Mi exconvicto volvió y me folló en el hotel
Me desperté mojada, con el corazón golpeándome el pecho y su nombre atravesándome la cabeza como si no hubieran pasado tantos años. Había soñado con él otra vez, con su boca, con sus manos duras, con aquella forma suya de mirarme como si ya supiera exactamente cómo iba a hacerme gemir. Abrí los ojos y tardé unos segundos en ubicarme, pero en cuanto recordé la fecha sentí un tirón caliente entre las piernas.
Aquel día salía libre.
No iba a recogerlo nadie de su familia. Eso ya lo sabía. Su madre había muerto hacía tiempo y su hermano se había borrado de su vida mucho antes de que lo encerraran. Yo, en cambio, seguía ahí, aunque él y yo hubiéramos dejado de vernos hacía una década. No porque lo hubiera olvidado, sino porque nunca pude hacerlo.
Me levanté temprano, incapaz de quedarme quieta. Preparé café, di dos sorbos y lo abandoné a la mitad. Caminé descalza por el departamento sintiendo una ansiedad estúpida, casi adolescente, pero éramos adultos de sobra y yo sabía perfectamente qué era lo que me tenía así. No era solo el reencuentro. Era el recuerdo de su verga. Era la memoria de cómo me abría de piernas y me hacía suplicarle más.
Me metí a la ducha para calmarme y fue peor.
El agua caliente me resbaló por el cuello, por los pechos, por el vientre, y cuando cerré los ojos lo vi como si estuviera frente a mí: más ancho de hombros, quizá con alguna cicatriz nueva, seguramente con esa mirada dura que le quedó desde antes de caer preso. Me enjaboné despacio, pero a los pocos segundos ya me estaba tocando con intención.
Primero me apreté un pezón entre los dedos y solté aire por la boca. Después bajé la mano. Tenía la concha caliente, sensible, empapada antes incluso de rozarme bien. Separé los labios y empecé a frotarme el clítoris con círculos lentos, sintiendo cómo se me aflojaban las piernas. Apoyé una mano en la pared para no resbalar y seguí, cada vez más fuerte, más desesperada.
Hoy vuelve. Hoy me va a mirar. Hoy quizá me toque otra vez.
Metí un dedo y gemí. Entró fácil, porque estaba chorreando. Lo saqué y metí dos, abriéndome por dentro mientras con la otra mano me sobaba el clítoris. Sentía el pulso en la vagina, el deseo acumulado de tantos años apretándome el cuerpo. Empecé a mover los dedos más rápido, imaginando que eran los suyos, imaginando su voz grave diciéndome que siguiera, que me corriera pensando en él.
—Joder... —murmuré, sola, con la frente pegada al azulejo.
Me corrí así, en la ducha, con un espasmo que me sacudió desde el vientre hasta los muslos. No fue un orgasmo elegante ni suave. Fue uno de esos que te dejan temblando y todavía con hambre. Me quedé unos segundos respirando agitada, con el agua cayéndome por la espalda y la concha palpitando, consciente de que no me había vaciado nada. Apenas había abierto el apetito.
Salí, me sequé y elegí ropa sin pensar demasiado, aunque en realidad lo pensé todo. Un vestido sencillo, sandalias, perfume detrás de las orejas. Nada exagerado. No quería parecer una mujer que iba a buscar a un hombre para que la follara en cuanto pudiera. Quería parecer una mujer que no había planeado exactamente eso desde que se despertó.
Cuando llegué, él ya estaba afuera.
Lo reconocí incluso antes de verle bien la cara. Por la postura. Por el modo de ocupar el espacio. Por esa quietud tensa que siempre tuvo, como si incluso parado estuviera listo para empujar una puerta o romperle la boca a alguien. Llevaba una bolsa con sus cosas, una camiseta oscura, barba corta y el mismo gesto serio de siempre. Pero cuando sus ojos dieron conmigo, esa dureza se quebró apenas un segundo.
Sonrió.
Yo también.
