Cómo empecé a desear a mi suegro en sus masajes
Tenía poco más de treinta y estaba separada desde hacía un par de años. Mi vida era bastante normal: trabajo fijo, cuentas por pagar, y esa sensación constante de que necesitaba ganar un poco más para no vivir siempre apretada. Por eso hice un curso básico de masajes. Lo tomé con la idea de ofrecer sesiones a domicilio, pero durante meses no practiqué con nadie de verdad.
En ese tiempo yo salía con Damián, un hombre paciente, trabajador y bastante más centrado que mis ex. Él vivía con su padre, Ernesto, un hombre mayor que necesitaba compañía casi constante. Después de un problema de salud, Ernesto había quedado frágil, con momentos de desorientación, lapsos de olvido y un miedo evidente a quedarse solo en la casa por las noches.
Como Damián trabajaba por turnos, había días en que una cuidadora lo acompañaba durante la tarde, pero al caer la noche el asunto se complicaba. Más de una vez me ofrecí a quedarme en la casa para ayudar. Al principio lo hice por cariño a mi pareja y por compasión hacia ese hombre grande, de cabello blanco y manos temblorosas, que se calmaba cuando alguien le hablaba con suavidad.
Con el tiempo empecé a conocer mejor a Ernesto. Tenía esa clase de masculinidad antigua que no desaparece con la edad: voz grave, pecho ancho, brazos todavía firmes a pesar de los años. Incluso torpe y confundido por momentos, seguía teniendo una presencia que llenaba la habitación. Yo nunca habría admitido entonces que me fijaba en eso, pero lo hacía.
La noche que cambió todo yo estaba con cólicos, cansada y de mal humor. Hacía frío, y lo único que quería era meterme bajo una cobija. Ernesto, en cambio, estaba inquieto. Insistía en salir a caminar aunque ya era tarde y el aire se sentía helado hasta dentro de la casa.
—No, don Ernesto, afuera hace demasiado frío —le dije, tratando de convencerlo sin discutir.
Él me miró con esa mezcla rara de confusión y terquedad.
—Quiero salir un rato. No me gusta estar encerrado.
Yo respiré hondo, me apreté el vientre por el dolor y solté lo primero que se me ocurrió.
—Si se queda tranquilo, yo le doy un masaje para que se relaje.
Lo dijo todo su sonrisa. Se le iluminó la cara como a un niño al que acaban de prometerle un premio, y asintió enseguida. Preparé la habitación de invitados, bajé la luz y saqué el aceite que había comprado semanas antes para practicar. Le pedí que se quitara la ropa y se cubriera con una toalla de la cintura hacia abajo.
Cuando salió del baño así, con el torso desnudo y la piel arrugada pero limpia, me quedé viéndolo un segundo de más. Era un hombre viejo, sí, pero no débil como yo había querido creer. Tenía hombros pesados, vello gris en el pecho y unas piernas gruesas que todavía conservaban fuerza. Sentí una punzada incómoda entre las piernas y me obligué a ignorarla.
Se tumbó boca abajo y yo empecé por la espalda. Primero usé la pistola de masaje para aflojarle los músculos, luego la dejé a un lado y pasé a mis manos. El aceite se calentó enseguida entre mis palmas. Fui apretando despacio, recorriéndole la nuca, los hombros, la columna, la zona baja de la espalda. Ernesto soltó un gemido largo de alivio.
—Qué bien lo haces —murmuró—. No sabía que tenías estas manos.
No fue solo el elogio. Fue el tono. Grave, rendido, agradecido. Sentí cómo se me endurecían los pezones bajo el sostén. Seguí masajeándolo, pero ya no estaba pensando solo en relajar a un enfermo. Estaba sintiendo el cuerpo de un hombre bajo mis manos, su calor, su peso, su respiración cada vez más profunda.
Me incorporé un momento, fui al baño y me quité el sostén. Lo hice sin pensarlo demasiado, movida por una calentura repentina que me avergonzó y me excitó al mismo tiempo. Volví con la camiseta blanca pegándoseme al pecho, los pezones bien marcados, y retomé el masaje como si nada.
