Lo que el profesor nos propuso en su despacho
Nerea no podía apartar la vista de Aitor. Le costaba acostumbrarse a verlo así, con la camisa abotonada hasta el cuello y aquella chaqueta gris que lo hacía parecer diez años mayor de lo que era. Seguía sus movimientos por la tarima, esos pasos casi felinos, y le resultaba imposible concentrarse sabiendo cómo era ese mismo hombre cuando se quedaba sin nada encima.
Bruno, sentado a su lado, tampoco le quitaba los ojos de encima al profesor. De vez en cuando cruzaba con ella una mirada cómplice, una sonrisa contenida que solo los dos entendían.
La clase de esa mañana se les pasó entera sin enterarse de una sola palabra.
Cuando por fin terminó y los demás alumnos empezaron a guardar sus apuntes, Aitor caminó directo hacia ellos. Había sido consciente de sus miradas durante las dos horas enteras, y saberse deseado por ambos todavía le provocaba un estremecimiento que disimulaba bien.
—Necesito hablar con ustedes —dijo en un tono serio y formal, por si alguien prestaba atención.
—¿A qué hora pasamos por su despacho? —preguntó Bruno, siguiéndole el juego con la misma frialdad.
—Ahora me viene bien, si no tienen otra cosa que hacer.
—En absoluto. Lo acompañamos —respondió Nerea, levantándose.
Lo siguieron por el pasillo hasta su despacho privado. Una vez dentro, Aitor cerró la puerta con llave y giró el pestillo despacio, como quien quiere asegurarse de algo más que de la privacidad.
Los miró en silencio, paseando los ojos de uno a otro. Suspiró largamente y dejó caer los hombros en un gesto de cansancio.
—Esto no puede seguir así, chicos.
Nerea y Bruno intercambiaron una mirada. ¿Está rompiendo con nosotros? Si anoche todo fue normal.
—No es lo que piensan —aclaró él al ver sus caras.
—¿Y qué es entonces? —preguntó Bruno.
—Miren… —cerró los ojos un momento, buscando las palabras—. Hace ya dos meses que nos acostamos juntos. Nuestras cosas están repartidas entre el piso de ustedes y el mío, nunca sé dónde dejé nada y ustedes tampoco. Encima sus notas han empezado a bajar. No es grave, pero esta situación nos está afectando a los tres.
Los observó con detenimiento, intentando medir el efecto de sus palabras. Ellos permanecieron callados un rato, sopesando lo que él decía y lo que callaba.
—¿Quieres decir que ya no te interesa? ¿Que nos hemos vuelto un problema? —la voz de Nerea sonó perpleja.
—No es eso —sonrió sin ganas y levantó las manos con las palmas abiertas, en un gesto de disculpa—. Al principio pensé que con un par de citas se me pasaría la atracción que sentía por los dos. Pero no fue así. La verdad —confesó, y una sonrisa traviesa le curvó los labios— es que cada vez me siento más atraído por ambos.
—Entonces… —se miraron confundidos y volvieron los ojos hacia él, buscando respuestas. Al final fue Bruno quien preguntó—: ¿Qué quieres que hagamos?
—Tal y como yo lo veo, solo tenemos dos opciones. La primera es que esto se acabe aquí y ahora. Faltan unas semanas para los exámenes finales, este será su último año en la facultad, y no tendríamos que volver a vernos. Supongo que con el tiempo cada uno pasaría página. —Guardó silencio para dejarlos pensar—. La otra es que los dos se vengan a vivir conmigo.
—¿Y el rectorado? —murmuró Nerea.
—Tendríamos que informar de una relación así, sí. Pero me he cuidado bien de no corregir ni uno solo de sus exámenes, no he tocado ninguna evaluación de mis ayudantes, y desde luego no seré yo quien revise el examen final. Me gustaría que esto saliera bien, pero… —se encogió de hombros— no hay garantías. La decisión es suya.
Nerea pesó cada implicación con cuidado. Si los últimos exámenes salían bien, habría terminado la carrera y nada la ataría ya a Salamanca. Por otro lado, que se supiera que llevaba dos meses con su profesor pondría en duda la validez de sus notas y la convertiría en la comidilla del campus, aunque se demostrara que jamás hubo favoritismos. Miró a Bruno. Con solo ver su postura supo que él pensaba exactamente lo mismo.
Se mordió el labio inferior. Bruno asintió con la cabeza, comunicándose con ella sin una sola palabra.
Nunca habría imaginado tener que tomar una decisión así junto a su mejor amigo. Habían compartido algún que otro amante a lo largo de los años, pero nunca al mismo tiempo, nunca hasta lo de Aitor. Hasta ahora habían llevado bien aquella relación a tres bandas. ¿Podía convertirse en algo estable? Bruno arqueó una ceja al ver el ceño fruncido de ella. Le bastó para entenderla. Inclinó apenas la cabeza, asintiendo de ese modo que casi nadie a su alrededor sabía leer.
Sin decir nada, Nerea se giró hacia Aitor y avanzó despacio. Apoyó las manos en su pecho y las deslizó hacia arriba, hasta los hombros, arqueando el cuerpo contra el suyo. Lo sujetó por la nuca, lo obligó a bajar la cabeza y le dio un beso posesivo, hundiéndole la lengua en la boca, enredándola con la de él.
Bruno se colocó detrás del profesor. Lo abrazó por la cintura, presionó la pelvis contra sus glúteos y le besó la nuca, dejando un rastro húmedo hasta la oreja, donde le susurró con voz ronca:
—Ya tienes tu respuesta. ¿Qué vas a hacer ahora?
