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Relatos Ardientes

El casero me inspeccionó como a un animal

El ascensor subía tan deprisa que el estómago se me pegó a la columna, ese vacío en las tripas que combinaba perfecto con el saldo de mi cuenta. Planta cuarenta. El panel parpadeaba con una luz roja agresiva, contando los segundos que me quedaban antes de tener que vender mi dignidad. O, al menos, intentarlo.

Me ajusté el cuello de la camisa. Era barata, de poliéster, me apretaba en los trapecios y ya empezaba a pegarse a las axilas por el sudor. Me había duchado dos veces antes de salir, frotándome con el estropajo hasta dejarme la piel roja, pero los nervios tienen un olor propio, ácido y metálico, que ningún jabón de supermercado tapa.

Miré mi reflejo en el acero pulido de las puertas. Ahí estaba Bruno. Veinticinco años, noventa kilos de músculo cincelado a base de arroz, pollo y rabia, y una deuda de cinco cifras que me respiraba en la nuca como un perro de presa. Me veía grande, intimidante para cualquiera que me cruzara en un callejón. Pero allí, en esa caja de metal ascendente, me sentía pequeño. Ridículo. Como un animal de granja entrando al matadero.

Ding.

Las puertas se abrieron con un siseo neumático. No había rellano ni pasillo: el ascensor desembocaba directamente en el ático.

Lo primero que me golpeó fue el frío. El aire acondicionado estaba tan bajo que el sudor de la frente se me heló al instante, y un escalofrío me erizó el vello de los brazos bajo la camisa. Lo segundo fue el silencio. Un silencio denso, caro, de esos que solo se compran con insonorización de primera.

—Llegas dos minutos tarde.

La voz vino desde la izquierda, grave y sin una sola inflexión emocional.

Giré la cabeza. El dueño del ático, el señor Renard, estaba de pie junto a un ventanal que iba del suelo al techo, con una panorámica obscena de la ciudad a sus pies. No me miraba a mí: miraba su reloj, uno que costaba más que la vida entera de mi familia.

—El tráfico… —empecé a excusarme, pero la voz me salió ronca. Carraspeé, intentando recuperar esa fachada de tipo duro que usaba en el gimnasio—. El tráfico en el centro es una mierda.

Renard se giró despacio. Era tal como lo había imaginado y, a la vez, nada que ver. Alto, quizá unos centímetros más que yo, pero sin mi volumen. Su cuerpo era fibroso, oculto bajo un traje gris marengo hecho a medida que caía sobre él con una perfección líquida. Tenía el pelo oscuro peinado hacia atrás con precisión militar y unos ojos… joder, sus ojos eran dos pozos de alquitrán. Te miraban y no veían a una persona; veían datos, veían utilidad. Veían precio.

—El tiempo es el único recurso que no se recupera, Bruno —dijo, caminando hacia mí. Sus pasos no hacían ruido sobre el mármol negro—. Si vas a vivir aquí, la puntualidad no es negociable. Es un dogma.

Se detuvo a medio metro de mí. Demasiado cerca para un primer encuentro. Invadió mi espacio personal con una naturalidad que me clavó al suelo. Olía a algo complejo: madera quemada, cuero viejo y una nota cítrica muy sutil, probablemente bergamota. Un olor embriagador, limpio y masculino, que anuló mi propio aroma a nervios y desodorante barato.

—El anuncio decía «alquiler a cambio de asistencia» —solté, tratando de sostenerle la mirada aunque el instinto me gritaba que la bajara—. No especificaba qué tipo de asistencia. Soy entrenador personal, sé cocinar, puedo encargarme del mantenimiento…

Renard no contestó enseguida. Empezó a caminar a mi alrededor, trazando un círculo lento, como un comprador que examina un coche de segunda mano buscando abolladuras. Sentí su mirada recorriéndome la espalda, los hombros, bajando hasta las piernas.

Me tensé. Los músculos se me contrajeron sin querer, inflando la tela de la camisa y los vaqueros.

—Entrenador personal… —repitió con un tono que rozaba la burla—. Ya veo. Eres un gym rat. Dedicas horas a esculpir una carrocería perfecta. ¿Y el motor?

Se detuvo otra vez frente a mí. Sus ojos se clavaron en mi pecho, justo donde los pectorales estiraban los botones de la camisa hasta el límite.

—Necesito a alguien fuerte —dijo, y por primera vez su tono bajó una octava, volviéndose más íntimo, más peligroso—. Pero la fuerza bruta no me sirve si no hay control. ¿Tienes control, Bruno?

