Volví a buscar al hombre que me había marcado
Había pasado casi una semana desde la tarde en que Darío me había follado por primera vez, y no conseguía quitármelo de la cabeza. Cerraba los ojos y volvía a sentirlo: aquel trozo de carne entrando y saliendo de mí, su mano en mi nuca, su voz ronca diciéndome cosas que nunca me habían dicho. Estaba harto de tocarme a solas recordando ese momento. Necesitaba más, y lo necesitaba pronto.
Aquella tarde no tenía nada que hacer. No habíamos intercambiado los números, y me daba demasiada vergüenza presentarme en su portal sin avisar, como un perro perdido. Así que hice lo único que se me ocurrió: volví a entrar en el chat a ver si lo encontraba.
Allí estaba, conectado, con el mismo nick de siempre: Macho_49. La verdad es que le iba como anillo al dedo. Sonreí solo, recordando cómo su polla había crecido dentro de mi boca la otra vez, y le escribí sin pensarlo demasiado.
—Hola, ¿eres Darío?
—Sí. ¿Tú quién eres?
—Soy Mateo. Nos conocimos el otro día, ¿te acuerdas?
Tardó unos segundos en contestar. Yo miraba la pantalla con el corazón golpeándome el pecho, temiendo que ya no se acordara, que aquella tarde no hubiera significado para él lo que había significado para mí.
—¿Vienes a casa y te doy otra vez la merienda? —respondió por fin.
Esas pocas palabras me dejaron sin aire. Solo de leerlas noté cómo se me tensaba todo el cuerpo.
—Vale. Tardaré un rato, acabo de llegar de clase y necesito ducharme.
—¿Cuánto tardas?
—Unos cuarenta minutos.
—Te espero. Y ven bien limpio, gatito.
Apagué el portátil y fui directo al baño. Me duché despacio, lavándome a conciencia tal como él me había enseñado la primera vez, con un gel de melocotón que me había comprado precisamente por eso, porque la otra tarde Darío había hundido la nariz en mi cuello y había gruñido que olía dulce. Quería volver a oírlo decirlo.
Me sequé, me vestí con lo primero que pillé y salí a la calle todavía con el pelo húmedo. Su edificio estaba al final de una cuesta empinada, en la calle Almendros, y la subí casi corriendo, con el pulso acelerado por algo que no era solo el esfuerzo.
Llegué a su portal y toqué el timbre.
—¿Sí? —contestó por el telefonillo.
—Soy Mateo.
—Sube.
La puerta zumbó y empujé. Cogí el ascensor hasta el quinto. La puerta de su piso estaba entornada, como si me hubiera dejado el camino abierto a propósito. Entré, cerré detrás de mí y, antes de que pudiera decir nada, Darío apareció desde el dormitorio. Iba en chándal y sin camiseta, con el torso todavía marcado de cuando lo había tenido encima.
—Buenas tardes, cariño —dijo, acercándose con esa sonrisa torcida—. Vienes por la merienda, ¿verdad?
No me dio tiempo a responder. Me sujetó la cara con una mano y me metió la lengua en la boca en un beso largo, sin prisa, que me dejó las piernas flojas. Luego se separó, me dio un beso corto en los labios y dio un paso atrás para mirarme de arriba abajo.
—Quítate la camiseta y el pantalón —ordenó, y no era una sugerencia.
Obedecí allí mismo, en el recibidor, dejando la ropa en el suelo. Él me observaba con los brazos cruzados, disfrutando de verme desnudarme para él. Cuando terminé, se acercó otra vez y me besó el cuello, despacio.
—Hueles a melocotón —murmuró contra mi piel, y sentí cómo sonreía—. Buen chico.
Se bajó el chándal de un tirón y dejó a la vista su polla, todavía a medias pero ya prometiendo. Se dejó caer en el sofá, abrió las piernas y me miró desde abajo, dueño absoluto de la situación.
—Ven —dijo, dándose unos golpecitos en el muslo—. Ven por tu merienda.
Me puse de rodillas en el suelo, entre sus piernas, y empecé despacio. Primero con los labios sobre el glande, luego con la lengua recorriéndolo entero, después sus huevos depilados, suaves bajo mi boca. Lo oí soltar el aire por la nariz, lo noté endurecerse contra mi lengua. Su mano encontró mi nuca y empezó a marcarme el ritmo, empujándome hacia él, hasta que sentí una arcada y los ojos se me llenaron de agua.
—Así, gatito —susurró—. Despacio, que tenemos toda la tarde.
Justo entonces sonó su teléfono sobre la mesa. Lo miró de reojo, chasqueó la lengua y lo cogió.
—Es mi hermana. Espera, que si no se mosquea.
Descolgó y, para mi sorpresa, puso el manos libres y me hizo un gesto para que no me detuviera.
—Hola, ¿qué tal? —dijo la voz de una mujer al otro lado.
—Hola, guapa —contestó él, tranquilo, mientras me empujaba suavemente la cabeza de vuelta a su regazo.
—¿Te pillo en mal momento?
—Qué va. Estaba dándole de comer a la gata.
—¿Tienes gata? No sabía.
—No es mía. Una que apareció perdida en el portal. No veas el hambre que tiene, cómo traga.
Tuve que cerrar los ojos para no reírme y delatarlo. Seguí chupándole en silencio, conteniendo cada sonido, mientras él hablaba con su hermana como si nada, con una mano enredada en mi pelo.
—Te llamaba por si vienes el sábado a comer con los papás.
—Sí, claro, cuenta conmigo.
—Vale, hermano, te dejo, que me voy de compras.
