en mi boca como si ya me hubiera reclamado antes. Yo me pegué a él, notando al instante el bulto duro bajo su pantalón rozándome el pubis. Él me sujetó por la cintura y me apretó contra su cuerpo, y mis pechos se aplastaron contra su pecho mientras nuestras bocas se devoraban sin delicadeza.

—Tenía ganas de esto desde que te fuiste —me dijo contra los labios.

—Yo también —contesté, y la voz me salió más ronca de lo normal.

Sus manos bajaron a mi culo, lo apretaron con fuerza y luego subieron a mis costados. Me arrancó la chaqueta, luego me metió las manos bajo la blusa y fue directo al sujetador. Al sentir sus dedos rodeándome un pecho y apretándolo sin miramientos, gemí en su boca.

—Joder, qué tetas tienes —murmuró.

No fue una frase elegante, pero me puso todavía más caliente. Me gustó esa manera directa de mirarme y tocarme, como si ya estuviera imaginando todo lo que quería hacer conmigo. Yo también le metí las manos por debajo de la camiseta y recorrí su torso, notando la tensión de su abdomen y el calor de su piel.

Nos fuimos tambaleando hasta el sofá del salón sin dejar de besarnos. Él se dejó caer sentado y yo quedé de pie entre sus piernas. Desde ahí podía ver mejor la erección apretándole el pantalón, marcada y evidente. Me miró desde abajo con esa expresión hambrienta que ya reconocía.

La vez anterior apenas había rozado su polla con la lengua unos segundos, escondidos detrás de un muro, antes de que el miedo a que alguien nos viera nos cortara el impulso. Aquello le había sabido a poco. A los dos.

Desabroché su cinturón despacio, disfrutando de cómo me observaba. Bajé la cremallera y metí la mano por dentro del calzoncillo. Lo tenía duro de verdad, caliente, latiendo bajo mis dedos. Él soltó el aire de golpe cuando lo agarré por primera vez con decisión.

—No me hagas sufrir —dijo.

Sonreí. —No prometo nada.

Me arrodillé sobre la alfombra, entre sus piernas abiertas. Desde allí levanté la vista hacia él y me tomé un segundo para saborear el momento. Bajé el calzoncillo lo justo, le saqué la polla y se me llenó la boca de saliva solo de verla: gruesa, tiesa y con el glande ya húmedo.

Empecé despacio, a propósito. Besé la piel de su abdomen, justo debajo del ombligo, luego fui bajando hasta la base. Lo rocé con los labios sin tragármelo todavía. Solo respiré sobre él, dejando que sintiera mi aliento caliente, y su cadera se movió hacia arriba en un impulso casi involuntario.

—Mírate —dije en voz baja—. Ya estás desesperado.

Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, larga y lenta. La recorrí entera, empapándola, y al llegar al glande me entretuve rodeándolo, lamiendo la corona, sintiendo la textura lisa y la tensión de su cuerpo encima de mí. Él dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

—Joder… así… sigue así.

Volví a lamerlo y esta vez sí abrí la boca para meterme la punta. La succioné con cuidado, sacándola y volviéndola a meter, dejando que mi lengua jugara alrededor del glande mientras lo masturbaba con la mano. Cada vez descendía un poco más, acostumbrándome a su tamaño, escuchando cómo cambiaba su respiración.

Yo misma me sorprendí de lo excitada que estaba. Tenía el coño húmedo, pegajoso, latiéndome entre las piernas sin que él siquiera me hubiera tocado ahí todavía. Había algo obsceno y adictivo en estar de rodillas frente a él, sintiendo que lo estaba desarmando con mi boca.

Fue entonces cuando me lo pidió.

—¿Puedo grabarte? —preguntó, con la voz entrecortada—. Quiero grabarte mientras me la chupas.

Paré un segundo y levanté la vista. No me lo dijo como una orden ni como una trampa, sino con una mezcla rara de morbo y sinceridad. La idea me dio vergüenza al instante. También me excitó.

—¿Para qué? —pregunté, aunque ya lo sabía.

Él sonrió, descarado. —Para volver a verte cuando no estés.