No hicimos ninguna escena. No corrí a abrazarlo. No lloré. Caminé hasta él y nos quedamos a menos de un paso, mirándonos con una tensión tan evidente que el resto del mundo desapareció. Le vi una pequeña cicatriz en la ceja, una sombra bajo los ojos y más cuerpo del que recordaba. Él me recorrió entera con la mirada, sin vergüenza, deteniéndose en mi boca y luego en el escote.
—Sigues igual de peligrosa —dijo.
—Y tú igual de descarado.
—No. Ahora peor.
Ese «peor» me bajó directo al coño.
Nos besamos sin pedir permiso. Sin charla previa, sin tanteo. Su boca chocó contra la mía con hambre atrasada, y yo se la devolví abriéndole los labios con la lengua como si quisiera recuperar de golpe todos los años perdidos. Sabía a café y cigarro. A calle. A hombre. Me agarró de la nuca con una mano y de la cintura con la otra, y en ese instante supe que, si seguíamos allí un minuto más, iba a acabar restregándome contra él delante de cualquiera.
—Vamos a otro sitio —le dije, apartándome apenas para respirar.
—Dime dónde.
Le señalé el hotel que quedaba a unas calles. Ni siquiera se sorprendió. Solo tomó mi mano, recogió su bolsa y caminó conmigo a paso firme, sin soltarse. Yo sentía el calor de sus dedos en la palma y notaba cómo me iba excitando más con cada metro, porque no estaba fantaseando ya: estaba yendo a encerrarme con él para hacer exactamente lo que los dos queríamos.
Subimos a la habitación sin hablarnos demasiado. La tensión era tan espesa que cualquier frase de más habría sobrado. Apenas se cerró la puerta, me volvió contra ella y me besó otra vez, esta vez más brutal. Su lengua se metió en mi boca, sus manos me apretaron el culo por encima del vestido y yo le agarré la cara como una loca, gimiéndole en los labios.
—Te extrañé —me dijo contra la boca.
—Entonces demuéstralo.
Él sonrió de lado, como antes, y me mordió el labio inferior.
—Eso vine a hacer.
Metió una mano entre mis muslos y me frotó por encima de la ropa interior. Yo di un respingo y abrí más las piernas por puro reflejo. Estaba empapada otra vez, tanto que el roce apenas me separaba la tela de la piel y ya me arrancaba gemidos. Me subió el vestido hasta la cintura y soltó una risa baja al verme.
—Sin medias, sin complicaciones. Muy considerada de tu parte.
—No hables tanto y tócame.
Me apartó la braguita a un lado y pasó dos dedos por mis labios mojados, embarrándose sin esfuerzo. Después me los mostró frente a la cara, brillantes.
—Mira cómo me recibes.
Yo le chupé los dedos sin dejar de mirarlo. Quería provocarlo, pero a esas alturas yo estaba mucho más provocada que él. Me sacó la mano de la boca y me la llevó otra vez al coño, ahora presionando el clítoris con movimientos cortos y exactos, justo como me gustaba. Se me aflojaron las rodillas.
—Joder... sí...
—¿Así? —preguntó, metiéndome un dedo de golpe.
Gemí con la boca abierta. El dedo entró fácil. Luego metió un segundo y me abrió por dentro, bombeando despacio, mientras con el pulgar seguía sobándome arriba. Yo le desabroché el pantalón con torpeza por la ansiedad y le bajé la cremallera. Necesitaba tocarlo ya.
Saqué su polla del bóxer y la rodeé con la mano.
Se me hizo agua la boca. La recordaba grande, pero la sentí aún mejor de lo que la tenía guardada en la memoria: gruesa, caliente, dura de verdad, latiéndome en la palma. Le di un par de pasadas lentas y él cerró los ojos un segundo, apretando la mandíbula. Me encantó verlo contenerse.
—Arrodíllate —dijo.
Lo dijo sin gritar, sin hacerse el dueño de nada, pero con un tono firme que me atravesó el cuerpo. Y yo obedecí. Me arrodillé frente a él sobre la alfombra del hotel, con el vestido todavía subido y la concha chorreando, y le agarré la base de la polla antes de pasarle la lengua por la punta.