Le amasé los hombros, bajé hasta los costados, rodeé sus costillas, deslicé las manos cerca de la toalla sin tocarla. Cada vez que mis dedos se acercaban a la cintura de tela, él soltaba aire con un temblor apenas perceptible. Yo ya estaba mojada. Lo sabía porque al mover las piernas sentía esa humedad caliente en mi ropa interior.
—Ahora gírese —le dije con la voz más firme de la que me salía por dentro.
Ernesto obedeció despacio. La toalla siguió en su sitio, pero al quedar boca arriba su mirada fue directa a mi pecho. No disimuló nada. Se quedó mirando el contorno de mis tetas bajo la tela, la forma de los pezones, el hueco del escote cuando me inclinaba. Yo fingí no darme cuenta, aunque en realidad era exactamente lo que quería.
Empecé por las piernas. Muslos, rodillas, pantorrillas. Mis manos subían y bajaban con aceite, apretando la carne, sintiendo cómo se tensaba. Cuando llegué a la parte alta de los muslos, la toalla ya no disimulaba nada. Debajo se levantaba un bulto claro, cada vez más duro.
Él respiraba por la boca.
—¿Está cómodo? —le pregunté.
—Sí... demasiado cómodo —contestó, y luego apartó la vista con vergüenza.
Esa vergüenza fue lo que terminó de encenderme. No era un viejo obsceno lanzándose sobre mí. Era un hombre excitado, sorprendido de su propia reacción, tratando de contenerse. Me acerqué más. Una rodilla mía quedó apoyada junto a su cadera y empecé a masajearle el pecho con las dos manos, despacio, extendiendo el aceite alrededor de los pezones pequeños y oscuros.
Sentí la fuerza de su erección tensando la toalla.
Le acaricié el cabello, las sienes, la mandíbula. Con una mano le sostuve la cabeza y con la otra recorrí su cuello. Me incliné sobre él hasta que mi pecho casi le rozó la cara. Ernesto cerró los ojos, como si le costara decidir entre entregarse o frenarse. Yo no lo ayudé a resistirse. Bajé un poco más y dejé que uno de mis pezones, duro bajo la tela húmeda por el calor de mi piel, le pasara por los labios.
Él abrió la boca apenas. Apenas eso. Un roce. Suficiente para hacerme apretar los muslos.
Volví a rozarlo, esta vez más claro, tallándome contra su boca con descaro. Cuando sentí su aliento caliente traspasando la camiseta, se me escapó un gemido. Entonces él alzó las manos, con una lentitud temblorosa, me sujetó la cintura y me bajó la tela hasta dejar una teta fuera.
No lo detuve.
Su boca se cerró sobre mi pezón con una torpeza hambrienta que me puso loca. Chupó primero despacio, tanteando, y yo arqueé la espalda al sentir ese tirón húmedo. Luego apretó un poco más, y me salió otro gemido, más alto. Le tomé la cabeza entre las manos y me pegué a su cara.
—Así —susurré—. Chúpame bien.
Ernesto obedeció como si hubiera estado esperando permiso. Su lengua rodeó el pezón, lo lamió con insistencia, y luego lo metió más profundo en la boca. Yo empecé a jadear. Mis dedos se enredaron en su cabello mientras él mamaba con una necesidad casi juvenil, fuerte, constante, ruidosa. La sensación me subía desde las tetas hasta el coño en oleadas calientes.
—Muérdeme un poco —le pedí.
Abrió los ojos, dudando.
—No quiero lastimarte.
—Hazlo.
Me mordió suave. Solté aire por la nariz, frustrada.
—Más fuerte.
La segunda vez apretó de verdad. Sentí el dolor mezclado con placer y me estremecí entera. Le apreté la cabeza contra mi pecho, frotando mi teta en su boca, en sus labios, en sus dientes.
—Joder... así, así... no pares.
La toalla ya se había abierto un poco. Alcancé a ver su polla, gruesa, más dura de lo que imaginaba, levantada contra el vientre. Aquello terminó de romper la última barrera en mi cabeza. Dejé una teta libre y saqué la otra, de modo que él pudiera alternar entre las dos. Lo hizo con una entrega brutal: chupaba una, luego la otra, las lamía, las mordía, gruñía bajito como si se estuviera embriagando conmigo.