Sentí calor en la cara. Aun así asentí. El simple hecho de aceptar ya me estaba poniendo más cachonda de lo que quería admitir.

Cogió el móvil de la mesa auxiliar, abrió la cámara y me enfocó. Yo seguía arrodillada, con su polla delante de la cara, y de repente fui consciente de mis mejillas encendidas, de mi escote agitado, de mis labios húmedos. Me dio una risa nerviosa.

—Relájate —dijo—. Solo sigue.

Volví a inclinarme. Al principio me sentí rígida, como si la cámara me robara naturalidad. Pero cuando pasé la lengua por la punta otra vez y escuché su gemido, algo cambió dentro de mí. Dejé de pensar en si me veía ridícula y empecé a pensar en cómo quería que me viera.

Lo tomé entre los labios y empecé a chupar con más ritmo. Metía y sacaba la cabeza despacio, jugando con la profundidad, dejando que mi lengua lamiera el glande en cada subida. Sentía el teléfono apuntándome y, a ratos, levantaba los ojos hacia el objetivo.

—Mírame —ordenó con voz baja.

Lo hice, todavía con la polla entre los labios.

—¿Te gusta?

Saqué la boca lo justo para responder. —Sí.

—No me digas solo que sí. Dímelo bien.

Me mordí el labio y luego sonreí, nerviosa y excitada al mismo tiempo. —Me gusta tu polla.

Se estremeció al oírlo. Yo también. Decirlo en voz alta, con el móvil grabando, me encendió por dentro de una forma nueva. Como si la vergüenza se hubiera convertido, de golpe, en combustible.

Agarré su polla con la mano y me di golpecitos suaves en los labios con la punta, mirándolo primero a él y luego a la cámara. Abrí un poco la boca y la paseé por mi labio inferior, humedeciéndolo. Después saqué la lengua y la deslicé por el tronco, lenta, sin romper el contacto visual con el teléfono.

—Así —dijo, casi jadeando—. Joder, así estás preciosa.

Mi sujetador seguía puesto, pero apenas me cubría. Aproveché el ángulo y guié su polla hacia el canal de mi escote. La froté entre mis pechos por encima de la tela y él soltó una maldición entre dientes. Entonces él mismo se inclinó y me bajó el sujetador de un tirón.

Mis tetas saltaron libres y su expresión fue casi de hambre. El móvil no dejó de grabar.

—Mírate —dijo—. Quiero todo eso en el video.

Me sujeté los pechos con ambas manos y atrapé su polla entre ellos. Empecé a moverlos arriba y abajo, apretándola en esa carne blanda y caliente, viendo cómo el glande se perdía y volvía a asomar. Cada vez que aparecía arriba, yo inclinaba la cabeza para lamerlo o chuparlo un segundo antes de volver a hundirlo entre mis tetas.

Él estaba recostado en el sofá, con la cabeza hacia atrás y los ojos medio cerrados, respirando fuerte. Una de sus manos seguía sosteniendo el móvil y la otra me apretaba un pecho, torpe, desesperada, como si no supiera dónde tocar primero. Yo me dejé ver. Le regalé mis mejores gestos, sabiendo exactamente para qué quería ese video.

Esa idea me volvió loca. Saber que iba a correrse mirando aquello después, que se haría pajas recordando mi boca, mis tetas, mi cara, me mojaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Bajé otra vez y me lo metí entero hasta donde pude.

Esta vez no fui delicada. Saqué la lengua al máximo y lo lamí de abajo arriba, dejando saliva brillante por todo el tronco. Luego abrí más la boca y fui tragándomelo con ganas, más profundo cada vez. Una mano quedó fija en la base y la otra descansó en su muslo mientras marcaba el ritmo con la cabeza.

Él gemía sin disimulo. —Hostia… joder…

Seguí. Me lo saqué hasta la punta, volví a meterlo, y repetí el movimiento una y otra vez, aumentando la velocidad. Cuando ya tenía la garganta tensa, forcé un poco más. Sentí cómo el glande golpeaba al fondo y tuve una arcada ligera que lo hizo gemir todavía más fuerte.

—Eso… así… trágatela.