Sabía a piel caliente y a deseo contenido. Le lamí el glande despacio, rodeándolo, y luego bajé con la lengua por un lado hasta la base antes de subir otra vez. Él me miraba desde arriba con una intensidad que me encendía más. Abrí la boca y me la metí lo más que pude, notando cómo me llenaba la lengua y me tiraba de las comisuras.
—Así, joder... así...
Empecé a chupársela con ritmo, sujetándola con una mano mientras con la boca trabajaba la punta y la mitad del tronco. Subía y bajaba, le hacía vacío, le pasaba la lengua por debajo, tragando saliva para que resbalara mejor. Él me apartó el pelo de la cara y me sostuvo la nuca, no para forzarme sino para guiarme. Yo le agradecí la presión, tomándolo más hondo cada vez que la mano en mi cabeza me marcaba el compás.
La polla me golpeaba la garganta en las embestidas más largas y eso me ponía todavía más caliente. Él resopló, y cuando levanté la vista lo encontré mordiéndose el labio, excitado de verdad.
—Mírame mientras la chupas.
Lo hice. Lo miré mientras me llenaba la boca con su verga, mientras mi lengua la envolvía y mis labios baboseados resbalaban arriba y abajo. Lo vi perder un poco la compostura, tensar los muslos, apretarme más la nuca.
Me llevé una mano al coño y empecé a frotarme mientras seguía mamándosela. Él soltó una risa ronca.
—Ni un segundo cambiaste. Siempre tan puta para mí.
La frase me hizo gemir con su polla en la boca. Me corría electricidad por la espalda. Seguí chupando más rápido, más sucio, dejándole el glande brillante, escuchando el sonido húmedo de mi boca trabajando sobre él. Noté su respiración acelerarse, y justo cuando pensé que iba a correrse, tiró de mí para levantarme.
Nos besamos de nuevo y probé su sabor en mi propia lengua. Me arrancó el vestido por arriba junto con el sostén, dejando mis pechos libres, y enseguida me atrapó un pezón entre los dedos, apretándolo hasta hacerme jadear. Después bajó la cabeza y me lo chupó, fuerte, alternando lengua y mordidas cortas.
—Mierda... sí... no pares...
Me sostuvo por la espalda mientras me mamaba los pechos como si tuviera hambre de verdad. Sentía la barba rasparme la piel, el calor de su boca, su mano libre bajando otra vez a mi ropa interior para arrancármela de una vez. Cuando la tela cayó al suelo, metió la palma entera entre mis piernas y me encontró empapada.
—Te estás escurriendo.
—Es por ti.
—Lo sé.
Me llevó hasta la cama y me empujó suavemente para sentarme en el borde. Se agachó frente a mí, me abrió las piernas con las manos y se quedó un segundo mirando cómo brillaba mi coño. Esa pausa, esa forma de contemplarme abierta, mojada, esperando, me dio más vergüenza excitada que cualquier palabra.
Luego se lanzó.
Me pasó la lengua de abajo arriba, lenta, firme, y yo me arqueé de golpe. Tenía la boca caliente y una manera obscena de comerme que me hacía sentir desnuda de verdad. Me separó los labios con los dedos y se enterró en mi concha como si quisiera beberse todo. Lamía el clítoris, bajaba a la entrada, metía la lengua, volvía a subir y después me chupaba con una succión que me hacía ver borroso.
—Joder, joder... —repetía yo, agarrándole el pelo.
Él no se apartó. Seguía devorándome, alternando lengua y dedos. Primero uno, luego dos, entrando y saliendo mientras su boca se concentraba arriba, donde yo estaba más sensible. Los dedos me golpeaban por dentro con el ritmo exacto y la lengua me desarmaba. El cuarto ya me temblaba sin control.
—Me voy a correr —le advertí, jadeando.
Él respondió con un gruñido y chupó más fuerte.
