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Relatos Ardientes

El casero me hizo desnudarme para firmar el contrato

El silencio que siguió a su frase pesaba más que la barra cargada que levantaba cada mañana en el gimnasio. Lo sentí asentarse sobre mis hombros, denso, imposible de sacudirse.

—Veo que mi propuesta no te molesta tanto como aparentas —dijo Adriano.

Las palabras quedaron flotando en el aire frío del ático, burlándose de mí. La cara me ardía. Sentía la sangre latiéndome en las sienes, un golpeteo sordo que intentaba tapar la realidad de lo que acababa de pasar. Lo lógico, lo que habría hecho el Bruno de una hora antes, era dar media vuelta, mandarlo al diablo y largarme de allí. Pero mis pies seguían clavados al mármol negro del suelo.

Él se giró antes de que yo pudiera inventar una excusa. Caminó hacia un escritorio enorme de cristal y acero, al otro extremo de la sala, ignorando por completo el bulto evidente en mi entrepierna, como si haberme provocado una erección fuera tan banal como abrir una ventana.

—Siéntate —ordenó sin mirarme, señalando una silla de diseño frente a su mesa.

Me ajusté los vaqueros, tirando de la tela con disimulo para acomodar mi polla, que seguía a medio gas, dura y atrapada contra el cierre metálico. Me sentía sucio. Me sentía descubierto. Y aun así caminé hacia la silla y me senté. El cuero estaba helado.

Adriano deslizó una carpeta de piel negra sobre el cristal. El roce fue áspero, definitivo.

—El contrato —dijo.

Abrí la carpeta. Las manos me temblaban apenas, lo justo para que el papel vibrara entre mis dedos. Las cifras saltaron en la primera cláusula. El sueldo mensual era una obscenidad. Suficiente para liquidar mi deuda en medio año. Podría recuperar mi vida. Podría dejar de dormir en el sofá del salón de mi hermano.

Pero entonces mis ojos bajaron a las condiciones.

Cláusula cuatro: disponibilidad absoluta. El inquilino no tendrá horarios. Su tiempo pertenece al arrendador. Cláusula siete: dentro del domicilio, el inquilino prescindirá de toda ropa innecesaria cuando el arrendador lo solicite. Cláusula nueve: el inquilino consiente en tareas de naturaleza física y personal, sin límites previos de intimidad.

Tragué saliva. El nudo en la garganta era seco, doloroso.

—Esto… —Mi voz salió estrangulada—. La cláusula siete. ¿«Prescindir de ropa innecesaria»?

Adriano entrelazó los dedos sobre el escritorio y apoyó la barbilla en ellos. Me observaba con esa calma clínica, devastadora.

—Me gusta la belleza, Bruno. Me rodeo de arte, de líneas perfectas. ¿Por qué iba a tolerar ropa barata de poliéster en mi casa? Tu cuerpo es estético. Lo que llevas puesto, no.

—¿Me está pidiendo que trabaje desnudo? —La indignación trataba de abrirse paso, pero se mezclaba con ese calor traicionero que seguía latiendo bajo la bragueta. La sola idea de estar desnudo allí, bajo su mirada, me revolvió el estómago de una manera que no quería nombrar como deseo.

—Te estoy ofreciendo una salida a tu ruina —corrigió, y su voz bajó de tono, se volvió suave como el terciopelo—. Un techo y un sueldo que ningún gimnasio de barrio te pagará jamás. Lo único que pido a cambio es que dejes el pudor en la puerta. ¿Tanto vale tu orgullo, Bruno? ¿Más que tu deuda?

Sabía exactamente dónde golpear. Sabía que estaba acorralado.

Cogí el bolígrafo. Pesaba, era de metal frío. La mano me sudaba tanto que temí que se me resbalara. Miré el papel. Firma y serás libre de la deuda. Pero al firmar me ataba a algo mucho peor.

Firmé.

El trazo fue rápido, brusco. Solté el bolígrafo como si quemara.