Babearlo me encantó. La saliva me corría por la barbilla, por los labios, y yo no me limpiaba. Al contrario: usé esa humedad para masturbarlo mejor cuando subía. Combiné la mano y la boca, apretando el tronco mientras mi lengua se enroscaba en la punta, y luego bajé otra vez hasta ahogarme casi con él.

—Quiero verte la cara —dijo.

Salí de su polla lo justo para mirar directo al móvil. Tenía los labios hinchados, la boca brillante y la respiración desordenada. Me pasé la lengua por el labio inferior y luego me lo volví a meter, despacio, sin apartar la vista de la cámara hasta que ya no pude mantenerla.

Noté el cambio en su cuerpo antes de que hablara. Se puso más duro todavía, los muslos se tensaron y empezó a mover la cadera hacia mi boca. Ya no estaba recibiendo solamente; empezaba a follarme la boca de verdad, con empujes cortos, cada vez más urgentes.

Yo lo dejé hacer. Me agarré a sus piernas y abrí más la garganta para soportarlo. Cada embestida me llenaba la boca, me empujaba la lengua, me hacía soltar pequeños sonidos ahogados que seguro quedaron grabados. Cuanto más me usaba, más me gustaba.

—No pares —dijo—. Me voy a correr.

Saqué la boca un segundo, jadeando. Sus huevos tensos golpeaban mi muñeca mientras seguía masturbándolo. —¿Dónde quieres correrte?

Él me miró con los ojos encendidos. Yo volví a lamer el glande. —¿En mi cara?

Le di otro lametón, lento. —¿O en mi boca?

La pregunta lo remató. Me agarró del pelo con firmeza, recogiendo mi melena en un puño, y me guio de vuelta hacia su polla. No fue un gesto cariñoso. Fue posesivo, directo, y me hizo mojarme todavía más.

—En tu boca —susurró.

Me la hundió de nuevo, más hondo, y esta vez no tuve margen para jugar. Su cadera subía con fuerza mientras mi boca lo recibía como podía. Me costaba respirar, se me llenaban los ojos de lágrimas y aun así seguí lamiendo, tragando, dejándolo follarme la garganta.

Los gemidos de él se volvieron roncos, cortados. Lo sentí palpitar con violencia sobre la lengua. Un segundo después, se corrió.

El primer chorro me cayó directo al fondo de la garganta, caliente y espeso. Tragué por reflejo mientras él seguía empujando y soltando más. Parte de su corrida se me escapó por las comisuras y resbaló por mi barbilla hasta el pecho. Él no me soltó el pelo hasta vaciarse del todo.

Cuando por fin aflojó la mano, se dejó caer contra el respaldo del sofá, deshecho, respirando con la boca abierta. Yo seguí un instante con su polla entre los labios, sacándole las últimas gotas con una succión lenta antes de apartarme.

Tenía la boca llena y la barbilla manchada. El teléfono seguía grabando desde su mano floja. Se lo quité despacio y apunté la cámara hacia mí.

Me vi en la pantalla y me excité al instante. Tenía los ojos brillantes, el pelo revuelto, el maquillaje apenas corrido y restos de su corrida en la boca y sobre las tetas. Abrí los labios y enseñé lo que me quedaba dentro antes de tragarlo despacio, mirando al objetivo.

Luego me pasé el dorso de la mano por la comisura de la boca, recogiendo lo que había escurrido, y me lo lamí sin apartar la vista de la pantalla. Fue un gesto obsceno, pero natural. Como si en esos minutos hubiera descubierto una parte de mí que llevaba tiempo esperando salir.

—Joder… —dijo él, todavía aturdido—. No sabes lo que acabas de regalarme.

Dejé el móvil sobre la mesa y me puse de pie. Las piernas me temblaban. La excitación seguía acumulada entre mis muslos, casi dolorosa, porque todo aquello había girado alrededor de su placer y del efecto que yo tenía sobre él. Él se dio cuenta en cuanto me vio cruzar una pierna con torpeza.

—Ven aquí —dijo.