Yo estaba empapada. Tuve que apretar las piernas para no ponerme a restregarme contra el colchón ahí mismo. Bajé una mano por debajo de la toalla y le rodeé la polla. Él soltó un sobresalto y dejó de mamar un segundo.
—Tranquilo —le dije—. Déjese hacer.
La tenía caliente, pesada y totalmente dura. Empecé a pajearlo despacio, resbalando con el aceite que había quedado en mis dedos. Le subía la piel, la bajaba, apretaba el tronco, me entretenía en la cabeza húmeda. Ernesto volvió a gemir contra mi pecho, y ese sonido me hizo acelerar un poco.
—Hace mucho que nadie me toca así —murmuró, avergonzado.
—Pues acostúmbrese.
Le saqué la polla por completo de debajo de la toalla y la contemplé sin pudor. Era un hombre mayor, sí, pero su verga respondía con una dureza que me excitó más de lo que quería reconocer. Empecé a menearla con ritmo, mientras con la otra mano le pellizcaba un pezón o le acariciaba el vientre. Él tenía la boca abierta, los ojos medio cerrados, la cara roja de excitación.
Me incliné y le besé la frente, la mejilla, la comisura de los labios. Luego bajé hasta su cuello. Seguí masturbándolo mientras me apretaba las tetas con torpeza, fascinado. Lo dejé jugar un poco, sentir su peso en las manos, hundir la cara entre ellas otra vez.
Pero yo quería más.
Me arrodillé junto a la cama y me quedé mirando su polla a pocos centímetros. Ernesto me observó con una mezcla de sorpresa y culpa.
—No hace falta —dijo, aunque la voz le temblaba de ganas.
Le respondí con una caricia lenta desde la base hasta la punta. Después saqué la lengua y le lamí el glande. Tembló entero. Volví a lamer, esta vez rodeándolo despacio, saboreando el líquido salado que ya asomaba. Entonces lo metí en mi boca.
No entero al principio. Solo la punta, chupando con calma, sintiendo cómo se endurecía todavía más. Ernesto soltó un quejido ronco y me agarró el hombro, sin empujar, solo para sostenerse. Yo seguí bajando poco a poco hasta abarcar más con los labios. Mi mano acompañaba el movimiento donde mi boca no alcanzaba.
—Joder... —se le escapó.
Eso me encantó. Lo mamé con hambre, subiendo y bajando la cabeza, dejando que la saliva resbalara por el tronco para masturbarlo mejor. Cada vez que levantaba la vista, lo veía perdido, con una expresión de placer torpe y absoluta. A veces me acariciaba el pelo. A veces simplemente cerraba los puños sobre la sábana.
Le chupé los huevos, tiré suavemente de ellos con la boca, volví a la punta y la lamí con movimientos cortos y rápidos que lo hicieron retorcerse. Después lo tomé de nuevo, más profundo, marcando un ritmo constante. Sentía cómo le temblaban los muslos, cómo se le contraía el abdomen. Estaba al borde.
—Si va a correrse, avíseme —le dije, apartándome apenas.
—No... no sé si aguante.
Le di un último recorrido con la lengua desde la base hasta la cabeza y luego regresé a sentarme junto a él, frotando mis tetas en su pecho. Quería sentirlo más de cerca cuando explotara. Volví a agarrarle la polla y empecé a pajearlo rápido, firme, sin pausa. Él me miraba el pecho, la boca, las piernas, como si no pudiera creer lo que estaba pasando.
—Míreme —le ordené.
Lo hizo.
—Si se porta bien conmigo, esta será su recompensa cuando yo me quede a cuidarlo.
Su respiración se volvió frenética. Apreté más la mano, jugué con el pulgar sobre la punta y lo sentí latir. Ernesto gimió con fuerza, arqueó la espalda y se corrió. El semen le salió en pulsos calientes, manchándome el muslo, la mano y parte de la cama. No fue una corrida pequeña ni tímida. Salió con una intensidad que me arrancó un gemido propio, solo por verlo y sentir el calor pegándoseme a la piel.
Él se quedó inmóvil unos segundos, jadeando. Después abrió los ojos de golpe, avergonzado.
—Perdóname... perdóname, yo no...
Le puse dos dedos en los labios.
—No se disculpe.