—Hecho —dije, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo—. ¿Cuándo empiezo?

Adriano no recogió el contrato. Se reclinó en su sillón y cruzó una pierna sobre la otra con elegancia. Sus ojos brillaron con una chispa nueva, algo que ya no era solo cálculo, sino hambre.

—Todavía no hemos terminado la inspección —dijo tranquilo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué inspección? Ya ha tocado lo que quería tocar.

—He comprobado el torso. Pero, como tú mismo dijiste, eres entrenador. Y he visto demasiados tipos como tú que viven para el espejo, para lucirse en la discoteca, y se olvidan de los cimientos.

Hizo una pausa, dejando que el silencio me pusiera nervioso otra vez.

—Levántate. Bájate los pantalones. Quiero ver si tienes piernas de verdad o si te saltas el día de pierna como todos los demás.

El comentario era infantil, pero certero. Mi orgullo de gimnasio se encendió de golpe. Nadie ponía en duda mis piernas. Me mataba a sentadillas, tenía unos cuádriceps capaces de partir nueces. La ofensa eclipsó por un instante la vergüenza.

Me puse de pie de un salto, con la mandíbula apretada.

—Tengo mejores piernas que cualquier modelo de revista que pueda contratar —escupí.

—Demuéstralo.

Mis manos fueron al cinturón. Los dedos torpes pelearon con la hebilla. El sonido metálico al abrirse resonó en la sala vacía como un disparo. Clac.

Dudé un segundo. Mi cabeza gritaba: para, te está manipulando. Pero mi cuerpo quería demostrar lo que valía. Quería que él viera el trabajo duro, las horas de dolor bajo la barra. Y, en el fondo, en ese rincón oscuro y húmedo de mi mente, quería que volviera a mirarme.

Bajé la cremallera. El ruido fue obsceno en aquel silencio.

Empujé los vaqueros hacia abajo. Por un instante la mano arrastró también el elástico del bóxer, pero me detuve. Solo los vaqueros. Los dejé caer hasta los tobillos y tropecé un poco al sacar los pies, ridículo, con las zapatillas todavía puestas y la tela amontonada en el suelo.

Me quedé de pie en mitad del salón, con una camiseta barata, los calcetines negros y unos bóxers grises de algodón que ya habían vivido tiempos mejores.

El aire acondicionado del ático me golpeó las piernas desnudas como un latigazo. La piel de los muslos se me erizó al instante, la carne de gallina trepando por los cuádriceps. Pero el frío no ayudó con mi otro problema.

Al contrario.

Al liberar la presión de la tela vaquera, mi polla, que llevaba un rato comprimida y a media asta, aprovechó la libertad. No estaba en una erección completa, dura como una piedra, no. Estaba en ese punto intermedio, pesada y gruesa, marcando un bulto inconfundible en el algodón fino y gastado. La cabeza se dibujaba con nitidez contra la tela gris, húmeda, dejando una pequeña mancha oscura en la punta.

Era imposible de ocultar. Un faro encendido que delataba todo lo que yo intentaba negar.

Adriano no miró mis piernas.

Ni siquiera echó un vistazo a la definición de los muslos ni a la curva de los gemelos. Sus ojos fueron directos, como misiles guiados por el calor, a mi entrepierna.

Me quedé inmóvil, los brazos rígidos a los costados, los puños cerrados tan fuerte que las uñas se me clavaban en las palmas. Quería taparme. Quería poner las manos delante. Pero su mirada me había congelado en el sitio. Sentía sus ojos recorriéndome, pesando sobre mi erección vergonzosa, midiendo el tamaño, la forma, la respuesta involuntaria de mi cuerpo ante su autoridad.

El silencio se estiró cinco, diez, quince segundos. Solo se oía mi respiración, irregular y superficial, y el zumbido lejano de la nevera de vinos.