Me senté a su lado en el sofá y me besó. Esta vez el sabor era el suyo y el mío mezclados. Metió la mano entre mis piernas por encima de la falda y soltó una risa incrédula al notar la humedad.

—Estás empapada.

—Claro que sí —le respondí, con un hilo de voz—. Me acabas de usar la boca mientras me grababas. ¿Qué esperabas?

Su expresión cambió, más oscura. Me metió la mano dentro de la ropa interior y encontró el coño chorreando. Sus dedos se deslizaron entre mis labios con facilidad, extendiendo mi propia humedad, y yo abrí las piernas al instante.

—Quiero ver cómo te pones cuando te toco después de eso —murmuró.

Me besó el cuello mientras dibujaba círculos lentos sobre mi clítoris. Yo me arqueé hacia él, incapaz de mantener la compostura. Después de haber estado arrodillada para él, sentir por fin sus dedos ahí abajo fue un alivio brutal. Me tocaba con calma, saboreando cada reacción, y yo gemía sin intentar callarme.

—Más fuerte —le pedí.

Él obedeció. Apretó el clítoris entre dos dedos, lo frotó con firmeza y luego metió uno dentro de mí, después dos. Entraron sin resistencia. Yo solté un gemido más alto y me aferré a su brazo.

—Así de mojada te dejó chupármela —dijo, mirándome—. Mírate, no te cabe ni la vergüenza ya.

Tenía razón. Ya no quedaba casi nada de la chica tímida que se había sonrojado al ver la cámara. Ahora solo quería corrérmelo todo encima, sucio y sin filtros. Le agarré la muñeca para marcarle el ritmo que necesitaba.

—No me hables —jadeé—. Mételos y sigue.

Me folló con los dedos de verdad entonces. Entraba y salía rápido, doblándolos a ratos para rozarme por dentro mientras el pulgar trabajaba mi clítoris. Yo abrí más las piernas y me apoyé en el respaldo, perdiendo el control. El sofá crujía bajo nosotros.

—¿Te gusta así? —preguntó.

—Sí… joder… sí.

—Dímelo bien.

Lo miré, todavía con la respiración rota. —Me gusta cómo me metes los dedos. Me gusta que me veas así de mojada.

Su sonrisa fue breve y satisfecha. Siguió sin bajar el ritmo. La tensión me subió por el vientre muy deprisa, alimentada por todo lo que acababa de pasar, por el recuerdo reciente de su polla en mi garganta, por el pensamiento obsceno de aquel video guardado para después.

Me corrí con sus dedos dentro, sacudiéndome contra su mano. No fue un orgasmo delicado ni silencioso. Me salió como un espasmo largo, con las piernas temblando y el coño apretándole los dedos mientras gemía en su hombro. Él no retiró la mano hasta que me sintió aflojar por completo.

Nos quedamos respirando juntos unos segundos. Yo apoyada en él, con la blusa abierta, el sujetador bajado, la boca aún sensible y el cuerpo satisfecho de una forma nueva. Él me acarició el muslo y luego miró el móvil otra vez.

—Ese video no lo voy a borrar nunca.

Yo sonreí, todavía recuperándome. —No lo grabaste solo para ti.

—¿No?

Negué con la cabeza. —La próxima vez quiero verlo contigo mientras me lo haces otra vez.

Su mirada se encendió de nuevo. Supe entonces que aquello no se iba a quedar en una anécdota sucia de una tarde cualquiera. Había sido mi primera confesión de verdad: descubrir que no solo me excitaba hacer ciertas cosas, sino verme haciéndolas, saberme deseada, recordar después mi propia cara de vicio.

Cuando me fui de su apartamento, caminaba despacio, con el cuerpo todavía flojo y una sonrisa imposible de disimular. En el bolso llevaba mis cosas revueltas. En la cabeza, en cambio, ya llevaba claro algo mucho más peligroso: que a veces una cámara no mata nada. A veces solo revela quién eres cuando por fin dejas de fingir pudor.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(3)

Roro_777

Que relato tan bueno!! me dejo con ganas de mas

CuriosaBaires

increible como lo escribiste, se siente completamente real. Esperando la continuacion!

Mateo_BA

excelente!!! sigue asi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.