Tomé un poco de su semen con la mano y lo extendí por mi muslo lentamente, mirándolo. Ernesto tragó saliva. Luego me acerqué, lo abracé y dejé que me hundiera la cara entre las tetas una vez más, pero ahora con la calma blanda del después. Lo sentí temblar, no de miedo, sino de alivio.
—Fue delicioso —le dije al oído—. Y si me obedece, puedo volver a consentirlo.
Esa noche se durmió con la cabeza apoyada en mi pecho. Yo me quedé despierta más rato del que quería admitir, acariciándole el cabello y sintiendo una excitación extraña, profunda. No había llegado a tocarme, pero estaba tan caliente que tuve que ir al baño cuando por fin se durmió.
***
Me bajé la ropa interior en silencio y me senté en la tapa del inodoro. Tenía el coño empapado y latiéndome. Metí dos dedos apenas y casi me corrí de inmediato, de tan sensible que estaba. Cerré los ojos y me masturbé pensando en la boca de Ernesto en mis pezones, en su verga dura bajo la toalla, en esa mezcla de vergüenza y hambre con la que me había mirado.
Me corrí rápido, con espasmos cortos, mordiéndome la mano para no hacer ruido. Cuando terminé, me quedé temblando y supe que aquello no había sido un accidente aislado. Había descubierto algo sobre mí: me excitaba cuidar, dominar y complacer a un hombre maduro hasta verlo perder la cabeza.
La siguiente vez ya no hubo dudas. Apenas Damián salió a trabajar, Ernesto me preguntó si esa noche habría masaje. Lo dijo con timidez, pero también con esperanza. Yo sonreí y le dije que sí, que se bañara y me esperara en la cama.
Esta vez fui preparada. Aceite, toallas limpias, una camiseta suave sin sostén y unas ganas tremendas de repetirlo. Empecé igual que la primera noche, con la espalda, los hombros, la nuca. Pero ya no había inocencia entre nosotros. Cada roce llevaba intención. Cada pausa era una promesa.
Cuando se giró boca arriba, ni siquiera fingió no mirar mis tetas. Se las quedaba viendo con la boca entreabierta. Yo levanté la camiseta sola y se las ofrecí sin palabras. Ernesto tomó un pezón con la boca y empezó a chuparlo con un ansia que me hizo echar la cabeza hacia atrás.
—Eso es, chupe —le dije—. Así me gusta.
Mientras mamaba, bajé la mano a su polla y comprobé que ya la tenía completamente tiesa. Se la saqué y empecé a pajearlo. Él gruñía bajito contra mi pecho, alternando entre una teta y la otra, lamiéndolas como si de verdad fueran su premio de la noche. Yo me abrí las piernas sobre la cama para aliviar la presión de mi propio deseo.
No quise quedarme solo en eso. Me subí el vestido hasta la cintura, aparté mi ropa interior a un lado y le llevé dos dedos a la boca.
—Chúpelos.
Lo hizo. Cuando estuvieron bien mojados, los llevé a mi coño y empecé a tocarme delante de él. Su mirada bajó de mis tetas a mis dedos entrando y saliendo. Gimió como un hombre sediento. Yo seguí masturbándome mientras le hacía una paja lenta, gozando su cara de fascinación.
—Mire cómo me pone esto —le dije—. Mire lo mojada que estoy por usted.
Le dejé sentirlo. Tomé su mano y la guié entre mis piernas. Tocó mi coño con vacilación, como si no se creyera con derecho, y cuando notó la humedad soltó un jadeo asombrado. Yo apreté su muñeca y le enseñé el ritmo: arriba, sobre el clítoris, luego abajo, rozando la entrada. No era un experto, pero obedecía bien, y eso me bastaba para excitarme más.
Volví a meterme su polla en la boca. Esta vez fui más decidida. Lo tragué profundo varias veces, dejando que me rozara la garganta, y luego lo saqué para pajearlo con ambos pechos apretados alrededor. El espectáculo de su verga resbalando entre mis tetas lo dejó casi loco. Tenía la cara roja, el pecho subiendo y bajando, los muslos tensos.
Se corrió otra vez sobre mí, más rápido que la primera noche. Yo recibí la corrida sin apartarme, mirando cómo le salía, cómo le temblaba el vientre al acabarse. Después me tumbé a su lado y dejé que me abrazara como si yo fuera el único lugar donde podía descansar.