Sentí la sangre acumulándose en las orejas, en el cuello y, para mi desgracia, más abajo. Bajo su escrutinio, la polla me dio una sacudida leve, casi imperceptible, pero visible a través de la tela tensa. Se hinchó un poco más. La mancha de líquido preseminal en la tela creció, un círculo oscuro que se abría como una acusación silenciosa. Sentí el goteo tibio bajando por el glande, empapando el algodón, y supe que él lo estaba viendo también.

—Bonitos… cuádriceps —dijo Adriano, con un sarcasmo que goteaba veneno y miel a partes iguales.

Levantó la vista despacio, arrastrando la mirada por mi abdomen tenso hasta encontrarse con la mía. Ya no había burla en su cara. Había poder. Puro y simple poder.

Se levantó del sillón sin prisa, rodeó el escritorio y se apoyó en el borde, justo enfrente, manteniendo esa distancia de seguridad que me hacía sentir como un espécimen sobre la mesa de un laboratorio. Después volvió a sentarse, giró la silla para quedar de frente a mí y, con una lentitud pasmosa, abrió las piernas. La tela del traje se tensó sobre sus muslos, y pude intuir la sombra de su propio paquete, guardado, controlado, dueño absoluto de la situación.

—Esa polla a medio levantar dice mucho más que tu currículum, Bruno —su voz era un susurro ronco que me vibró en los huesos—. Dice que te gusta estar expuesto. Dice que te gusta que otro hombre decida cuándo te vistes y cuándo te desnudas.

—Yo… es el frío… es una reacción nerviosa… —intenté mentir, pero la voz me salió como un hilo patético.

Adriano sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la del lobo que ve al cordero tropezar.

—No me insultes mintiéndome. Y no te insultes a ti mismo negando lo que tu cuerpo grita. Quieres este trabajo. Quieres quedarte aquí. Y esa mancha húmeda en tus calzoncillos me dice que quieres servirme.

Se reclinó hacia atrás, relajado, como un rey en su trono, las piernas abiertas invitando a mi mirada, invitando a mi rendición.

—Demuéstralo —ordenó, señalando el mármol a sus pies con un dedo índice imperioso—. Si quieres firmar ese contrato con algo más que tinta, arrodíllate ahora mismo.

El mundo se redujo a ese trozo de suelo frío entre sus zapatos relucientes. Oí mi propia respiración, la nevera, el roce de mi pulso en los oídos. Y, despacio, mientras una parte de mí seguía gritando que aquello era una locura, sentí que mis rodillas empezaban a doblarse.

Caí sobre el mármol negro con un golpe seco que me subió por los huesos. Las rótulas gritaron contra la piedra pulida, pero no me moví. Me quedé ahí, en calzoncillos, con la polla marcando bandera contra la tela empapada, la camiseta cayéndome sobre las caderas, mirándolo desde abajo por primera vez.

Adriano no dijo nada al principio. Se limitó a observarme, saboreando la imagen. Un tío grande, un culturista de gimnasio de barrio, arrodillado entre sus piernas abiertas como una puta cara. Sus ojos brillaron con un placer casi cruel.

—Ahí. Ese es tu sitio —murmuró—. Bájatelos.

—¿Qué? —balbuceé.

—Los calzoncillos. Fuera. Quiero verte la polla que tanto te está delatando.

Me temblaron las manos al enganchar los pulgares en el elástico. Los bajé despacio, dejándolos caer hasta las rodillas. Mi verga saltó hacia arriba de golpe, liberada, más dura de lo que quería admitir, palpitando contra el aire helado del ático. El glande brillaba, pegajoso, hinchado, con un hilo transparente colgando hasta el suelo.

—Mírate —dijo él en voz baja—. Chorreando por mí y todavía intentabas mentirme.

Se puso de pie. Se llevó las manos al cinturón con esa misma calma exasperante con la que había hecho todo. La hebilla plateada tintineó. Bajó la cremallera. El sonido de su pantalón resbalando por sus muslos fue el ruido más obsceno que había oído en mi vida.