Me corrí en su boca con las piernas abiertas y el coño apretándole los dedos, temblando de arriba abajo. No fue delicado. Le mojé la cara y aun así siguió lamiendo, sacándome espasmos pequeños, prolongándome el orgasmo hasta que tuve que empujarlo porque ya no aguantaba más.
Se levantó con la boca brillante y me besó para que me probara. Ese gesto me volvió loca.
—Ahora sí —dije, con la respiración rota—. Métemela de una vez.
Él se sacó la camiseta, terminó de bajarse el pantalón y se quedó desnudo frente a mí. Lo miré sin disimulo. Tenía el pecho más marcado, el abdomen duro, muslos fuertes y la polla erguida, pesada, apuntando hacia arriba. Le pasé la mano una vez más, solo para sentirla, y él me apartó con suavidad.
—Ponte boca arriba.
Obedecí de inmediato. Me acosté en la cama y abrí las piernas. Él se colocó entre mis muslos, me agarró una pierna por detrás de la rodilla y me la subió un poco, acomodándome para entrar mejor. Rozó la punta por mis labios y yo gemí solo con eso.
—No me hagas esperar más.
—Te gusta que te haga esperar.
—Me gusta que me folles.
Entonces me la metió.
No poco a poco ni con cuidado exagerado. La empujó dentro de una sola vez, firme, profunda, y yo solté un gemido abierto, mezcla de placer y del golpe intenso de sentirlo llenándome hasta el fondo. Me agarré a las sábanas y levanté las caderas buscándolo más. Él se quedó un segundo adentro, hundido por completo, mirándome cómo reaccionaba.
—Así te recordaba —murmuró—. Apretándome entera.
Empezó a moverse con embestidas largas, sacándola casi toda para volver a metérmela hasta el fondo. El ruido húmedo entre nuestras piernas llenó la habitación enseguida. Mi cuerpo respondió al suyo como si no hubiera olvidado nada. Cada golpe me abría, me estiraba, me encendía más. Yo lo recibía alzando la pelvis y gimiendo sin vergüenza.
—Más fuerte —le pedí.
Me agarró de las piernas y me las abrió más. Entonces sí. Empezó a follarme duro, con una cadencia brutal que hacía crujir la cama contra la pared. Su pelvis golpeaba la mía, su polla entraba y salía empapada, gruesa, arrancándome quejidos que ya no pude ni quise contener.
—Así... así... joder, sí...
—Mira cómo te la meto —dijo, bajando la vista entre nuestros cuerpos.
Yo también miré. Ver su polla desaparecer dentro de mí una y otra vez fue demasiado. Me llevé una mano al clítoris y empecé a frotarme al ritmo de sus embestidas. Él me vio y sonrió con ferocidad.
—Eso, tócate. Quiero verte correrte mientras te follo.
Sentí una oleada de calor subir desde el vientre. Se inclinó sobre mí sin dejar de embestir y me mordió el cuello. Después me atrapó un pecho con la boca mientras seguía clavándome la verga con un vaivén exacto, duro, sostenido. Yo tenía una pierna sobre su hombro y la otra abierta en la cama, completamente expuesta, completamente suya en ese momento.
—Te pensé mil veces ahí adentro —me dijo entre dientes—. Pensé en volver a encontrarte y dejarte así, abierta para mí.
—Pues hazlo —jadeé—. Ábreme más. Fóllame más duro.
Su respuesta fue obedecer. Se incorporó, me agarró de la cintura y empezó a entrar todavía con más fuerza, con golpes rápidos que me hicieron perder el hilo de lo que decía. Solo podía gemir, decir sí, joder, ahí, no pares. El cuarto se llenó de piel golpeando piel, de respiraciones rotas y de mi voz cada vez más alta.
No sé cuánto duramos así. Perdí la noción. Solo recuerdo el sudor, el ardor dulce entre las piernas y la manera en que me iba acercando al orgasmo otra vez, esta vez más rápido, más arrastrada por su cuerpo que por mi mano.
—Me voy a correr otra vez —dije, casi sin aire.