Desde entonces se volvió nuestra rutina secreta. No todas las noches eran idénticas, pero casi siempre empezaban con el masaje y terminaban con su boca en mis tetas o mi mano en su polla. A veces solo quería que lo arrullara mientras mamaba despacio, hasta quedarse dormido con el pezón en la boca. Otras veces se excitaba tanto que terminaba frotándose contra mi muslo o contra mi cadera, soltando la corrida entre jadeos mientras yo lo abrazaba y le hablaba suave.
Y yo disfrutaba cada segundo. No solo por el placer físico, que era real y fuerte, sino por el poder de llevarlo hasta ese punto. De decidir cuándo empezaba, cómo seguía, cuánto duraba. Había descubierto una forma de dominio dulce que me encendía de un modo brutal.
También me gustaba lo que despertaba después con Damián. Mi pareja no sabía todavía lo que pasaba, pero yo llegaba a la cama con una calentura acumulada que descargaba sobre él sin reservas. Le mamaba la polla con más hambre, le pedía que me mordiera las tetas, me corría pensando en las noches anteriores. Nuestra sexualidad mejoró porque yo estaba más desatada, más consciente de lo que me excitaba.
No pasó mucho hasta que dejó de ser secreto. Una madrugada, Damián volvió antes de lo esperado. Yo estaba sentada en la cama de Ernesto, con la blusa abierta, una teta fuera y la mano moviéndose sobre la polla de su padre. Ernesto mamaba mi pezón con los ojos cerrados, completamente entregado. La puerta se abrió y los tres nos quedamos inmóviles.
Miré a Damián esperando el estallido. No llegó.
Se quedó callado varios segundos, observando la escena completa: mi mano ocupada, la verga de su padre dura y húmeda, mi pecho en su boca, la expresión tranquila de ambos. Yo retiré la mano despacio, preparada para defenderme o para irme de esa casa para siempre.
Pero Damián solo suspiró, cansado, y dijo:
—Con razón últimamente duerme mejor.
No supe qué responder. Ernesto apartó la cara de mi pecho, avergonzado, pero mi pareja se acercó a la cama y le acomodó la manta con una naturalidad que me desarmó. Después me miró a mí. No había enojo en su cara. Había sorpresa, sí, y también una clase de alivio difícil de explicar.
—Si esto lo calma y tú lo haces porque quieres, no voy a fingir escándalo —dijo en voz baja—. Solo prométeme que no lo haces obligada.
Negué con la cabeza.
—No. Me gusta.
Él me sostuvo la mirada un segundo más y asintió.
—Entonces luego hablamos.
Ernesto terminó corriéndose esa noche de todos modos. Yo lo masturbé hasta el final mientras Damián, de pie junto a la puerta, nos observaba con una mezcla extraña de incredulidad y deseo. Cuando su padre se durmió, mi pareja me llevó de la mano hasta nuestra habitación y me hizo contarle todo. No cada detalle al principio, pero sí lo suficiente para entender que aquello no había nacido de la lástima, sino del deseo.
Lejos de apartarse, me besó con una dureza nueva. Me metió la mano entre las piernas y sonrió al sentirme húmeda otra vez.
—Ahora entiendo por qué andabas así últimamente —murmuró.
Yo también lo entendía. Había descubierto algo que no sabía de mí: me gusta complacer a los hombres maduros, sentir su necesidad en mis manos, en mi pecho, en mi boca. Y aunque todo empezó con un masaje para evitar una caminata nocturna, terminó abriendo una puerta que ya no quise cerrar.
Desde entonces, algunas noches sigo arrullando a Ernesto antes de dormir. Le masajeo la espalda, dejo que me chupe las tetas, lo pajeo hasta que se corre y se queda tranquilo. Luego voy a la cama con Damián, todavía oliendo a aceite y a semen, y esa mezcla nos enciende a los dos. Mi vida jamás habría tomado este rumbo si aquella primera noche yo no hubiera sentido calor entre las piernas al escuchar a un hombre mayor decirme que tenía buenas manos.
Y la verdad es simple: las tengo. Y sé muy bien cómo usarlas.
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