Cuando sacó la polla, se me secó la boca. Era gruesa, larga, oscura en el glande, con una vena palpitando por el lomo. Ya estaba dura, apuntándome a la cara. Un tipo como él, un hombre que se pasaba la vida controlándolo todo, tenía la polla de alguien acostumbrado a follar sin pedir permiso.

La agarró por la base con una mano y se la acercó a los labios.

—Abre la boca.

No lo pensé. La abrí. La lengua se me quedó fuera, boba, esperando. Él pasó el glande por mis labios, marcándomelos con su presemen, pintándome la boca con su humedad tibia y salada. Cerré los ojos.

—Mírame mientras te la mamas —ordenó—. Quiero ver tu cara cuando entiendas para qué te he contratado en realidad.

Abrí los ojos y lo miré. Adriano metió la polla en mi boca de una embestida lenta, empujando hasta que el glande me golpeó el fondo del paladar. Arqueé la espalda, tosí, pero no me aparté. Él tampoco. Me sujetó la nuca con una mano firme y empezó a moverse, follándome la boca despacio al principio, midiendo mi resistencia.

—Así. Chúpala. Como una buena zorra de gimnasio.

La verga le sabía a jabón caro y a sudor de macho, a piel limpia y a algo más profundo, más animal. Cerré los labios alrededor de ella y empecé a chupar. Nunca había mamado una polla en mi vida, pero mi cuerpo iba solo, guiado por el hambre que había estado negando durante horas. Le pasaba la lengua por debajo del glande, sentía cómo se hinchaba más contra mi paladar, oía cómo se le escapaba un gemido áspero desde el fondo de la garganta.

—Eso es, entrenador —jadeó—. Aprieta esos labios. Mmm. Tienes la boca hecha para tragar polla.

Me la sacó de golpe. Un hilo de saliva me colgó de la barbilla al pecho. Antes de que pudiera respirar, volvió a metérmela hasta el fondo, y esta vez me atraganté con fuerza, con las lágrimas saltándome. Él se rio, un sonido bajo, sucio.

—Trágatela, cabrón. Toda.

Con la otra mano me agarró la mandíbula y empezó a follarme la boca en serio. Embestidas duras, secas, que me golpeaban la garganta una y otra vez. Yo me sujetaba a sus muslos con las dos manos, sintiendo los músculos duros bajo la tela abierta del traje, dejándome usar. Mi propia polla latía entre mis piernas, olvidada y babeando sobre el mármol.

—Tócate —ordenó sin dejar de embestirme—. Menéatela mientras te follo la boca. Quiero verte correrte como una puta con mi polla dentro.

Bajé una mano a mi verga y me la agarré. La tenía tan dura que dolía. Empecé a machacármela con puñetazos rápidos, torpes, mientras él seguía usando mi boca. La saliva me chorreaba por la barbilla, me caía a hilos sobre el pecho, empapándome la camiseta barata.

Adriano me sacó la polla otra vez, jadeando.

—De pie. Sobre el escritorio. Boca abajo.

Me levanté como un autómata, con las piernas entumecidas de estar arrodillado, la polla apuntando al techo, la camiseta pegada al pecho. Él me arrancó el bóxer de los tobillos y me empujó contra el cristal del escritorio. Me tumbé sobre él, con la mejilla apretada contra la superficie helada, el culo alzado, expuesto.

Oí un cajón abrirse. Un chasquido de tapa. Después dos dedos fríos, resbaladizos, se abrieron paso entre mis nalgas y encontraron mi agujero. Me tensé.

—Relájate —susurró él, inclinándose sobre mi espalda, hablándome al oído—. Firmaste una cláusula. «Sin límites previos de intimidad». ¿Recuerdas?

Sus dedos entraron. Uno primero, empujando hasta el nudillo, girando dentro de mí. Grité contra el cristal. Nunca me había metido nada por ahí, y el ardor era brutal, pero él sabía lo que hacía. Encontró un punto dentro de mí que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido ronco que no reconocí como mío.