—Espérate un segundo.
Se salió de mí y me giró sin ceremonia, dejándome a cuatro sobre la cama. Sentí el aire en el coño vacío apenas un instante, porque enseguida volvió a meterme la punta y me penetró de nuevo desde atrás con una embestida seca que me hizo gritar contra la almohada.
—Mierda...
Desde esa posición se sentía todavía más profundo. Me agarró de las caderas y empezó a follarme con golpes cortos y violentos, tirando de mí hacia atrás para recibirlo entero. Cada embestida me hacía rebotar el cuerpo. Yo hundí la cara en la cama, gimiendo como una perdida, y eché una mano por debajo para frotarme el clítoris otra vez.
Él me soltó una nalgada que me hizo jadear.
—Quiero escucharte.
—Me estás volviendo loca.
—Para eso volví.
La frase, la postura, la fuerza con la que me estaba atravesando... todo se mezcló hasta volverme torpe de placer. Notaba su pubis chocando contra mi culo, sus dedos enterrados en mis caderas, la polla entrando mojada, pesada, machacándome el punto exacto que me hacía ver estrellas.
—No pares, no pares, no pares...
—Córrete.
Y me corrí. Me corrí con la cara contra la almohada y la mano entre las piernas, apretando el clítoris mientras él me seguía follando sin bajar el ritmo. El orgasmo me dejó sacudiéndome alrededor de su verga, contrayéndome con fuerza. Él gruñó al sentirlo y me folló todavía unos segundos más, descontrolado ya.
—Me voy a correr —dijo, con la voz espesa.
Salió de mí, me giró lo justo para dejarme medio boca arriba y se la agarró con una mano. Yo, todavía temblando, me incorporé un poco y se la tomé con la mía también, bombeándosela rápido. Él me miró, respirando como un animal acorralado.
—Hazlo —le dije—. Quiero verte correrte.
Eso bastó. Soltó un gemido grave y se corrió sobre mi vientre y mis pechos en pulsos espesos, calientes, abundantes. Seguí acariciándolo hasta el final, viendo cómo la corrida le manchaba la piel y me salpicaba los dedos. La imagen era obscena, directa, perfecta. Él cerró los ojos un momento y dejó caer la cabeza hacia atrás.
Después se quedó quieto, recuperando el aire. Yo miré el desastre en mi cuerpo y sonreí.
—Diez años y sigues acabando igual.
Él soltó una risa cansada y se dejó caer a mi lado en la cama.
—Y tú sigues recibiéndome igual de bien.
Nos quedamos en silencio unos segundos, respirando. Luego él se incorporó, tomó una toalla del baño y volvió para limpiarme despacio. El gesto me desarmó de una manera distinta. Menos salvaje. Más íntima. Me pasó la tela por el vientre, por los pechos, por los muslos, y yo lo observé en silencio.
—Pensé en este momento demasiadas veces —admitió.
—Yo también.
—¿Y ahora?
La pregunta quedó flotando. No era ingenua. No hablaba solo de ese polvo. Hablaba de todo lo demás: del tiempo perdido, de lo que él traía encima, de lo que yo estaba dispuesta o no a abrir otra vez.
Me acerqué y lo besé con suavidad, muy distinto a como nos habíamos besado al entrar.
—Ahora no quiero pensar —le dije—. Ahora solo quiero quedarme aquí un rato, con tu olor todavía en mi piel.
Él me pasó un brazo por la cintura y me atrajo hacia su pecho. Cerré los ojos. Sentía el cuerpo saciado, las piernas flojas y el coño todavía sensible, húmedo, recordando cada embestida. Afuera el mundo seguía igual de complicado. Adentro, en esa habitación de hotel, por fin habíamos dejado de imaginarnos.
Y supe, mientras me quedaba acurrucada contra él, que había cosas que no se borraban con los años, ni con la distancia, ni con una celda. Algunas regresaban con más hambre. Y cuando volvían, no pedían permiso: te abrían de piernas y te recordaban exactamente quién eras cuando temblabas de placer.