—Tengo disciplina —respondí, tensando la mandíbula. Me molestaba que me analizara así, como un trozo de carne colgado de un gancho. Pero necesitaba el dinero. Necesitaba el techo. Me tragué el orgullo y noté el sabor amargo de la bilis—. Hago lo que haga falta para cumplir.

—¿Lo que haga falta?

Renard levantó la mano. Sus dedos eran largos, cuidados, de pianista o de cirujano. Sin previo aviso, sin pedir permiso, posó la palma derecha sobre mi bíceps izquierdo.

Me quedé paralizado.

El contacto fue eléctrico. Su mano estaba fría, pero quemaba a través de la tela barata. No fue un toque casual ni amistoso. Fue una presa. Sus dedos se cerraron en torno a mi brazo y apretaron con una fuerza sorprendente para alguien de su constitución. Me clavó el pulgar en la inserción del músculo, buscando la fibra, probando la densidad de mi carne.

Mi primer impulso, el del macho que creía ser, fue apartarle el brazo de un manotazo. No me toques. Pero no me moví. Los pies parecían fundidos con el mármol. La respiración se me detuvo en los pulmones.

—Buen tono —murmuró Renard, ignorando mi rigidez, o tal vez disfrutándola. Su otra mano subió hacia mi pecho.

Aquello ya era demasiado. Cruzaba la línea. Pero el cerebro se me había desconectado. Sentí su mano plana sobre el pectoral, noté cómo el músculo saltaba bajo su palma al ritmo desbocado de mi corazón. Su calor traspasaba la camisa y me marcaba como un hierro candente.

—Estás tenso —observó, deslizando la mano despacio hacia abajo, rozando el esternón, bajando hacia los abdominales.

—Oiga… —mi voz fue un susurro patético. Debería haber sonado amenazante; sonó débil. Rota.

—Shhh. —Renard dio un paso más, eliminando la poca distancia que quedaba. Su pecho casi rozaba el mío. Tuve que inclinar la cabeza para mirarlo y, aun así, él parecía el gigante—. Estoy comprobando la mercancía. No comprarías un coche sin abrir el capó, ¿verdad?

Me invadió una mezcla de furia y vergüenza. Me estaba llamando objeto a la cara. Debería haberle soltado un puñetazo y haberme largado. Pero el olor de su colonia me llenaba las fosas nasales y me mareaba. Y había algo más. Algo terrible y oscuro que nacía en la base de mi estómago.

Mientras su mano seguía presionando mi abdomen, evaluando la dureza de mis abdominales a través de la ropa, sentí un cosquilleo traicionero bajándome por la columna. No era miedo. Conocía el miedo: el miedo encoge los huevos y te seca la boca. Esto era otra cosa. Esto era electricidad.

Mi respiración se aceleró, pesada, ruidosa en aquel silencio sepulcral. Las pupilas debían de tenerlas dilatadas, porque veía el rostro de Renard con una nitidez hiperrealista: los poros de la piel, el brillo húmedo de los labios, la oscuridad insondable de los ojos fijos en los míos.

—Tienes un cuerpo diseñado para el esfuerzo —susurró. Su mano se detuvo justo sobre la hebilla de mi cinturón. No la tocó, pero el calor de la palma irradiaba directo hacia mi entrepierna—. La pregunta es si estás dispuesto a sudar para mí.

La sangre abandonó mi cerebro y se precipitó hacia abajo con la violencia de un torrente. Fue una reacción fisiológica inmediata, estúpida, incontrolable. Sentí cómo mi polla, dormida y asustada hacía un minuto, empezaba a llenarse, pesada y gruesa, respondiendo a la dominación, al contacto, a la humillación de ser inspeccionado.

Intenté pensar en cosas muertas, en facturas, en cualquier cosa. Pero la presión en los vaqueros se volvió innegable. Una erección a medias, vergonzosa, empujó la tela buscando el calor de aquella mano que flotaba milímetros por encima.

Me quedé sin aire. Entonces me golpeó el pánico de verdad. No por él, sino por mí. ¿Qué coño me pasa? ¿Por qué me pone que este tío me trate como ganado?

Renard no se movió. Simplemente bajó la mirada.

Sus ojos recorrieron mi pecho, mi estómago, y se detuvieron con una lentitud deliberada y cruel en el bulto que empezaba a marcarse en la bragueta de mis vaqueros desgastados. Se quedó mirando unos segundos eternos, dejando que la vergüenza me calcinara la cara.