Aitor sonrió contra los labios de Nerea. La agarró por las nalgas, la alzó y la apretó contra su erección mientras movía las caderas en círculos, rozándose a la vez con Bruno a su espalda.
—Pues no sé —suspiró—. Se supone que ahora deberíamos ir a hablar con el rector. Pero imagino que puede esperar. Creo que tenemos un asunto más urgente entre manos.
***
Empezó a desnudarla despacio, dejando caer cada prenda al suelo. Desde atrás, Bruno le desabrochaba la camisa a él, botón a botón, recorriéndole la espalda con los nudillos. Cuando llegó al cinturón lo abrió, bajó la cremallera del pantalón y le introdujo la mano, cerrándola sobre un sexo que ya estaba duro.
Nerea le puso las manos en los hombros, por dentro de la chaqueta, y se la deslizó hasta la altura de los codos, dejándole los brazos medio atrapados. Mientras tanto le besaba el cuello, dejando un rastro caliente sobre cada centímetro de piel que Bruno iba descubriendo.
Luego se arrodilló frente a él y ayudó a Bruno a terminar de desvestirlo, hasta que el pantalón y la ropa interior quedaron en los tobillos.
Le tomó la verga con una mano. La notó caliente, latiendo contra su palma. Pasó la lengua desde la base, recorriéndola entera, y se la metió en la boca, rodeándola con los labios, presionando apenas, mientras con la mano marcaba un ritmo lento. Con la otra se aferraba a la cadera de él.
Aitor jadeó y echó la cabeza hacia atrás, adelantando las caderas, buscando más. Se sujetó al hombro de Bruno para no perder el equilibrio.
Bruno lo acariciaba desde atrás, le amasaba los glúteos, abriéndolos y cerrándolos. Le acercó dos dedos a la boca y presionó los labios.
—Lubrícalos —le susurró al oído, empujándolos dentro, contra la lengua, haciéndolo salivar.
Aitor había perdido el control de su propio cuerpo. Los estímulos que recibía a la vez eran demasiado intensos para resistirlos.
Nerea aceleraba el ritmo de la felación. Subía y bajaba la cabeza, mordisqueaba con suavidad el tronco mientras ascendía, lamía la punta antes de volver a tragárselo, cada vez más hondo.
Bruno le besaba el cuello mientras jugaba con su entrada, rozándola con la yema de un dedo húmedo, sintiéndola latir bajo el contacto. Cuando lo notó preparado lo penetró con un dedo, girándolo en círculos, ensanchándolo sin prisa, escuchando cada suspiro. Luego sumó el segundo, con firmeza pero sin forzar, atento a cómo la piel del profesor se encendía de deseo.
Aitor se mordió el labio. El sudor le resbalaba por la frente. Intentaba contenerse, y entonces lo sintió.
Bruno liberó su miembro con urgencia y lo llevó hasta la entrada de Aitor, apoyándolo ahí, una mano abierta en la base de su espalda, los pulgares presionando los hoyuelos a la altura de la pelvis.
Avanzó con cuidado, dándole tiempo a adaptarse, a que su cuerpo lo acogiera sin dolor, solo placer.
En el silencio del despacho solo se oían sus gemidos, el sonido sordo de los cuerpos chocando, la humedad de los besos y de la boca de Nerea trabajándolo sin tregua.
Bruno se aferró a las caderas de Aitor y lo apretó contra sí, hundiéndose más adentro. Miró a su amiga con una sonrisa pícara, cargada de deseo. Ella le devolvió una mirada de complicidad.
Nerea le rodeó el cuello a Aitor con los brazos y se subió a él, guiándolo dentro de su sexo, atrapándole los labios en un beso hambriento. Empezó un vaivén lento que empujaba al profesor más sobre Bruno, quien seguía el ritmo desde atrás, manteniéndolo preso entre los dos.
Aitor la abrazaba, las manos cerradas sobre sus nalgas, atrayéndola hacia él. Tenía la respiración entrecortada, el pulso disparado, el cuerpo en tensión.
—Chicos… yo… —ya no lograba articular una frase entera. Era evidente que estaba al borde—. Bruno, por favor, no pares.
Bruno aceleró el ritmo, jadeando, mordiendo la base del cuello del profesor.
—Tranquilo —consiguió decir, apretando los dientes para contener las ganas de derramarse—. No tengo ninguna intención de parar.
—Nerea… ¿estás bien? —Aitor la miraba, como queriendo asegurarse de que ella también disfrutaba.
—Sí… —y el modo en que balanceaba las caderas sobre él se volvió más rápido, como si los tres corrieran hacia el mismo final.
Sintió cómo la verga le palpitaba dentro, cómo se endurecía aún más, cómo los ojos de Aitor se volvían vidriosos. Él se convulsionó primero, derramándose en ella, y sus músculos se cerraron sobre Bruno, apretándolo como si quisieran exprimirlo.
—Ugh —un gruñido ronco nació en la garganta de Bruno al sentirlo. Aumentó el ritmo de las embestidas, mordió el lóbulo de su oreja y eyaculó en una descarga larga, sujetándolo con fuerza contra su cuerpo.
Los tres se dejaron caer sobre la moqueta del despacho, los cuerpos laxos y entrelazados, la respiración todavía agitada. Nerea le acariciaba el pecho a Aitor con la cabeza apoyada en su hombro, mientras Bruno le tomaba el rostro con una mano y lo besaba despacio, con un eco de pasión que tardaría en apagarse.
—Supongo que ahora sí —murmuró Aitor con los ojos cerrados— deberíamos ir a hablar con el rector.
Ninguno de los dos se movió. Y él tampoco tenía ninguna prisa.