—Cuídate. Nos vemos el sábado.
Colgó, dejó el móvil en la mesa y bajó la vista hacia mí con una sonrisa de niño travieso.
—Ven aquí, gatita —dijo, cambiando el tono—. Sigue con lo tuyo.
Volví a empezar desde el principio. Con la punta de la lengua le toqué la hendidura del glande, lo relamí entero y me lo metí entero en la boca otra vez. Lo sentí crecer hasta llenarla del todo. Darío empezó a moverse, a follarme la boca con embestidas cortas, adelante y atrás, cada vez más hondo, hasta que su miembro me llegaba al fondo de la garganta y yo solo podía respirar a tirones por la nariz.
—La chupas de vicio —gruñó entre dientes—. Cualquiera diría que llevas toda la vida haciéndolo.
***
Estuve así un buen rato, hasta que noté que su respiración cambiaba, que se le tensaban los muslos bajo mis manos. Me agarró la cabeza con las dos manos, me apretó contra él y, con un gemido largo, se vació dentro de mi boca.
—¿Te gusta mi leche, gatito? —preguntó, jadeando.
—Sabe fuerte —dije, relamiéndome.
—Limpia bien antes de soltar —ordenó, y le hice caso, recorriéndole el glande con la lengua hasta que soltó un último estremecimiento.
Se rió, me dio un beso en la frente y me revolvió el pelo.
—Tienes agua en la nevera, si quieres. O más leche luego, tú eliges.
Volvió a reírse, esta vez a carcajadas, encantado consigo mismo. Fui a la cocina a beber agua, con las piernas todavía temblando. Cuando regresé, lo encontré recostado en el sofá, viendo una peli en la tele, como si no acabara de pasar nada.
—Ven, siéntate aquí —dijo, dándole una palmada al cojín de al lado—. Déjame recuperar un poco.
Me senté pegado a él. Me pasó el brazo por encima y, mientras fingía mirar la pantalla, su mano se deslizó hasta mi pecho y empezó a juguetear con uno de mis pezones. Después giró la cara y volvió a besarme, despacio al principio, más hondo después, hasta que noté contra mi cadera que ya estaba listo otra vez.
—Date la vuelta —murmuró contra mi boca—. Quiero verte bien.
Me coloqué en el sofá y me agarré las piernas con las manos, abriéndome del todo para él, ofreciéndole todo sin reservas. Darío me miró un segundo, saboreando la imagen, y luego escupió y empezó a masajearme con el pulgar, despacio, con paciencia.
—Relájate, gatita —dijo, deslizando un dedo dentro—. Tú déjate llevar, que conmigo no tienes que hacer nada.
Metió un segundo dedo y siguió trabajándome con cuidado, abriéndome, hasta que mi propio cuerpo empezó a empujar contra su mano buscando más.
—Así me gusta —murmuró, sacando los dedos—. Ya estás listo para tu macho.
Abrió el cajón de la mesita, sacó un condón y se lo puso sin dejar de mirarme. Yo seguía abierto delante de él, expuesto, deseándolo de una forma que casi me daba vergüenza. Se acercó, se colocó y empujó despacio. Solté un quejido cuando lo sentí entrar, esa mezcla de dolor y placer que ya conocía de la otra vez, pero no lo detuve. Lo dejé hundirse hasta el fondo.
—Tranquilo, ya la tienes toda dentro —dijo, quieto un momento para que me acostumbrara—. ¿No era esto lo que querías? ¿Que tu macho te lo hiciera otra vez? Dímelo.
—Sí... lo estaba deseando —jadeé—. No pares.
—¿Te gusta, gatito?
—Ah... sí... sí —apenas podía hablar mientras él empezaba a moverse, con un ritmo lento que fue ganando fuerza.
—Qué bien me la aprietas —gruñó, cerrando los ojos—. No sabes cómo lo disfruto.
Mis gemidos subían de intensidad con cada embestida. Darío me sujetaba las caderas y entraba y salía como un martillo, constante, sin tregua, una y otra vez. Yo había perdido por completo la noción de todo lo que no fuera su cuerpo contra el mío.
—Te gusta mi polla, ¿eh? —dijo entre jadeos—. Vas a correrte solo con esto, igual que el otro día.
—Sigue... sigue así —supliqué.
Y siguió, marcando el compás con cada golpe de caderas, hasta que mi propio cuerpo dijo basta. Me corrí sin tocarme, derramándome sobre mi vientre, temblando entero, para mi satisfacción y la suya.
—Mírate —dijo, sin dejar de moverse—. Te encanta ser la gatita de tu macho.
—Me encanta —confesé, todavía gimiendo.
No tardó en seguirme. Su respiración se volvió un jadeo ronco, las embestidas se hicieron más profundas y, con un gruñido largo, descargó por segunda vez aquella tarde.
***
Se quedó un momento quieto encima de mí, recuperando el aire, antes de besarme con una ternura que no encajaba con todo lo anterior.
—Me encantas, gatito —dijo en voz baja, y por un instante pareció otro, alguien más allá del macho del chat.
Se levantó, fue al baño, se quitó el condón y volvió con una manta de su habitación. Se acostó desnudo a mi lado en el sofá y nos tapó a los dos.
—¿Vemos una peli? —preguntó, pasándome el brazo por encima.
—Vale —dije, acurrucándome contra él—. Pero pon algo que no sea porno, anda.
Darío se rió, me apretó contra su pecho y cambió de canal. Y yo me quedé allí, bajo la manta, oliendo a melocotón y a él, pensando que esta vez sí le pediría su número antes de irme.