Iniciación brutal en la casa de las dominatrices
Me despertaron con un pitido y tres esclavos desnudos en el pasillo. A las nueve me daban cien azotes. A las diez me encerraban en una jaula.
Me despertaron con un pitido y tres esclavos desnudos en el pasillo. A las nueve me daban cien azotes. A las diez me encerraban en una jaula.
La Ama anunció la revisión con esa sonrisa que siempre me helaba la sangre. Supe de inmediato que ese día sería diferente a todos los anteriores.
Cuando me dijeron que era su propiedad, pensé que era una amenaza vacía. Pero cuando Celestina apareció con la fusta en la mano, entendí que no había vuelta atrás.
Cuando cerraron la puerta y la oscuridad se hizo absoluta, supe que no era un castigo. Era algo peor: la transformación que iba a borrarme para siempre.
Llegué al templo con el cuerpo en llamas y la mente llena de imágenes que no debería haber tenido. Nada me preparó para lo que vendría.
Raquel creyó que siempre sería quien imponía las reglas. Esa noche en el muelle, con el bocado de hierro y la marca fresca en el muslo, todo cambió.
La varilla de bambú silbó en el aire y Clara no parpadeó. Éramos amigas. Ahora ella sostenía el cronómetro y yo estaba de rodillas sobre la rejilla helada.
Cuando abrí los ojos ya era tarde. Dos cuerpos me aplastaban contra el colchón y el frío del acero en mis muñecas me dijo que aquella noche lo había cambiado todo.
Colgada de la barra con los brazos en alto y las piernas separadas, desnuda bajo la única luz de la habitación. Aún me miraba con desprecio. Por ahora.
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Cuando la guerrera rubia se sentó sobre su espalda, dejó de ser un hombre: era el taburete vivo donde una diosa desayunaba con la reina.
Bajo la luz dorada de la hacienda, ella sonreía mientras contaba el dinero. No imaginaba que el siguiente collar de cuero negro estaba pensado para su propio cuello.
La primera vez que Valeria vio a Marcos, él era su cliente. La última vez que lo vio en esa celda, ya no lo era solo.
Llamó desde el baño, con la canilla abierta para que nadie la escuchara. Escuchó «dominación», «sumisión», «un año sin salida». Y aun así firmó.
Entré al salón y lo encontré esperándome con algo detrás de la espalda. Esa sonrisa me dijo antes que él que la noche no iba a ser normal.
Cuando entró a la celda con ese vestido rojo y los guardias se alejaron por orden del director, supe que esa visita no iba a ser estrictamente legal.
Desperté atado y desnudo en un sótano que no conocía. Lo último que recordaba era el bar y a Daniela prometiéndome pruebas. La trampa había funcionado a la perfección.
Pensé que solo venía a explicarme el acuerdo. No esperaba que cerrara la puerta detrás de los guardias y se acomodara el cabello con esa mirada que ya no era profesional.
Cuando bajamos del avión teníamos un cheque y un secreto. El cheque cubría las deudas; el secreto, en cambio, no se borra ni con el tatuaje cubierto.
Cuando vi a Iván levantar el celular y sonreír supe que el simulacro había sido una trampa. Y que no iba a salir entera de aquel subsuelo.