—Ahí está —murmuró—. Ese punto. Ahora vas a ser mío para siempre.

Metió el segundo dedo. Después el tercero. Me abría, me estiraba, me preparaba. Yo temblaba entero, apoyado sobre el cristal, con la polla aplastada contra el borde del escritorio, chorreando presemen sobre la madera negra del mueble bajo.

Cuando sacó los dedos, sentí el glande grueso apoyándose contra la entrada. Contuve el aliento.

—Pide que te la meta —dijo.

—Por favor —jadeé sin pensar.

—Por favor ¿qué?

—Por favor… métemela. Fóllame. Adriano, por favor.

Empujó. Despacio, implacable, la polla se abrió paso dentro de mí. El ardor me quemó la espalda entera, pero el placer venía detrás, pegado al dolor, imposible de separar. Cuando lo tuve hasta el fondo, los huevos apoyados contra mis nalgas, se quedó quieto un segundo. Después empezó a moverse.

Me folló despacio primero. Retirándose casi entero, hundiéndose de nuevo. Cada embestida me arrancaba un gruñido contra el cristal. La mejilla se me resbalaba sobre la superficie por el sudor. Mis manos buscaban algo a lo que agarrarse y no encontraban nada.

—Mírate —dijo él, apretándome la nuca contra el escritorio—. El entrenador macho, el que iba a mandarme al diablo. Doblado sobre mi mesa, con mi polla dentro. Y todavía se te cae la baba.

Aumentó el ritmo. Las embestidas se volvieron secas, brutales, con el sonido húmedo de la carne golpeando la carne llenando toda la sala. Me clavaba las manos en las caderas con fuerza suficiente para dejarme marcas. Yo empecé a empujar hacia atrás, moviendo el culo contra su polla, buscándolo, queriéndolo más adentro.

—Eso, muévete. Fóllatela tú mismo. Enséñame cuánto la querías.

Metí una mano bajo el vientre y me agarré la polla otra vez. Bastaron tres puñetazos. Me corrí sobre el mármol negro con un gemido largo, ahogado contra el cristal, disparando chorros gruesos de semen que salpicaron el suelo bajo el escritorio. El agujero se me apretó alrededor de su polla mientras me venía, y él soltó un rugido gutural.

—Joder. Joder, sí. Ahí te quiero.

Me embistió tres, cuatro veces más, cada vez más fuerte, hasta que se hundió del todo y se quedó quieto. Sentí su polla latiendo dentro de mí, disparando su corrida caliente en lo más profundo. Un chorro. Otro. Otro. Me llenaba, me marcaba, me firmaba mucho más de lo que aquel bolígrafo de metal frío había firmado.

Se retiró despacio. El semen empezó a escurrirme por el interior de los muslos, tibio, viscoso. Me quedé tumbado sobre el cristal, sin fuerzas, jadeando.

Adriano me pasó una mano por la espalda sudada, casi con ternura. Después me dio una palmada seca en la nalga.

—Bienvenido a casa, Bruno.

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Comentarios(8)

NightLector91

tremendo relato!!! no lo pude soltar hasta la última línea

Mateo_ROS

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas jaja

FelixPBA

La tension del principio está muy lograda, te va llevando de a poco sin que te des cuenta. Muy bueno.

ValeBsAs

buenisimo!! me encantó la premisa, muy original la situación que planteás

LoboGris88

Lo que mas me gustó es que no es tan explicito pero igual te engancha desde el primer parrafo. Sigue así!

PatricioMdp

Que situación la que armaste... se nota la imaginación. Gracias por compartirlo, espero que subas mas pronto

MarcosNQ

hay segunda parte?? pregunto por curiosidad jaja, quedé re picado con el final

DiegoRio

Lo lei de un tirón. La dinámica de poder está muy bien manejada, te creés la situación aunque sepas que es ficción. Ojalá subas mas relatos así.

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