Yo quería morirme. Quería desaparecer. Pero no podía dejar de mirarle los labios.

Despacio, Renard levantó la vista y volvió a clavar sus ojos negros en los míos. Una sonrisa lenta, depredadora, cargada de suficiencia, le curvó la comisura de la boca. Al principio no dijo nada, dejando que el silencio y mi propia erección hablaran por mí.

Luego, con una voz suave que sonó como el chasquido de un látigo, sentenció:

—Veo que mi propuesta no te desagrada tanto como finges, Bruno.

***

No supe qué responder. No existía respuesta. Cualquier cosa que dijera —una negación, un insulto, una huida— iba a sonar a mentira, porque la prueba estaba ahí, empujando la tela, delatándome mejor que cualquier confesión.

Renard retiró la mano de mi cinturón. El frío que dejó su ausencia fue casi peor que el contacto. Caminó hasta una mesa baja de cristal, sirvió dos dedos de algo ambarino en un vaso pesado y me lo tendió sin mirarme, como quien le da agua a un caballo después de la doma.

—Bebe. Te tiemblan las manos.

Acepté el vaso porque necesitaba ocupar las manos en algo que no fuera taparme. El líquido me bajó por la garganta y me ardió en el pecho, y por un segundo el ardor sustituyó a la vergüenza. Solo por un segundo.

—No soy… —empecé—. Oiga, yo con tíos no…

—No te he preguntado lo que eres. —Renard se apoyó en el ventanal, recortado contra las luces de la ciudad—. Me trae sin cuidado la etiqueta que uses para dormir tranquilo. Lo que me interesa es lo que tu cuerpo acaba de decirme sin que tú le dieras permiso.

Apreté la mandíbula. Quería discutírselo. Quería tener razón. Pero llevaba media vida levantando hierro para sentirme dueño de mí mismo, y aquel hombre, sin apenas tocarme, me había demostrado en cinco minutos que había una palanca dentro de mí que yo ni sabía que existía. Y que él sabía exactamente dónde estaba.

—El trato es sencillo —continuó, dejando su vaso intacto sobre la repisa—. Tienes una habitación, la grande, la de la esquina, con su propio baño. No pagas un euro. A cambio, haces lo que yo necesite, cuando lo necesite, sin preguntar. Empezaremos por lo físico: entrenamiento, recados, lo que quieras llamarlo. Y veremos hasta dónde llega ese «lo que haga falta» que tan rápido me has prometido.

—¿Y si me niego?

—Entonces bajas en ese ascensor, vuelves a tu deuda y a tu piso compartido, y dentro de un mes me llamas para preguntar si la habitación sigue libre. —Sonrió otra vez, sin calidez—. Sé reconocer a alguien que ya ha decidido, Bruno. Lo veo en cómo no te has marchado todavía.

Tenía razón. Llevaba demasiados minutos en aquel ático sin moverme hacia la salida. Cada segundo que pasaba sin huir era una respuesta, y los dos lo sabíamos.

Dejé el vaso sobre la mesa de cristal con más fuerza de la necesaria, como si el golpe pudiera devolverme algo de la rabia que se me había escurrido entre los dedos. Renard ni se inmutó.

—¿Cuándo empiezo? —pregunté, y odié lo ronca que me salió la voz. Odié todavía más que, debajo de la rabia, hubiera algo que se parecía peligrosamente a las ganas.

—Ya has empezado. —Se separó del ventanal y vino hacia mí de nuevo, despacio, midiéndome con esos ojos negros—. Quédate quieto. Deja que termine de comprobar la mercancía.

Y yo, noventa kilos de músculo y de orgullo, me quedé quieto. Bajé la vista al mármol negro y dejé que se acercara, sintiendo el frío del aire acondicionado en la nuca y un calor completamente distinto subiéndome desde mucho más abajo.

Esa noche dormí en el ático. Y aunque nadie volvió a tocarme hasta la mañana siguiente, no pegué ojo: me quedé mirando el techo, escuchando el zumbido de la ciudad cuarenta plantas más abajo, intentando entender en qué clase de hombre me acababa de convertir el simple roce de una mano fría.

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Comentarios (4)

Vikingo_BA

tremendo relato, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

RobertoNq

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termina esto

MarcoBaires

Me encanto la dinamica entre los dos personajes desde el primer parrafo. Se siente muy real, sin ser burdo. Felicitaciones, es de lo mejor que lei aca.

LectorAnon

increible!!! sigue escribiendo por favor

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